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Constitución Europea

La primera parte de este informe especial incluye las siguientes notas: 1)-Francia rechaza la Constitución europea. Esperanzas, por Ignacio Ramonet 2)-Mutaciones a lo largo de la Historia. Cuando la izquierda renunciaba en nombre de Europa, por Serge Halimi 3)-Una sociedad separada de sus dirigentes. Las razones de los neerlandeses, por Rinke van den Brink.

Una vez más, al dar el pasado 29 de mayo un rotundo “no” al proyecto de tratado constitucional para Europa, la Francia rebelde hizo honor a su tradición de “nación política por excelencia”. Sacudió al Viejo Continente, suscitando de nuevo la esperanza de los pueblos y la inquietud de las elites establecidas. Reanudó su “misión histórica” al dar prueba a través de la acción audaz de sus ciudadanos de que es posible eludir a la fatalidad y a las pesadeces de los determinismos económicos y políticos.

Porque este “no” tiene una significación central: es un freno a la pretensión ultraliberal de imponer en todo el mundo, en menoscabo de los ciudadanos, un modelo económico único, el definido por el dogma de la globalización.

Este modelo ya había suscitado resistencias diversas desde mediados de la década de 1990. Por ejemplo, en ocasión del gran movimiento social en Francia en noviembre de 1995. O en Seattle (1989), donde nació lo que ulteriormente se denominaría el “movimiento altermundialista”, sobre todo después del primer Foro social mundial de Porto Alegre (2001) y los subsiguientes acontecimientos de Génova (2001). Y en diversos países, desde Argentina a India pasando por Brasil. Pero es la primera vez que en un país del Norte y en el marco de una consulta política institucional, una sociedad tiene la oportunidad de decir oficialmente “no” a la globalización ultraliberal.

Los editorialistas de los medios dominantes, como los entomólogos inclinados sobre un insecto al que creían desaparecido, tratan de desfigurar el “no” masivo de Francia. Como en su mayor parte hicieron una campaña unilateral por el “sí” denunciando el “populismo”, la “demagogia”, la “xenofobia”, el “masoquismo”, etc., de sus adversarios, resultan incapaces de adaptar sus análisis a la amplitud de su derrota. Extraordinaria suficiencia de notables que no comprenden –y toleran todavía menos– que el pueblo (término que sólo usan tapándose la nariz) se haya negado a alinearse tras de las prescripciones del “círculo de la razón” europeísta. Porque es el pueblo quien retomó el camino de las urnas: sólo un 30% de abstenciones, contra el 57% hace sólo un año, en ocasión de las elecciones del Parlamento europeo.

Esta movilización, especialmente en los sectores populares y juveniles, a propósito de un tema árido –un texto de 448 artículos, sin contar los anexos, declaraciones y protocolos– constituye por sí sola un inesperado éxito de la democracia. El pueblo está de regreso: ante la sensación de desposesión, manifestó su voluntad de reapropiación.

Desde sus comienzos en 1958, y sobre todo a partir del Acta única europea de 1986, la construcción comunitaria ejerció una coacción creciente sobre todas las decisiones nacionales. El tratado de Maastricht (1992), después el Pacto llamado de estabilidad y crecimiento (1997) les quitaron a los gobiernos dos de las palancas principales de la acción pública: la política monetaria y la política presupuestaria. La tercera, la política fiscal, es cada vez menos autónoma, porque se inscribe en una lógica generalizada de “competencia libre y no falseada”.

Los ciudadanos comprendieron que el tratado sometido a su aprobación “constitucionalizaba” a escala europea la competencia exacerbada, no solamente entre los productores de bienes y servicios sino también entre el conjunto de sistemas sociales atrapados en una espiral descendente. No eran por cierto los magros enunciados democráticos del tratado los que podían contrabalancear la impenetrabilidad del modelo ultraliberal que inducía, vaciando de significación las futuras consultas electorales.

El voto por el “No” fue un voto sumamente informado por miles de encuentros, debates y lecturas, dado que las obras sobre la Constitución figuraron durante meses a la cabeza de los éxitos de librería. Frente a la propaganda del Estado, relevada por la mayor parte de los medios, los ciudadanos quisieron formarse su propia opinión. Los ayudó el trabajo de hormiga realizado sobre el terreno por múltiples colectivos que se instauraron espontáneamente en toda Francia, especialmente los comités locales de Attac. Esta abundancia hace honor a la democracia…

¿Fue un voto nacionalista? No, fue mayoritariamente un voto pro europeo. No se equivocaron en ese punto todos los sindicalistas y militantes sociales de muchos países de la Unión Europea que desde sus lugares o a través de su participación en la campaña francesa atestiguaron su solidaridad con la aspiración a otra Europa esgrimida por las fuerzas vivas del “no”. ¡Privados de referéndum, muchos europeos pidieron a los franceses que emitieran en su nombre un voto por procuración!

En el exterior, hubo quienes interpretaron este “no” como un debilitamiento de Europa frente a Estados Unidos, que deja a la potencia americana sin contrapeso. Se equivocan: la Constitución hubiera alineado todavía más a la UE (especialmente en el plano militar) con Washington.

Se ha creado una situación nueva, que permite un nuevo análisis de la totalidad de los valores y normas de la voluntad de vida en común en Europa. Esta voluntad no podría reducirse a su grado cero que es la libertad de circulación de capitales, bienes, servicios y aun de personas. Desde este punto de vista, el “no” del 29 de mayo no cierra ninguna puerta. En cambio, da vía libre a todas las esperanzas.

 

2)Mutaciones a lo largo de la Historia

Cuando la Izquierda renuncia en nombre de Europa


Al día siguiente del referéndum francés los defensores de la Constitución, con los grandes medios de comunicación a la cabeza, reanudaron sus ataques contra la mayoría de los votantes, sospechosos de irresponsbailidad o xenofobia. Igualmente inadaptada al mensaje de los franceses resulta la respuesta del presidente de la República Jacques Chirac: una simple chapuza minsiterial marcada por el regreso al gobierno de Nicolas Sarkozy, defensor de un modelo liberal rechazado por el sufragio universal. Este autismo de la dirigencia europea frente a las preferencias y prioridades de las poblaciones subraya la falla primordial de la construcción comunitaria. Desde su origen, el edificio europeo se construyó a escondidas, y fue impuesto por una elite social en terrenos cada vez más numerosos de la vida colectiva (véase el artículo de Anne Cecile Robert). Hasta el punto de que la “construcción de Europa” se fue asimilando progresivamente a la destrucción de algunos valores proclamados al comienzo (véase el artículo de Bernard Stiegler). En realidad esta sorpresa es relativa: muchas veces en su historia la izquierda francesa pudo medir el peso de las coacciones de una Europa liberal sobre un proyecto de transformación social.

 

Por Serge Halimi

De la redacción de Le Monde diplomatique, París

¿Transformación social o invocación de las “coacciones europeas”? Sólo una reescritura conservadora de la Historia pudo llevar a formular como si fuera inédita una pregunta que no lo es. Pero el riesgo de un conflicto entre las ambiciones de la izquierda francesa y una coyuntura internacional que la incita a renunciar a ellas no data de ayer.

El debate relativo al proyecto de Constitución Europea reactivó fórmulas conocidas. Por un lado, están los que, preocupados por la ruptura con un orden liberal, preguntan: “¿No es propio de toda empresa el fijarse objetivos antes de haber reunido todas las condiciones para alcanzarlos?” Por el otro, los que ya no creen en la transformación de la sociedad concluyen: “Podrá usted decir todo lo que quiera a los empresarios, y yo también. Pero ellos irán siempre allí donde la productividad, el rendimiento y las ganancias sean mayores”. La primera cita procede del Proyecto Socialista de 1980; la segunda tuvo como autor al hombre que había hecho de ese proyecto la estructura de su programa presidencial. Entre ambas posiciones, la voluntarista y la desencantada, transcurrieron trece años al cabo de los cuales François Mitterrand, confrontado a la debacle electoral de sus correligionarios, no podía hacer nada mejor que teorizar su impotencia.

En términos absolutos, la apuesta de utilizar a Europa como palanca para romper con el orden existente en Francia no es incongruente. Si, en palabras de Víctor Hugo, los “descalzos magníficos” de la Revolución Francesa pisotearon “el enceguecido mundo” de las monarquías continentales, la Francia progresista supo sacar partido a su vez de los análisis de Karl Marx sobre el Segundo Imperio, de la acción del húngaro Leo Frankel, ministro de Trabajo durante la Comuna, del decisivo aporte de la Mano de Obra Inmigrante (MOI) en la formación de los primeros grupos de la resistencia, de la colaboración de los republicanos españoles en la guerrilla de esta última.

Pero más allá de esta Historia, por lo demás encubierta, hablar de “solidaridades europeas” le sirvió en general a los socialistas franceses como preludio –o pretexto– de un viraje a la derecha 1. En los años ’30, la alianza franco-británica llevó al Frente Popular a contradecir sus ambiciones económicas y abandonar a la República Española. Una vez terminada la guerra, “Europa” se convirtió en la utopía de recambio que permitía maquillar renunciamientos fundamentales, políticos y estratégicos. Más cerca de nuestros días, se la utiliza en la redefinición filosófica del proyecto de la izquierda, como “máquina de enfriamiento de las pasiones nacionales” 2. Incluso cuando los socialistas aparentan entrever, tras un “mercado donde la competencia es libre y no desvirtuada”, la “construcción de espacios de regulación que se agregan a los Estados nacionales para dominar las turbulencias del capital” 3.

En general, la evolución de la izquierda gubernamental se acompasó con la de una Comunidad Europea cada vez más preocupada por proteger al “capital” de las “turbulencias” de la reivindicación social. Esta doble metamorfosis, nacional y europea, subraya la dificultad inherente a toda comparación histórica: con el correr de los años, las palabras “izquierda”, “derecha”, “competencia”, “regulación”, cambian de sentido 4. Al principio el liberal debe contenerse; al final, el socialista se ha convertido.

Tomemos dos ejemplos simétricos. Raymond Barre, traductor en 1956 de los textos del economista austríaco ultra-liberal Friedrich Hayek, llegó a ser, once años después, vicepresidente de la Comisión Europea. Durante su mandato en Bruselas, coincidente con importantes huelgas obreras en Francia (1968) y en Italia (1969), se vio sin embargo impedido, como cualquier otro, de inspirarse en las ideas de Hayek, a menos de exponerse a una vigorosa respuesta social. Pero a la inversa, cuando la contrarrevolución liberal hizo patente su magnitud, el socialista Jacques Delors fue uno de sus arquitectos en el Ministerio de Finanzas francés (1981-1984), luego en la presidencia de la Comisión Europea (1985-1994). Y se jactaría de haber conseguido, en París, “la supresión de la indexación de los salarios sin una huelga”.

Hace algunas semanas, el historiador conservador René Rémond, inquieto ante la fuerza del movimiento de oposición al proyecto constitucional, deploraba que “la utopía revolucionaria” esté “matando a la utopía europea” 5. Sin duda, lo contrario le habría incomodado menos. Y eso fue lo que sucedió en varias oportunidades.

En 1936, el gobieno de León Blum 6 pretendía sacar a la economía francesa de una depresión que los socialistas analizaron en términos keynesianos: “Esta crisis se debe a una ruptura del equilibrio entre la producción y el poder adquisitivo general”. Unido a una política de estímulo presupuestario, el aumento salarial resultante de las grandes huelgas de junio de 1936 debía, según ellos, contribuir al despertar de la actividad y al descenso del desempleo. Pero el éxito de semejante estrategia exigiría una inmediata devaluación del franco y un control cambiario.

La prioridad acordada a la alianza británica condujo al Frente Popular a renunciar a ello. Un influyente experto, Emmanuel Monick 7, presentó a León Blum el arbitraje que le tocaba en suerte en estos términos: “Una cosa o la otra. O bien instaura el control cambiario, impone un estatismo estricto, pone a Francia en autarquía –y entonces se ve obligado a instituir un régimen autoritario que corre el riesgo de deslizarse hacia el totalitarismo–, o bien abre las fronteras, mantiene un régimen de libertad cambiaria, y debe entonces buscar apoyo en Londres y Washington para operar un ajuste de las monedas al tiempo que una coalición de los regímenes democráticos” 8. Totalitarismo solitario o democracias solidarias, semejante “disyuntiva” –como esa otra, idéntica, que se presentó en marzo de 1983– no dejaba lugar a vacilaciones…

Blum le ató las manos al Frente Popular. Los efectos deflacionarios de una moneda sobrevaluada anularon el descontado incentivo de una reactivación de la demanda. Y cuando de todos modos se produjo la devaluación, fue demasiado poco y demasiado tarde: León Blum había aceptado negociar su tipo cambiario y las medidas de acompañamiento con los británicos y los estadounidenses. Pese a una masiva fuga de capitales, Blum renunció también al control cambiario, incluido sin embargo en el programa de la izquierda. Se trataba según él de un sistema “que, por encima de toda otra razón, el gobierno considera incompatible con las afinidades y las necesidades de su política internacional”. Los conservadores británicos habían conseguido lo que querían. Poco después exigirían que la “coalición de los regímenes democráticos” proclamada por Emmanuel Monick abandonara a la España Republicana a merced del fascismo.

Apenas terminada la guerra, una “construcción de Europa” poderosamente alentada por Estados Unidos unió a los socialistas con coaliciones de “tercera fuerza” no muy obsesionadas por el afán de progreso social. Sin embargo, la izquierda francesa (comunistas incluidos), aleccionada por sus precedentes desengaños, creó o fortaleció a partir de 1945 ciertas herramientas de intervención pública (control de la moneda, del crédito, de las “alturas de la economía”) destinadas a permitirle no depender siempre de la benevolencia del capital. En palabras del general De Gaulle, el contexto “social o socialista” de la época permitía que esas transformaciones “se realizaran sin sobresaltos. Por cierto, los privilegiados las aceptan melancólicamente. Hay incluso quienes harán de ellas motivos de queja en el futuro. Pero por el momento todos, midiendo la fuerza de la corriente, se resignan enseguida, en la medida en que habían temido algo mucho peor” 9.

Pero ese futuro llegaría enseguida… La necesidad de créditos estadounidenses venía a respaldar el “programa europeo” que Estados Unidos apoyaba, y vació a las transformaciones derivadas de la Liberación de sus potencialidades socialistas. ¿Fracaso total, entonces? No, dado que simultáneamente se edificó ese “modelo francés” de economía mixta hoy atacado por los liberales. Sin embargo, si bien todos o casi todos eran intervencionistas entre 1944 y 1947, para unos el Estado debía reemplazar a un sistema capitalista económicamente ineficaz al tiempo que socialmente injusto. Para los otros, el papel del poder público consistía en estimular el dinamismo del sector privado, y no en sustituirlo por más tiempo del necesario.

Jean Monnet, a la vez comisario del Plan y “hombre de Estados Unidos”, encarnaba la segunda escuela de pensamiento. Lejos de tener como proyecto una Francia socialista, el “Padre de Europa” entrevió más bien una situación en la que, al igual que en Estados Unidos, los capitalistas estarían imbuidos del dinamismo que confiere el espíritu de empresa. Según él, el Estado y el proyecto europeo, con los créditos del Plan Marshall, no debían proceder a la redistribución del poder económico, sino presionar a un sector patronal conservador 10.

El análisis de Monnet encontraría émulos en la izquierda reformista. Por cierto, el partido socialista SFIO (Sección Frances de la Internacional Obrera) fingía soñar, en la Liberación, con que “los acontecimientos obligarán a Europa a tomar el camino del socialismo”. Pero desde 1950 León Blum admitió que una “intervención activa del Estado” podría también, como en Estados Unidos, regenerar útilmente el sistema establecido: “Mientras la ley del capitalismo estadounidense es: ‘Permitir el nacimiento de empresas jóvenes’, parecería que la ley del capitalismo francés fuera: ‘Permitir que las empresas viejas no mueran’”. Treinta y cinco años después, Lionel Jospin parecía hacerle eco: “Francia no tiene una clase patronal a la altura de su carácter y de sus ambiciones. Este es un dato de su historia. Debilitar al sector público, aflojar las riendas de la parte más retrógrada del sector patronal –que embolsa pero no afloja nada– no generará confianza ni dinamismo”.

Sólo gradualmente se planteará la opción entre el designio de una “modernización” impulsada por los poderes públicos (empresas nacionalizadas, política crediticia) y el de una nivelación condicionada por la competencia europea. En efecto, una y otra vía parecían apuntalarse mutuamente hasta el día en que el dogma liberal se endureció. “Europa” no siempre obligó a privatizar ni a hacer presión sobre las conquistas de los asalariados. Tampoco Estados Unidos: empresas nacionalizadas (Charbonnages, SNCF, EDF) estuvieron entre los principales prestatarios del plan Marshall; en su afán por frenar al comunismo en el Viejo Continente, muchos años después de la guerra Washington deploraría la lamentable suerte corrida por la clase obrera francesa.

A partir de 1947, la necesidad de créditos estadounidenses, la Guerra Fría y las aventuras coloniales destruyeron toda perspectiva de un gobierno de izquierda en Francia. La SFIO, aliada ya al centroderecha, se plegó entonces a un discurso “europeo” destinado a adornar una política antisocial en lo interno y de subordinación atlántica en el exterior. Fue así como el fin de los años ’40 anunció un poco el corrimiento hacia la derecha que tendría lugar en 1983, dos años después de la llegada de François Mitterand al Elíseo. Cuando fortalecido por el aburguesamiento de su base social, el viraje liberal de los socialistas parecía consumado.

Según un análisis convencional, la izquierda habría cometido en 1981 una terrible torpeza al poner en marcha un programa radical que ignoraba el grado de implicación de Francia en la economía internacional. Este error se habría traducido rápidamente en una serie de crisis financieras (déficits, devaluaciones). Las cuales obligaron a los socialistas a volver lo más rápido posible a la senda de las políticas de “rigor” tomada por sus predecesores conservadores (Giscard d’Estaing y Barre) y sus socios europeos (Helmut Kohl y Margaret Thatcher).

En realidad, esa reconstrucción es parcialmente inexacta. Porque la izquierda no había esperado a 1983 para comprender que la interdependencia económica amenazaba hacer naufragar una política solitaria de “ruptura con el capitalismo”. Un país que iniciara una política de reactivación debía entonces, según ella, “poder hacer valer la necesidad de frenar una subida ilimitada (de las importaciones) que impediría la reanudación de su expansión”.

La competencia y la especialización estaban supeditadas a un resultado: “La libertad de los intercambios no es un dogma. Es un medio que se justifica en la medida en que contribuye al crecimiento y a un mejor empleo, no así cuando su efecto es propagar alternativa o simultáneamente la inflación, la deflación y el desempleo” 11. Finalmente, la “reconquista del mercado interno” imponía liberar la moneda: “A nivel europeo, el Partido Socialista no puede ser garante del actual SME (Sistema Monetario Europeo), es decir, del alineamiento de las monedas más débiles con el marco alemán, que a la espera de una nueva salida de emergencia, justifica una reforzada austeridad”.

De todos modos, François Mitterrand se apartó desde el mismo día de su llegada al Elíseo de la mayoría de estas orientaciones comerciales y monetarias 12. En este punto, es oportuno recordar la opinión dada por Emmanuel Monick en 1936, puesto que, según el mismo Jacques Delors, la opción de 1981 (confirmada dos años después) se explicó en parte por el deseo de no amenazar la “necesaria correspondencia entre la política económica del Presidente de la República y su política exterior”. Es decir, sus “esfuerzos por reactivar la construcción europea”.

Después de 1983, se entierra el proyecto de “ruptura con el capitalismo”. Como en los años ’50, la temática “europea” le servía de utopía de recambio. Sin embargo, teniendo en cuenta el giro abiertamente liberal y de librecomercio que tomó la construcción comunitaria, el viraje hacia el “rigor” no podía representar solamente el refugio de una estrategia socialista en posición de debilidad. Debía convertirse en el preludio de su abjuración definitiva. Muchos instrumentos nacionales forjados en el pasado por la izquierda francesa a fin de desestabilizar el poder del capital (control democrático de la política monetaria, de la inversión, papel de los servicios públicos) serían por lo demás destruidos por ella en el altar del gran mercado.

Anticipando, desde junio de 1982, el viraje de los socialistas franceses, Pierre Rosanvallon puso de relieve las coacciones de aquello que todavía no se llamaba la “globalización”. “En una economía abierta, el margen de maniobra es estrecho. No sólo se intercambian bienes y servicios, sino que acabamos viéndonos obligados a importar también, inevitablemente, políticas económicas” 13. Pero Rosanvallon y sus amigos moderados no consideraban para nada conveniente reducir las coacciones impuestas por una “economía abierta” en función de una aspiración de cambio social. Por el contrario, había que ratificar la estrechez del margen de maniobra derivado de ella. Lo cual impediría que los gobernantes de izquierda “hicieran tonterías” o, dicho de otro modo, se mantuvieran fieles a un programa que buscaba poner límites a la hegemonía del capital. Rosanvallon confiaba en que el nudo corredizo del comercio internacional precipitaría incluso el “fin de la excepción francesa” cuyo deceso –¿un tanto prematuro?– consignaría en 1988, junto a dos de sus amigos de la Fundación Saint-Simon 14.

Asumir las reglas de este “juego cruel”

En septiembre de 1989, Michel Rocard procedería a otros funerales. Primer Ministro en ese momento, enterró las esperanzas de una Europa social largamente alimentadas por su partido: “Tenemos una mayoría de gobiernos conservadores en la comunidad. Consideran que la mejor manera de realizar la expansión es dejar a la gente ganar dinero sin importar de qué manera, liberar casi completamente de impuestos al capital y sus dividendos” 15. ¿Su conclusión? “Las reglas de juego del capitalismo internacional sancionan toda política social audaz. Hay que asumir las reglas de ese juego cruel para construir Europa” 16. Algunas semanas después, la caída del muro de Berlín aportaba una justificación retrospectiva a los circunstanciales timoneles de la izquierda en el gobierno. Entonces retomarían, aunque fingiendo desolación, el grito de victoria de Margaret Thatcher: “No hay alternativa”.

El socialista Pascal Lamy acaba de ser designado director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), es decir, policía del orden liberal internacional. Anteriormente había sido consejero de Pierre Mauroy en Matignon, luego de Jacques Delors en Bruselas, por último había dirigido un banco en vías de privatización. El vuelco parece concluido. Y en el libre comercio profesado por Lamy, el internacionalismo progresista tiene menos peso que el bloqueo de un espacio comercial que sabrá imponer a la sociedad reglas favorables a los empleadores: “Los jefes de empresa franceses son europeos porque han comprendido que el restablecimiento del orden y la ‘mercantilización’ de la economía francesa fueron realizadas por Europa, gracias a Europa y a causa de Europa” 17.

Por momentos promesa de libertad, de apertura, de mestizaje, por momentos proclama de impotencia en la transformación del orden social, la “globalización”, “Europa” (despojada poco a poco de todas sus protecciones comunitarias), construyeron una máquina de guerra que permitió deshacerse del contrato social “sin un solo disparo”, manipular el sentimiento internacionalista para favorecer las solidaridades del capital, pretender defender al “plomero polaco” para que se imponga lo barato, machacar sobre la existencia de “coacciones internacionales” para ocultar que su presión se vio acrecentada gracias a una voluntad y a determinadas políticas 18.

Ese discurso de la fatalidad fingida y esa pedagogía de la sumisión son un rasgo permanente de la Historia. La imprevisible brecha del 29 de mayo francés no basta para revertir las devastaciones sociales que han impuesto al mundo. Pero habida cuenta de que una victoria como ésta alentará nuevas ofensivas, ya abre la perspectiva de nuevas sorpresas.

 

  1. Anne-Cécile Robert, “La izquierda en su laberinto”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2005.
  2. Según la expresión de Bernard-Henri Lévy, quien aceptó hacer declaraciones para Le Monde, 28-5-2005.
  3. François Hollande, “Les transformations du capitalisme”, La Revue socialiste, abril de 2005.
  4. Cf. Frédéric Lordon, “L’Europe concurrentielle, ou la haine de l’Etat”, http ://econon.free.fr/Lordonhtml.html
  5. Le Monde, París, 6-5-05.
  6. Cf. Quand la gauche essayait, Arléa, París, 2000.
  7. Encargo económico en la embajada de Francia en Londres, se convertiría en gobernador del Banco de Francia tras la Liberación.
  8. In Jean Lacouture, Léon Blum, Le Seuil, París, 1977, pág. 325.
  9. Charles de Gaulle, Mémoires de guerre, le salut, Plon, pág. 121. Incluso un pequeño grupo de centro, la Unión Democrática y Socialista de la Resistencia (UDSR), proclamó entonces el fin de la “burguesía triunfante”, “sepultada en el pasado”.
  10. Cf Quand la gauche essayait, op. cit.
  11. Partido socialista, Projet socialiste, Club socialiste du livre, París, 1980, págs. 222-224.
  12. Según la confesión de su mismísimo Primer Ministro de esa época. Véase Pierre Mauroy, C’est ici le chemin, Flammarion, París, págs. 17 a 28, y Quand la gauche essayait, op. cit.
  13. Pierre Rosanvallon, “Le choc déflationniste et après”, Libération, 23-6-1982.
  14. Jacques Julliard, Pierre Nora y Pierre Rosanvallon, La Fin de l’exception française, Calmann-Lévy y Fondation Saint-Simon, París, 1988.
  15. Le Point, 4-9-1989.
  16. Citado por L’Humanité, 23-10-1989.
  17. Pascal Lamy, “Le modèle français vu d’Europe”, Le Débat, París, N° 134, marzo-abril de 2005.
  18. Cf. Le Grand bond en arrière: Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Fayard, París, 2004.

3)Una sociedad separada de sus dirigentes

Las razones de las Neerlandeses

Tradicionalmente, considerado uno de los países más europeístas de la Uníon, Holanda, uno de los seis fundadores de la Unión, rechazó por amplia mayoría el tratado constitucional. Este rechazo que no significa un viraje completo respecto de Europa demuestra el abismo existente entre la sociedad y sus dirigentes políticos.

 

Por Rinke van den Brink

Periodista, Amsterdam. Redactor de “NOS Journaal”, telediario de las cadenas públicas de Holanda, y autor de varias obras sobre la extrema derecha en Europa.

 

Casi el 62% votó por “no”. ¿Cómo se pudo llegar a eso? Holanda, uno de los seis países fundadores de la Comunidad, es uno de los Estados proeuropeos por excelencia: nunca manifestó la menor reticencia respecto de la construcción europea. Cierto que en el curso de casi cincuenta años sus ciudadanos nunca fueron consultados sobre el proceso de integración europea. Pero tampoco ellos dieron nunca la menor señal de impugnación a la línea pro europea de sus sucesivos gobiernos. Sólo la población de Luxemburgo garantizó un tiempo un apoyo más masivo al proyecto europeo.

Preciso es decir que durante mucho tiempo Holanda recibió más presupuesto europeo de lo que aportó. En 1992 la reforma de la política agrícola común (PAC) iniciada por el comisario europeo irlandés Ray MacSharry invirtió la tendencia: Amsterdam paga más de lo que recibe. Y desde 1999 ningún otro país miembro contribuye más que Holanda, pro capita, a la caja de la Unión Europea 1.

Por mucho que les disguste a quienes atribuyen a los holandeses una predisposición a la avaricia, esta generosidad de Holanda nunca había suscitado hasta ahora una oposición seria. Ni siquiera Pim Fortuyn 2 y su grupo hacían demasiado caso: el líder populista se proponía seguramente renegociar el nivel de contribución holandesa a la Unión, pero teniendo en cuenta la riqueza del país.

¿Por qué dio ese vuelco la opinión pública? No fue fruto de un debate sobre Europa. El cambio radical de actitud de los holandeses se explica ante todo por la crisis de la política. La capacidad de influencia del partido de Pim Fortuyn reveló el abismo existente entre los partidos y los votantes, pero también entre una cantidad de movimientos sociales y sus miembros. Lo prueba esa encuesta de “NOS Journaal” del 21 de mayo último: Las grandes centrales sindicales, el movimiento por la paz, las asociaciones de derechos humanos, el Touring Club, las organizaciones ecologistas, la patronal, las iglesias, defendían ardientemente el “sí”, pero la mayoría de sus adherentes el “no”.

De hecho la política holandesa se volvió esquizofrénica. Sólo 23 diputados sobre 150 se oponían a la “Constitución” europea . La mayoría y la oposición hicieron juntos campaña por el “sí”. Pero la mitad de los votantes del Partido del Trabajo (PvdA, socialdemócrata, de la oposición) no lo secundaron. En menor grado, pasó lo mismo con los votantes del Llamado democristiano (CDA; mayoría) y de la alianza entre Verdes e izquierda Groen Links (fusión de ex comunistas, pacifistas, radicales de izquierda y cristianos de izquierda). Sólo los Demócratas 66 (D66, social-liberales) pueden jactarse de que los dos tercios de sus partidarios votaron por el “sí” que defendía la dirigencia.

En el campo del “no” los electores obedecieron ampliamente las consignas de sus estados mayores: el 90% de los votantes del Partido Socialista (SP), una ex formación maoísta que se convirtió en populista de izquierda, y el 96% de los de Geert Wilders, que trata de recuperar el electorado de Pim Fortuyn 3.

Disidente desde el mes de septiembre de 2004 del VVD, Wilders preconizaba una línea todavía más dura sobre la inmigración, la integración y la inseguridad, y contrariamente a su partido rechazaba la adhesión de Turquía, posición que radicalizó aun más después del asesinato del cineasta Theo Van Gogh, el 2 de noviembre de 2004, por un joven fundamentalista (que según la policía pertenecería al grupo terrorista Hofstadgroep). En un primer momento, parecía haber logrado su apuesta: las encuestas a fines de noviembre de 2004 le prometían tantos diputados como a la Lista Pim Fortuyn en 2002. Pero de acuerdo con una encuesta reciente, en caso de elecciones legislativas sólo obtendría tres escaños, a pesar de su campaña contra la Constitución europea.

“Traicionados” por sus representantes tradicionales, los holandeses transformaron la naturaleza del referéndum del 1 de junio. Ya no se trataba de pronunciarse únicamente sobre el tratado constitucional europeo, sino sobre la adhesión de Turquía a la Unión Europea, la inmigración, la ampliación y sus peligros para el empleo, el incremento de la desocupación, la introducción del euro y el alza de precios consiguiente, la degradación de la salud pública y de la educación nacional, para no olvidar la inseguridad…

En suma, los holandeses aprovecharon el referéndum para sancionar el conjunto de la política de la coalición en el poder. La política europea del gobierno no era más que un tema entre otros, mucho más importantes. Y el referéndum permitió al pueblo presentarles la factura a los de arriba: la victoria del “no” constituye pues una severa advertencia a la elite –gobierno, oposición, políticos, direcciones de las grandes organizaciones sociales, etc–.

Durante mucho tiempo esta elite no creyó que pudiera imponerse el “no”. Sólo muy tarde tomó conciencia de la furia de parte de la opinión pública. Como en el 2002, año de la revuelta populista de derecha. Es cierto que originalmente nada dejaba presagiar esa oleada: en noviembre de 2004 sólo el 10% de los votantes anunciaban que optarían por el “no”, el 39% se pronunciaba por el “sí” y el 41% estaba indeciso; un 10% no iría a votar. Pero en marzo de 2005 la opinión pública había dado un vuelco: el “no” amalgamaba a un 24%, el “sí” a un 22%, los indecisos representaban el 48%, y había un 7% de abstenciones. El 27 de mayo se imponía la negativa: 52% por el “no”, 29% por el “sí”, 16% de indecisos, 3% de abstención 4. El “no” francés acentuaría la tendencia.

Esta evolución debe mucho a una campaña animada por los partidarios del “no”, en primer lugar el SP, con 44.000 adherentes, casi todos militantes. Omnipresente en la calle, este partido había comprado mucho tiempo de antena. Sus anuncios publicitarios pivoteaban en los miedos de muchos holandeses frente a Europa –incluido el euro y sus consecuencias–.

Además, los partidarios del “no” se beneficiaron con un aliado inesperado: la campaña del “sí”. Nunca hubo campaña más contraproducente. Se escuchó al liberal social Laurens Jan Brinkhorst, ministro de Economía y promotor del referéndum, declarar que este último era un error porque los ciudadanos no tenían un conocimiento suficiente de la Constitución. El ministro del Interior y liberal conservador Joan Remkes llamó al campo del “No” a no usar más la carta del miedo… cuando los mismos diputados europeos de su partido presentaban un film de propaganda para el “sí” movilizando a las víctimas de la Shoah, a los miles de musulmanes exterminados en Srebrenica y a las víctimas del atentado islamista en Madrid… Y el ministro de Justicia Piet Hein Donner puso en guardia contra una situación a la yugoslava en caso de que triunfara el “no”…

La eficacia de esta campaña fue temible. Su único problema es que convenció a los votantes de que optaran por el “no” 5. Un “no” que no se ubica claramente ni a izquierda ni a derecha: se encuentran los dos componentes. Lo cual recuerda a la “rebelión Fortuyn”: este último, a pesar de su discurso xenófobo, islamófobo, securitario y antielitista, en suma, populista de derecha, había logrado movilizar a su alrededor a votantes de todos los partidos, desde la extrema derecha a la izquierda de la izquierda. El “no” holandés comporta en cierta medida características similares.

  1. En 2002 la contribución holandesa se elevaba a 180 euros por habitante, es decir, 0,65% del PNB: cerca del doble de Alemania (0,38%). Siempre en 2002, Holanda aportó 4.500 millones de euros a Bruselas y recibió solamente 1.600 millones, tres cuartas partes de los cuales correspondían a subsidios agrícolas. En 2003 Holanda entregó a Bruselas 5.900 millones. Véase www.minfin.nl
  2. Nueve días después del asesinato de Fortuyn, el 6 de mayo de 2002, su partido se convirtió en el segundo del país, con 26 escaños sobre 150. En las elecciones de enero de 2003 perdería los dos tercios de sus votos.
  3. “NOS Journaal”, 28-5-05.
  4. Encuestas realizadas por la oficina TNS NIPO a cuenta de la televisión RTL.
  5. En una encuesta publicada el 28 de mayo, el 10% calificaba como positiva la campaña por el “sí”, y el 59% la evaluaba como negativa.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 72 - Junio 2005
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Política
Países Francia