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Pandillas en las calles de NairobiEn Nairobi, la juventud empobrecida vacila entre la nostalgia, la religión y el resentimiento hacia sus mayores. Las 143 villas miseria de la capital keniana se convirtieron en zonas sin ley donde patrullan violentas pandillas armadas que se mezclan en el juego político. El debilitamiento del Estado y los ajustes estructurales producen una juventud sin rumbo.“Nuestro mejor agente publicitario es el gobierno. Su represión hace que seamos populares. Aquí, de los 4.000 prisioneros, más de 1.000 son simpatizantes de nuestro movimiento”. Desde marzo de 2004 John Maina Njenga y treintidós de sus lugartenientes están detenidos en la prisión de alta seguridad de Kamiti, muy cerca de Nairobi, “en celdas previstas para tres y en las que somos doce, sin colchones”. El jefe de la milicia Mungiki y sus cómplices están acusados de asesinato por el Estado de Kenia. El proceso no parece inquietar demasiado al líder de 36 años: “No soy culpable, los medios nos diabolizan. Es una maquinación más contra nuestro movimiento”. Metrópoli centenaria de tres millones de habitantes, Nairobi es una de las ciudades más afectada por la inseguridad en toda el África subsahariana 1. Según la prensa nacional, la sombra del Mungiki, verdadero ejército secreto, se proyectaría sobre varios de los casos sangrientos que aparecen a diario: ataques contra policías, extorsión a los pasajeros en los transportes públicos, asesinatos, tráfico de drogas y “protección forzada”. El movimiento constituye una de las más poderosas milicias que controlan la vida diaria informal de las 143 villas miseria que rodean la capital de Kenia. En esas zonas donde no rige el derecho, que concentran el 60% de la población urbana, y donde viven hacinadas hasta 4.000 personas por hectárea, el Mungiki privatizó la ley. Mientras que las compañías de seguridad del sector comercial oficial se ocupan de los barrios “elegantes” de la ciudad –Nairobi cobija a más de 20.000 extranjeros que trabajan fundamentalmente para organizaciones internacionales– el movimiento se hizo cargo de la justicia de la calle, sobre las ruinas de la seguridad pública 2. El presidente Mwai Kibaki lanzó su gobierno a una “guerra total” contra el Mungiki. El African Church Information Service describe a sus miembros como “depredadores” cuya “sed de sangre es sólo comparable a la de los vampiros”. De su lado, los numerosos periodistas anglosajones instalados en la capital –importante centro de actividades de África Oriental– denuncian el violento fundamentalismo afrocentrista del movimiento, que preconiza la excisión y que “declaró una lucha sin cuartel contra los aspectos más degenerados de la cultura occidental” 3. Sin embargo, vamos al encuentro de Njenga en la prisión de Kamiti en un auto conducido por una joven católica, no infibulada, vestida con pantalones y amante de la música soul: Irene, que tiene 22 años y es la compañera del jefe de la milicia, explica en medio del tránsito que demora el acceso al centro de la ciudad: “Los mungiki no son salvajes. Son la juventud”. En efecto, las opiniones sobre el movimiento son muy diversas. Para la señora Wangari Maathai, viceministro de Medio Ambiente y primera africana en recibir el premio Nobel de la Paz, los miembros de esa milicia son “desheredados a los que se les negó todo. Fueron rechazados por la escuela por falta de lugar, y tampoco hallaron trabajo. Ven claramente que todo les está prohibido por el solo hecho de pertenecer a la etnia kikuyu” 4. Por su parte, en su informe anual sobre la defensa de las libertades religiosas en el mundo, el gobierno de Estados Unidos considera que las autoridades de Nairobi “han hostigado, y regularmente detenido y encarcelado a miembros del Mungiki”. Esta sorprendente ambivalencia de apreciación puede explicarse por el carácter proteiforme de la organización. El Mungiki se halla en medio de todas las problemáticas kenianas: religiosa, étnica, política, territorial, y sobre todo securitaria. “Es una organización verdaderamente diferente de todos los nuevos grupos Vigilantes (milicias de autodefensa) de Nairobi”, explica el historiador británico David Anderson 5. Y añade: “No existe otra organización tan notoriamente étnica, y que reivindique tanto el pasado tribal. Y sobre todo, ninguna otra tiene esa facultad de practicar la violencia de masa”. En los barrios pobres de todas las ciudades de África se desarrollan milicias de ese tipo, con sus propias reglas y sus consignas particulares, desde la célebre Oduduwa People’s Congress (OPC), que reina en Lagos, capital económica de Nigeria, hasta el movimiento sudafricano People Against Gangsterism and Drug (Pagad). Mungiki significa multitud en lengua kikuyu. Su historia comienza a principios de la década de 1990 en el macizo montañoso del Rift Valley, donde están las tierras más fértiles de Kenia. Mungiki era entonces una secta neotradicionalista, escisión de la Tienda del Dios vivo (Tent of the Living God), que se inspiraba de la cosmogonía kikuyu y del combate librado por los mayores en la guerra de liberación mau mau 6. Esa secta, equivalente “africano” del movimiento pentecostista anglosajón, halló un eco creciente entre los kenianos y desarrolló una “profecía de crisis”, en la cual, según el profesor Hervé Maupeu, “los kikuyus más pobres encontraron un medio para lograr su migración espiritual, cuando su migración real en busca de tierras para trabajar ya no funcionaba” 7. Los jóvenes fieles son en general descendientes de guerreros mau mau masacrados por los conquistadores británicos. Aspiran tabaco por la nariz “para estimular el espíritu”, y lucen dreadlocks “como si fueran heridas, para no olvidar jamás que los mau mau fueron traicionados por todos los gobiernos que dirigieron Kenia”, recuerda Ngonya Wagakonya, jefe espiritual de la Tienda del Dios vivo. El hombre tuvo un encuentro con los mungiki en junio de 1992: “Esos jóvenes no deseaban que yo fuera su jefe espiritual. Querían mantenerse autónomos. Su movimiento se volvió político. Pero a pesar de nuestras diferencias ideológicas, siguen siendo como mis hijos”. Entre 1991 y 1994 el régimen del presidente Daniel Arap Moi cometió varias masacres étnicas, principalmente contra los kikuyus, lo que aumentó la influencia de este movimiento. Decenas de miles de refugiados abandonaron entonces las estribaciones del monte Kenia (punto culminante del Rift Valley) para terminar hacinados en las villas miseria de Nairobi. Mungiki siguió ese éxodo y comenzó a propagar en la capital la “necesaria esperanza de parusía 8, pero bajo una forma más militante, más política” 9. En los barrios pobres del Este de la ciudad, donde el 60% de la población tiene entre 15 y 29 años, el movimiento se convirtió en portavoz de toda una generación, y sumó a sus reivindicaciones étnicas consignas sociales. Esto lo acercó a otros movimientos que luchaban por la democracia y contra la autocracia de Arap Moi. “Sus líderes eran considerados como militantes de los derechos humanos. El poder los reprimía a causa de sus reclamos sociales sobre el reparto de tierras, el problema de los desocupados y las condiciones de vida en las villas miseria”, recuerda Njuguma Mutahi, de la asociación People Against Torture 10. ¿Qué futuro?Mungiki también respondió duramente al verdadero “mercado de la violencia” que se había instalado en los barrios informales de la ciudad. Por ejemplo, sus miembros intervinieron –de ambos lados– en los violentos conflictos de la “guerra de los alquileres” que los propietarios de tierras llevaron a cabo contra los habitantes en problemas 11: brindaban una protección forzada a los barrios dejados de lado por la policía, y extorsionaban a algunas de las muy rentables líneas de transportes públicos –los matatus– que llevan una clientela cautiva del centro de la ciudad hasta las villas miseria de Mathare o de Dandaura. Poco antes de las elecciones presidenciales de 2002, donde resultó derrotado el partido en el poder –la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU) del presidente Daniel Arap Moi–, Mungiki se asemejaba a una verdadera microsociedad con cientos de miles de miembros: manejaba sumas considerables y se había convertido en un actor fundamental en la batalla que por entonces enfrentaba a Uhuru Kenyatta, candidato de la KANU, con el futuro presidente, Mwai Kibaki, candidato de la oposición Arcoiris (National Rainbow Coalition, NARC). En efecto, la última década del poder Moi se caracterizó por la corrupción, las malversaciones de fondos cometidas por los políticos, los asesinatos de opositores pertenecientes a las etnias luo y kikuyu y la transformación progresiva de la ley y del orden en una justicia “del rico y del pobre” 12. Es notorio que magistrados y policías son igualmente corruptos, y cada bando recurre a los jezis, esos ejércitos de jóvenes que los jefes étnicos “reactivan” cada vez que hay elecciones. Las decenas de grupos Vigilantes que controlan los barrios de la capital keniana son movilizados: durante las elecciones presidenciales de 2002 “los amigos de ayer se volvieron enemigos”, afirma un ex miembro de la milicia Bagdad Boys. Cientos de jóvenes pobres y sin trabajo “al acecho de cualquier medio para poder comer por la noche, se suman a las bandas organizadas por los políticos”. Además del Mungiki y de los Bagdad Boys, las milicias más célebres son Jezi La Embakasi, del diputado David Mwenje, y Vigilantes Luo, de Raila Odinga 13. En los guetos existe un tráfico intenso de armas livianas: al menos el 7% de sus habitantes posee una, señalan preocupados los observadores internacionales. Su inquietud es particularmente grande, dado que los jefes de Mungiki, que tienen aspiraciones políticas, se unieron a los enemigos de la KANU; además, los acontecimientos del 3 de marzo de 2002 sonaron como una advertencia: esa noche, Mungiki organizó una expedición punitiva contra los rivales de la milicia Taliban en el barrio de Kariobangi Nord. Veintiún personas fueron masacradas. La implicación de Mungiki en esa acción puso fin a la inmensa esperanza que la secta había despertado entre muchos jóvenes. Así, esa organización que durante mucho tiempo se había distinguido por defender un verdadero proyecto socio-político, se convirtió en un simple ejército político. Pocos días después, el gobierno de Moi prohibió a Mungiki y otras diecisiete sectas, grupos o ejércitos privados, “responsables de la inseguridad que reina en el país”. Contrariamente a los pronósticos más sombríos, Nairobi no estalló. El candidato de la NARC, Mwai Kibaki, triunfo ampliamente en las elecciones de diciembre de 2002, poniendo fin así a veinticuatro años de régimen KANU. Sin embargo, “en este período de confusión, ya nadie se anima a opinar sobre el futuro”, señala el periodista keniano David K. Kiare. Para tener una idea del clima reinante, baste decir que la población da otro significado a la sigla de la nueva coalición en el gobierno: ¿NARC? ... Nothing has really changed (nada ha realmente cambiado). Mientras que los principales partidos de la coalición –la Alianza Nacional de Kenia (NAK) liderada por Kikuyu Mwaï Kibaki, y el Partido Democrático Liberal (LDP) encabezado por Luo Raila Odinga– se hunden en una guerra de trincheras sobre la revisión constitucional que limitaría los poderes del ejecutivo 14, los miembros de la mafia del monte Kenia –grupo de intrigantes formado por ministros y amigos de la misma etnia que el jefe de Estado– “representan una amenaza para la unidad del país y para la instauración de una verdadera democracia” 15. El aumento de los precios de artículos de primera necesidad y del transporte, afecta duramente a las villas miseria, donde cerca del 80% de la población vive con menos de un dólar diario. De su lado, la comisión de “reconciliación” prometida por la NARC, tarda en ser organizada. Al respecto, Njuguma Mutaji estima que “no podía ser de otra forma. Muchos miembros del gobierno actual y de los gobiernos anteriores estuvieron vinculados a las milicias. La reconciliación no les preocupa, pero sí el tema de la justicia”. En su condición de kikuyu, Mujtaji estima que es difícil mantenerse objetivo respecto de los mungiki. Considera que, si bien cometieron actos de violencia, “jamás se les brindó la oportunidad de explicar sus motivaciones. Es posible no estar de acuerdo con sus métodos, pero todos los puntos por los que lucharon siguen siendo de actualidad. La frustración es incluso cada vez más generacional. Los jóvenes son cada día más extremistas y violentos. La persona que logre articular un programa en torno de esos temas no sólo contará con el apoyo de Mungiki, sino con el de toda la juventud desclasada”. Al igual que los demás barrios informales de Nairobi, el valle de Mathare no figura en las guías turísticas. Se trata de una de las villas miseria más conocidas de la capital y donde la represión contra Mungiki fue más brutal. Desde comienzos de año, cientos de supuestos miembros de ese movimiento fueron detenidos en ese barrio, y encarcelados en prisiones. Incluso se dio orden de disparar sin prevenir. Sin embargo, aun actualmente, para ingresar al lugar es necesaria la autorización del movimiento, condición que al parecer vale incluso para los cinco policías que cruzan en una de las callejuelas “construidas a medida para la guerrilla”. El jefe del grupo que nos acompaña por las veredas empinadas de la villa miseria dice que cuentan con 1.600 afiliados. “A veces les damos una mano a propietarios que nos pasan un porcentaje de los alquileres; en otras ocasiones juntamos la basura, hacemos una colecta de dinero: 15 shillings por semana por cada miembro. Y lo invertimos… Sabe, no somos violentos, simplemente nos defendemos. ¿Porqué habríamos de poner la mejilla derecha luego de que nos golpearon en la izquierda?”. Y otro joven añade: “Sin Mungiki yo sería un chico de la calle. No creo en la política. Nunca más nos vamos a dejar manejar. Estamos redescubriéndonos plenamente”. Una larga lista de traicionesEzechiel Waruinge admite que “no se puede matar el espíritu del Mungiki”. Hasta el día en que tuvo una “revelación divina”, Waruinge ocupaba el cargo de coordinador nacional del movimiento. Por ese motivo tuvo trato con numerosos dirigentes políticos durante la batalla electoral de Nairobi. Entre ellos, con Chris Munrungaru, el actual ministro kikuyu del interior, sospechado de dirigir la mafia del monte Kenia. “Lo ayudé para que resultara electo, pero luego hizo como todos los que entran en el gobierno: se convirtió en un animal salvaje. Se puso en contra de nosotros. ¡Pero Dios juzgará!”, agrega. Convertido en una figura de la iglesia evangélica Neno, Ezechiel Waruinge piensa “continuar el mismo combate junto a los jóvenes que hasta ahora me siguieron. Pero de una manera cristiana, y no más tradicional”. Sin embargo, ese “born again” sigue prefiriendo su nombre africano –Ndura– al nombre de converso, y lucha “contra la diabolización de la tradición por parte de las iglesias evangélicas estadounidenses”. En realidad, Waruinge no lamenta para nada haber sido mungiki. Pero para muchos miembros del movimiento se ha convertido en un traidor; el hombre que comprometió al movimiento con los dirigentes políticos. Waruinge replica: “Es cierto que apoyamos a la KANU. Pero si apoyamos a su candidato, Uhuru Kenyatta, era por que se trataba de un joven”. Desde entonces, Kenyatta niega cualquier relación con Mungiki. Pero la gente no es ingenua. “La historia de los kikuyus es una larga serie de traiciones, desde la época de la lucha mau mau”, afirma Ndumgi Gotukhu, miembro de Mulika, organización que graba y filma los testimonios de personas perseguidas por los precedentes regímenes kenianos. “Peleaban por sus tierras, pero al final no lograron nada… Los políticos hicieron las mismas promesas a Mungiki, y el sueño no se hizo realidad. Sin embargo, ahora el movimiento se está reconstruyendo. Y la influencia mau mau se mantiene muy viva en la tercera generación”. El pasado 4 de octubre de 2004, día mundial del hábitat, el gobierno de Kibaki junto a la ONU-Hábitat (cuya sede está en Nairobi) y al Consejo Municipal de la capital, inauguró en Kibera, la villa miseria más grande del África subsahariana, una primera serie de viviendas sociales, destinadas a remplazar las construcciones de chapa donde viven cerca de 700.000 personas. Para Anna Kajumulo Tibaijuha, presidenta de la ONU-Hábitat, el Kibera Slum Upgrading Project es un primer paso para mejorar “las condiciones de vida y de trabajo, y avanzar en la lucha contra la criminalidad, particularmente entre los jóvenes”. Pero Juma Assiago, del Safer Cities Programme de la ONU-Hábitat estima que hay que ir más allá: “Hay que dar prioridad al acceso social más que al ascenso por medio de la violencia. Los jóvenes de Nairobi desarrollaron una verdadera sociedad paralela, con sus propios valores. Las organizaciones Vigilante son una de sus emanaciones. En lugar de dejar a los jóvenes en la ilegalidad, ¿por qué no tratar de legitimar los ‘buenos valores’ que predica este grupo informal, un principio de formalización de sus relaciones con instituciones como la policía?”. Pero, el Estado estará dispuesto a reconocer la legitimidad de un movimiento que lo cuestiona? “En realidad habría que reformar totalmente el gobierno de este país”. La inquietante historia de Mungiki corre paralela a los extravíos político-securitarios de Nairobi, ciudad cuya población aumenta cada año en un 5%. De las decisiones que el movimiento se apresta a adoptar ependerá el futuro de esas verdaderas “bombas de tiempo” que son sus villas miseria. Y también el del Rift Valley, donde brota el rencor étnico acumulado a causa del problema de tierras. ¿Los mungiki son los nuevos “irreconciliables”, como lo fueron los mau mau para los colonos británicos? Interrogada sobre la violencia de los mungiki, Wangari Maathai, premio Nobel de la paz 2004, no duda: “Si la opresión continúa, si se sigue matando a nuestros hermanos, será la guerra civil en el país”
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