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El gran cansancio de los marfileños

El 30 de julio, Laurent Gbagbo, presidente de Costa de Marfil, firmó personalmente los acuerdos de Accra con la oposición al gobierno. Quedan por resolver temas complejos: el desarme de los rebeldes, la economía –pulmón de la región– y la xenofobía, que pone en peligro el modelo de integración pluricomunitario, pilar histórico del desarrollo marfileño.

Dos años después del inicio de la rebelión, los marfileños están cansados. A pesar de que los “patriotas” partidarios del presidente Laurent Gbagbo se desgañitan en las calles de Abiyán contra los franceses, y en general contra todos los que tengan la piel blanca, los ciudadanos comunes, con prudente perfil bajo, suspiran y aseguran que “a esa gente les pagan para manifestar”.

La capital, con su aire de Manhattan africano, da lugar a alguna ilusión, pero un viaje al norte del país da la medida del cansancio generalizado. En cada barrera de control, los camiones que unen el puerto de Abiyán con los vecinos países de Malí y Burkina Faso, deben pagar 1.000 CFA (unidad monetaria) cada uno1, y a veces algo más, a los hombres armados que por allí merodean.

A la entrada de la ciudad de Bouaké, una vez pasada la “zona de confianza”, donde patrullan los soldados franceses de la operación Licorne, los ex-rebeldes, que ahora se denominan Fuerzas Nuevas, controlan el territorio. En las barreras de control, decoradas con amuletos y fetiches, pueden verse hombres muy jóvenes, vestidos con remeras descoloridas y luciendo ristras de balas en bandolera. Allí los registros son más minuciosos que del lado gubernamental, y las exigencias de dinero son mayores. Es normal: al principio los soldados recibían su paga, pero desde que esa remuneración se hizo más esporádica, la tropa vive de lo que puede obtener de los habitantes o de los viajeros. Los oficiales se expresan con cortesía, pero los simples combatientes, con sus anteojos negros y sus amuletos, recuerdan las bandas de Liberia o de Sierra Leona.

En Bouaké, los servicios sanitarios, el agua potable y la electricidad están en lenta decadencia. Nadie se ocupa del mantenimiento de las calles, y por la noche resuenan disparos. Sin embargo, el tránsito sigue siendo importante, pues los funcionarios –entre ellos los docentes que siguen en sus puestos en las zonas ocupadas– deben ir a Abiyán o a Yamoussoukro para cobrar sus salarios, que paga el gobierno central. El cruce de Bouaké es siempre una etapa difícil, que sólo puede ser superada pagando en los sucesivos puntos de control.

Para estimar el grado de fatiga y decepción que reina en la región del país controlada por las Fuerzas Nuevas2, basta con detenerse en un pequeño pueblo al norte de Bouaké como, por ejemplo, Marabadiassa. Se trata de una localidad poblada por malinkes en el corazón de una región de baoulés, la etnia del fallecido presidente Félix Houphouët-Boigny. En su mayoría cultivadores de algodón, los malinkes se sienten solidarios de sus compatriotas del “gran norte”. Durante mucho tiempo su héroe fue Alassane Ouattara, el líder de la Unión Democrática Marfileña (RDR). Todos ellos se sintieron afectados cuando se le negó la nacionalidad marfileña y el derecho a presentarse como candidato a la presidencia, y disgustados por la forma en que los “uniformados” –policía y gendarmería– maltratan en Abiyán a los marfileños del norte, a los que se toma por burkinabeses o malíes.

La víspera de la rebelión, en septiembre de 2002, circularon por el pueblo fotos de la matanza de Yopougon3 lo que hizo cambiar de opinión a la población. “Yo pagué de mi bolsillo el alquiler de la sala donde el Movimiento Patriótico de Costa de Marfil [MPCI]4 realizó su primera reunión” recuerda Ibrahima, presidente de la cooperativa de productores de algodón. A su lado, un hombre de edad intermedia, al que llaman “Bebe”, explica que bajo el efecto de la indignación, se enroló en las filas de la rebelión: “Yo quería luchar contra la xenofobia, contra la exclusión de que era víctima la gente del norte”.

Desde entonces los comentarios tienen un dejo amargo. “Bebe” regresó a su pueblo, donde sólo consiguió un empleo como guardián. “Me engañaron”, dice a sus vecinos, que se burlan de él. Y explica: “Mientras que los marfileños disparábamos con nuestras armas, los malíes y los burkinabeses, a los que considerábamos como mercenarios, saqueaban las casas y se llevaban el botín a su país”. Los miembros de la cooperativa algodonera también muestran su descontento: “La cosecha de 2003 fue mala, pues el año anterior los soldados rebeldes nos habían robado todo el abono y los pesticidas. Nos decían que eran ‘los insumos de Gbagbo’ y luego los vendían en los mercados de Burkina Faso. Este año aún no recibimos el dinero de la cosecha precedente, que debe andar en algún lado, entre Bouaké y Abiyán…”

A pesar de que los jefes políticos de las Fuerzas Nuevas aseguran que controlan la mitad del país y no dudan en agitar la amenaza de secesión, las provincias del norte parecen contener el aliento desde hace dos años: los servicios públicos están suspendidos, nadie mantiene las rutas, muchos maestros que habían huido a Abiyán no regresaron más. En Marabadiassa, el único médico es un jubilado. Nativo del lugar, decidió volver para trabajar ad honorem, administrando los medicamentos que le aportan los viajeros.

El presidente Gbagbo no es muy apreciado, pero los dirigentes de las Fuerzas Nuevas son considerados unos aventureros: “Dicen luchar contra la xenofobia y la exclusión, pero ahora sabemos que luchan por sus propios intereses”, afirma el viejo Suleiman Touré, que decidió no asistir más a las reuniones políticas, y que se enfurece cuando ve los lujosos autos negros en el que circulan los líderes. Un solo hombre es apreciado de manera unánime, y su foto amarillenta se ve en todas las casas: Houphouët-Boigny, de cuya muerte los marfileños no acabaron aún de hacer el duelo.

Cuando falleció, en diciembre de 1993, Costa de Marfil sufrió no sólo la desaparición del padre de la independencia, del hombre que luego de ser ministro del gobierno francés hizo construir en Yamoussoukro la basílica Nuestra Señora de la Paz, rival de la de San Pedro de Roma, y que se presentaba siempre como el primer campesino de su país. Cuando murió, todo el mundo sintió que concluía una época, la época de un desarrollo considerado durante mucho tiempo como “milagroso”, basado en una relación con Francia tan estrecha y simbiótica, que parecía que la descolonización no hubiera ocurrido. Pero la muerte del “Viejo” marca el comienzo de la guerra por la sucesión. Una guerra de líderes, que atizó las sensibilidades étnicas y despertó la inquietud en los países vecinos, que respiran a través del pulmón marfileño.

Lucha por la sucesión 

Tres hombres, tres regiones simbolizan ese combate. En primer lugar, Konan Bedié –el delfín de Houphouët–, baoulé como su mentor, originario del Centro, y apoyado por el Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI).

Luego, su challenger: Ouattara, un hombre del Norte, tecnócrata liberal cercano a las instituciones financieras internacionales (fue director adjunto en el Fondo Monetario Internacional). Después de perder la batalla del cacao (Costa de Marfil había retenido en vano sus reservas esperando hacer subir así el precio mundial) Houphouët había designando a Ouattara como primer ministro para tratar de poner las cosas en orden. Lo que hizo brillantemente, adoptando medidas de austeridad e implantando la cédula de residente para los extranjeros. Fundador de la Unión Democrática Republicana (RDR) el hombre está vinculado con poderosas redes internacionales y tiene buenos amigos en Francia (entre ellos el actual ministro de Economía, Nicolás Sarkozy, y el ex primer ministro Laurent Fabius).

Por último, Gbagbo. Nacido en el seno de una familia pobre y con una formación de historiador, proviene del grupo beté del Oeste del país. Se jacta de treinta años de oposición y de militancia, y cuenta con relaciones entabladas dentro de la Internacional Socialista, a la cual pertenece su partido, el Frente Patriótico Marfileño (FPI).

Entre esos tres hombres se entrecruzan las ambiciones, los rencores, y las alianzas circunstanciales: Gbagbo no olvida que Ouattara lo envió a la cárcel, pero se une a él para oponerse a Bedié, cuando éste, deseoso de excluir al ex Primer Ministro de la elección presidencial, cuestiona la nacionalidad de un hombre que al comienzo de su carrera poseía un pasaporte burkinabés. El PDCI forja entonces el concepto de marfileñidad, que en Francia, Jean-Marie Le Pen llamaría “preferencia nacional”: Costa de Marfil para los marfileños (de raíz). Y algunos intelectuales se dedican a perfeccionar un concepto de identidad que lleva directamente a la xenofobia y a la exclusión.

Es cierto que el país cuenta con un 26% de extranjeros, originarios de Burkina Faso, de Malí y de Ghana. Empleados en las plantaciones de café y de cacao, esos hombres garantizaron el desarrollo del país. Houphouët-Boigny, luego de haberlos invitado a venir, los había protegido y facilitó la obtención de sus documentos de identidad, a tal punto que Gbagbo, por entonces principal opositor, denunció lo que llamó “el ganado electoral”. En realidad, la presencia de esos trabajadores inmigrantes sólo presentó problemas cuando los recursos disminuyeron, cuando los funcionarios que perdieron sus puestos a causa del “ajuste estructural” volvieron a sus pueblos, y descubrieron que las tierras ancestrales estaban siendo trabajadas por extranjeros. Estos, por su parte, se consideraban los propietarios legítimos, pues las habían comprado y puesto en condiciones de producir.

Aun cuando Gbagbo no lo oficializa explícitamente, el concepto de “marfileñidad” es ampliamente aceptado por la base del FPI, que a veces hace causa común con el PDCI. Pero en diciembre de 1999, las operaciones políticas se paralizan, y se rompe un tabú: el general Robert Guei, originario del Oeste del país, toma el poder. Diez meses más tarde, el efímero “Papá Noel uniformado” se ve obligado a organizar elecciones, las que espera ganar, ya que le había tomado el gusto a la política. Para ello adoptó sus precauciones: la Corte Suprema invalidó dos candidaturas importantes, la de Konan Bedié, por causa de corrupción5 y la de Ouattara por cuestiones de nacionalidad. Sólo quedó en carrera Gbagbo, y a falta de adversarios civiles a su altura, el 22 de octubre de 2000 se impuso al general Guei.

Cuando este se niega a abandonar el poder, Gbagbo utiliza un arma que se convertirá en su mejor recurso: los estudiantes salen a la calle, los militantes del FPI manifiestan masivamente, y el general Guei se retira. A pesar de que las elecciones se desarrollaron en condiciones que él mismo calificó de “desastrosas”, Gbagbo se convierte en Presidente. Escudándose en el fallo de la Corte Suprema y argumentando una legitimidad nacida de las urnas, se niega categóricamente a llamar a nuevas elecciones abiertas a sus dos rivales anteriormente proscritos. A pesar del impacto que tuvo la matanza de Yopougon, Gbagbo desea aplicar su programa: dar cobertura médica, vivienda y educación a toda la población.

Con la intención de calmar el juego político, restituye a Ouattara sus derechos, organiza un Foro para la reconciliación nacional y, en 2001, el RDR gana las elecciones municipales. Por entonces, el Banco Mundial considera que las perspectivas económicas son buenas, y promete nuevos créditos. Costa de Marfil parece ponerse de pie. En ese momento, el presidente Gbagbo decide dar un paso adelante: quiere abrir el mercado nacional, pues estima que su país no puede seguir siendo un coto privado de Francia.

Tales intenciones provocan inquietud en París. En efecto, los intereses franceses representan un tercio de las inversiones extranjeras en Costa de Marfil, y el 30% del producto bruto interno. En cada ministerio, un consejero francés sigue de cerca los negocios, y los grandes grupos económicos franceses (Bouygues, Bolloré, EDF, Saur y demás…) están acostumbrados a obtener contratos sin tener que enfrentar la competencia internacional, mientras que bancos como Société Générale, BNP o Crédit Lyonnais, dominan completamente su sector. Además, durante las campañas electorales francesas, los partidos políticos de derecha cuentan tradicionalmente con un financiamiento proveniente de África.

Desde la época de Houphouët la Caja de estabilización (Caistab), que participa en cada etapa del proceso de producción y venta del cacao y del café (cosecha, compra, exportación) garantizaba un precio fijo a los productores. Sus ganancias eran la “vaca lechera” del régimen: servían para financiar los proyectos de desarrollo, pero también daban un margen de maniobra al “Viejo”, permitiéndole consolidar sus amistades en la metrópoli. El desmantelamiento de la caja –y la creación de tres nuevas estructuras encargadas de la regulación, de la gestión comercial y del sector financiero– nunca logró cambiar nada en ese sistema de “retornos”.

El presidente Gbagbo no respetó ciertas reglas de juego tácitas, y permitió que participaran del negocio del cacao firmas estadounidenses (Cargill, ADM). Además puso a competir –en particular para la construcción del tercer puente de Abiyán– las ofertas francesas y chinas (dos veces más baratas), y amenazó con quitarle a Bouygues la concesión del agua y de la electricidad. Verdadera descolonización económica, esa política olvidaba que la contrapartida de los retornos financieros hacia la antigua metrópoli, era la estabilidad: el famoso pacto de defensa firmado con París, que permitió la instalación en Port Bouet del 43º Regimiento francés de Infantería de Marina, con la misión de defender a Costa de Marfil de cualquier amenaza exterior. Durante décadas, esa garantía permitió al país invertir más en el desarrollo que en gastos militares.

Así es que el 20 de septiembre de 2002, los primeros éxitos de la rebelión sorprenden a todo el mundo: en Abiyán el golpe es desbaratado, pero muere asesinado el ministro de Defensa, Emile Boga Doudou, y el cuerpo del general Guei aparece cerca de su casa. En el Norte, el movimiento rebelde, el MPCI, avanza rápidamente y amenaza la capital. Sólo se lo detendrá a la altura de Bouaké, cuando Francia, que se niega a aplicar el tratado de defensa (que sólo contempla los casos de agresión externa), acepta no obstante poner en marcha la operación Licorne. Cuatro mil soldados se despliegan en la línea del frente, que de esa manera queda estabilizada. Pero el país queda partido en dos.

Esa intervención, que evitó que Costa de Marfil se hundiera en una guerra civil, es criticada de ambos lados: las Fuerzas Nuevas afirman que la interposición francesa les impidió tomar el poder en Abiyán. En cambio, del lado gubernamental, no se le perdona a Francia haber disuadido a Nigeria de socorrer a Gbagbo, y haber prohibido a Angola utilizar sus aviones de caza (de fabricación francesa). Por otra parte, ¿quién podría creer que los servicios de inteligencia franceses –omnipresentes en la región, sobre todo en Burkina Faso– ignoraran que en las afueras de Ouagadougou, militares desterrados preparaban una invasión a Costa de Marfil, reclutando hombres originarios de las provincias del Norte, pero también combatientes burkinabeses y malíes?

Ambigua actitud de Francia

Vista con perspectiva, la actitud de París aparece como ambigua desde el comienzo: Francia no deseaba apoyar al presidente Gbagbo de manera decisiva como para permitirle neutralizar la rebelión. Pero al mismo tiempo, París debía tener en cuenta la existencia en Costa de Marfil de 15.000 ciudadanos con la doble nacionalidad, y –por entonces– de 20.000 franceses, que en 2004 se habrían reducido a apenas 8.000.

En enero de 2003, luego de que fracasaran varios intentos de mediación africanos, desarrollados entre otros por el presidente togolés Eyadéma, se organizó una cumbre en un centro deportivo de las afueras de París, en Linas Marcoussis, donde se reunieron a puertas cerradas todos los actores de la crisis. Bajo la fuerte presión de mediadores franceses se llegó a un acuerdo: Gbagbo se mantendría como Presidente, pero se le imponía un primer ministro: Seydou Diarra, originario del Norte. Diarra, que había presidido el Foro Nacional de Reconciliación, es un hombre de diálogo, aceptado por todas las partes. Además, los rebeldes (las Fuerzas Nuevas) entran en el gobierno, y en una mini-cumbre desarrollada en París, luego de concluida la reunión de Marcoussis, obtienen las carteras de Seguridad y de Defensa, con la aprobación del entonces canciller francés, Dominique de Villepin.

La fórmula aplicada en Marcoussis, que provocó la indignación de muchos marfileños, no tenía nada de original. Ese mismo sistema había sido utilizado en varias ocasiones en África Central, con resultados diversos. En 2002, por ejemplo, el acuerdo firmado en Sun City, Sudáfrica, fijó las bases para una solución de la crisis en la República Democrática del Congo: inspirado en el acuerdo de alto el fuego concluido en Lusaka en 1999, ponía en igualdad de condiciones a todos los beligerantes, tanto los rebeldes apoyados por países extranjeros (Ruanda y Uganda) como los representantes del poder central. Uno de los vicepresidentes, que provenía de la Unión Congoleña para la Democracia (RCD), apoyada por Ruanda, fue nombrado responsable para la defensa y la seguridad.

A su vez, el acuerdo de Linas Marcoussis aparece como un premio otorgado a ciudadanos marfileños que se alzaron en armas con apoyo del exterior. Ese peligroso antecedente –un estímulo para todos los potenciales rebeldes– no impidió que el acuerdo fuera oficializado por la comunidad internacional y presentado como inevitable. Es cierto que si bien debilitaba el poder del presidente Gbagbo, tenía el mérito de responder a problemas de fondo, como el código de la nacionalidad o el derecho de propiedad en zonas rurales, y de estipular el desarme de las fuerzas rebeldes.

Por lo tanto, a partir de enero de 2003, en Costa de Marfil se enfrentan dos concepciones de legitimidad. Por un lado, la del Presidente, que invoca la Constitución y recuerda que por haber sido electo, no piensa organizar nuevos comicios antes del plazo previsto, en octubre de 2005. Por otro, la legitimidad obtenida a través de un acuerdo internacional, firmado bajo fuerte presión de Francia, pero que resulta difícil de aplicar en el terreno.

En Abiyán, dos años después del comienzo de la rebelión y un año y medio después del acuerdo de Marcoussis, hay que reconocer que, contra todos los pronósticos, Gbagbo –aún sin lograr revertir la situación– consiguió mantenerse en el poder. Pero a qué precio… El presidente utilizó todos los medios a su alcance, incluidos los más inconfesables. Sin dudarlo, el ex opositor apostó a las movilizaciones callejeras. Los “patriotas” –que lucen remeras con la inscripción “soy xenófobo, ¿y qué?”– realizan permanentes manifestaciones. En todo momento la calle se agita, atizada por el entorno del Presidente, su esposa Simone, Charles Ble Goudé, el “general de la juventud”, que dirige a los “jóvenes patriotas”, Genevieve Bro Grebé, que lanza al combate las “mujeres patriotas” o “un millón de chicas para Gbagbo”.

Cada mes que pasa, y a medida que se suceden las crisis, esa base se radicaliza, amenaza, no duda en atacar físicamente a los dioulas (gente del Norte), a maltratar a los extranjeros, a incendiar los vehículos de Naciones Unidas, mientras que grupos de milicianos calificados de “escuadrones de la muerte” cometen crímenes con total impunidad6. Así crece un clima de odio y de xenofobia, que el 21 de octubre de 2003 llevó al asesinato del periodista Jean Hélène, e hizo que todas las grandes agencias de prensa y varias organizaciones internacionales –como el Banco Africano de Desarrollo o Unicef– abandonaran Abiyán.

Descolonización de la economía 

Y cuando la calle protesta, el jefe del Estado recurre a la vieja táctica de “yo, o el caos”, presentándose como el único capaz de controlar la situación. Pero a pesar de su talento político, a la hora de las inevitables negociaciones, Gbagbo puede verse desbordado por sus propios extremistas, ya enceguecidos por el odio étnico, como le sucedió otrora a un tal Juvenal Habyarimana7.

El Presidente apuesta también al desgaste del enemigo, partida que parece más fácil, pues los rebeldes muestran signos de cansancio, sus apoyos disminuyen, y comienzan a surgir divergencias entre sus jefes. Gbagbo juega además la carta internacional. A pesar de haberse movido siempre tras los pasos del Partido Socialista francés, donde tiene sus mejores amigos, no duda en acercarse a Estados Unidos, que le concede una generosa ayuda, oficialmente presentada como fondos para la lucha contra el sida, previstos por el presidente George W. Bush. También mantiene relaciones con los medios religiosos estadounidenses, seducidos por su fe y por su predicador preferido, el pastor Koné. Por otra parte, a través de la Comunidad de Estados sahelo-saharianos (Cen-Sad)8 se ocupó de reconciliarse con Libia, que hasta entonces apoyaba a Burkina Faso.

Pero sobre todo, el hábil Presidente –un animal político nato– utilizó su principal ventaja, los recursos del país, que –aunque en baja– representan aún un buen respaldo. Es de notoriedad pública que los ingresos provenientes del café y del cacao fueron utilizados para reforzar el ejército y comprar armas. Precisamente porque sabía demasiado sobre ese tema, el periodista franco-canadiense Guy-André Kieffer fue secuestrado el 16 de abril de 2004, y luego casi seguramente asesinado. En la cárcel central de Abiyán hablamos con dos detenidos, ex guardaespaldas de la presidencia, que aseguran haber visto a un tal Tony Oulaï, piloto del helicóptero del presidente Gbagbo, enterrando el cuerpo del periodista en un paraje cercano a la autopista del norte…

El Presidente se ocupó además de reconciliarse con Francia en un plano fundamental: el de los intereses económicos. Los grandes grupos franceses, a pesar de haber abandonado la producción propiamente dicha (Bolloré ya no se ocupa del cacao) controlan más que nunca sectores vitales: transporte, agua, electricidad, vías de comunicación.

Así, la concesión para la distribución de agua potable fue confiada hasta 2007 a la Sociedad de Agua de Costa de Marfil (Sodeci) cuya facturación llega a 49.000 millones de CFA, y cuyo capital pertenece a Saur en un 47%. La corriente eléctrica, hasta 2005 está en manos de la Compañía Marfileña de Electricidad (CIE), cuya facturación es de 201.000 millones de CFA (306 millones de euros), y cuyo capital está en poder de Saur y de EDF en un 51%. La telefonía móvil (1,4 millones de abonados) fue adjudicada a Orange y a Telecel, mientras que los teléfonos fijos son explotados por France Cable Radio en un 51%.

A éstos se sumarán otros contratos. El terminal de contenedores del puerto de Abiyán (15 millones de toneladas anuales) será confiado a Bouygues. La mudanza a Yamoussoukro en 2004 y 2005 de ciertas dependencias oficiales, como el palacio presidencial o la casa de los diputados (a un costo de 500.000 millones de CFA) quedará en un 50% en manos de intereses franceses. Comentando esas cifras, un muy alto ejecutivo marfileño expresó: “Creyendo en la globalización pretendimos diversificar nuestros interlocutores comerciales, abrir nuestro mercado. Pero tuvimos que suspender la descolonización de nuestra economía. Con el caño de un fusil en la sien, nos vimos obligados a parar por ahora”.

A la espera de las elecciones de 2005, que espera ganar, Gbagbo volvió a tomar las riendas, a su manera. Luego de una cumbre realizada en Accra a fines de julio, aceptó reincorporar a los representantes de las Fuerzas Nuevas al Consejo de Ministros, y dar una nueva oportunidad al acuerdo de Marcoussis. En principio, la Asamblea Nacional deberá rever la ley de la nacionalidad, estipulando que para ser candidato alcanza con ser hijo de padre o madre marfileños de origen. Además, actualmente se trata de desarmar a los combatientes de las Fuerzas Nuevas. A esa tarea deberán abocarse los 6.420 hombres de la Organización de Naciones Unidas en Costa de Marfil (Onuci), junto a los 4.000 franceses que participan en la operación Licorne. Las provincias del Norte esperan que eso permita al gobierno restablecer poco a poco los servicios estatales, como el agua corriente, la sanidad y la educación.

Pero esta guerra dejará profundas secuelas. El Oeste del país sigue librado a la barbarie de los combatientes llegados de Liberia, que apoyan a otro grupo rebelde, el Movimiento Patriótico del Gran Oeste Marfileño (Mpigo). La economía del Norte está en ruinas y el mosaico de la convivencia étnica, quebrado por mucho tiempo. Además, queda un grave problema a resolver: miles de jóvenes tomaron las armas –tanto en las filas de los partidarios de Gbagbo como en las de las Fuerzas Nuevas– no tanto por un ideal, sino porque recibían dinero para pelear o para manifestar y sembrar el terror. ¿Quién logrará reinsertarlos y borrar el recuerdo de esa violencia rentable?

Por último, de un lado como de otro, se percibe la amargura respecto de Francia: los simpatizantes de las Fuerzas Nuevas se preguntan si no fueron entregados en sacrificio, mientras que el clan de Gbagbo no olvidará fácilmente su humillación y el precio que tuvo que pagar. Es por ello que, con el objeto de que la base no se dé cuenta demasiado pronto de que las cartas están echadas, los jóvenes “patriotas” continúan insultando a los símbolos de Francia, un blanco fácil…

  1. Equivalente a 1,52 euros.
  2. Nombre dado a los rebeldes luego de la conferencia de Linas Marcoussis (Francia), en enero de 2003.
  3. En octubre de 2000, poco antes de que Gbagbo prestara juramento, un escuadrón de gendarmería considerado favorable al jefe del Estado, había vengado la muerte de uno de sus miembros cometiendo una masacre en Yopoungon, barrio popular de Abiyán. Posteriormente fueron encontrados allí cincuenta y siete cadáveres.
  4. Nombre del primer grupo formado por los rebeldes en septiembre de 2002, con sede en el norte del país.
  5. La Unión Europea reprochó a las autoridades haber malversado 18.000 millones de CFA destinados a un proyecto sanitario…
  6. Ver los numerosos informes de Amnesty International, de Human Rights Watch, y el informe de la Comisión investigadora de la ONU sobre los acontecimientos del 25 de marzo de 2004, publicado el 29-4-04.
  7. Presidente ruandés cuyo asesinato, el 6 de abril de 1994, desató el genocidio de los tutsis.
  8. La Cen-Sad, creada en Trípoli el 4-2-1998 por Libia, Burkina Faso, Malí, Níger, Chad y Sudán, comprende también a Benín, Costa de Marfil, Djibuti, Egipto, Eritrea, Gambia, Guinea-Bissau, Liberia, Marruecos, Nigeria, República Centroafricana, Senegal, Somalía, Togo y Túnez.
Autor/es Colette Braeckman
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Discriminación., Conflictos Armados, Política, Derechos Humanos, Educación
Países África