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Recuadros:

Persistentes conflictos en el Cáucaso

El Cáucaso arde otra vez. Mientras los chechenos multiplican las acciones sangrientas, tanto en Daguestán como en Inguchia y Osetia del Norte, las tentativas del joven presidente georgiano Mijail Saakashvili de retomar el control de Osetia del Sur y Abjasia hicieron temer de pronto el desencadenamiento de una nueva guerra en el sur de la región. La toma de rehenes en Beslán endureció aun más a Rusia (Ramonet, pág.40).

Los diferentes conflictos que dividen a la región trascienden sus fronteras habituales. En Chechenia, la represión salvaje dirigida por Moscú a partir de la presidencia de Boris Yeltsin 1, con su cortejo interminable de desapariciones y de "depuraciones" de localidades enteras -que apuntaron prioritariamente a la población masculina-, condujo a algunos grupos chechenos a un desenfreno asesino. El terror llegó a su punto máximo el mes pasado, con la toma de rehenes en Beslan, Osetia del Norte. El ataque premeditado a esa escuela, a sus niños, sus maestros y sus padres; luego la matanza ciega durante el asalto de las fuerzas especiales rusas, causaron como mínimo 339 muertos. En reacción a este acto inexcusable, Rusia anunció que se adjudicaba el derecho de atacar preventivamente las bases terroristas fuera de su territorio, cosa que ya había hecho en 2002 en Georgia.

Pero el estado anímico cambió considerablemente en Georgia tras la caída de Eduardo Shevardnadze, en noviembre de 2003, a causa de las manifestaciones populares activamente apoyadas por los estadounidenses. El pleno reintegro de Ayaria a la comunidad georgiana, a principios de mayo de 2004, se desarrolló sin violencia, confirmando la voluntad -legítima- de las autoridades de Tbilisi de recuperar el control sobre el conjunto de su territorio. Lo cual hacía esperar que los otros dos focos de tensión secesionista, Abjasia y Osetia del Sur, se reabsorbieran del mismo modo.

El ataque de Beslan y las dificultades persistentes de Georgia recuerdan cuán explosivo sigue siendo el caldero caucásico 2. Desde el derrumbe del imperio soviético, rusos y estadounidenses rivalizan entre sí, unos para mantener y los otros para adquirir una influencia decisiva en esta zona estratégica. Aparte del control de uno de los principales accesos a los hidrocarburos del Mar Caspio, Washington buscaba allí a largo plazo una posición clave entre Rusia y Medio Oriente. Y a pesar de las declaraciones de George W. Bush y Vladimir Putin sobre su voluntad común de actuar a favor de la seguridad en el Cáucaso, esta rivalidad ha impedido hasta el momento el arreglo definitivo de cualquiera de los conflictos. Mal extinguidos, éstos constituyen uno de los principales riesgos de estallido de toda la región, empezando por el eje oseta a ambos lados del Gran Cáucaso.

 Reintegración parcial

 Junto a la lucha contra la corrupción, la restauración de la totalidad del territorio georgiano forma parte de las prioridades de Saakashvili. Tres regiones escaparon parcial o totalmente al control de Tbilisi desde que entre 1991 y 1993 varios conflictos enfrentaron al poder central con los dirigentes de las regiones o repúblicas autónomas creadas durante el régimen estalinista. Abjasia, Osetia del Sur y Ayaria, que constituían más del 22% de su territorio, conformaron desde entonces verdaderos "agujeros negros", propicios a toda clase de tráficos. El contrabando de alcohol, tabaco, productos petroleros, armas o drogas había acabado por obstaculizar el arreglo definitivo de esos conflictos, congelados pero nunca resueltos. Estos ingresos ilícitos, recurso principal de los dirigentes de los territorios secesionistas, se repartían de hecho tácitamente entre todas las partes presentes, incluidas las fuerzas de intervención rusas y, según diversas fuentes, el clan presidencial del mismo Eduardo Shevardnadze.

Desde su elección, el nuevo presidente se abocó a la desposesión del amo de Ayaria, Aslan Abashidze, quien junto con su clan (había colocado a su hijo Georgui en la intendencia de la capital, Batumi) reinaba desde 1991 sobre esa pequeña república autónoma. El apodado "Aslan Pacha" acusaba a Tbilisi de querer asesinarlo (en doce años de poder nunca fue a la capital, aunque no declaró una verdadera secesión), pero jugaba no obstante un papel de creciente importancia en el tablero político del país, ya que su partido había devenido el segundo en importancia, tras el de Shevardnadze. Un curioso pacto vinculaba a ambos hombres. Los ingresos del puesto de frontera de Sarpi (principal punto de tránsito terrestre con Turquía) y los del gran puerto petrolero de Batumi escapaban en efecto al presupuesto nacional, beneficiando a ciertos dirigentes de Tbilisi. La situación era aun menos tolerable para Saakashvili desde el otoño de 2003, cuando Abashidze apoyó activamente a Shevardnadze, sellando un acuerdo electoral para intentar salvar al ex Presidente.

Convencido de la impopularidad creciente de Abashidze en su propio territorio, el nuevo Presidente inició en la primavera de 2004 una acción desestabilizadora análoga a la que había forzado a Shevardnadze a renunciar: manifestaciones de estudiantes y militantes ayudados desde el exterior, presión sobre los dirigentes subalternos, bloqueo parcial del puerto de Batumi y movilización en las fronteras causaron el paulatino aumento de la tensión, al punto que ciertos observadores consideraron la posibilidad de un conflicto abierto que implicaría a los militares rusos de la base de Batumi.

La destrucción de los dos puentes que unen la república autónoma con el resto del país, a fines de abril, por orden de Abashidze, causó un vuelco en la situación. Marcaba por primera vez una voluntad de secesión, ampliamente rechazada por la población. Aunque musulmanes desde la integración de la región al imperio otomano (entre 1517 y 1878), los ayarios son georgianos que siguen apegados a su comunidad nacional. Así, con la partida de Abashidze a Moscú en medio del júbilo popular, la república volvió a integrarse a Georgia. Un regreso a la normalidad después de años de despotismo.

El mundo entero saludó esta victoria obtenida sin derramamiento de sangre. El Presidente georgiano, muy decidido a no conformarse con este primer triunfo, anunció que se proponía reintegrar los otros dos territorios antes de la finalización de su primer mandato. Pero la tarea era bastante más ardua.

 El papel de Rusia

 La secesión de Abjasia y Osetia del Sur, efectiva desde comienzos de los '90, deriva de todo un conjunto de factores históricos y geopolíticos. Los osetas, de religión ortodoxa, constituyeron desde las guerras del Cáucaso, en el siglo XIX, un valioso aliado para Moscú. Después de la Primera Guerra Mundial, los dirigentes bolcheviques intentaron sacar provecho de las discrepancias que esas poblaciones situadas en dos de los principales ejes que unen a Rusia y Transcaucasia (Armenia, Azerbaiyán, Georgia) tenían con los georgianos. Durante la breve independencia de los tres Estados del Cáucaso, entre 1918 y 1921, los bolcheviques favorecieron a los movimientos autonomistas de esas dos provincias para debilitar a Tbilisi. La creación bajo Stalin de esas entidades autónomas apuntaba por lo demás a mantener a raya todo resurgimiento de secesionismo georgiano.

Abjasios y osetas vieron en la perestroika y su "desfile de las soberanías", y luego en la independencia de Georgia en 1991, la ocasión de confirmar y ensanchar su autonomía. Recibieron un apoyo constante de Moscú, si bien éste descansaba en una ambigüedad fundamental: por un lado, los rusos, preocupados por las reivindicaciones de sus propias regiones, entre ellas Chechenia, no preconizaron abiertamente la secesión de las repúblicas autónomas, pero por el otro validaron los movimientos independentistas de sus vecinos, desde Moldavia hasta Azerbaiyán, persuadidos de tener así un valioso instrumento de influencia sobre esos nuevos Estados independientes.

En Abjasia, mientras afirmaban una neutralidad oficial e intervenían en los momentos más cruciales del conflicto (como cuando salvaron a Shevardnadze de la trampa de Sukhumi en octubre de 1993), facilitaron la intervención de cosacos y otros caucásicos del norte en el bando abjasio. Esta posición equívoca se mantuvo durante las negociaciones de alto al fuego que, con la aprobación de Naciones Unidas en un caso, y de la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE) en el otro, hicieron de los rusos, pese a ser parte interesada, la principal fuerza de mantenimiento de la paz en ambos conflictos.

 Desafíos decisivos

 Las autoridades georgianas denunciaron esta actitud, acusando a Moscú de favorecer el bloqueo de la situación. Pero esta campaña anti-rusa, promovida hasta el absurdo por los medios georgianos, servía también para enmascarar las ambigüedades propias de Tbilisi. Los georgianos jamás intentaron evaluar seriamente las causas del descontento de las minorías que habitan en su territorio. Tanto en el caso de los abjasios como en el de los osetas, se ampararon frecuentemente en acusaciones infundadas, que aludían a la reciente inmigración de esas poblaciones, para intentar justificar sus acciones irreflexivas. Porque las decisiones de dos presidentes consecutivos, el nacionalista Zviad Gamsakhurdia y luego el ex comunista Eduardo Shevardnadze (incursiones armadas que derivan en saqueo, disolución administrativa de Osetia del Sur) pesaron mucho en la radicalización de los movimientos independentistas.

Los abjasios y los osetas se encuentran en un estado anímico muy distinto al de los ayarios en vísperas de su reintegración. En primer lugar, no son georgianos y desconfían del doble discurso de Tbilisi a su respecto. Por otra parte, en doce años se han integrado ampliamente a la economía rusa. La familia del intendente de Moscú, Yuri Lujkov, y otros inversionistas rusos compraron parte de los hoteles que hacían la fortuna de Abjasia en la época soviética. Preocupa aun más la estimación según la cual el 80% de los habitantes de ambas regiones adoptaron la ciudadanía rusa, creando una situación radicalmente nueva. Aunque esta opción, oficialmente rechazada por Tbilisi tanto como por Moscú, parece la menos probable, la adhesión de ambas regiones a la Federación Rusa es abiertamente reclamada por sus dirigentes.

Por su parte, Saakashvili parece querer romper con el discurso nacionalista de sus predecesores. En su carta abierta a la nación del 26 de mayo pasado volvió a lanzar la idea de una "federación asimétrica", agregando con respecto a los osetas que pensaba darles, dentro de Georgia, derechos iguales a los de sus congéneres de Osetia del Norte dentro de la Federación Rusa. Pero la retórica casi mística del nuevo régimen (con la adopción de una nueva bandera con cinco cruces) no es tranquilizadora. La insistencia en la coincidencia entre las partidas de Shevardnadze y Abashidze y la fiesta de San Jorge 3, patrono de los georgianos, podría ser anecdótica si no viniera acompañada por un discurso belicoso que predice futuros triunfos, así sea al precio de una guerra...

Las dos entidades autónomas de Osetia del Sur y Osetia del Norte 4, a uno y otro lado de la cadena caucásica, representan desafíos decisivos para los Estados ruso y georgiano. Ellas dirigen las dos principales rutas transcaucásicas entre Vladikavkaz ("la que domina el Cáucaso") y Tbilisi, eje que favoreció la creación en Ergneti (cerca de Tskhinvali, capital de Osetia del Sur) del mayor mercado negro de la región, donde confluyen comerciantes rusos, georgianos y armenios y artículos de contrabando. En Osetia del Norte, durante los conflictos que enfrentaron a osetas e inguches, en octubre de 1992, en torno a un distrito cuya restitución exigían estos últimos 5, Moscú estuvo de parte de los osetas, provocando el exilio forzado de varios miles de inguches. Y desde los inicios de las nuevas guerras chechenas, el comando militar regional ruso está situado en Osetia del Norte, lo cual explica que la república haya sido blanco de múltiples atentados.

 Occidente como contrapeso

 La decisión de Tbilisi, a fines de mayo de 2004, de bloquear el acceso al mercado Ergneti encendió la mecha en Osetia del Sur. Aunque vino acompañada de medidas hábiles, como la entrega de harina o semillas, esta intervención militar georgiana en la zona de alto al fuego precipitó la escalada. Para los osetas era demasiado evocadora de otras intervenciones armadas -como la de 1920, en la primera república georgiana, o la de 1991, bajo Gamsakhurdia- que provocaron centenares de víctimas y el exilio de miles de osetas hacia el norte. De una y otra parte afluían hombres y armamento, mientras se bombardeaba a los pueblos georgianos y osetas de la región. Fue necesario el llamado a la prudencia de los occidentales y la mediación de la fuerza de intervención rusa para instalar una precaria calma, a fines de agosto. Moscú y Tbilisi se acusaban recíprocamente de estar en el origen de esos incidentes y Saakashvili reclamaba la reunión de una conferencia internacional.

Fue en este contexto ya bastante tenso que tuvo lugar la sangrienta incursión de los chechenos en Beslan. Si bien ninguna prueba convincente indica que este acto esté vinculado a Al-Qaeda, es indiscutible que forma parte de una tentativa concertada de ampliar el conflicto checheno a las repúblicas vecinas, provocando terror en esas regiones. Inguchia en junio y Daguestán en julio fueron los blancos. En Vladikavkaz aumentaron los riesgos en la medida en que el conflicto entre osetas e inguches sigue sin resolverse. Aunque algunos refugiados inguches hayan podido volver a sus pueblos, el desacuerdo territorial es aun más violento dado que, en muchos casos, éstos encontraron sus casas habitadas por osetas del Sur, refugiados a su vez desde 1991 y colocados cínicamente como tapón en esta controvertida zona.

Mientras la elección de un nuevo Presidente de Abjasia está prevista para el 3 de octubre, la estrategia seguida por Tbilisi traerá múltiples consecuencias. Para reintegrar a esta región y a Osetia del Sur a Georgia habría que recuperar la confianza de ambas poblaciones. Jugar la política de lo peor, es decir, forzar a abjasios y osetas a abandonar sus territorios, significaría sin duda alguna un rebrote del conflicto.

Al mismo tiempo, la responsabilidad de Moscú está comprometida. Su política ambigua con respecto al sur del Cáucaso se revela como una estrategia corta de miras que empuja cada vez más a los estados caucásicos a buscar alianzas tanto estratégicas como económicas con los estadounidenses o los europeos. Rusia saldría ganando si hiciera finalmente uso de su autoridad ante los gobiernos secesionistas con el fin de restablecer la soberanía georgiana. Pero Moscú, atrapada en una visión esencialmente militar, como en el conflicto checheno, no parece dispuesta a dar los pasos necesarios.

La posición de Estados Unidos -como la de Europa- es igualmente incoherente. Con el entrenamiento y equipamiento del nuevo ejército georgiano (pequeños contingentes ya están presentes en Irak y Afganistán), Washington fortaleció a los medios belicistas de Tbilisi. Y evitando criticar la estrategia rusa en Chechenia, estadounidenses y europeos eluden sus responsabilidades frente al polvorín caucásico.

  1. Sobre este tema pueden consultarse los informes sucesivos de la Federación Internacional de Derechos Humanos sobre Chechenia y Tchétchénie, dix clefs pour comprendre, comité Tchétchénie, La Découverte, París, 2004.
  2. Les États post-soviétiques, a cargo de Jean Radvanyi, Armand Colin, París, 2004.
  3. Existen dos fiestas de San Jorge en Georgia, una en noviembre y la otra en mayo.
  4. Sobre los osetas y sus vecinos puede consultarse el boletín D'Ossétie et d'alentour, editado por la Asociación de los osetas en Francia, associationossete@hotmail.com.
  5. El distrito de Prigorodnyi, cedido a Osetia en 1944 durante la deportación de los inguches y chechenos, se convirtió desde entonces en la periferia este de Vladikavkaz.

Artículos publicados

“Ni guerra ni paz en Abjasia”, por Mathilde Damoisel y Régis Genté, octubre de 2003.
“Guerra y ‘normalización’ en Chechenia”, por Gwenn Roche, junio de 2003.
“Combatir el fuego con nafta”, por Denis Paillard, diciembre de 2002.
“Putin se disfraza de Bush”, por Nina Bachtatov, diciembre de 2002.
“Escalada militar y peligro islámico”, por Alexei Malashenko, octubre de 1999.
“Pulseada ruso-estadounidense”, por Jean Radvanyi, octubre de 2000.
“Ofensiva militarista en Rusia”, por Vicken Cheterian, septiembre de 2000.
 “Chechenia, tres años de caos”, por Isabelle Astigarraga, marzo de 2000.
“Chechenia”, por Ignacio Ramonet, febrero de 2000.


Autor/es Jean Radvanyi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:28,29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Colonialismo, Política