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La otra Segunda Guerra Mundial

La primera parte incluye las siguientes notas : 1)-8 de mayo de 1945. Lecciones de historia, por Ignacio Ramonet 2)-Demagogia para acallar la resistencia interna. Cómo Hitler compró a los alemanes, por Götz Aly. 3)- “Alianzas” en la Segunda Guerra Mundial. El papel “olvidado” de la Unión Soviética, por Annie Lacroix-Riz.

1La Segunda Guerra Mundial fue, sin dudas, el momento central del siglo XX. Las muertes han sido demasiadas como para que la sociedad aprendiese que la guerra no es ninguna solución. Sin embargo, líderes com Putín y Bush no dan pruebas de haber entendido el mensaje.

Hace sesenta años, el 8 de mayo de 1945, con el derrumbe del Tercer Reich alemán, terminaba la Segunda Guerra Mundial en Europa. Proseguiría en Asia hasta el 2 de septiembre de 1945, cuando, sobre el puente del acorazado estadounidense Missouri, los representantes de Japón, abrumados por las primeras bombas atómicas, firmaran la rendición de su país.

¿Es necesario seguir hablando de este conflicto, en un momento en que el gran coro de los medios nos asesta, en ocasión de las múltiples ceremonias conmemorativas 2 –por el desembarco de Normandía, la liberación de París, la entrega de Auschwitz y luego la de Buchenwald, la caída de Berlín–, imágenes pletóricas y comentarios interminables sobre sus principales episodios? La respuesta es sí. Por una razón simple: el propio ceremonial de las conmemoraciones entierra y ahoga el sentido del acontecimiento. La paradoja es que los medios recuerdan... para hacer olvidar mejor.

El historiador Eric Hobsbawn nos ha puesto en guardia: “Hoy –afirma– la historia es más que nunca revisada o incluso inventada por personas que no desean conocer el verdadero pasado, sino solamente un pasado que esté de acuerdo con sus intereses. Nuestra época es la época de la gran mitología histórica” .

A medida que el tiempo nos aleja de los hechos, los testigos directos desaparecen y las enseñanzas obtenidas en caliente de los acontecimientos se desdibujan y se confunden. Y los grandes medios, que no tienen el rigor de los historiadores, reconstruyen, según las modas, un pasado que muchas veces está determinado, corregido, rectificado... por el presente. Un pasado expurgado, depurado, lavado de todo lo que podría, hoy, generar desorden. En este sentido, –y esta es otra paradoja– hay pocas diferencias entre esta nueva “historia oficial” y la censura del Estado en los países no democráticos. En ambos casos, lo que reciben las jóvenes generaciones es ese pasado revisado. Debemos rebelarnos contra tal distorsión de la historia.

La Segunda Guerra Mundial fue el momento central del siglo XX. Uno de los acontecimientos más violentos y más destacados de la historia de la humanidad. En primer lugar por su desmesura, su amplitud sin igual. Con la extensión y la intensificación progresiva del conflicto, el campo de batalla se extendió a todo el planeta y afectó a todos los continentes, salvo la Antártida. En 1945, casi todos los Estados independientes se encontraban implicados en la guerra. Las grandes potencias imperiales habían arrastrado al enfrentamiento, por las buenas o por las malas, a sus colonias de África y Asia. Y todos los países de América Latina se habían comprometido en favor de la causa aliada 3; Brasil llegó incluso a constituir un cuerpo expedicionario que combatió en Italia. En el momento de la caída del Reich hitlerista, sólo nueve Estados del mundo (Afganistán, Dinamarca, España, Irlanda, Mongolia, Nepal, Portugal, Suecia y Suiza) seguían siendo oficialmente neutrales.

La cantidad de soldados movilizados superó todo lo que se había conocido anteriormente. Mientras en Asia los japoneses proseguían una guerra sin fin para adueñarse de China, Alemania movilizó en 1939 a 3 millones de soldados de la Wehrmacht para ocupar Polonia. Y pronto iba a alistar a 6 millones para emprender una “guerra preventiva” contra la Unión Soviética, que a su vez iba a oponer fuerzas que superaban los 11,5 millones de hombres... Y, cuando Estados Unidos entró en la guerra, después de haber sido víctima de un “ataque preventivo” de los japoneses en Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941, movilizó no menos de 12 millones de soldados...

Esta guerra planetaria fue también una “guerra total”, que se caracterizó por la extensión de la “zona de destrucción” mucho más allá del campo de batalla propiamente dicho. Las poblaciones civiles de toda Europa, de Rusia occidental y de Asia oriental debieron sufrir operaciones militares, la proximidad con los diversos frentes, operaciones de rastrillaje, y represiones o bombardeos sistemáticos. Sin hablar de las persecuciones y masacres por motivos ideológicos o a causa de políticas raciales de las que fueron víctimas millones de civiles (en particular los judíos europeos, los gitanos, los chinos y los coreanos) por parte de los Estados del Eje (Alemania, Italia, Japón), sobre todo en Europa oriental y en China.

El costo en vidas humanas fue el más elevado de la historia. Se estima la cantidad total de muertos en alrededor de 50 millones. El balance fue más desfavorable en Europa que en Asia, y mucho más en el este europeo que en el oeste. El ejército soviético –el Ejército Rojo– perdió por sí solo unos 14 millones de hombres: 11 millones en los campos de batalla (de los cuales 2 millones en los frentes de Extremo Oriente) y 3 millones en los campos alemanes de prisioneros... Algunas grandes batallas como Stalingrado (septiembre de 1942-febrero de 1943), el desembarco de Normandía (junio de 1944) o la toma de Berlín (20 de abril-8 de mayo de 1945) resultaron ser más mortíferas que los peores enfrentamientos de la Primera Guerra Mundial.

Entre los Aliados, el total de muertos en combate fue de 300.000 estadounidenses, 250.000 británicos y 200.000 franceses. Japón perdió un millón y medio de combatientes. Pero una de las principales causas de pérdidas de vidas humanas fue el enfrentamiento, en el Este de Europa, entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo, que terminó con la muerte de por lo menos 11 millones de soldados de ambos campos y produjo más de 25 millones de heridos...

Por primera vez en el curso de una guerra, la cantidad de víctimas civiles superó por lejos la de los militares muertos en combate. Además, los civiles fueron frecuentemente víctimas de atrocidades cometidas para aterrorizar al adversario. De esta manera, en Asia, Japón, que había invadido el norte de China desde 1937 y ocupado Pekín, lanzó su ejército sobre Nankín, donde tenía su sede el gobierno chino, que decidió resistir. Una vez tomada Nankín, el ejército japonés se entregó a una verdadera masacre. Los 200.000 chinos que se encontraban todavía en la ciudad fueron todos ejecutados en condiciones atroces. Las mujeres fueron salvajemente violadas, los hombres y niños enterrados vivos o torturados según directivas precisas. La ciudad fue saqueada y luego quemada de cabo a cabo.

El príncipe Asakasa, primer responsable de esta carnicería, nunca fue molestado después de la guerra. Todavía hoy algunos manuales escolares japoneses minimizan este crimen. Lo que –con razón– pone furiosos a los chinos y coreanos, como pudo verse en abril último en Pekín, durante las grandes manifestaciones antijaponesas. Contrariamente a Alemania, Japón no reconoció nunca de manera convincente sus abominables crímenes de guerra contra los civiles chinos y coreanos.

En todas partes, el hambre diezmó a las poblaciones asediadas. Así, en Leningrado (hoy San Petersburgo), más de 500.000 civiles perecieron por las privaciones entre noviembre de 1941 y enero de 1944. Y también hubo bombardeos intensivos de las ciudades. Todos los beligerantes abandonaron cualquier escrúpulo en relación con las grandes aglomeraciones indefensas. Comenzando por las fuerzas hitleristas que, desde el 10 de septiembre de 1940 hasta el 15 de mayo de 1941, multiplicaron las incursiones aéreas contra las ciudades inglesas (entre las cuales estaba Coventry) provocando más de 500.000 muertes civiles. Como muchas otras ciudades, Varsovia fue enteramente destruida de noviembre a diciembre de 1944 por las tropas alemanas en retirada. Los Aliados replicaron el 13 de febrero de 1945 con la destrucción de Dresde, generando decenas de miles de víctimas civiles, muchas de ellas refugiados. Luego, el 8 y 11 de agosto de 1945, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron eliminadas del mapa por los primeros bombardeos atómicos de la historia.

También hubo éxodos o marchas forzadas que produjeron innumerables víctimas entre los prisioneros de guerra, los deportados y las poblaciones desplazadas; sólo en el año 1945, por ejemplo, más de dos millones de alemanes encontraron la muerte mientras huían a pie, hacia el oeste, ante el avance de las fuerzas soviéticas. Y hubo también, y sobre todo, el crimen de los crímenes, la exterminación sistemática por parte de los nazis, por razones de odio antisemita, de seis de los doce millones de judíos europeos.

Por sus dimensiones apocalípticas, y por los huracanes de violencia, de crueldad y de muerte que desató sobre el mundo, la Segunda Guerra Mundial cambió profundamente no sólo la geopolítica internacional sino, muy simplemente, las mentalidades. Para las generaciones que vivieron esa guerra y sobrevivieron a sus violencias, ya nada podía ser como antes. Durante este conflicto el hombre se sumergió en una suerte de abismo del mal y, de alguna manera, llegó a deshumanizarse. Muy particularmente en Auschwitz. Por eso era necesario proceder, una vez terminada la guerra, a una regeneración, una reconstrucción del espíritu humano. Una rehumanización del hombre.

Tal como lo conocemos hoy, el mundo sigue estando fuertemente modelado por el traumatismo causado por esta guerra. Se han obtenido algunas enseñanzas, dos especialmente:

- en primer lugar, que es necesario evitar a cualquier precio un conflicto de la misma naturaleza; lo que llevó a la comunidad internacional a constituir, a partir de 1945, un instrumento inédito: la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo primer objetivo sigue siendo impedir las guerras;

- en segundo lugar, que las teorías fascista y nacionalsocialista, así como el militarismo imperial japonés, siguen siendo culpables de haber arrojado al mundo al abismo de una guerra tan abominable; y que los regímenes políticos basados en el antisemitismo, en el odio racial o en la discriminación constituyen peligros no sólo para su propio pueblo sino también para toda la humanidad. Esta es la razón por la que, muy naturalmente, la Segunda Guerra Mundial fue seguida del nacimiento de Israel y del gran despertar de los pueblos colonizados de África y Asia.

Pero los propios vencedores parecen haber olvidado las enseñanzas de esta guerra. Así, por ejemplo, la Rusia del presidente Vladimir Putin se deshonra con su represión ciega y su abuso de la fuerza en Chechenia. Y en Estados Unidos, la administración del presidente George W. Bush utilizó los odiosos atentados del 11 de septiembre como pretexto para cuestionar el estado de derecho. Washington ha restablecido el principio de la “guerra preventiva” para invadir Irak, ha creado “campos de detención” para prisioneros despojados de sus derechos y tolera la práctica de la tortura.

Estas gravísimas desviaciones no impedirán de ninguna manera a Putin y Bush ocupar el 8 de mayo el primer lugar en el centro de las ceremonias en recuerdo de la derrota del Tercer Reich. Pocos medios se atreverán a recordarles que están usurpando ese lugar, por haber traicionado los grandes ideales de la victoria de 1945.

  1. Dominique Vidal, “Abandonar la tribu”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2005.
  2. Eric Hobsbawm, Años Interesantes. Una vida en el siglo XX, Editorial Crítica, Barcelona, 2003.
  3. La Segunda Guerra Mundial enfrentó a los “Aliados” (los Estados democráticos reunidos en torno a Estados Unidos y el Reino Unido), así como la Unión Soviética, con los países del Eje (Alemania, Italia, Japón).

 

2)Demagogia para acallar la resistencia interna

Cómo Hitler compró a los alemanes


Por Götz Aly

Historiador, Berlín. Este texto es un adelanto del libro Hitlers Volkstaat. Raub, Rassenkrieg und Nationaler Sozialismus (El Estado del pueblo de Hitler. Saqueo, guerra racial y nacionalsocialismo), publicado en marzo de 2005 por la editorial S. Fischer (Frankfurt), y que será publicado en francés por Flammarion (París), en octubre de 2005.

¿Cómo un régimen como el nazismo pudo gozar de un consenso político tan fuerte? La respuesta no se halla en el nacionalismo exacerbado y racista que se respiraba en la Alemania de 1930, sino en los esfuerzos del régimen por propiciar un estado de confort material a costa de los países ocupados y de la expoliación de los prisioneros judíos.

Este libro trata sobre una pregunta simple, que no siempre ha encontrado respuesta: ¿cómo pudo ocurrir? ¿Cómo pudieron los alemanes, cada uno en su nivel, permitir y cometer crímenes masivos sin precedentes, en particular el genocidio de los judíos de Europa? Aunque el odio, fomentado por el Estado, hacia todas las poblaciones “inferiores” (los polacos, los bolcheviques, y los judíos) formaba sin duda parte de las condiciones necesarias, eso no constituye una respuesta suficiente.

En los años anteriores al régimen hitlerista no había más resentimiento entre los alemanes que entre los demás europeos; su nacionalismo no era más racista que el de otras naciones. No hubo una Sonderweg (excepción alemana) que permitiera establecer una relación lógica con Auschwitz. La idea de que una xenofobia específica y un antisemitismo exterminador se habrían desarrollado desde muy temprano en Alemania no se apoya en ninguna base empírica. Suponer que un error de consecuencias especialmente funestas tiene necesariamente causas específicas y lejanas es un error. El Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) debe la conquista y la consolidación de su poder a un conjunto de circunstancias, y los factores más importantes se ubican después de 1914, no antes.

La relación entre pueblo y elite política bajo el nacionalsocialismo está en el centro de este estudio. Está establecido que el edificio del poder hitleriano fue, desde el primer día, extremadamente frágil, y hay que preguntarse cómo se estabilizó, de manera aproximada pero suficiente como para durar doce años excitantes y destructivos. Por eso conviene precisar la pregunta planteada al principio de manera general (“¿cómo pudo ocurrir eso?”): ¿Cómo una empresa que de manera retrospectiva aparece tan abiertamente mistificadora, megalómana y criminal como el nazismo pudo ser objeto de un consenso político de una amplitud que hoy nos resulta difícil explicar?

Para intentar aportar una respuesta convincente, considero al régimen nazi desde un ángulo que lo presenta como una dictadura al servicio del pueblo. El período de la guerra, que también hizo surgir muy claramente las otras características del nazismo, permite responder de la mejor manera a esas preguntas tan importantes. Hitler, los Gauleiter (jefes regionales) del NSDAP, una buena parte de los ministros, secretarios de Estado y consejeros actuaron como demagogos clásicos, preguntándose sistemáticamente cómo asegurar y consolidar la satisfacción general, comprando cada día la aprobación de la opinión o, por lo menos, su indiferencia. Dar y recibir fue la base sobre la cual erigieron una dictadura consensual, siempre mayoritaria en la opinión; el análisis del derrumbe interno al final de la primera guerra mundial hizo aparecer los escollos que debía evitar su política de beneficencia popular.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los responsables nazis trataron, por un lado, de distribuir los víveres de manera que su reparto fuera sentido como justo, sobre todo por los más pobres; por otro, hicieron de todo para mantener la estabilidad, al menos aparente, del Reichsmark (RM) con el fin de cortar decididamente cualquier recuerdo inquietante de la inflación de la guerra de 1914 o del derrumbe de la moneda alemana en 1923; finalmente procuraron –lo que no había ocurrido durante la Primera Guerra Mundial– retribuir de manera suficiente a las familias, que recibían cerca del 85% del salario neto anterior de los soldados movilizados (contra menos de la mitad para las familias británicas y estadounidenses en la misma situación). No era raro que las esposas y las familias de los soldados alemanes tuvieran más dinero que antes de la guerra; también se beneficiaban con los regalos traídos masivamente por los soldados con licencia y con los paquetes enviados al ejército por correo desde los países ocupados.

Para reforzar esta ilusión de adquisiciones garantizadas, e incluso susceptibles de crecer, Hitler logró que los campesinos, los obreros, y también los empleados y los pequeños y medianos funcionarios no fueran afectados de manera significativa por los impuestos de guerra, lo cual también representaba una diferencia importante en relación con Gran Bretaña y Estados Unidos. Pero este beneficio otorgado a la gran mayoría de los contribuyentes alemanes estuvo acompañado de un aumento considerable en la carga fiscal de las capas sociales con altos o muy altos ingresos. El impuesto excepcional de 8.000 millones de Reichsmarks que debieron pagar los propietarios inmobiliarios hacia fines de 1942 constituye un ejemplo sorprendente de la política de justicia social practicada ostensiblemente por el Tercer Reich. Lo mismo ocurrió con la exención fiscal de las primas por el trabajo nocturno, en domingo y días feriados, acordada después de la victoria sobre Francia, y considerada hasta hace poco por los alemanes como un logro social.

Así como el régimen nazi fue implacable en el caso de los judíos y de las poblaciones que consideraba, desde un punto de vista racial, como inferiores o extranjeras (fremdvölkisch), también su conciencia de clase lo impulsó a repartir las cargas de manera que los más débiles salieran beneficiados.

Pero es evidente que sólo las clases más ricas (el 4% de los contribuyentes alemanes ganaba entonces más de 6.000 RM anuales) no podían aportar con sus impuestos los fondos necesarios para el financiamiento de la Segunda Guerra. Entonces, ¿cómo se financió la guerra más costosa de la historia mundial para que la mayoría de la población se encontrara lo menos afectada posible? La respuesta es evidente: Hitler hizo que los arios ahorraran recursos a expensas del mínimo vital de otras categorías de población.

Para conservar el favor de su propio pueblo, el gobierno del Reich también arruinó las demás monedas de Europa, al exigir gastos de ocupación cada vez más elevados. Para asegurar el nivel de vida de su población, hizo robar millones de toneladas de productos alimenticios para dar de comer a sus soldados y enviar lo que quedaba a Alemania. De la misma manera que se suponía que el ejército alemán se alimentaba a expensas de los países ocupados, también debía pagar los gastos corrientes con el dinero de esos países, lo que logró ampliamente.

Los soldados alemanes desplegados en el extranjero –es decir, casi todos– y el conjunto de las prestaciones brindadas a la Wehrmacht por los países ocupados, las materias primas, los productos industriales y artículos alimenticios comprados en el lugar y destinados a la Wehrmacht o a ser enviados a Alemania, todo era pagado con monedas distintas a los Reichsmarks. Los responsables aplicaban expresamente los siguientes principios: si alguien debe morir de hambre, que sean los otros; si la inflación de guerra es inevitable, que afecte a todos los países salvo a Alemania.

“Bienestar” del pueblo

La segunda parte del libro trata sobre las estrategias elaboradas para lograr esos fines. Las arcas alemanas estuvieron así alimentadas por los miles de millones provenientes de la expoliación de los judíos de Europa, lo que constituye el objeto de la tercera parte. Mostraré de qué manera fueron expoliados los judíos, primero en Alemania y luego en los países aliados y en aquellos ocupados por la Wehrmacht. (...)

Apoyándose en una guerra predadora y racial de gran envergadura, el nacionalsocialismo fue el principio de una verdadera igualdad, especialmente por una política de promoción social de una amplitud sin precedentes en Alemania, que lo hacía al mismo tiempo popular y criminal. El confort material y las ventajas obtenidas del crimen en gran escala, ciertamente de manera indirecta y sin comprometer la responsabilidad personal, eran aceptadas con buena voluntad, alimentando la conciencia, en la mayoría de los alemanes, de la solicitud del régimen. Y, recíprocamente, de allí obtenía su energía la política de exterminación, ya que adoptaba el criterio del bienestar del pueblo. La ausencia de resistencia interna digna de ese nombre y, posteriormente, la falta de sentimiento de culpabilidad, se deben a esta constelación histórica. Esto es objeto de la cuarta parte del libro.

Respondiendo así a la pregunta “¿cómo pudo suceder lo que sucedió?”, se nos hace imposible cualquier reducción pedagógica a simples fórmulas antifascistas; ésta es una respuesta difícil de mostrar públicamente, y casi imposible de separar de las historias nacionales de la posguerra, la de los alemanes en la República Democrática Alemana (RDA), en la República Federal de Alemania (RFA) y en Austria. Sin embargo, parece necesario aprehender el régimen nazi como un socialismo nacional para, por lo menos, poner en duda la proyección recurrente de la culpa sobre individuos y grupos claramente circunscriptos, que son tanto el dictador delirante, enfermo y “carismático” y su entorno inmediato, como los ideólogos del racismo (según una moda pasajera, propia de una generación que ha conocido la misma socialización) que están estigmatizados; para otros son (de manera exclusiva o no) los banqueros, los grandes empresarios, los generales o los comandos asesinos, presos de una locura homicida. En la RDA, en Austria y en la RFA se adoptaron las estrategias de defensa más diversas, pero todas iban en el mismo sentido y garantizaban a la población mayoritaria una existencia apacible y una conciencia tranquila. (...)

Se asocia –en general un poco rápidamente– a los que se aprovecharon de la arianización con los grandes industriales y los banqueros. Las comisiones de investigación sobre el período nazi, establecidas durante los años 1990 en muchos Estados europeos y en grandes empresas, y constituidas por historiadores especializados, reforzaron esta impresión, que es falsa si se mira la situación de conjunto. La historiografía, un poco más matizada, agrega de buena gana a algunos funcionarios nazis de rango más o menos elevado al grupo de los que se aprovecharon de la arianización. Desde hace algunos años aparecen también en la mira vecinos comunes alemanes, y también polacos, checos o húngaros, personas cuyos dudosos servicios a la potencia ocupante eran con frecuencia retribuidos con bienes “desjudaizados”. Pero toda teoría que se centre únicamente en los aprovechadores privados tomaría un camino equivocado y pasaría al costado de la cuestión central: ¿en qué se transformaron los bienes de los judíos de Europa expropiados y asesinados? (...)

Esta técnica de financiamiento de la guerra, aplicada en Alemania desde 1938, que consistía en imponer la conversión del patrimonio privado en préstamos al Estado, fue ignorada por quienes trataron la arianización con una perspectiva jurídica, moral o historiográfica. Esta posición correspondía a la voluntad de los dirigentes alemanes de acallar la utilidad material del saqueo. Como la mención de la conversión forzada de los valores judíos en préstamos al Estado era un tabú, las cifras concretas de los ingresos siguieron siendo secretas. La persecución de los judíos debía presentarse y considerarse como una cuestión puramente ideológica, y las víctimas sin defensa de un gigantesco asesinato predador aparecer como enemigos despreciables.

En 1943, una lista establecida por el Alto Comando de la Wehrmacht, que detallaba diecinueve problemas políticos y militares que eran fuente de perturbaciones entre los soldados, perturbaciones que los oficiales debían evitar con respuestas tan homogéneas como fuera posible, incluía esta pregunta: “¿No fuimos demasiado lejos con la cuestión judía?” La respuesta era: “¡Mala pregunta! ¡Es un principio nacionalsocialista, tiene que ver con nuestra Weltanschauung (concepción del mundo); no hay discusión sobre ello!” 1. Ahora bien, no hay ninguna razón para confundir la argumentación puesta a disposición de los adoctrinadores nazis con los hechos históricos. (...)

En Alemania hubo, innegablemente, una gran cantidad de escépticos. La mayoría de los que se dejaron llevar por el nazismo lo hicieron sobre la base de puntos imprecisos del programa. Algunos siguieron al NSDAP porque la emprendía contra Francia, enemigo hereditario; otros, porque ese Estado joven rompía fuertemente con las representaciones morales tradicionales. Algunos eclesiásticos católicos bendijeron las armas comprometidas en la cruzada contra el bolchevismo pagano y se opusieron a la confiscación de los bienes de la Iglesia, así como también a los crímenes de la eutanasia (ver Heim, pág. ); a la inversa, los Volksgenossen (literalmente “camaradas del pueblo”, es decir ciudadanos arios) de sensibilidad fundamentalmente socialista se entusiasmaron con las dimensiones anticlericales y antielitistas del nacionalsocialismo. Precisamente porque se apoyaba en afinidades parciales diversas, el seguimiento ciego de millones de alemanes, cada uno con motivaciones puntuales aunque de consecuencias funestas, pudo ser reformulado a posteriori sin dificultad como una “resistencia” desprovista de eficacia histórica.

El actor Wolf Goette, mencionado en el capítulo sobre los saqueadores (satisfechos) de Hitler, estaba tan alejado de la ideología nazi como Heinrich Böll. Siempre encontró la política alemana “vomitiva”, y experimentaba un “sentimiento de vergüenza espantoso” cuando se cruzaba con una persona que llevaba la “insignia amarilla”. Sin embargo, a diferencia de Böll, en un primer momento consideró la película Ich klage an (“Yo acuso”), que hacía la apología de la eutanasia, como un documento de “orientación limpia y conveniente”, como una obra de arte impactante que “demostraba con una calidad cinematográfica notable” la “necesidad” de la eutanasia “en algunos casos de enfermedades incurables”, aun cuando luego expresó discretas dudas “sobre la hipótesis de que un Estado arbitrario reivindicara esta idea”. Pero, independientemente de su posición en cuanto a las diversas medidas políticas, Goette seguía valorando las posibilidades para su carrera y de consumo que le procuraba la dictadura alemana en Praga, una ciudad pletórica de riquezas. Estaba preocupado por sus pequeños intereses personales, y eso lo neutralizaba políticamente.2 

Por otra parte, sólo el ritmo desenfrenado de la acción le permitía a Hitler mantener en equilibrio la mezcla siempre inestable de los intereses y de las posiciones políticas más diversas. Es aquí donde residía la alquimia política de su régimen. Impedía el derrumbe por el encadenamiento casi ininterrumpido de las decisiones y de los acontecimientos. Valorizaba al NSDAP y sostenía a los militantes de la primera hora, los Gauleiter y los Reichsleiter, de manera mucho más comprometida que los ministros. Su habilidad para estructurar el poder se manifestó después de 1933 en el hecho de que no dejó que el Partido todopoderoso se redujera a un simple apéndice del Estado. Supo, por el contrario –a diferencia del Partido Socialista Unificado de Alemania del Este (SED) tiempo después– movilizar el aparato del Estado con un éxito sin precedentes, permitiéndole desarrollar una creatividad concurrente a los objetivos de “agitación nacional” y utilizar las fuerzas del país hasta el extremo.

En su mayoría, los alemanes sucumbieron al vértigo en un primer momento, a la embriaguez de la aceleración de la historia después, y finalmente –con Stalingrado, cuyo impacto fue acentuado internamente por los bombardeos “de saturación” y el terror ahora manifiesto– a un estado de conmoción que provocó el mismo entorpecimiento. Los ataques aéreos suscitaron más indiferencia que miedo y llevaron a un cierto “no me importa”; los muertos caídos en el frente oriental reforzaron la tendencia a centrarse en las preocupaciones de lo cotidiano y en la espera de los próximos signos de vida del hijo, del marido o del novio 3.

Los alemanes vivieron los doce años del nazismo como un estado de urgencia permanente. En el torbellino de los acontecimientos, perdieron toda noción de equilibrio y de medida. “Todo esto me hace sentir el efecto de una película” 4 observaba en 1938, plena crisis de los Sudetes, Vogel, el almacenero mencionado por Víctor Klemperer. Un año más tarde, nueve días después del comienzo de la campaña contra Polonia, Herman Göring les aseguraba a los obreros de las fábricas Rheinmetall-Borsig, en Berlín, que pronto podrían contar con dirigentes “a los que la energía empuja hacia adelante” 5. En la primavera de 1941, Joseph Goebbels confirmaba esta idea en su diario: “Toda la jornada, un ritmo loco”; “la vida ofensiva y fulgurante comienza de nuevo ahora”, o bien, en la embriaguez antibritánica de la victoria: “Paso todo el día con un sentimiento de felicidad febril” 6.

Hitler mencionaba con frecuencia, en su círculo más restringido, la posibilidad de su muerte cercana, con el fin de mantener el ritmo insensato necesario para el equilibrio político de su régimen. Se movía como un equilibrista diletante que sólo logra conservar el equilibrio gracias a movimiento de oscilación cada vez más amplios, cada vez más rápidos, luego precipitados y vanos, y que termina, inevitablemente, por caer. Por eso el análisis de las decisiones políticas y militares de Hitler gana en pertinencia cuando hace abstracción de la propaganda a ultranza sobre el futuro, y vuelve a situar esas iniciativas con relación a sus motivaciones inmediatas y a los efectos buscados a corto plazo.

  1. Servicios administrativos de la Wehrmacht, Puntos discutidos (mayo de 1943), NA, RG 238, box 26 (Reinecke Files).
  2. Wolf Goette (1909-1995) a su familia y a A., Archives Wolk Goette, Praga, 1939/1942, WOGOs Briefe.
  3. Birthe Kundrus, Kriegerfrauen. Familienpolitik und Geschlechterverhältnisse im Ersten und Zweiten Weltkrieg, Hamburgo, 1995, p. 315.
  4. Victor Klemperer, Mes soldats de papier: Journal 1933-1941, París, 2000, p. 397.
  5. Völkischer Beobachter, 11 de setiembre de 1939.
  6. Elke Fröhlich (ed.), Die Tagebücher von Joseph Goebbels, Munich 1997, parte I, vol. 9, p. 171 (5 de marzo de 1941), p. 229 (6 de abril de 1941), p. 247 (14 de abril de 1941).

3)“Alianzas” en la Segunda Guerra Mundial

El papel "olvidado" de la Unión Soviética

 

Por Annie Lacroix-Riz

Profesora de historia contemporánea en la universidad de París-VII, autora de los ensayos Le Vatican, l’Europe et le Reich 1914-1944, Armand Colin, París, 1996; y Le Choix de la défaite: les élites françaises dans les années 1930, en vías de publicación por el mismo editor.

Antes del comienzo de la Segunda Guerra se empezaron a tejer alianzas estratégicas que luego fueron disueltas y reconfiguradas. El mapa político fue cambiando durante el transcurso del enfrentamiento bélico. La Unión Soviética supo sacar provecho del conflicto utilizando, para muchos, una estrategia defensiva.

Dos años después de su victoria sobre el nazismo, el Ejército Rojo se volvió, a causa de la guerra fría, una amenaza 1 para los pueblos del Oeste. Seis décadas más tarde la historiografía francesa, una vez terminada la mutación pro-estadounidense, puso a la Unión Soviética en la picota tanto por la fase del pacto germano-soviético como, luego, por la de su “gran guerra patriótica”. En Francia, los manuales, asimilando nazismo y comunismo, apostaron a los historiadores de Europa Oriental 2. Pero las investigaciones originales que alimentan esta puesta a punto esbozan un cuadro de la URSS en la Segunda Guerra Mundial totalmente distinto.

El principal acto de acusación contra Moscú está referido al pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939 y, sobre todo, a sus protocolos secretos. En realidad, la fulgurante y aplastante victoria lograda en Polonia por la Wehrmacht fue la señal para que la URSS ocupara la Galicia Oriental3 y los países bálticos 4. ¿Voluntad de expansión, realpolitik o estrategia defensiva?

Retomando la tesis de los prestigiosos historiadores Lewis B. Namier y Alan John Percivale Taylor, así como del periodista Alexander Werth, los nuevos trabajos de los historiadores angloparlantes esclarecen las condiciones en las cuales la URSS llegó a esa decisión. Muestran cómo la terquedad de Francia y Gran Bretaña, en su política de “apaciguamiento” –que también podría llamarse de capitulación ante las potencias fascistas–, alentada por Estados Unidos, arruinó el proyecto soviético de “seguridad colectiva” para los países amenazados por el Reich. Ése es el origen de los acuerdos de Munich (29 de septiembre de 1938) por los cuales París, Londres y Roma le permitieron a Berlín anexar, dos días después, los Sudetes 5. Aislada frente a un Tercer Reich que desde ese momento tenía “las manos libres en el Este”, Moscú firmó con Berlín el pacto de no agresión, que le dio un respiro momentáneo.

Así terminó la misión franco-británica enviada a Moscú (11-24 de agosto) para calmar las opiniones que reclamaban –después de la anexión alemana de Bohemia y Moravia, y la satelización de Eslovaquia– un frente común con la URSS. Moscú exigía una alianza automática y recíproca, como la de 1914, que debía asociar a Polonia y Rumania, feudos del “cordón sanitario” antibolchevique de 1919, y a los países bálticos, vitales para la “Rusia Europea” 6. El almirante británico Drax y el general francés Doumenc debían hacer que sólo Moscú cargara con la responsabilidad del fiasco: simplemente había que “dejar a Alemania bajo la amenaza de un pacto militar anglo-franco-soviético y ganar así el otoño y el invierno, retardando la guerra”.

Cuando el 12 de agosto el jefe del Ejército Rojo Klement Vorochilov les propuso, “preciso y directo (…), un ‘examen concreto’ de los planes de operaciones contra el bloque de los Estados agresores”, ellos dijeron no tener poder para eso. París y Londres, resueltos a no brindar ninguna ayuda a sus aliados del Este, habían delegado la tarea en la URSS, al mismo tiempo que la hacían imposible, ya que Varsovia (sobre todo) y Bucarest siempre le habían negado el derecho de paso al Ejército Rojo. Habiendo “garantizado” a Polonia sin consultarla, París y Londres dijeron estar maniatados por el veto (alentado secretamente) del germanófilo coronel polaco Josef Beck, que invocaba el “testamento” de su predecesor Josef Pilsudski: “Con los alemanes corremos el riesgo de perder nuestra libertad, pero con los rusos perdemos nuestra alma”.

Pero el asunto era más simple. En 1920-1921, Polonia les había arrancado a los soviéticos, con ayuda militar francesa, la Galicia Oriental. Ciega desde 1934 al apetito alemán, Polonia temblaba ante la idea de que el Ejército Rojo se adueñara fácilmente de esos territorios. Rumania, por su parte, temía perder la Besarabia7, tomada a los rusos en 1918 y conservada gracias a la ayuda de Francia. La URSS tampoco obtuvo garantía alguna de los países bálticos, cuya independencia en 1919-1920 y el mantenimiento de la influencia alemana se debía totalmente al “cordón sanitario”.

Desde marzo, y sobre todo desde mayo de 1939, Moscú fue cortejada por Berlín, que, como por su experiencia prefería una guerra en un solo frente, le prometió, antes de arrojarse sobre Polonia, respetar su esfera de influencia en Galicia Oriental, en el Báltico y en Besarabia. Moscú cedió a último momento, pero no al fantasma de “revolución mundial” o de Drang nach Westen (ese impulso hacia el oeste tan caro al publicista alemán de extrema derecha Ernst Nolte). Con Londres y París siempre mimando a Berlín, Moscú se negó a “quedar implicada sola en un conflicto con Alemania”, según los términos del secretario de Relaciones Exteriores británico Charles Lindsley Halifax, el 6 de mayo de 1939. Occidente imitó el estupor ante “la siniestra noticia que explotaba sobre el mundo como una bomba” 8y denunció una traición. En realidad, los franceses y británicos apostados en Moscú jugaban a Casandra desde 1933: a falta de una Triple Alianza, la URSS debía contemporizar con Berlín para ganar el “respiro” necesario que le permitiera poner en pie de guerra su economía y su ejército.

El 29 de agosto de 1939, el teniente coronel Luguet, agregado aéreo francés en Moscú (y futuro héroe gaullista de la escuadrilla Normandía-Niemen), certificó la buena fe de Vorochilov y describió a Stalin como “glorioso sucesor (...) de Alejandro Nevsky y de Pedro I”: “El tratado que se publicó fue completado con un convenio secreto que definía, lejos de las fronteras soviéticas, una línea que las tropas alemanas no deberían pasar y que, de alguna manera, sería considerada por la URSS como su posición de cobertura” 9.

Alemania inició el conflicto general el 1º de septiembre de 1939, en ausencia de la alianza que, en septiembre de 1914, había salvado a Francia de la invasión. Michael Carley incrimina la política de apaciguamiento nacida del “temor de la victoria contra el fascismo” de los gobiernos británico y francés, espantados de que el papel directivo prometido a la URSS en una guerra contra Alemania extendiera su sistema a todos los beligerantes: así, el anticomunismo, decisivo en cada fase clave desde 1934-1935, fue “una causa importante de la Segunda Guerra Mundial” 10.

El 17 de septiembre la URSS, inquieta por el avance alemán en Polonia, proclamó su neutralidad en el conflicto, pero ocupando al mismo tiempo la Galicia Oriental. En septiembre-octubre exigió garantías de los países bálticos, una “ocupación ‘disfrazada’, recibida con resignación” 11 por Londres, a quien el Reich inquietaba ahora tanto como “el empuje ruso en Europa”. Y habiendo pedido en vano a Helsinki, aliada de Berlín, una rectificación de fronteras (contra una compensación), la URSS entró en guerra contra Finlandia dando lugar a una seria resistencia. La propaganda occidental se condolía de la pequeña víctima y exaltaba su valentía. Weygand y Daladier 12 planificaron –“sueño” primero, y luego “delirio”, según el historiador Jean-Baptiste Duroselle– una guerra contra la URSS en el Norte Grande, y luego en el Cáucaso. Pero Londres aplaudió el compromiso finlandés-soviético del 12 de marzo de 1940, así como el nuevo avance del Ejército Rojo que siguió al derrumbe francés (ocupación a mediados de junio de 1940 de los países bálticos, y a fin de junio de la Besarabia-Norte Bucovine). Después de lo cual envió a Moscú a Stafford Cripps, único sovietólogo del establishment. En ese momento, Londres prefería el avance soviético en el Báltico al alemán.

Después de décadas de polémicas, los archivos soviéticos confirmaron que alrededor de 5.000 oficiales polacos, cuyos cadáveres fueron descubiertos por los alemanes en 1943 en Katyn (cerca de Smolensk, en Rusia), habían sido ejecutados en abril de 1940 por una orden de Moscú. Feroces con los polacos, los soviéticos salvaron a más de un millón de judíos de las zonas reanexadas y organizaron la evacuación prioritaria en junio de 194113 .

Este período, que va del 23 de agosto de 1939 al 22 de junio de 1941, fue objeto de otro debate, relativo a la implementación por Stalin del pacto germano-soviético. Algunos especialistas señalan, por ejemplo, el suministro de materias primas soviéticas a la Alemania nazi, el cambio de estrategia impuesta en el verano de 1940 al Komintern y a los partidos comunistas invitados a denunciar la “guerra imperialista”, etc. Los historiadores aquí mencionados le quitan importancia, e incluso cuestionan esta interpretación 14. Observemos que Estados Unidos –incluso después de entrar en guerra contra Hitler en diciembre de 1941– y Francia, oficialmente beligerante desde el 3 de septiembre de 1939, le brindaron al Reich abundantes suministros industriales 15.

Las relaciones germano-soviéticas, en crisis desde junio de 1940, rozaron la ruptura en noviembre. “Entre 1939 y 1941, la URSS desarrolló considerablemente su armamento terrestre y aéreo y concentró de 100 a 300 divisiones (es decir, de 2 a 5 millones de hombres) a lo largo o cerca de sus fronteras occidentales” 16. El 22 de junio de 1941, el Reich lanzó el asalto anunciado por la acumulación de sus tropas en Rumania. Nicolás Werth habla del “derrumbe militar de 1941”, que habría sido seguido (en 1942-1943) por “un sobresalto para el régimen y la sociedad”.

Pero el 16 de julio el general Doyen le anunció a Pétain, en Vichy, la muerte de la “Blitzkrieg” 17: “Aunque era cierto que el Tercer Reich obtenía en Rusia éxitos estratégicos, el giro tomado por las operaciones no respondía a la idea que se habían hecho sus dirigentes. Éstos no habían previsto una resistencia tan feroz del soldado ruso, un fanatismo tan apasionado de la población, una guerrilla tan agotadora en las retaguardias, pérdidas tan importantes, un vacío completo ante el invasor, dificultades tan considerables de abastecimiento y de comunicaciones (...) Sin preocuparse por su alimento de mañana, el ruso incendia sus cosechas, quema sus pueblos, destruye su material rodante, sabotea sus explotaciones productivas?” 18.

El Vaticano, que tiene la mejor red mundial de informaciones, a comienzos de septiembre de 1941 se alarmó por las dificultades “de los alemanes” y por la posibilidad de un resultado “que hiciera que Stalin fuera llamado a organizar la paz de común acuerdo con Churchill y Roosevelt”. Situó entonces “el giro de la guerra” antes de la detención de la Wehrmacht en Moscú (hacia fin de octubre) y mucho antes de Stalingrado. Así se confirmó el juicio que tenía desde 1938 el agregado militar francés en Moscú, Auguste-Antoine Palasse, sobre el hecho de que la potencia militar soviética no hubiera sufrido mellas, según él, con las purgas que siguieron al proceso de ejecución del mariscal Mikhail Toukhatchesvski y del alto Estado Mayor del Ejército Rojo, en junio de 1937 19.

El Ejército Rojo –escribía– se reforzaba y desarrollaba un “patriotismo” inaudito: la posición del ejército, la formación militar y una propaganda eficaz “mantenían en tensión las energías del país y le brindaban el orgullo de las hazañas realizadas por los suyos (...) y la confianza inquebrantable en su fuerza defensiva”. Palasse había registrado, desde agosto de 1938, las derrotas japonesas en los enfrentamientos de la frontera URSS-China-Corea. La calidad del Ejército Rojo así atestiguada sirvió de lección: ante el furor de Hitler, Japón firmó en Moscú, el 13 de abril de 1941, un “pacto de neutralidad” que liberaba a la URSS de su obsesión –desde el ataque contra Manchuria (1931) y después de toda la China (1937)– de tener que soportar una guerra en dos frentes. Después de haberse replegado, durante largos meses, bajo el asalto de la formidable máquina de guerra nazi, el Ejército Rojo iba a estar en condiciones de pasar nuevamente a la ofensiva.

Así como en 1917-1918 el Reich fue derrotado en el Oeste, sobre todo por el ejército francés, de 1943 a 1945 lo fue en el Este y por el Ejército Rojo. Para darle un alivio a su ejército Stalin reclamó, desde agosto-septiembre de 1941, un “segundo frente” (envío de divisiones aliadas a la URSS o desembarco en las costas francesas). Pero debió contentarse con las alabanzas del primer ministro británico Winston Churchill, seguido prontamente por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, sobre “el heroísmo de las fuerzas combatientes soviéticas”, y con un “préstamo garantizado” estadounidense (reembolsable después de la guerra), que un historiador soviético evaluó en 5.000 millones de rublos, o sea el 4% del ingreso nacional de 1941 a 1945. El rechazo de este segundo frente y el apartar a la URSS de las relaciones interaliadas (a pesar de su presencia en la cumbre de Teherán, en noviembre de 1943) reavivaron su obsesión por el retorno del “cordón sanitario” y las “manos libres en el Este”.

La cuestión de las relaciones de fuerzas en Europa se agudizó cuando la capitulación del general Friedrich von Paulus en Stalingrado, el 2 de febrero de 1943, puso en el orden del día la paz futura. Como Washington contaba con su hegemonía financiera para escapar a las normas militares de la solución de conflictos, Franklin D. Roosevelt se rehusó a negociar sobre los “objetivos de guerra” presentados a Winston Churchill por José Stalin en julio de 1941 (retorno a las fronteras europeas del antiguo imperio alcanzadas en 1939-1940) porque una “esfera de influencia” soviética limitaría la estadounidense; el financista Averell Harriman, embajador en Moscú, pensaba en 1944 que el atractivo de una “ayuda económica” para la arruinada URSS “evitaría el desarrollo de una esfera de influencia (...) soviética en Europa Oriental y los Balcanes”.

Pero había que contar con Stalingrado, donde se enfrentaban desde julio de 1942 “dos ejércitos de más de un millón de hombres”. El soviético ganó esa “batalla encarnizada” –seguida día a día en la Europa ocupada– “que superó en violencia a todas las batallas de la Primera Guerra Mundial (...) en cada casa, cada fuente de agua, cada sótano, cada pedazo de ruina”. Su victoria “puso a la URSS en el camino de ser una potencia mundial”, como la “de Poltava en 1709 (contra Suecia) había transformado a Rusia en potencia europea”.

La verdadera apertura del “segundo frente” se demoró hasta junio de 1944, cuando el avance del Ejército Rojo –más allá de las fronteras soviéticas de julio de 1940– exigió el reparto de las “esferas de influencia”. La conferencia de Yalta, en febrero de 1945, cumbre de los logros de la URSS, que había sido un beligerante decisivo, no resultó de la astucia de Stalin despojando a la Polonia mártir contra un Churchill impotente y un Roosevelt cerca de la muerte, sino de una relación de fuerzas militares.

Roosevelt se inclinó entonces a proseguir con una carrera negociada de reedición de la Wehrmacht “con armas anglo-estadounidenses y el envío de las fuerzas al Este”: a fines de marzo, “26 divisiones alemanas seguían en el frente occidental (...) contra 170 divisiones en el frente del Este” 20, donde los combates hicieron furor hasta el final. En marzo-abril de 1945, la operación Sunrise ulceró a Moscú: el jefe de la Office of Strategic Services (ancestro de la CIA) en Berna, el financista Allen Dulles, negoció con el general SS Karl Wolff, jefe del estado mayor personal de Himmler, responsable del asesinato de 300.000 judíos, la capitulación del ejército Kesselring en Italia. Pero quedaba políticamente excluida la posibilidad de que Berlín se volviera hacia Occidente: del 25 de abril al 3 de mayo, las batallas del frente oriental mataron a otros 300.000 soldados soviéticos. Es decir, el equivalente de las pérdidas estadounidenses totales (292.000), únicamente militares, de los frentes europeo y japonés de diciembre de 1941 a agosto de 1945 21.

Según Jean-Jacques Becker, “dejando a un lado que se desplegó en espacios mucho más vastos, y dejando también a un lado el costo extravagante de los métodos de combate caducos del ejército soviético, en un plano estrictamente militar, la segunda guerra fue menos violenta que la primera” 22. Esto equivale a olvidar que sólo la URSS perdió la mitad de las víctimas de todo el conflicto de 1939-1945, especialmente a consecuencia de la guerra de exterminación que el Tercer Reich planificó para liquidar, además de la totalidad de los judíos, de 30 a 50 millones de eslavos 23. La Wehrmacht, feudo pangermanista fácilmente nazificado, al considerar a “los rusos como ‘asiáticos’ dignos del desprecio más absoluto”, fue el artesano principal de esa masacre: su salvajismo antieslavo, antisemita y antibolchevique, descripto en el proceso de Nüremberg (1945-1946), pero durante mucho tiempo callado en Occidente y recientemente recordado en Alemania por exposiciones itinerantes 24, privó a la URSS de las “leyes de la guerra” (convenios de La Haya de 1907).

Dan testimonio de ello sus órdenes: el decreto llamado “del comisario” del 8 de junio de 1941, que prescribía la ejecución de los comisarios políticos comunistas integrados al Ejército Rojo; la orden de “no hacer prisioneros”, que causó la ejecución en el campo de batalla, una vez terminados los combates, de 600.000 prisioneros de guerra, orden extendida en julio a los “civiles enemigos”; la orden de Reichenau de “exterminación definitiva del sistema judeo-bolchevique”, etc. 25. Así 3,3 millones de prisioneros de guerra, es decir, más de dos tercios del total, sufrieron en 1941-1942 una “muerte programada” por el hambre y la sed (80%), el tifus y el trabajo esclavo. Los prisioneros “comunistas fanáticos” entregados a la SS fueron los conejillos de indias del primer gaseado con Zyklon B en Auschwitz, en diciembre de 1941.

La Wehrmacht fue, junto con la SS y la policía alemana, un agente activo de la destrucción de los civiles, judíos y no judíos. Ayudó a los Einsatzgruppen SS encargados de las “operaciones móviles de matanza” (Raúl Hilberg), como la perpetrada por el grupo C en la hondonada de Babi Yar, a fines de septiembre de 1941, diez días después de la entrada de sus tropas en Kiev (cerca de 34.000 muertos): una de las innumerables masacres perpetradas, con “auxiliares” polacos, bálticos (letones y lituanos) y ucranianos, descriptas por el punzante Livre noir de Ilya Ehrenburg y Vassili Grossman 26.

Eslavos y judíos (1,1 millón sobre 3,3) perecieron de a miles en Oradour-sur-Glane (ciudad mártir) así como en los campos de concentración. Los 900 días del sitio de Leningrado (julio de 1941-enero de 1943) mataron un millón de habitantes sobre los dos y medio existentes, de los cuales “más de 600.000” durante la hambruna del invierno de 1941-1942. En total, “1.700 ciudades, 70.000 pueblos y 32.000 empresas industriales fueron arrasadas”. Un millón de Ostarbeiter (“trabajadores del Este”), deportados hacia el oeste, fueron agotados o aniquilados por el trabajo y las sevicias de las SS y de los “kapos” en los “kommandos” de los campos de concentración, minas y fábricas de los Konzerne y de las filiales de grupos extranjeros, como Ford, fabricante de los camiones de 3 toneladas del frente del Este.

El 8 de marzo de 1945 la URSS, exangüe, ya había perdido el beneficio de la “Gran Alianza” que impuso a los anglo-estadounidenses la enorme contribución de su pueblo, bajo las armas o no, para su victoria. El containment (contención) de la “guerra fría”, bajo la égida de Washington, podía restablecer el “cordón sanitario”, la “primera guerra fría” que Londres y París habían dirigido de 1919 a 1939.

  1. “1947-1948. Du Kominform au ‘coup de Prague’, l'Occident eut-il peur des Soviets et du communisme?”, Historiens et géographes (HG), París, n° 324, agosto-septiembre de 1989, pp. 219-243.
  2. Diana Pinto, “L'Amérique dans les livres d'histoire et de géographie des classes terminales françaises”, HG, n° 303, marzo de 1985, pp. 611-620; Geoffrey Roberts, The Soviet Union and the origins of the Second World War, 1933-1941, Saint Martin’s Press, Nueva York, 1995, introducción.
  3. Actualmente, Ucrania occidental. Como muchas de las “marcas” (provincias de frontera), Galicia había estado, a través de la historia, en manos de los rusos, mogoles, polacos y lituanos. Formó parte del Imperio austro-húngaro hasta 1919, año en que fue incorporada otra vez a Polonia.
  4. Véase también Geoffrey Roberts, op. cit., p. 95-105, y Gabriel Gorodetsky, “Les dessous du pacte germano-soviétique”, Le Monde diplomatique, julio de 1997.
  5. Sudetes: nombre general que designa una región limítrofe de la República Checa, al norte de Bohemia, que comprende la frontera occidental y parte de la frontera septentrional y meridional.
  6. Salvo otra indicación, las fuentes aquí citadas se encuentran en los archivos del Ministerio Francés de Relaciones Exteriores o del Ejército de tierra (SHAT) y en los archivos publicados de Alemania, Reino Unido y Estados Unidos. En cuanto a los numerosos libros, en general poco conocidos, sobre los que se apoya este artículo, se encuentran reunidos en el recuadro “Fuentes fundamentales”.
  7. Antigua región de Europa oriental que abarca gran parte de la actual Moldavia y algunos distritos de Ucrania.
  8. Winston Churchill, Memorias, vol. I, “La Segunda Guerra Mundial: Se cierne la tormenta ”, Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1961.
  9. Carta a Guy de la Chambre, ministro de aviación, Moscú, 29 de agosto de 1939 (SHAT).
  10. Michael J. Carley, 1939, The alliance that never was and the coming of World War 2, Ivan R. Dee, Chicago, 2000, pp. 256-257.
  11. Carta 771 de Charles Corbin, Londres, 28 de octubre de 1939, archivos del Quai d’Orsay (MAE).
  12. Jefe de la misión militar francesa en Polonia y jefe del gobierno francés, respectivamente.
  13. Dov Levin, The lesser of two evils: Eastern European Jewry under Soviet rule, 1939-1941, The Jewish Publications Society, Filadelfia-Jerusalem, 1995.
  14. Véanse especialmente las obras ya citadas de Geoffrey Roberts y Gabriel Gorodetscky, y también Bernhard H. Bayerlin y otros, Moscou, Paris-Berlin (...) 1939-1941, Taillandier, París, 2003. La comunista libertaria Margarete Buber-Neumann acusó en sus Memorias al régimen soviético de haber entregado antifascistas alemanes a la Gestapo.
  15. Charles Higham, Trading with the enemy 1933-1949, Delacorte Press, Nueva York, 1983; y Industriels et banquiers français sous l’Occupation, Armand Colin, París, 1999.
  16. Geoffrey Roberts, op. cit., pp. 122-134 y 139.
  17. La Blitzkrieg o “guerra relámpago” fue un nuevo tipo de estrategia puesto en práctica por primera vez por las tropas alemanas en la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939. Este nuevo sistema de hacer la guerra consistía en aplicar la máxima movilidad posible a las tropas en contraposición con las estrategias de posiciones vigentes en Europa.
  18. La Délégation française auprès de la Commission allemande d'Armistice de Wiesbaden, 1940-1941, Imprimerie nationale, París, vol. 4, pp. 648-649.
  19. NDLR: Se considera que estas purgas debilitaron considerablemente al Ejército Rojo.
  20. Gabriel Kolko, The Politics of War, Random House, Nueva York, 1969, cap. 13-14.
  21. Pieter Lagrou, en Stéphane Audoin-Rouzeau y otros, La violence de guerre 1914-1945, Complexe, Bruselas, 2002, p. 322.
  22. Ibid., p. 333.
  23. Götz Aly y Susanne Heim, Vordenker der Vernichtung, Hoffmann und Campe, Hamburgo, 1991, resumido por Dominique Vidal, Les historiens allemands relisent la Shoah, Complexe, Bruselas, 2002, pp. 63-100.
  24. Edouard Husson, Comprendre Hitler et la Shoah, PUF, París, 2000, pp. 239-253.
  25. Omer Bartov, German Troops, MacMillan, Londres, 1985; L’armée d’Hitler, Hachette Pluriel, París, 1999; y Tom Bower, Blind eye to murder, André Deutsch, Londres, 1981.
  26. Actes Sud, Arles, 1995.

Fuentes fundamentales

Además de los libros citados en las notas al pie, nos referiremos a :

  1. Del sabotaje de la Entente al pacto germano-soviético
  2. Geoffrey Roberts, Stalin’s pact with Hitler, Tauris, Londres, 1989.
  3. Gabriel Gorodetsky, Soviet Foreign Policy, 1917-1991, Frank Cass, Londres, 1993.
  4. Hugh Ragsdale, The Soviets, the Munich Crisis, and the Coming of World War II, Cambridge University Press, Cambridge, 2004.
  5. Jonathan Haslam, The Soviet Union and the struggle for collective security in Europe, 1933-1939, MacMillan, Londres, 1984.
  6. Arnold Offner, American Appeasement 1933-1939, W.W. Norton & Co, New York, 1969, et The origins of the Second World War 1914-1941, Praeger, New York, 1975.
  7. Lewis Bernstein Namier, Diplomatic Prelude 1938-1939, Macmillan & C° Londres, 1948.
  8. Alan John Percivale Taylor, The origins of the Second World War, Penguin Books, Middlesex, 1961.
  9. Alexander Werth, La Russie en guerre, Stock, Paris, 1964.
  10. Robert A. Parker, Chamberlain and the Appeasement, MacMillan Press, Londres, 1993.
  11. Alvin Finkel et Clement Leibovitz, The Chamberlain-Hitler Collusion, Merlin Press, Rendelsham, 1997.
  12. Jean-Baptiste Duroselle, L'Abîme 1939-1945, Imprimerie nationale, Paris, 1983.
  13. La URSS en guerra
  14. Omer Bartov et al., Les sociétés en guerre 1911-1946, Armand Colin, Paris, 2003.
  15. Gabriel Gorodetsky, Stafford Cripps’ mission to Moscow, 1940-42, Cambridge University Press, Cambridge, 1984.
  16. Jonathan Haslam, The Soviet Union and the Threat from the East, 1933-1941, MacMillan, Londres, 1992.
  17. Lloyd Gardner, Spheres of influence, 1938-1945, Ivan R. Dee, Chicago, 1993.
  18. La empresa alemana de exterminación
  19. Raul Hilberg, La Destruction des juifs d'Europe, Gallimard, Paris, 1991.
  20. Christian Streit, Keine Kameraden, Dietz, Bonn, 1992.
  21. Christian Gerlach, Krieg, Ernährung, Völkermord, Hamburger Edition, Hambourg, 1998.
  22. Peter Longerich, Politik der Vernichtung, Piper Verlag, Munich, 1998.
  23. Dieter Pohl, National-sozialistische Judenverfolgung in Ostgalizien, Studien zur Zeitgeschichte, Oldenbourg, Munich, 1997.
  24. Christopher Browning, Des hommes ordinaires, 10/18, Paris, 1994, et Nazi Policy, Cambridge University Press, Cambridge, 2000.
  25. Reinhold Billstein et al., Working for the Enemy, Berghahn Books, New York, 2000.
  26. Guerra y posguerra
  27. Joyce et Gabriel Kolko, The World and the US Foreign Policy 1945-1954, Harper and Row, New York, 1972.
  28. Carolyn Eisenberg, The American decision to divide Germany, 1944-1949, Cambridge University Press, Cambridge, 1996.
  29. William A. Williams, The Tragedy of American Diplomacy, Dell Publishing C°, New York, 1972 (1re éd., 1959).
  30. Arno Mayer, Politics and diplomacy of peacemaking, Alfred Knopf, New York, 1967.

 

Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 70 - Abril 2005
Traducción Lucía Vera
Temas Conflictos Armados
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA)