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Patriotismo oficial en China, juvenil en Japón

Actualmente enfrentadas como nunca antes desde la Segunda Guerra Mundial, China y Japón tienen una larga historia de desaveniencias y conflictos, que podrían agravarse si, entre otros factores, sigue desarrollándose un nacionalismo belicoso, sobre todo entre las juventudes de los dos países.

Si -como afirman los sociólogos- el deporte es el espejo de una sociedad y de sus frustraciones, no caben dudas de que los acontecimientos del 7 de agosto pasado en el Estadio de los Obreros, en Pekín, y en sus alrededores, marcan un hito en las relaciones entre China y Japón. Ese día se enfrentaban los equipos de fútbol de ambos países en la final de la Copa Asia de naciones. Anteriormente ya se habían registrado numerosos incidentes durante los partidos preliminares -en el curso de los cuales Japón logró clasificarse para defender el título obtenido en 2000- fundamentalmente en los encuentros disputados en Chongqing, en el centro-oeste del país. La hostilidad del público se puso de manifiesto en numerosas ocasiones. No fueron sólo los silbidos, habituales en ese tipo de partidos, sino también los actos claramente antijaponeses. La silbatina había tapado el himno japonés y se repetía cada vez que un jugador de ese equipo tocaba la pelota. Los habitantes de Chongqing -ciudad masivamente bombardeada por el ejército imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial- manifestaban así a los futbolistas y a los espectadores japoneses su orgullo de ser chinos, aun al precio de poner a las autoridades de su país en una situación incómoda.

"Nadie puede adherir a ese tipo de patriotismo", afirmaba en su tapa el Diario de la Juventud antes de la final del 7 de agosto. El órgano oficial recordaba a sus lectores que no había que "confundir deporte y política", de lo que se infiere que el gobierno chino tiene cada vez más dificultades para canalizar el nacionalismo de una población deseosa de ver a Japón nuevamente derrotado. Los incidentes que se produjeron en los alrededores del Estadio de los Obreros luego de la derrota del equipo chino (por 3 a 1), a pesar de la presencia de 16.000 policías, confirmaron las dificultades de los dirigentes chinos para controlar ese movimiento, que ellos mismos contribuyeron a fomentar.

Los conflictos entre China y Japón tienen una larga historia. Mientras que a fines del siglo XIX el Imperio del Medio, que había sido potencia dominante en Asia durante siglos, padecía la ley de los occidentales (Roux, pág. 23), Japón se negaba a correr la misma suerte y aceptaba el desafío de ponerse al mismo nivel del Occidente conquistador. Eso implicaba, entre otras cosas, que el país del Sol Naciente aspiraba a su parte de colonias. China sufrió el ataque japonés, que terminó en abril de 1895 con el Tratado de Shimonoseki, que la obligó a renunciar a Taiwán y a reconocer el protectorado que de hecho ejercía Japón sobre Corea. Humillados, los chinos nunca se recuperaron de esa derrota, que más de un siglo después ocupa un lugar importante en su contencioso con Japón. La lucha contra la ocupación japonesa fue uno de los motores del renacimiento del nacionalismo chino, cuya principal prioridad era reconstruir la unidad nacional. Desde entonces, el orgullo de haber participado en la derrota japonesa fue cuidadosamente alimentado por las autoridades, que supieron utilizarlo cuando la situación lo requería (difíciles negociaciones con Tokio, amenazas japonesas de suspender su ayuda para el desarrollo, etc.).

Sin embargo, la manifestación de ese nacionalismo se mantenía circunscripta, pues chinos y japoneses no disponían de medios directos para rivalizar en Asia. Sólo al fin de la Guerra Fría ambos países volvieron a encontrar las condiciones para una oposición directa. Frente a un Japón con dificultades económicas, pero más propenso a desempeñar una función política en los asuntos asiáticos, China, con su tasa de crecimiento de dos cifras, se mostraba dispuesta a retomar su lugar central en el tablero regional sin que Tokio interviniera. Y ante el aumento del descontento interno, Pekín encontró en la explotación del sentimiento nacionalista un medio ideal para compensar las frustraciones de parte de su población.

 Nacionalistas fuera de control

 "Desde que el Partido Comunista Chino dejó de ser comunista se vio en el deber de ser chino", escribía Thomas Christensen en las columnas de Foreign Affairs 1. Japón no es el único blanco, pero el acercamiento entre Pekín y Washington a partir de 2001, en nombre de la guerra contra el terrorismo, contribuyó a hacer de Tokio el enemigo principal de las autoridades chinas. De modo que el gobierno estableció como una de sus prioridades la enseñanza patriótica (aiguo jiaoyu). En los libros escolares, y en cada ocasión que se presenta, se recuerda la humillación padecida en el pasado bajo el impulso de los "demonios occidentales" (yang guizi) y de los demonios a secas (guizi), es decir, los japoneses 2. Recientemente, el diario japonés Yomiuri Shimbun 3 daba algunos ejemplos de esa educación patriótica. En Historia de China, el libro escolar más difundido en los colegios chinos, publicado por las Ediciones para la Enseñanza Popular -señalaba el periódico-, hay nada menos que nueve capítulos sobre el tema de la invasión japonesa a China, donde se pone el acento en los crímenes cometidos por el ejército imperial. El diario japonés estimaba que "es indudable que ante el desarrollo de la economía de mercado y el resquebrajamiento de la ideología socialista, el Partido Comunista Chino tiene en el patriotismo exacerbado su única posibilidad de sobrevivir" 4.

Lo más inquietante son los problemas que afrontan las autoridades chinas para controlar los desbordes nacionalistas de una opinión pública alimentada desde hace años por la propaganda oficial. El año 2003 fue particularmente rico en incidentes. En junio, militantes chinos organizaron un primer viaje a las islas Senkaku (Diaoyu en chino) para reactivar las reivindicaciones chinas sobre esos islotes situados entre Taiwán y Okinawa. Las malas condiciones climáticas y la presencia de los guardacostas japoneses no les permitieron desembarcar. Sin embargo, su intento obligó a la Cancillería a tomar posición y a reiterar que "la soberanía china sobre esas islas es indiscutible". Pocos días después, una petición contra la decisión del gobierno chino de otorgar a una empresa japonesa la construcción del tren de alta velocidad Pekín-Shangai logró más de 90.000 firmas.

El 4 de agosto, un grupo de obreros chinos que realizaba una excavación perforó accidentalmente obuses japoneses cargados de gas mostaza, lo que produjo la muerte de un trabajador chino y heridas a otros doce. Las fotografías que publicó la prensa generaron violentas reacciones. Una nueva petición para que el gobierno japonés solucione definitivamente el problema de las armas químicas que aún existen en territorio chino obtuvo un millón de firmas y fue entregada en la embajada japonesa en Pekín, en momentos en que los diplomáticos de ambos países discutían el tema. Dos semanas más tarde, el 18 de septiembre, se descubrió que una delegación de cuatrocientos empresarios japoneses alojados en un hotel de Zhu Hai, al norte de Macao, había contratado a quinientas prostitutas chinas. El caso fue difundido por toda la prensa, generando una ola de indignación en todo el país. El hecho coincidió con el 72º aniversario del incidente de Moukden, en 1931, que llevó a la ocupación de Manchuria por el ejército japonés. Según el 90% de las personas que participaron de una encuesta en línea organizada por el sitio Sohu.net, ese caso de prostitución demostraba claramente "la intención de Japón de humillar a China".

Gran parte de las acciones realizadas por los militantes nacionalistas chinos se canalizaron por internet. A pesar de los esfuerzos que realiza el gobierno chino para limitar la libertad de expresión a través de esa red mundial, no logró impedir que los más reivindicativos expresaran sus puntos de vista. Debido al aumento permanente del número de internautas, las autoridades ya tienen bastante trabajo para controlar la ciberdisidencia 5 como para comenzar a perseguir a los nacionalistas. Además de servir para movilizar a la opinión pública, internet es utilizada por los piratas informáticos chinos para atacar los sitios oficiales japoneses.

 El orgullo de ser japonés

 El gobierno japonés presta mucha atención al aumento del nacionalismo de su vecino, pero muchos observadores se inquietan ante un fenómeno similar en el archipiélago, aunque no responda a una voluntad política explícita. Actualmente se puede percibir una menor resistencia a ese discurso, que se reforzó y estructuró en la última década. Luego de la rendición de Japón en 1945, los nostálgicos del Imperio del Sol Naciente comenzaron a militar en grupos de extrema derecha. Una de sus principales manifestaciones consistía en circular por las ciudades japonesas manejando camionetas negras decoradas con la bandera nacional y con crisantemos, profiriendo discursos sobre la grandeza del archipiélago y sobre las injusticias territoriales de las que había sido víctima al fin de la Guerra. Eran pocos los que prestaban atención a esas ruidosas gesticulaciones.

Preocupaban más los intentos del gobierno japonés de imponer una determinada lectura de la historia, o su negativa a incluir en los libros escolares información sobre los abusos cometidos por el ejército imperial en Asia. A cada nueva edición de los libros escolares, la mayoría de los países asiáticos protestaban violentamente contra la censura impuesta por el Ministerio de Educación japonés. Esas críticas encontraban eco en el interior de Japón, donde los poderosos sindicatos de docentes organizaban acciones legales y movilizaban a sus miembros para que en sus clases abordaran esos temas tabú. Muchos docentes se negaron a participar de la ceremonia del izamiento de la bandera y ejecución del himno nacional al iniciarse las clases en el mes de abril. Esta actitud de vigilancia no impidió que algunos responsables políticos profirieran expresiones nacionalistas o visitaran regularmente el santuario de Yasukuni, en Tokio, donde se conservan las cenizas de los soldados -incluidas las de los criminales de guerra-, pero cumplió un papel esencial de prevención.

Esa tarea se veía facilitada por el hecho de que Japón no necesitó afirmar su imagen respecto de otros países. Protegido militarmente por Estados Unidos, que lo había convertido en el último baluarte frente el comunismo, el país podía dedicarse a desarrollar su economía, lo que le permitió elevarse al rango de segunda potencia económica del mundo.

Los profundos cambios generados por el derrumbe del sistema soviético a fines de la década de 1980 coincidieron con el estallido de la burbuja financiera. En un lapso muy breve los japoneses se vieron confrontados a un nuevo orden mundial para el que no se habían preparado. Acostumbrados a la protección del amigo estadounidense, de golpe se dieron cuenta de que tal vez ya no posean objetivos comunes. Al desaparecer la amenaza soviética, Washington pasó a interesarse más por Pekín que por Tokio. A partir de entonces, el discurso nacionalista japonés comenzó a estructurarse sobre temas menos imprecisos que, por ejemplo, el "respeto del emperador". El destinatario también evolucionó: ya no eran los nostálgicos del antiguo poderío nipón, sino los jóvenes.

Duramente afectados por la crisis económica, muchos jóvenes se dejaron seducir por los cantos de sirena nacionalistas, tal como demuestra el éxito de las historietas de Yoshinori Kobayashi -autor del Manifiesto de la nueva orgullosidad (Shin gomanizumu)- en las que incita a sus lectores a enorgullecerse de ser japoneses y a rechazar las lecciones que pretenden darles los otros 6. El caso de la sangre contaminada, la mala gestión del terremoto de Kobe en enero de 1995, o el atentado con gas sarín cometido por la secta Aum en el metro de Tokio en marzo del mismo año, fueron ocasiones para criticar a los poderes públicos e incitar a los japoneses a oponerse a un gobierno "desprovisto de vigor". No resulta sorprendente que un hombre como Shintaro Ishihara, autor en 1989 del panfleto El Japón que puede decir no, (No to ieru Nippon) 7 haya logrado por fin ganar fácilmente las elecciones a gobernador de Tokio. De espíritu provocador, Ishihara suele aparecer a menudo en las portadas de los diarios a causa de sus estruendosas declaraciones sobre los países vecinos, obligando así al Primer Ministro a emularlo, mostrándose igualmente intransigente, particularmente con China.

Son cada vez más los jóvenes que visitan el santuario de Yasukuni. Según una encuesta realizada por el Asahi Shimbun en abril de 2004, el 63% de las personas entre 20 y 30 años son partidarias de una reforma de la Constitución pacifista posterior a la Segunda Guerra Mundial, para que se legalice la existencia de un ejército regular 8. Por su parte, los encuestados de más edad expresan mayoritariamente su oposición. Esos mismos jóvenes actualmente llenan los estadios no dudan en agitar la bandera nacional (Hi no maru) o en entonar el himno, otrora bastante desprestigiado. Es lo que la psiquiatra Rika Kayama denominó el "síndrome del puchi nacionalismo", es decir, del pequeño nacionalismo 9. Paralelamente, se produce un redescubrimiento de la lengua japonesa y un retorno a las fuentes. A pesar de que sigue muy abierta a las influencias occidentales, la juventud se muestra actualmente muy orgullosa de su pasado y de sus raíces. A sus ojos, la vergüenza de ser japonés, es decir, de soportar el peso de un pasado militar y agresivo, ya no tiene razón de ser.

Para una generación abandonada a sí misma desde la crisis de la década de 1990, ese pequeño nacionalismo se relaciona más bien con una búsqueda de identidad. Pero podría intensificarse si en el futuro se repitieran los excesos incontrolados por parte de China. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, nunca antes Japón y China estuvieron tan distantes.

  1. Foreign Affairs, Nueva York, septiembre de 1996.
  2. Chi Li, Triste vie, Actes Sud, Arles, 1998.
  3. Yomiuri Shimbun, Tokio, 3-9-04.
  4. Idem, 5-8-04.
  5. Reporteros sin fronteras, Internet sous surveillance, París, 2004.
  6. Philippe Pons, "Le négationnisme dans les mangas", Le Monde diplomatique, octubre de 2001.
  7. Le Japon sans complexe, Dunod, París, 1991.
  8. El artículo 9 de la Constitución prohíbe a Japón disponer de ejército. Se trataría entonces de suprimir ese artículo y de ratificar el hecho de que el país se dotó de fuerzas de autodefensa, que tienen todas las características de un ejército regular.
  9. Rika Kayama, Puchi nashonarizumu shôkôgun, Edic. Chûô Kôron Shinsha, Tokio, 2002.
Autor/es Claude Leblanc
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:26,27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Conflictos Armados, Militares, Política, Geopolítica
Países China, Japón