Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

La otra Segunda Guerra Mundial II

La segunda parte incluye las siguientes notas: 1)-De la eutanasia a la “solución final”. Exterminio de enfermos y ancianos en el Tercer Reich, por Susanne IEM 2)- Una lección de coraje. Las mujeres de la Rosenstrasse, por Dominique Vidal.

Desde los primeros años del régimen nazi circularon en Alemania rumores que afirmaban la existencia de planes de exterminio sistemático de la población “poco productiva”. La eutanasia se constituyó así en entrenamiento y ensayo del que sería uno de los rasgos más atroces de la IIª Guerra Mundial: las matanzas de prisioneros en las cámaras de gas.

En la primavera de 1944, la dirección de los Servicios de Seguridad (SD) nazis, en Berlín, solicitó a sus informantes que le proveyeran “informes” sobre el estado de la opinión pública acerca de una cuestión muy especial : el rumor que circulaba por toda Alemania sobre la prematura ejecución de las personas de edad1. Los resultados revelaron una profunda desconfianza respecto del sistema de salud nacionalsocialista. Gran parte de la población estimaba que a causa de su menor productividad, los ancianos eran considerados indeseables y superfluos por el Estado, y recibían por ende una asistencia insuficiente.

Según ciertas versiones, algunos médicos se “deshacían” de personas de edad enfermas con métodos “apropiados” a fin de reducir los costos y ahorrar los medicamentos escasos. Muchos alemanes pensaban que las mismas autoridades habían invitado a los funcionarios de la salud a interrumpir los tratamientos de los pacientes de edad más avanzada, y a no prescribirles más prótesis ni medicamentos de circulación limitada como la insulina. En ciertos distritos, las personas mayores evitaban ir al médico y preferían dirigirse a su farmacéutico o a un curandero ; otros no tomaban lo que les recetaba su médico, temiendo ser envenenados. Estos rumores iban a la par con las quejas : en la distribución de alimentos de alto valor nutricio –como las frutas, verduras o leche– y en las evacuaciones para huir de los bombardeos aliados, los jóvenes y especialmente las mujeres fecundas se habrían visto privilegiados.

En muchas regiones, estas versiones persistían obstinadamente desde hacía años por una razón sencilla : el recuerdo, muy vívido, de las últimas experiencias de eliminación clínica de los “inútiles” a pedido del Estado. En relación con los nuevos rumores, se evocaba con indignación el asesinato de los pacientes de los asilos y hospitales en forma casi abierta. La gente pensaba que, después de los discapacitados, llegaría a los viejos el turno de ser sometidos a las “inyecciones de la Ascensión”, que los enviarían al más allá.

Pero el conocimiento de la política de eutanasia de los nazis suscitó más resignación que rebeldía. Entre enero de 1940 y agosto de 1941, alrededor de 70.000 internos de establecimientos psiquiátricos alemanes habían sido sistemáticamente asesinados. Obra de una institución disimulada bajo el nombre T4, este asesinato masivo fue encubierto administrativamente y decretado secreto de Estado. A comienzos de la guerra, el mismo Hitler había redactado una autorización en tal sentido, formulada voluntariamente de modo vago, para dejar en manos de los expertos médicos y administrativos la organización del programa criminal y la definición de los grupos de víctimas. Aunque los médicos implicados exigieron una garantía legal, el mandatario se negó, so pretexto de confidencialidad, a recurrir a una ley de eutanasia. Muchos indicios confirman sin embargo que las fugas de información no se debieron a un error: fueron voluntarias.

Un test para el judeocidio 

La liquidación de los enfermos mentales enseñó al régimen algo esencial : ese genocidio no había quebrantado esencialmente la lealtad de la población (experiencia decisiva para la aplicación del programa de exterminio de los prisioneros de los campos, judíos y gitanos romas y sintis). Por otra parte, las estructuras y el personal que había pasado la “prueba” del asesinato de los minusválidos participaron acto seguido en el judeocidio.

Los preparativos del “test” que representó la eutanasia vienen de muy lejos. El director de un asilo psiquiátrico lo atestiguó retrospectivamente en 1947 : incluso antes de la guerra, el ministerio del interior pensaba, en caso de conflicto, reducir drásticamente las raciones de los ocupantes de los asilos y hospitales psiquiátricos. Frente a la objeción según la cual eso conduciría a hacerlos morir de hambre, se había “prudentemente, por primera vez, tanteado el terreno, preguntando qué posición adoptaría la Misión Interior2 si el Estado planificaba el exterminio de ciertas categorías de enfermos durante la guerra, en caso de que los alimentos disponibles no alcanzaran para alimentar al total de la población”3.

Durante el verano de 1939, el médico personal de Hitler, Theo Morell, había redactado un informe en el mismo sentido. Basándose en una encuesta realizada a principios de los años ’20 entre los padres de niños con discapacidades importantes, concluía que la mayoría de ellos aceptaban que “la vida de su hijo se abreviara sin sufrimiento”. Algunos decían incluso preferir no decidir ellos mismos la suerte de su hijo : más valía que un médico tomara las decisiones necesarias. A partir de lo cual Morell preconizó, en caso de eutanasia, la renuncia al consentimiento explícito de la familia, el mayor disimulo posible del asesinato del enfermo y, en términos más generales, la utilización del “prefiero-no-saberlo”4. Las víctimas fueron pues rápidamente transferidas de un establecimiento al otro, a fin de hacer más difíciles las búsquedas de allegados inquietos, y luego asesinadas en los centros de ejecución5. Las familias recibían entonces el anuncio del deceso, imputado a una causa inventada, así como la incineración del difunto. Pese a estas precauciones, el secreto del asesinato de los enfermos se divulgó, en especial entre el personal de los asilos y en los alrededores de los lugares de ejecución.

El frágil tabú quedó públicamente expuesto en agosto de 1941, cuando el obispo de Munster, conde Clemens August von Galen, repudió abiertamente el crimen en un sermón. Las protestas procedían más que nada de los medios católicos. Semanas antes del escándalo público de von Galen, Hitler había ordenado detener el programa de eutanasia. Pero eso no significaba de ningún modo el cese de actividades de los centros de matanza. El número de víctimas correspondía aproximadamente, en ese momento, al objetivo fijado por los organizadores en 1939 : uno de cada diez pacientes de hospital psiquiátrico debía ser “tomado por la acción”, es decir entre 65.000 y 70.000 personas en total. Y los expertos en estadística calcularon incluso el ahorro realizado así en materia de alojamiento, vestimenta y alimentación ¡hasta 1951! Sin contar el personal médico “liberado” para otras tareas, los lugares disponibles para enfermos curables, los asilos transformados en hospitales…

Ya durante la Primera Guerra Mundial, la división de la población en distintas categorías destinadas a ser mejor o peor aprovisionadas –en función de su “valor”– había conducido a una subalimentación drástica de los pacientes de los hospitales psiquiátricos. De allí un fuerte aumento de la cifra de su mortalidad6. Pero con la Segunda Guerra Mundial, la selección sistemática, combinada con medidas estatales coercitivas, se convirtió en la base de la política social. Y no cambió nada la interrupción, en 1941, del programa de eutanasia: el asesinato de los enfermos prosiguió, de forma descentralizada y con otras técnicas. Las autoridades locales ya no deportaban a los condenados a las cámaras de gas de los centros de exterminio: los mataban en distintos hospitales y asilos mediante inyecciones letales. Al mismo tiempo, el círculo de los participantes directos en el asesinato y el de las personas informadas se ampliaron considerablemente.

Los expertos en eutanasia, que antes elegían los pacientes a ser eliminados, desplazaron su actividad hacia otros grupos de víctimas. A partir de la primavera de 1941, seleccionaron prisioneros de los campos de concentración –sobre todo minusválidos y judíos– para ser llevados a la cámara de gas. Más adelante, los asesinos del “Aktion T4” operaron en los centros de exterminio de Belzec, Sobibor y Treblinka, cuyos comandantes sacaron provecho de su experiencia en materia de utilización de las cámaras de gas para la destrucción de los judíos.

Aparte de sus conocimientos prácticos y organizativos, los “T4” transfirieron de la eutanasia a la “solución final” su experiencia en el manejo de la opinión pública. Tan es así que en abril de 1941, el consenso en torno al asesinato de los enfermos se confirmó favorable : “En el 80% de los casos los allegados están de acuerdo, el 10% protesta y el 10% es indiferente”7. Los informes de los SS de la primavera de 1944 pueden leerse entonces como signos de una prudente moderación : sondean la atmósfera general, dan indicaciones sobre las posibles causas de los rumores y aconsejan a las autoridades en cuanto a su reacción. En todo caso, se trataba menos de manipular a la opinión pública que de medir las fronteras de lo realizable…

 

2)Una lección de coraje

Las mujeres de la Rosenstrasse

Dominique Vidal

Jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique, París.

Siempre se dijo que en la Alemania nazi “no había nada que hacer”. Un grupo de mujeres que en 1943 exigió y obtuvo la liberación de sus maridos judíos recientemente detenidos demostró lo contrario. Una prueba de que la dictadura temía las reacciones del pueblo más de lo que la historiografía tradicional sostiene.

Ese 27 de febrero de 1943, al alba, los SS de la Leibstandarte Hitler, encargados de la seguridad personal del Führer, ocupan sus lugares en camiones cubiertos con lonas que parten hacia los cuatro confines de Berlín8. Su misión: detener en su casa o en su trabajo, con ayuda de la Gestapo y de la policía municipal, a los últimos judíos de la capital del III Reich. Unos trabajan en fábricas vitales para la Wehrmacht; otros, casados con cónyuge alemán, no caen por efecto de las leyes de Nuremberg de 1935. El ministro de propaganda y gauleiter (jefe regional) del Partido Nacionalsocialista, Joseph Goebbels, que hace diez años sueña con limpiar de judíos su ciudad, puede finalmente poner término a esas excepciones.

Por la noche, cerca de 5000 personas han sido secuestradas, entre ellas 1700 maridos de alemanas. Algunos van ya rumbo a los campos de la muerte. Otros esperan su deportación, hacinados en dos cárceles improvisadas. Una de ellas se encuentra en los números 2-4 de la Rosenstrasse, en el local de una oficina de asistencia social de la comunidad judía. Desde el mediodía, decenas de mujeres, preocupadas por no ver volver a su marido, se apiñan en la calle: pronto son 200. Algunas pasan la noche allí...

Al día siguiente, se duplica su número... y su decisión. El hecho de que el servicio de asuntos judíos de la Gestapo tenga su sede a dos pasos, en la Burgstrasse, no les impide gritar a coro: “¡Devuélvannos a nuestros maridos!”. Ni la presencia de los SS, ni el cierre de la estación de subterráneo cercana de Börse, ni siquiera los terribles bombardeos aéreos británicos de la tarde les impiden desafiar al régimen. El historiador David Bankier relata9, basándose en un testigo, cómo varias mujeres enfrentan a los agentes de la Gestapo y “se atreven a decirles que deberían ir ellos mismos al frente del Este y dejar en paz a los viejos judíos”, pero “la mayoría de los peatones –agrega– miran la escena con total indiferencia”.

En su Diario, con fecha 2 de marzo, Goebbels escribe: “Estamos echando definitivamente a los judíos fuera de Berlín. Los prendimos a todos en una redada el pasado domingo y vamos a embarcarlos hacia el Este de inmediato.” No tiene en cuenta la multitud que crece en la Rosenstrasse. Cuando los SS amenazan disparar, las mujeres van a refugiarse en las entradas de las casas o bajo un viaducto cercano, luego regresan: “Queremos a nuestros maridos”, exigen al unísono.

Victoria contra la pasividad 

El 5 de marzo, el régimen intenta unas últimas maniobras intimidatorias. La Gestapo desplaza por la fuerza a decenas de manifestantes. Luego un jeep ocupado por cuatro SS con uniforme y casco de acero, blandiendo metralletas, arremete contra la multitud lanzando disparos. Las mujeres se dispersan corriendo, para regresar nuevamente frente a la prisión. Algunas de ellas, estimuladas por el poder de su movimiento, se animan incluso a ir a pedir a la Gestapo noticias de sus esposos. Otras consiguen introducirse en el edificio de la Rosenstrasse. “Conservábamos la esperanza de que nuestros maridos volverían a casa y no serían deportados”, testimonia una manifestante.

Lo más increíble es que no se equivocan. El 6 de marzo, la dictadura no sólo pone fin a los arrestos y deportaciones que continuaban hasta ese momento, sino que ordena la liberación de todos los judíos casados con alemanas –hará incluso buscar en Auschwitz a veinticinco de ellos, que podrán volver a su hogar–. Por lo demás, casi todos sobrevivirán a la guerra. Oficialmente, la Gestapo de Berlín cometió simplemente un abuso de poder secuestrando y deportando a judíos casados con alemanas, y el poder había puesto, naturalmente, las cosas en orden.

La realidad nada tiene que ver con esa fábula del “error” burocrático rectificado. Fue el mismo Goebbels quien ordenó la redada y quien, luego de una reunión con Adolf Hitler, el 3 de marzo, en su Wolfschanze (guarida de lobo), la suspendió. ¿Por qué? La respuesta procede sin duda del período durante el cual se desarrolla este caso: justo después de la derrota de Estalingrado. El ánimo de los alemanes está en su punto más bajo. Los dirigentes nazis tienen entonces una única obsesión: que el “frente interior” se quiebre, como en 1917, bajo el ataque sorpresivo del Ejército Rojo y los bombardeos anglo-estadounidenses. La resistencia corajuda, pero relativamente apolítica, de las mujeres de la Rosenstrasse amenaza transformarse en una mancha de aceite: ¿y si otros manifestantes vinieran a perturbar las deportaciones masivas de judíos, que tienen lugar entonces en numerosas ciudades de Alemania?

“En Berlín –especifica el historiador Peter Longerich10 se internó temporalmente a cientos de judíos casados con no judías en dos edificios de la comunidad judía, con el fin manifiesto de poder intercambiarlos por aquellos empleados de la comunidad que debían ser deportados. Por destacable que sea esta acción, la protesta pública espontánea de miembros de ese grupo reunidos frente al edificio de la Rosenstrasse, no fue sin embargo la causa de la liberación de los hombres encarcelados, ya que una deportación de los judíos que vivían en ‘pareja mixta’ no estaba prevista en esa época.”

El colaborador del ministro de Propaganda, Leopold Gutterer, contradice esa apreciación: “Goebbels liberó a los judíos para eliminar para siempre toda protesta. (...) Para evitar que otros saquen una enseñanza o sigan el ejemplo de esa protesta, había que eliminar toda razón de protestar”11. En su obra maestra, La Destruction des juifs d’Europe12 (La destrucción de los judíos de Europa), Raul Hilberg sigue la misma línea, cuando escribe que los maridos judíos de mujeres alemanas “fueron finalmente exceptuados, dado que se percibió, en el fondo, que su deportación podía llegar a comprometer todo el proceso de destrucción”.

A la distancia, la victoria de las mujeres de la Rosenstrasse interroga al historiador. Ésta constituye en primer lugar una dura respuesta a todos aquellos que explicaron su pasividad asegurando que “no había nada que hacer” contra el régimen nazi. Más aun: prueba que la acción, lejos de ser un testimonio meramente simbólico, podía hacerlo retroceder. Más allá del muy particular contexto del invierno de 1943, esta victoria incita incluso a revisar los vínculos que la dictadura mantenía con su pueblo: ¿no temía la primera las reacciones del segundo mucho más de lo que afirma la historiografía tradicional?

Eso explicaría, entre otras cosas, el secreto en que los dirigentes nazis procuraron envolver el genocidio, pero también los esfuerzos considerables que desplegaron –como lo demuestra en este mismo dossier Götz Aly– para “comprar” a los alemanes. Pero lamentablemente, no hubo más que una sola Rosenstrasse...

 

  1. Antiguos archivos especiales, Moscú, 500/4/330.
  2. Organización de asistencia protestante, cuya dirección se había pronunciado, desde 1931, a favor de una esterilización eugenésica. Cf. Ernst Klee, Euthanasie im NS-Staat, Fischer Verlag, Frankfurt, 1985.
  3. Ludwig Schaich, Lebensunwert ?, citado por Götz Aly y Susanne Heim en Vordenker…, op. cit.
  4. Idem
  5. Grafeneck, Brandenburg, Bernburg, Hadamar, Harteheim, Pirna.
  6. Heinz Faulstich, Hungersterben in der Psychiatrie 1914-1949, Lambertus Verlag, Friburgo, 1997.
  7. Susanne Heim y Götz Aly, op. cit.
  8. Sólo un libro en francés trata exhaustivamente este caso: Nathan Stotlzfus, La Résistance des coeurs. La révolte des femmes allemandes mariées à des juifs, Phébus, París, 2002. Este artículo se basa en gran medida en información incluida en ese libro.
  9. Die öffentliche Meinung im Hitlerstaat, Berlin Verlag, Berlín, 1995.
  10. Politik der Vernichtung, Piper, Munich, 1998.
  11. Nathan Stoltzfus, op. cit.
  12. Fayard, París, 1988.

 

Autor/es Susanne Heim
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 70 - Abril 2005
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados
Países Alemania (ex RDA y RFA)