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Campesinos etíopes en la tormenta electoral

A pesar de las denuncias de fraude en las elecciones legislativas del 15 de mayo pasado, el gobierno de Meles Zenawi se adjudicó la mayoría en el Parlamento. La democratización de un poder apadrinado por la "comunidad internacional" corre serio peligro de malograrse. A la espera de un conteo definitivo, los primeros resultados oficiales son parejos.

"¡No podemos más!" En vísperas de las elecciones legislativas del 15 de mayo de 2005, el yugo que ejerce el Estado-partido del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE) sobre esta comunidad de cerca de cinco mil campesinos coptos y amharas se tornó insoportable. Debre Sina, el burgo más cercano, a 200 kilómetros al noreste de Addis-Abeba, se encuentra a varias horas de marcha. Se llega a él por una difícil senda interrumpida por ríos que las fuertes lluvias vuelven infranqueables.

Aunque pueda ser peor en otra parte, en Etiopía la pobreza es insondable 1. Sólo la minoría de los que se dicen “ricos”, porque comen tres veces por día todo el año, se salva del hambre crónica. Un viejo campesino exclama: “¡Si comiéramos carne una vez al mes, se nos notaría en la cara!”

La densidad de población supera los 150 habitantes por kilómetro cuadrado. Esta fuerte presión obliga a cultivar tierras cada vez más pobres. La adversidad y la degradación del medio ambiente, el pasivo que crea el atraso técnico hacen que, término medio, un campesino cultive 0,8 hectáreas y coseche ocho quintales de cereales para cinco o seis personas. Para alimentarlos correctamente se necesitarían de diez a doce. “Vivimos cada vez peor”, exclaman la mayoría de los campesinos. En 1974, a fines del reinado del emperador Haile Selassie, el ingreso anual per cápita en la zona rural era claramente superior.

Sin embargo, Etiopía –cuyo hombre fuerte es el primer ministro Meles Zenawi, jefe de la guerrilla que en 1991 derrocó la dictadura militar-comunista de Mengistu Haile Mariam, el Derg–, es uno de los pocos países del Sur que fundó su desarrollo en la movilización del campo, donde vive el 85% de sus habitantes. El país está regulado por una “democracia revolucionaria” supuestamente superior a la democracia representativa “burguesa”, dado que implica a las comunidades rurales en las decisiones diarias sobre sus propios asuntos, adaptando al mismo tiempo las orientaciones venidas de arriba.

En realidad el mengist –el gobierno, el Partido casi único, el Estado– pero también cualquiera de sus miembros y agentes, da las órdenes. El campesino, el gebare, literalmente “el que está obligado a trabajar duro”, las ejecuta. Los trabajos colectivos y las contribuciones “voluntarias” –obligatorias– junto con las distintas tasas e impuestos, equivalen al menos a tres meses de su trabajo anual. Un dirigismo tentacular, implacable y arrogante, esteriliza la movilización de su fuerza de trabajo, frena su espíritu de empresa en cuanto asoma, lo aprisiona en una subordinación infantil, en resumen paraliza todas sus capacidades. El enfrentamiento larvado entre el mengist y el gebare neutraliza sus respectivos potenciales de desarrollo.

Asunto de vida y muerte, la tierra sigue siendo propiedad pública, en conformidad con la historia: quien posee la tierra posee el poder. Los agricultores sólo tienen un usufructo que saben precario. La birokrasi –constituida por los que asumieron menos responsabilidades en la época del Derg– cuando en 1997 se produjo la redistribución de la propiedad de la tierra fue la más desposeída, con el pretexto de que en ese entonces habría abusado de su posición. Este “castigo” aplicado a cerca de un 10% de la población sigue constituyendo “una lección para todos”. Además, las autoridades locales pueden bloquear a su antojo el acceso a los servicios vitales o a los préstamos, cuyo semi-monopolio detentan. Esta doble vulnerabilidad enajena completamente al campesino: “Si queremos sobrevivir tenemos que hacer lo que nos mandan”.

A pesar del hartazgo generalizado, el escrutinio del 15 de mayo de 2005 se anunciaba al comienzo como los precedentes: una formalidad para el régimen, otra obligación para los resignados electores rurales. “Estamos subordinados a este gobierno, ¿cómo podríamos votar contra él?”. Por cierto, ya se preveía que las ciudades se inclinarían por la oposición. Al lado de las Fuerzas Democráticas Etíopes Unidas (FDEU), tuvo un fulgurante ascenso una coalición “federalista” de base sobre todo étnica, establecida en el tercio sudeste de la región donde vive más de la mitad de la población: la muy reciente Coalición por la Unidad y la Democracia (CUD), liberal y más “unitaria”.

El denominador común de sus partidarios urbanos –los intelectuales, los círculos financieros, millones de desocupados– es el repudio de un poder al que juzgan como el de una oligarquía política y financiera que mezcla extrañamente el mercantilismo, el viejo fondo abisinio de cultura feudal y una persistencia del marxismo-leninismo versión albanesa que guió a su guerrilla 2. Allí denuncian la preponderancia de los tigreses (minoría étnica que representa el 7% de la población), lo cual agudiza peligrosamente las tensiones étnicas, más aun porque un ala de la Coalición cultiva el revanchismo amhara, la etnia que dominaba en la época imperial.

En cambio, el FDRPE afirma haberse ocupado tanto del campesinado que lo tendría totalmente conquistado. Lo sujeta con mano de hierro. Pero nadie había previsto siquiera que, seguro de sí mismo hasta la ceguera, adoptara una conducta suicida absteniéndose de hacer campaña. Esto le abrió a la oposición una vía inesperada. Cuando se produjo su primera aparición pública en Debre Sina, la población exclamó: “¡El poder, que tiene las armas, se deja criticar por opositores desarmados, incluso frente a las oficinas de la administración! ¡Y la policía no hace nada!”. Al estupor le sucedió el miedo. Los que se animaban a escuchar lo hacían a la mayor distancia posible para no ser identificados. “¡Es la guerra! ¡En nuestra historia no puede haber dos mengist al mismo tiempo!”. Algunos se apresuraban a poner a salvo su ganado y a ocultar sus magros bienes, al tiempo que reprochaban: “El mengist cometió un error al dejar venir a la oposición”.

Desmoronamiento de la jerarquía tradicional

Pero la birokrasi entrevé su revancha. Su doble castigo –expoliación de la propiedad de la tierra y segregación política– es mal visto por una población que, en su conjunto, la considera siempre como su legítima elite, contrariamente a las autoridades locales nombradas por el poder. Su prestigio social y su relativa buena posición económica disminuyen su vulnerabilidad. Es la única que afirmó de entrada, junto con algunos campesinos “ricos”, que “se arriesgaría” a votar por la oposición. Se convirtió incluso en su punta de lanza.

No hubo guerra. La oposición fue al encuentro del electorado rural. Pero la debilidad de la primera combinada con las distancias y la dispersión del segundo hizo que muchos campesinos ignorasen todo de su programa, salvo a través de rumores. La docena de debates radiotelevisados que tuvieron un enorme impacto en las ciudades, en el campo fueron un completo fracaso. Los pocos campesinos que los escucharon consideraron que “eran demasiado complicados” y confesaron que los habían “olvidado”.

Poco importa. La oposición estaba presente, el poder ausente. La jerarquía tradicional se había derrumbado. “¡El poder está tan mal que debe discutir con sus enemigos sin siquiera poder eliminarlos!” Sobre todo fue desacralizado. La autocracia es no sólo un dato inmanente sino de esencia divina, el brazo de Dios en la Tierra. Dios supera al poder únicamente “porque da la vida y decide la muerte”, ordena “la lluvia y el sol”. Así, se puede escuchar: “Dios decidió que se terminara el tiempo de este mengist”; a menudo seguido de: “La oposición lo sustituirá”. La lealtad y la sacralización cambiaron de bando. Quienes la invocaban decían: “Puesto que formamos parte de la oposición, ya no debemos obediencia a este mengist”.

Consciente de esta arrogancia, a tres semanas de la elección el Partido-Estado contratacó. La casi totalidad de los funcionarios, miembros del FDRPE, fueron a recorrer los campos. Pero no convencieron a nadie. Repitieron mil veces: “¡Nosotros desarrollamos el campo!”. A lo que los campesinos respondieron: “Nosotros construimos y pagamos estas rutas, estas escuelas, estos centros médicos, y ustedes no son capaces ni siquiera de hacerlos funcionar”.

Aparecieron entonces el miedo y la extorsión. En grupos de a dos, en general un miliciano con la kalachnikov al hombro y un miembro local del FDRPE –¡un kadre!– iban de puerta en puerta para hacer firmar un registro a favor del Partido, bajo pena de sufrir las consecuencias. “Si se niegan a firmar, ya no podrán seguir viviendo aquí, porque somos nosotros los que vamos a ganar”. Se sobrentendía: les quitaremos sus tierras. La mayoría aceptó. Algunos al mismo tiempo que decidían votar en secreto por la oposición: “Puesto que el Frente hace trampa, nosotros también haremos trampa”. Otros se preguntaban: “Vinieron armados. Si no firmo, ¿cómo podría protegerme la oposición sin armas?”. Muchos temían que esta aceptación los comprometiera. A pesar del cuarto ocuro, existían medios indirectos y misteriosos que permitirían conocer cuál había sido su voto. Y negarse a firmar podría empeorar un futuro castigo.

Los rumores crecían y evocaban el espectro de una guerra civil como la que había conocido Etiopía en la época del Derg 3. Ante el surgimiento de la oposición y de la violencia del contraataque del poder que había prometido elecciones “libres y justas”, aumentaba el desasosiego. La alternativa, demasiado rápida y demasiado confusa, se percibía menos como una ocasión bienvenida que como una coerción de la cual no se sabía cómo escapar. Es cierto, sin tener en cuenta las circunstancias, optar hubiera podido considerarse un adelanto mucho más evidente si la alternancia se revelara beneficiosa. Pero era calamitoso tener que “elegir entre dos soluciones igualmente malas”. Porque el mengist es inmutable: “Nada cambió, el dueño de la tierra, el Derg, el FDRPE, todo es igual y seguirá siéndolo”. Incluso los militantes más informados de la oposición esperaban a lo sumo que los dejaran tranquilos dos o tres años, luego todo volvería a ser como antes. Afortunadamente, siempre era posible encomendarse a Dios, “que decide quién va a ganar”.

La mayoría de los campesinos no resolvieron su voto en función de la aversión que les inspiraba el régimen ni de la esperanza que depositaban en la oposición. Sólo tenían un objetivo: sobrevivir. Eso regulaba su conducta, incluida la electoral. La cuestión que se planteaban era: ¿a quién elegir sin poner en peligro la propia supervivencia? Al vencedor. Su programa, su balance o sus promesas eran secundarios. De ahí su obsesión: “Votar como la mayoría de la gente” dado que “si bien se puede castigar fácilmente a algunos, es mucho más difícil castigar a toda la comunidad”.

¿Pero a quién elegir? Rechazando las discusiones por miedo a ponerse en evidencia prematuramente, sólo se decidían en vísperas del sufragio, o aun la misma mañana en que iban a votar en grupo, o mejor todavía, preguntando a los primeros votantes que ya estaban de regreso a quién habían votado. Algunos esperaban incluso que, como de costumbre, el voto se hiciera a la vista y conocimiento de todos y así sabrían a quién elegir.

En Debre Sina y sus alrededores, la oposición obtuvo entre un 60% y un 80% de los sufragios. Allí el FDRPE no reconquistó el terreno perdido. En este resultado electoral pesó la influencia social de la birokrasi, pero más lo hizo su argumento determinante: la oposición ganó porque inundó las ciudades, donde se halla el epicentro del poder. Como lo prueba su manifestación del 8 de mayo en Addis-Abeba, que reunió “al menos cuatro millones de personas”. En realidad, probablemente fueran tres veces menos.

Pero el índice de abstenciones de alrededor del 20% fue alto para electores que podían temer ser “castigados” si no votaban. El porcentaje de votos en blanco o nulos se elevó al 32%. Muchos electores deslizaron en la urna boletas voluntariamente invalidadas para que no se los pudiera acusar de haber elegido un campo u otro, cualquiera fuese el vencedor. Muy perspicaz, una anciana que vivía principalmente de la mendicidad confesaba: “Fui a votar para evitarme problemas. Pero para que fueran todavía menos, marqué al FDRPE en una papeleta y a la oposición en otra”.

A escala nacional, el Partido casi único se declaró vencedor a partir del día siguiente del escrutinio, cuando sólo se conocían los primeros resultados que revelaban… una avalancha de votos opositores. Las semanas siguientes la mesa electoral “independiente” (nombrada por el actual Parlamento) concedió “provisoriamente” al FDRPE 302 escaños de los 517 asignados, aunque la oposición, que sólo detentaba doce asientos, denunció fraudes masivos en más de 300 circunscripciones. Dos de sus dirigentes fueron detenidos temporalmente, tres mil cuadros y militantes encarcelados. El 15 de junio, después de prohibirse las manifestaciones, fueron muertos 37 manifestantes y simples transeúntes, y detenidos mil “sospechosos”. El terror de la población desdibujaba la obsesión del gobierno: que se reprodujera una situación similar a la de Ucrania o Georgia.

La oposición contaba con los donantes internacionales para que obligaran al primer ministro Meles Zenawi, a quien adulan, a que pusiera fin a la represión, como le hubieran impuesto una salida electoral. Esa ayuda representa cerca del tercio del producto interno bruto de cada año. Pero en opinión de esos donantes, Zenawi nunca abandonará la realidad del poder. Heteróclita e inexperta, la oposición sería incapaz de asumirlo, y la población sería la primera víctima de una confrontación. Cualquiera haya sido el veredicto real de las urnas, promueve un compromiso “legalista”. Meles Zenawi ya predijo que la mayoría de las denuncias por fraude eran “infundadas”. Es probable que sea demasiado tarde para examinarlas correctamente.

  1. Joseph Stiglitz, “Aprender del ‘caso’ Etiopía”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, abril de 2002.
  2. Jean-Louis Peninou, “El sueño etíope de potencia regional”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2000.
  3. Gérard Gascon, La Grande Ethiopie, une utopie africaine, CNRS, París, 1995.
Autor/es René Lefort
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Temas Política, Estado (Política)
Países Etiopía