Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Hiperrealismo en política exterior

Desde que se normalizaron sus relaciones con Estados Unidos en 1979, la República Popular de China asigna a ese país un lugar central en su diplomacia. Los vínculos establecidos han sido calificados, con el consentimiento de Washington, de “alianza estratégica y constructiva orientada al siglo XXI”.

Sin embargo, las esperanzas surgidas de un entusiasmo semejante se vieron frustradas en varias oportunidades. Por ejemplo durante las pruebas de misiles chinos -sin carga explosiva- sobre las aguas territoriales taiwanesas (1995 y 1996), que fueron seguidas por un despliegue de portaviones estadounidenses en la zona. Las relaciones se enfriaron también cuando la OTAN bombardeó la embajada china en la ex Yugoslavia (1999), y más aun cuando un avión de reconocimiento estadounidense fue interceptado por aviones de caza chinos, sobre el Mar de China (2001). Estos incidentes confirmaban que ambos países desconfiaban profundamente el uno del otro y que sus gobiernos no tenían demasiada confianza en el carácter estratégico de sus relaciones.

Pero desde la segunda mitad de 2002, y más claramente desde el comienzo de 2003, la política exterior china se orientó hacia una "nueva madurez" según el discurso oficial, un pragmatismo que tiene más en cuenta los intereses vitales del país y reconoce la importancia de los lazos con Estados Unidos. Esto se confirmó con la posición que asumió China frente a la guerra estadounidense en Irak, y con su firme búsqueda de una solución pacífica al problema planteado por el programa nuclear norcoreano.

Irak

 No cabe ninguna duda de que el gobierno de Saddam Hussein cometió crímenes incalificables, especialmente contra los kurdos, ni de que era necesario enfrentar los peligros creados por Bagdad. También es evidente que Irak no representaba una amenaza inmediata, ni para sus vecinos ni para Estados Unidos. Al no existir ninguna resolución del Consejo de Seguridad que autorizara el inicio de una acción armada, China no podía apoyar abiertamente la intervención estadounidense. Al igual que los otros cuatro miembros del Consejo de Seguridad con derecho a veto, tenía la obligación moral de defender la paz. Tenía además otras razones para no apoyar esta guerra. La principal radica en su dependencia energética respecto de Medio Oriente, incrementada por su acelerado desarrollo económico. En los albores del siglo XXI, la adquisición de recursos energéticos devino estratégica para Pekín y el ataque de Estados Unidos fue visto como un fortalecimiento de su influencia en la región donde se encuentran las reservas petrolíferas más grandes del mundo.

Sin embargo, consciente de la debilidad de su economía y de su dependencia respecto de Estados Unidos (que absorbe alrededor del 20% de sus exportaciones), China no podía ponerse al frente de los adversarios de la guerra. A pesar de la ausencia de un verdadero debate público en torno a la legitimidad de la guerra, y por ende a la legitimidad de las decisiones chinas, los dirigentes sabían que el gobierno de Bush se lanzaría al ataque incluso sin una resolución de la ONU. El veto chino, junto con el de Francia y el de Rusia, resultaría pues incapaz de detener a Estados Unidos.

Por su parte, y a pesar de la oposición abierta de Francia, Alemania y Rusia, particularmente visible durante los debates en el Consejo de Seguridad del 14 de febrero de 2003, Estados Unidos parecía decidido a obtener de la ONU un mandato que convenciera al menos a nueve miembros de este organismo de votar en favor de la guerra. De haberse producido una votación semejante, China se habría encontrado en una posición extremadamente incómoda. Votar en favor de Estados Unidos era inconcebible, pero votar en su contra hubiera acarreado consecuencias graves para las relaciones bilaterales, en un momento en que su estabilidad era vital para ambos países. En cuanto a la abstención, habría traído como consecuencia desacreditar a China, que habría sido vista como timorata frente a la demostración de fuerza estadounidense. Es mérito del Ministerio de Relaciones Exteriores chino haber contribuido a que la administración Bush tomara conciencia de que no obtendría los nueve votos indispensables. De esta manera, evitó que su país se enfrentara a una decisión lamentable.

 Corea del Norte

 Más importante aun es el desafío que representó la cuestión del programa nuclear de Corea del Norte, que comparte una frontera con China. Esta última desempeñó un papel discreto pero decisivo en la resolución de la crisis que opuso a Washington y Pyongyang en 1994, a propósito de la inspección de las instalaciones nucleares de Yongbyang. Pero cuando en 2002 Corea del Norte hizo saber a James Kelly, subsecretario de Estado para los asuntos del Pacífico y Asia Oriental 1, que no había concluido sus investigaciones nucleares militares, las relaciones entre China y Estados Unidos se pusieron nuevamente a prueba.

Según la administración Bush, Pekín disponía de medios de presión sobre Pyongyang y debía utilizarlos. A comienzos del año 2003, Washington reprochó a China no involucrarse lo suficiente en las negociaciones; algunos responsables estadounidenses llevaron incluso la extorsión al punto de sugerir que Japón podría también desarrollar un programa nuclear. En realidad, China estaba tan preocupada como Estados Unidos: su desarrollo económico se basa en la estabilidad y la paz de la región; la proliferación de armas de destrucción masiva, sobre todo si se encuentran en manos de un país vecino, atenta totalmente contra sus intereses.

El programa nuclear norcoreano, aunque podría explicarse frente a la "amenaza" estadounidense, complica la situación de la región. Su aplicación agravaría considerablemente las tensiones entre Washington y Pyongyang y aumentaría los riesgos de conflicto, ya que otros países de la zona podrían dejarse tentar por la aventura nuclear. Además, toda guerra generaría seguramente el éxodo de refugiados. En un escenario catastrófico, si una urgencia militar surgiera en la península, Pekín se vería obligado a tomar posición o a mantenerse al margen, impotente.

China no puede pretender, evidentemente, no ejercer ninguna influencia sobre Corea del Norte: le provee energía, alimentos, fertilizantes, etc., por un monto estimado entre un cuarto y un tercio de la ayuda internacional china. Pero, para intervenir, Pekín debe tener en cuenta los intereses de todas las partes involucradas. A cambio del abandono de su programa nuclear militar, Corea del Norte debe disponer de garantías de seguridad razonables. Y hay que tener en cuenta, además, que piensa representar un escudo defensivo para China.

Hasta la primavera de 2003, Pekín nunca se había comprometido en idas y vueltas diplomáticas tan intensas. Los viceministros de Relaciones Exteriores Dai Bingguo y Wang Yi viajaron varias veces a Corea del Norte y el presidente Hu Jintao le escribió al presidente norcoreano Kim Jong-il. El ministro de Relaciones Exteriores Li Zhaoxing y el viceministro Wang Yi se trasladaron también a Washington con el fin de coordinar los esfuerzos de ambos países. Finalmente Qian Qichen, el arquitecto de la nueva diplomacia china, realizó una visita oficiosa a Corea del Norte, probablemente para incitar al gobierno de Pyongyang a negociar con Estados Unidos.

 La Conferencia de los Seis

 Fue China la que promovió los tres últimos ciclos de la "Conferencia de los Seis", que reunió en Pekín a las dos Coreas, Estados Unidos, Rusia, Japón y China. Su acción se desarrolla en cuatro niveles:

1. El papel de los altos dirigentes. El nuevo presidente Hu Jintao, al igual que su predecesor Jiang Zemin, se hizo cargo personalmente de la cuestión. Hace tres años, el presidente Jiang había hecho declaraciones públicas a propósito del programa nuclear de Corea del Norte. En la primavera de 2003, el presidente Hu le escribió a su par norcoreano con el fin de explicarle que la garantía de la seguridad norcoreana pasaba por el desarrollo económico e incitarlo a reanudar un diálogo multilateral. El contenido de esta carta no trascendió públicamente, pero al parecer el presidente Hu le habría hecho saber a Kim Jong-il que este último sería el único responsable de las consecuencias nefastas generadas por su negativa a negociar.

2. El papel del Departamento Central de Relaciones del Partido. Hu Jintao se puso al frente del pequeño grupo a cargo de las relaciones exteriores del Partido Comunista Chino (PCC), un centro de decisión que reúne a varios órganos gubernamentales y que desempeña un papel destacado en el seno de la elites dirigentes. Bajo la dirección del ministro Dai Bingguo, había entablado sólidas relaciones de trabajo con numerosos dirigentes del mundo, lo que le valió ser designado viceministro de Relaciones Exteriores en la primavera de 2003. En la jerarquía del Partido, esto significa que dirige, de hecho, ese Ministerio. Fue él quien viajó a Corea del Norte para entregar a Kim Jong-il la carta del presidente Hu, contribuyendo a persuadir al dirigente norcoreano de reanudar las negociaciones multilaterales en Pekín.

3. El papel del ejército chino. Una parte de la cúpula militar considera que las armas nucleares norcoreanas representan un peligro mucho menor que el arsenal atómico que posee India. Algunos llegan incluso a sostener que China podría convivir pacíficamente con una Corea del Norte nuclear y que ésta podría servirle para contener la potencia militar estadounidense en Asia oriental. Es que para China, Taiwán es y seguirá siendo el problema principal. La diplomacia debe pues actuar con precaución para no poner en peligro la supervivencia de Corea del Norte.

4. Los diferentes métodos de presión. A pesar de las desmentidas, China "suspendió" en la primavera de 2003 su abastecimiento de petróleo a Corea del Norte, oficialmente por "razones técnicas". El contexto actual podría poner en duda esta explicación. Enfrentada con imperativos contradictorios, China trata de mantener un equilibrio precario. Así, durante una reunión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), solicitó que la cuestión norcoreana se discutiera ante el Consejo de Seguridad de la ONU, otra señal de su descontento respecto de su vecino. En el Consejo, sin embargo, prefirió no abordar la cuestión, con el fin de favorecer los esfuerzos diplomáticos. Y luego de la última etapa de negociación en Pekín, en agosto de 2003, el entonces viceministro Wang Yi reprochó a Estados Unidos su inacción. Está claro: para China es vital ser vista como un mediador honesto e imparcial, y no como una gran potencia que sólo actúa en pos de sus propios intereses o por cuenta de Estados Unidos.

Aunque el proceso de toma de decisiones en materia de política exterior se torne más transparente, quedan muchas zonas oscuras en esta diplomacia, cada vez más influenciada por los think tanks chinos y por la opinión pública.

Sin embargo, desde que considera haber entrado en un "período de grandes oportunidades estratégicas", China privilegia sus relaciones con las grandes potencias, de las cuales la más importante es, por supuesto, Estados Unidos. Esta situación de hecho fue reconocida en la conferencia de Beidaihe 2 en el verano de 2002, durante la cual la tercera y cuarta generaciones de dirigentes del PCC dejaron atrás una década de relaciones difíciles entre China y Estados Unidos. El nuevo equipo dirigente quiere continuar en este camino, dando muestras de mayor paciencia e idoneidad para sobrellevar las dificultades y los desafíos que enfrenta el país.

Las reacciones frente a las crisis iraquí y norcoreana corroboran esta tesis. La visita a Corea del Norte efectuada por Wu Bangguo, presidente de la Asamblea Nacional del Pueblo y número dos en la jerarquía de la cuarta generación, permite alimentar nuevas esperanzas: el 30 de octubre de 2003, Kim Jong-il se mostraba dispuesto a participar del segundo ciclo de la "Conferencia de los Seis" en Pekín. Si bien seguramente Pyongyang continuará su juego de escondidas diplomático, China parece ahora capaz de dominar la situación. Otro alto responsable de la oficina política, Li Changchun, viajó a Pyongyang en septiembre último para convencer a sus interlocutores de participar en la etapa de negociaciones en Pekín.

Cualquiera sea el resultado, es posible ahora identificar la orientación que domina la nueva política exterior china: el hiperrealismo, para servir a los intereses nacionales.

  1. James Kelly regresó de una visita a Pyongyang (5 al 8 de octubre de 2002) con pruebas de que se había reanudado el programa nuclear surcoreano. Bruce Cumings, "Extorsión nuclear en Corea del Norte", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2003.
  2. Desde 1950 todos los años los dirigentes del PCC se encuentran en esta ciudad balnearia para negociar los temas del próximo Congreso y de las futuras grandes decisiones para el país.
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:24,25
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Desarrollo, Nueva Economía
Países Estados Unidos, China