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"Argentinos, a las cosas"

El equipo nacional de fútbol de la República Argentina, favorito en todos los pronósticos, fue eliminado en la primera ronda de la Copa del Mundo y no pasó nada; nada cambió en la dramática situación del país. El desorden y la furia colectiva previstos por ciertos medios de comunicación no tuvieron lugar. Los problemas realmente graves son otros.

Concretada la derrota, luego del empate ante Suecia, hubo por cierto pena deportiva, pero nada comparado con otros tiempos y ninguna asimilación del triunfo o el fracaso con la solución o agravamiento de los problemas políticos, económicos, sociales e institucionales. "La calle" asimiló el fracaso deportivo con un fair play que casi nadie esperaba. Quizá resulte prematuro o demasiado optimista decirlo, pero la reacción de la sociedad ante esta derrota futbolística parece ser otra prueba de que algo ha empezado a cambiar en la percepción que los argentinos tienen de la realidad. Igual que en diciembre de 2001, la "explosión social" no habrá de producirse por un triunfo o una derrota futbolística, sino por razones políticas y económicas, un fantasma que el gobierno pensaba alejar al menos mientras durase la euforia deportiva.

Los medios de comunicación locales e internacionales se esforzaron antes, durante y después de la fugaz participación argentina en la Copa del Mundo, por "inventar" un clima de alienación, de verdadera estupidez colectiva similar al que sí envolvió a buena parte de la sociedad argentina en la Copa del Mundo de 1978, disputada en Buenos Aires en el apogeo de una atroz dictadura militar. Entonces, centenares de miles de personas -incluso muchos exiliados en países extranjeros- corearon la infame consigna creada (o en todo caso lanzada) por el relator deportivo José María Muñoz: "los argentinos somos derechos y humanos". Por aquellos días, y mientras millones de argentinos festejaban las victorias del equipo nacional, en las mazmorras de la dictadura -algunas de ellas muy cercanas a los campos de fútbol- se torturaba, violaba y asesinaba a miles de compatriotas, cuyos hijos corrían la misma suerte o, en el mejor de los casos, eran entregados a terceros. Obviamente, la consigna apuntaba a desvirtuar las graves acusaciones contra la dictadura argentina formuladas por numerosos países, la Organización de Estados Americanos y la totalidad de las organizaciones internacionales humanitarias y de derechos humanos.

Desde entonces la sociedad argentina es visualizada en el resto del mundo como un grupo primitivo presto a cualquier exceso, a postergar la solución de los problemas más graves y a olvidar sus conquistas civilizatorias para correr detrás de un balón.

Justa o no, exagerada o no, esa es la imagen de los argentinos que ha quedado grabada en el extranjero cuando su equipo nacional de fútbol enfrenta a un rival. Luego de la eliminación del equipo nacional en esta Copa, quien esto escribe fue llamado en varias oportunidades por radios y canales de televisión europeos y canadienses, interesados en una descripción de la "inmensa pena", del "desconsuelo colectivo" e incluso de la "furia enloquecida" que "seguramente" embargaban al pueblo argentino después del fracaso futbolístico. Al no recibir confirmación, sino m*s bien lo contrario, se desinteresaron del asunto...

Fotografías e imágenes de televisión de jóvenes envueltos en la bandera nacional y con las lágrimas borroneando los colores patrios de sus caras pintadas dieron la vuelta al planeta, propagando una imagen errónea: ésta vez los argentinos lamentaron profundamente una derrota deportiva, pero allí quedó el asunto. Esas imágenes podrían haber sido de ciudadanos franceses, pero a nadie se le hubiese ocurrido decir que en Francia ocurrió una catástrofe nacional porque su equipo, otro favorito, resultó eliminado. El periodismo deportivo de todo el mundo, con honrosas excepciones, comparte una marcada tendencia al oportunismo, el chauvinismo, la superficialidad, la vulgaridad y la ignorancia.

 

Los problemas siguen allí

 

La Copa del Mundo de fútbol ha quedado atrás para Argentina, pero la gravísima crisis que atraviesa el país no cesa de agravarse. En los primeros días de este mes de junio, un informe oficial 1 destacó que más de la mitad de la población (el 51,4%), vive en la pobreza, es decir por debajo de la línea de ingresos establecida por la Organización Mundial de la Salud y otros organismos. Entre esos 18,2 millones de indigentes hay 7,8 millones que no alcanzan a cubrir sus necesidades alimentarias básicas. El porcentaje de pobres entre los menores de 18 años es mucho mayor: 66,6%. De 12,49 millones de jóvenes con que cuenta el país, 8,319 millones son pobres. Por otra parte, el aumento de la pobreza es exponencial: del ya altísimo del 32% de la población en 1998 se pasó al 41% en 2001 y ¡al 51,4% en lo que va de este año! Esto, en un país que sigue siendo el primer productor de alimentos per capita del mundo...

La pobreza es el más grave y flagrante de los problemas que atraviesa Argentina; aquél que muestra de la manera más cruda la profunda injusticia del sistema y la venalidad e ineficiencia de los dirigentes políticos, sindicales y corporativos que han conducido al país desde que se recuperó la democracia, en 1983. Pero no es el único. Agobiada por una crisis política, económica, financiera, social e institucional -la más grave, generalizada y persistente de su historia- la República Argentina corre el riesgo de disolverse, de desintegrarse incluso territorialmente 2.

Es muy posible (en todo caso deseable), que la creciente percepción de perder definitivamente las conquistas logradas en un país que fue durante casi toda su historia el de más alto nivel de ingresos y el más igualitario de América Latina, esté generando al menos en parte de la sociedad argentina una nueva percepción sobre la verdadera importancia de ciertas cosas. Para el caso, no es menor el dato de que la abrumadora mayoría de los clubes de fútbol de Argentina, otrora verdadero orgullo de barrios y ciudades, se encuentren en bancarrota financiera y en su mayoría controlados por mafias; que la violencia se haya enseñoreado a tal punto de los estadios que fue necesario suspender el torneo oficial; que el presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, Julio Grondona, permanezca en su cargo desde que fue electo en tiempos de la dictadura militar 3 y que sólo uno de los jugadores que representaron al país en Corea y Japón juegue actualmente en un equipo nacional (aunque acaba de ser vendido a un club turco). ¿Por qué suponer que el fútbol se mantendría al margen de la decadencia general?.

En el primer cuarto del siglo XX, durante los tiempos dorados en que Argentina se encontraba entre los diez países más importantes del mundo, el filósofo español José Ortega y Gasset, al cabo de una larga visita, dejó para los argentinos una inspirada consigna, sólo en apariencia enigmática: "Argentinos, a las cosas", les dijo. Por lo que parece, ha debido pasar casi un siglo y el país encontrarse en la situación en que se encuentra para que la frase adquiriese su pleno sentido y empiece a ser tomada en consideración por los ciudadanos. Es de esperar que la tendencia se consolide, abarque al conjunto de la sociedad y perdure.

 

 

  1. Siempro (Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales), Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 5-6-02.
  2. Josefina Vaca y Horacio Cao, ¿Peligra la integridad territorial?, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur Nº 33, Buenos Aires, marzo 2002.
  3. Patrick Vassort, "La cloaca mafiosa del fútbol mundial", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur Nº 36, julio de 2002. En un Congreso de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) realizado en Japón antes del inicio de la Copa del Mundo 2002, Grondona fue electo vicepresidente. Los dirigentes de la FIFA han sido reiteradamente acusados de corrupción.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Temas Desarrollo, Política, Estado (Política), Sociedad, Deportes, Trabajo (Economía), Desempleo, Economía
Países Argentina