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A falta de alternativas...

Los resultados de las elecciones legislativas israelíes del 28 de enero de 2003 conllevan dos aspectos inseparables: por una parte, el triunfo de la derecha y la debacle de la izquierda, por otra, el avance del partido Shinui. Todo sobre un fondo de abstención récord.

El Likud y sus nuevamente aliados "sefardíes" (judíos orientales) del Gesher pasan en efecto de 21 a 38 bancas, mientras que la Unión Nacional (extrema derecha y rusos ultranacionalistas de Israel Beitenu) se mantiene en 7 (sobre las 120 bancas de la Knesset). Esta progresión de la derecha, sin precedentes en la historia política israelí, surge junto a un retroceso, también sin precedentes, del Partido Laborista, que cae de 26 a 19 diputados, en tanto que el partido Meretz pierde 4 de sus 10 bancas obtenidas en 1999. Los partidos árabes, pierden una banca y quedan con 8 diputados.

La otra sorpresa -si bien anunciada en las encuestas- proviene del Shinui, que se lleva 15 bancas, contra 6 hace cuatro años. Desde ahora tercera fuerza del país, expresa a la vez la negativa laica frente a la teocracia y el rechazo "askenazí" (judíos occidentales) a las reivindicaciones judías orientales. De hecho, su bestia negra, el partido ultraortodoxo "sefardí" Shas, cae de 17 a 11 bancas. Por su parte, el competidor ruso del Shinui, Israel Ba Aliya, cede 2 de sus 4 mandatos.

Estas dos dimensiones del mismo viraje a la derecha encuentran su explicación sobre todo en la prioridad que los electores otorgaron a su búsqueda de seguridad. Desde el inicio de la segunda Intifada, a fines de septiembre de 2002, la paz -a la que, según todas las encuestas, la mayoría de los israelíes, partidarios del retiro de los Territorios ocupados y de la creación de un Estado palestino, sigue aspirando- parece fuera de alcance. Incluso el regreso a la negociaciones parece estar excluido.

Cargar todo el peso de esta situación en las espaldas de la dirigencia palestina, sería olvidar la responsabilidad del ex primer ministro Ehud Barak, quien se ensañó, tras el fracaso de la cumbre de Camp David (julio de 2000), en descalificar políticamente a Yasser Arafat, al mismo tiempo que emprendió una represión desmesurada de la segunda Intifada desde las primeras manifestaciones. Pero Ariel Sharon, transformó esta represión en una verdadera guerra, con la complicidad de una administración Bush cuyos favores fue ganándose de a poco. Para Sharon, la Autoridad palestina debe desaparecer para que una solución política sea nuevamente posible: es necesario entonces, subraya el Likud, erradicar el terrorismo por la fuerza. Una "lógica" que mes a mes confirman los atentados suicidas.

La hazaña del Primer Ministro, consiste justamente en haber hecho olvidar, en ese ámbito también, su balance de fracasos: a su llegada al poder, hace dos años, la Intifada había provocado la muerte de 50 israelíes; hoy las cifras alcanzan los 700 muertos (y cerca de 2.100 palestinos). Para no hablar de la economía, inmersa en su primera recesión desde 1953, ni del aislamiento regional de Israel, cuya normalización con el mundo árabe, en curso desde los acuerdos de Oslo (1993) no resistió la reocupación de los territorios autónomos.

Todas razones que deberían haber desvíado a los electores del voto de derecha y de extrema derecha. Si bien el traumatismo del terrorismo tuvo mucho peso, su traducción en votos para el Likud se debe sobre todo a la ausencia de una solución de recambio creíble a la política de fuerza de Ariel Sharon.

Esta alternativa, no podía encarnarse en el Partido Laborista. ¿Cómo puede pretender representar una oposición pacifista a Ariel Sharon cuando participó, durante un año y medio de un gobierno de unión nacional, con varios ministerios clave -entre otros el de Defensa- y cargó por lo tanto con la corresponsabilidad de la peor ofensiva antipalestina? Ello produjo un serio handicap al nuevo líder laborista Amram Mitzan, cuyo llamado a retomar las negociaciones y cuyas propuestas de futuro no encontraban relevo en la comunidad internacional, y sobre todo en Washington. No debe olvidarse que Itzkhak Rabin obtuvo su victoria, en 1992, gracias a la conjunción de las aspiraciones de los israelíes a la paz y a las presiones de la Casa Blanca...

Debe agregarse que, en un proceso prolongado, el Partido Laborista perdió los lazos que tenía con el corazón de la sociedad, convirtiéndose en un partido de la burguesía askenazí laica, opuesta a las capas populares, tanto árabes como orientales y religiosas -un rol que le disputan actualmente otros partidos, con el Shinui a la cabeza-. A falta de encontrarse frente a una elección clara y realista que concierne al futuro de las relaciones palestino-israelíes y por tanto del Estado judío, el electorado votó, más allá del imperativo de la seguridad, en función de los conflictos internos que sacuden, hace tiempo, a la sociedad. Paradójicamente, la lucha entre los principales grupos que se disputan la dirección del Estado, atrajo más pasiones de ciertos electores que el regreso a las negociaciones con los palestinos, que sin embargo condicionan el futuro de Israel...

Sería prematuro decir qué tipo de gobierno saldrá de las urnas del 28 de enero. El primer ministro reelecto se esfuerza ostensiblemente por reconstruir un gobierno de unidad nacional que incluya sobre todo al Likud, al laborismo y al Shinui, para beneficiarse una vez más con una garantía útil, interna y externa, para su política. En caso de fracasar, sin duda se resignará a levantar una coalición de derecha y extrema derecha, como le permite la composición del Parlamento israelí. Perspectiva que no es menos alarmante.

Cierto que Ariel Sharon hizo su campaña electoral como "moderado", partidario de un Estado palestino, de un pseudo Estado en realidad: el 41% de Cisjordania, de la que al menos la mitad está en manos de colonias, control israelí de las fronteras y el espacio aéreo, desmilitarización total, y seguramente nueva dirección. Pero conserva otro recurso: el "traslado". "La guerra de independencia de 1948 no está concluida", repite regularmente desde su primera elección en febrero de 2001. ¿Qué quiee decir? No solo el Estado hebreo existe desde el 14 de mayo de 1948, sino que domina militar y económicamente al conjunto de sus vecinos. En realidad, la única "tarea" que falta completar, para emplear el vocabulario de la extrema derecha, es expulsar a los palestinos. Como subraya la periodista israelí Amira Hass en el artículo publicado en febrero de 2003 en Le Monde diplomatique edición Cono Sur, el contexto de una guerra estadounidense contra Bagdad, un disparo certero de misiles Scud iraquíes sobre Israel, un mega atentado terrorista o manifestaciones palestinas que degeneren podrían ser la señal de una nueva catástrofe...

Autor/es Dominique Vidal
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Ciencias Políticas, Historia, Política
Países Israel