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Haití, un Estado a reconstruir

Desde su exilio forzado, el depuesto presidente Jean-Bertrand Aristide anuncia que demandará a Estados Unidos y Francia por secuestro. El nuevo primer ministro Gérard Latortue, venido de Miami respaldado por Washington, deberá conformar a las distintas fuerzas en pugna, al tiempo que el líder rebelde Guy Philippe amenaza con retomar las armas…

El Estado haitiano no existe más. Lo que quedaba de él, limitado cada vez más a su fuerza represiva, se hundió en pocas semanas. En el período de incertidumbre que se abre, intentarán imponerse cuatro grandes fuerzas:

–Lavalas, el partido del depuesto presidente Jean-Bertrand Aristide, se debilitó; sin embargo, no está completamente fuera de juego, pues continúa siendo apoyado por miembros de la función pública y cuadros provinciales;

–la oposición democrática, formada en contra de Aristide, se encuentra constituida por decenas de partidos políticos sin tropas y con frecuencia sin programa. Enfrenta el riesgo de fragmentarse ante la perspectiva del poder. Al reunir diferentes partidos, algunos de tipo socialdemócrata, otros clientelistas, incluso “macoutes”, le es imposible unificarse de manera durable bajo un programa común, dado que el único elemento unificador era la voluntad de echar al déspota Aristide;

–una tercera fuerza, mucho más interesante, emergió hace dieciocho meses, desde lo que se llama “sociedad civil”. Para funcionar, exige el marco de un Estado de derecho, una novedad en la historia de Haití, donde la política ha sido siempre monopolizada por profesionales dudosos. Esta esfera es muy heterogénea, ya que allí se encuentran tanto las iglesias y una nueva clase patronal partidaria del neoliberalismo como un movimiento estudiantil, sindicatos rurales, asociaciones comunitarias y un movimiento feminista en pleno desarrollo. Estos últimos, por ejemplo, estuvieron presentes en los foros sociales mundiales, tanto en Porto Alegre como en Mumbai. Aunque creció durante estos últimos meses, su papel en la “sociedad civil” permanece minoritario;

–finalmente, los “bárbaros del norte”. El “ejército caníbal” al servicio de los actos criminales de Aristide, se volvió contra éste y aglomeró a toda la escoria de regímenes precedentes, desde los “attachés” (paramilitares) del período de la dictadura de Raoul Cedras (1991-1994) hasta los “macoutes” del fin del duvalierismo. El ex oficial Guy Philippe, que comanda al conjunto, está implicado en el tráfico de droga y muchos de sus lugartenientes han sido condenados a la pena máxima por masacres cometidas en villas miseria.

La punta de lanza de esta milicia devenida “frente de liberación” está constituída por antiguos integrantes del FRAPH 1, en su mayoría agentes de la CIA, doscientos a trescientos hombres tranquilamente refugiados en la República Dominicana o en Estados Unidos... El estado de desesperanza de la población haitiana explica que a pesar de todo hayan sido recibidos como salvadores.

En el plano diplomático, se destacan dos sorpresas: por una parte, a Estados Unidos le ha costado definir su política haitiana. El poderoso lobby llevado por Aristide a Washington –a través del Black Caucus 2 pero también directamente ante la consejera de seguridad nacional Condoleezza Rice– lo ha preservado por mucho tiempo de lo peor. Por otra parte, Estados Unidos reconocía al presidente haitiano haberle evitado un aluvión de “boat people”. La llegada masiva de haitianos a las costas estadounidenses es en efecto el motivo habitual de desvelo de Washington en relación con Puerto Príncipe. Sea lo que fuere, Estados Unidos se ha asegurado apoyos en todas las facciones, tanto en el seno de la oposición democrática como entre los “bárbaros del norte”. Cualquier evolución de la situación puede permitirle actuar rápidamente, ya que tiene aliados en todos los campos.

Por otra parte, la segunda sorpresa es el rol excepcionalmente activo de Francia, que no tenía política haitiana desde 1994 y que se había alineado –como la Unión Europea– tras las resoluciones de la Organización de Estados Americanos (OEA). Más allá de la solidaridad francófona y del mayor interés manifestado por el Quai d’Orsay desde 2002, el bicentenario de la revolución haitiana fue la ocasión, para la opinión pública francesa, de una revelación del rol histórico de Francia (sobre todo a través del informe de la comisión Régis Debray sobre 200 años de relaciones franco-haitianas). Es posible interrogarse a este respecto sobre el lugar excepcional otorgado a Haití por los medios franceses; un lugar que no había tenido jamás desde 1991, en ocasión del surgimiento de Aristide, su elección como presidente y el golpe de Estado.

Debe añadirse el hecho de que las fuerzas armadas estadounidenses están fuertemente implicadas en otros terrenos, y que la campaña presidencial se anuncia más difícil de lo previsto para el presidente George W. Bush. En efecto, el problema haitiano pesa sobre el voto de ese estado determinante que es Florida, donde reside una importante minoría haitiana y donde la población (de Florida y cubana) da muestras de una fuerte hostilidad ante la perspectiva de un nuevo flujo de inmigración.

Sin embargo, hoy en día, es Estados Unidos quien forma el nuevo poder. Boniface Alexandre, el presidente provisorio, es un testaferro. Las elecciones serán muy difíciles de organizar en un período de menos de tres meses, y no sería llamativo que se prolongaran “gobiernos provisorios”. La oposición democrática, después de haber jurado lo contrario, parece lista a hacerle lugar, de manera oficial u oculta, a Guy Philippe, el hombre fuerte del norte. Este tipo de alianza parece contra natura y constituiría un nuevo y dramático retorno a los viejos hábitos de la “gobernanza” haitiana. Un gobierno que uniera a los contrarios llevaría a Haití a los peores carriles de su historia.

Pero ciertos sectores de la sociedad civil, y sobre todo los cientos de periodistas de radio, muy movilizados y muy abiertos a las prácticas democráticas fuera de Haití, constituyen uno de los mejores escudos contra los previsibles desvíos. En un país analfabeto como Haití, sólo un medio tiene verdadero peso: las radios, accesibles en todos lados. Ellas fueron por otra parte el blanco preferido de Aristide en el curso de los dos últimos años.

Evitar lo peor

La intervención militar de Estados Unidos, de Canadá y de Francia no parece haber fijado claramente sus objetivos. Ciertamente, se trata de “controlar” el país, librado a bandas más o menos controlables. Se trata también de evitar una catástrofe alimentaria, ya que Haití es completamente dependiente de la ayuda exterior 3. Pero en el mediano plazo, ¿qué presiones comunes hay que ejercer sobre la constitución de un nuevo poder? Estados Unidos por una parte, y los otros miembros de la comunidad internacional por otra, no tienen quizás la misma concepción de las prácticas democráticas deseables.

Para el secretario de Estado Colin Powell, se trata de hacer emerger “una nueva cultura política en Haití”. Se trataría entonces de un cambio de rumbo, cuando Estados Unidos no ha cesado, desde la caída de Duvalier, de intentar prolongar las viejas prácticas. No olvidemos que ha participado en el golpe de Estado contra Aristide (1991), lo ha vuelto a llevar al poder (1994), lo ha apoyado contra todos (2002-2003), y finalmente lo ha secuestrado y echado manu militari (2004). Hecho que los quince países miembros de la Comunidad económica del Caribe (Caricom) denunciaban el 3 de marzo, declarándose “extremadamente decepcionados” de la implicación de los “socios occidentales” en lugar de los soldados de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Las grandes potencias deberán rápidamente decidir si se contentan con una operación de “policía” y de ayuda humanitaria o si exigen reanudar el trabajo llevado a cabo por la ONU enre 1995 y 1997 para crear los fundamentos de un Estado de derecho: policía, justicia y administración 4. Si quiere entonces poder apoyarse sobre fuerzas locales, la comunidad internacional deberá sostener los movimientos comunitarios, los únicos capaces de iniciar una democracia participativa, y sobre todo de controlar los fondos que podrían ser inyectados en el país.

En este caso, será necesaria una intervención de largo aliento con fuerzas numerosas. Su composición –para hacerla creíble– deberá implicar la menor cantidad posible de elementos estadounidenses. Lo cual será difícil de hacer aceptar en una zona considerada por Washington su patio trasero.

 

  1. Louis-Jodel Chamblain, sobre todo, fue uno de los dirigentes del Frente para el avance y el progreso en Haití (FRAPH), milicia paramilitar al servicio de Cedras. Estos escuadrones de la muerte se declararon culpables de numerosos asesinatos bajo la dirección de Emmanuel “Toto” Constant, él también de vuelta en Haití.
  2. El grupo de los parlamentarios afroamericanos.
  3. Véase Paul Farmer, “Los niños del BID”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2003.
  4. Véase André Linard, “Triste Bicentenario en Haití”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2004.
Autor/es Christophe Wargny
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 57 - Marzo 2004
Traducción Mariana Saúl
Temas Desarrollo, Política, Sociedad
Países Estados Unidos, Haití, Francia