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Recuadros:

El país de los señores de la guerra

La situación en Afganistán es un buen caldo de cultivo para una resistencia capitalizada por el islamismo radical. Une elite opulenta de afgano-occidentales irrita a una población sumida en la miseria. El presidente Kerzai hace grandes esfuerzos por neutralizar, antes de las elecciones del 9 de octubre, a los señores de la guerra, que controlan milicias propias pagadas con el dinero del opio y no reconocen al gobierno central.

Más allá de los suburbios de Kabul, el Estado desaparece. Sólo se encuentran señores de la guerra que gobiernan como soberanos absolutos, cobran tasas e impuestos y se jactan de no cumplir las directivas del gobierno central. Ni siquiera en la capital se sabe quién gobierna. ¿El presidente Hamid Karsai y su gobierno? ¿El embajador estadounidense Zalmay Khalizad, ese afgano-estadounidense designado por Washington? ¿O las tropas internacionales que, con 6.000 hombres, rastrillan todos los barrios de un extremo al otro?

El sector más rico de la ciudad, allí donde se instalaron las embajadas, se ha "bunkerizado". Estados Unidos confiscó incluso la avenida más grande de Kabul, sobre la que construye un inmenso edificio para la CIA. Las ciudades cercanas, que se vendían por una decena de miles de dólares en la época de los talibanes, vieron multiplicarse sus precios por mil en dos años.

Los afgano-estadounidenses regresaron para recuperar sus casas en Kabul y alquilarlas a los occidentales a precio de oro. Los afganos de Hamburgo y de otras partes no se quedaron atrás. A los ojos de la gente del interior, son sag chouyan, "lavadores de perros", animal impuro para el islam. Los autóctonos consideran arrogante y despectiva a esta población, que suele hablar el dari o el pashtún con un acento yanqui o alemán: ven en ella a profanadores más que a auténticos afganos.

A estos afgano-occidentales, indecentemente ricos comparados con la población, se sumó la diáspora de quienes regresan de Irán o Pakistán, donde pudieron ahorrar un poco de dinero a costa de un trabajo duro. Un tanto cosmopolitas, deben adaptarse a la nueva situación: albañiles, electricistas, pequeños empresarios o incluso pequeños comerciantes, algunos viven en las colinas que rodean Kabul, escapando así a los altos precios mundializados de las avenidas opulentas.

Estas dos diásporas sólo tienen en común su origen. Mientras que la segunda, que regresa de los países vecinos, se integra sin demasiadas dificultades, la primera, que proviene de Occidente, es rechazada, aunque tampoco busca integrarse. En Kabul piensan que vino a liquidar sus bienes, pero que luego hará las valijas o acaparará puestos lucrativos con el fin de incrementar su fortuna a expensas de la población del interior.

 Poder económico y militar

 En el bazar de Kabul la miseria estalla; gente vestida con harapos que subsiste apenas con casi nada. Desde luego, las organizaciones no gubernamentales -unas dos mil ONG occidentales se instalaron allí- dan trabajo a una parte de la ciudad... parasitándola: la convierten en una inmensa obra para la ayuda humanitaria. Los trabajos calificados se asignan obviamente a occidentales o a afganos que provienen de Occidente; los trabajos menores -choferes, guías, distribuidores de ayuda, etc.-, a los afganos del interior.

La modesta clase media-baja urbana lucha contra la pauperización, pero puede caer fácilmente en la miseria como consecuencia de la inflación. Muchos de sus miembros no logran sobrellevar el aumento del costo de vida en una ciudad donde la afluencia de extranjeros altera los equilibrios preexistentes y hace que los precios se disparen. Estos modestos ciudadanos viven cada vez más en la frustración y el odio al "extranjero riquísimo" y a los afganos considerados no musulmanes por su individualismo y su negativa a compartir y a dar limosnas. En sus conversaciones, estos ciudadanos expresan a menudo sus quejas en términos religiosos, dando a entender que bajo el régimen de los talibanes al menos todos eran pobres y el poder no estaba en manos de gente caída de otro mundo.

En nombre del islam, los grupos extremistas podrán en el futuro explotar este sentimiento de verse excluidos en su propio país, ser relegados a los niveles más bajos de la escala social, ser despreciados o rechazados por "extranjeros" e "infieles" para consolidar un movimiento islamita de resistencia en las regiones fronterizas de Pakistán. Lograrán así la base urbana que les faltaba y extenderán su influencia entre esta población recientemente urbanizada, cuya vida está hecha de miserias e intentos de construir en el caos un futuro contra el que todo atenta.

Algunos, sin embargo, logran mal que mal salir adelante, insertándose en el entramado del nuevo sistema. Omar, de pequeño, tenía condiciones para el fútbol. Castigado por los talibanes debió abandonar. Actualmente intenta jugar en el equipo que puede proyectarse a nivel nacional. Su sueño sería integrar uno de los equipos de los países del Golfo... o de otra parte.

Akbar, albañil, se había ido a trabajar a Irán en la época de los talibanes. Volvió a Kabul para ejercer su oficio. Su hijos dominan el persa de Irán y el acento del dari afgano y se desenvuelven en pashtún. Akbar va y viene entre ambos países y se muestra más bien optimista respecto de sus perspectivas de crecimiento, aun cuando -reconoce- la situación no incita demasiado a trabajar e invertir.

Mohammed también regresa de Irán. Trabaja también gracias a las construcciones más o menos ilegales que proliferan en Kabul. Trajo consigo a sus dos hijas y a sus dos hijos, quienes se quejan: ellas (una estudiaba en la Universidad de Teherán), de la escasa libertad que les dejan; ellos, de que los traten como iraníes y no se los reconozca como auténticos afganos. Están sembradas las semillas de una dualidad afgano/iraní -al igual que la afgano/pakistaní- y la nueva sociedad tendrá que vérselas con chicas y chicos que no se someten fácilmente a la tradición.

La dispersión del poder y la influencia de los señores de la guerra en las regiones produjeron cambios notables. Omar, pequeño comerciante que bajo el régimen de los talibanes compraba en Irán y vendía en Afganistán, quebró luego de su derrocamiento. Antes pagaba un solo impuesto para ingresar sus mercaderías al país. Actualmente debe pagar impuestos en cada región que atraviesa. ¿Cómo mantener la rentabilidad? Se transformó en chofer de taxi, pero no oculta su amargura. A un país más o menos unificado bajo el régimen talibán le sucedió un sistema feudal que destruye el comercio.

La economía informal, por su parte, se alimenta de todo tipo de tráfico, desde los repuestos electrónicos hasta los alimentos pasando por la ropa, pero sobre todo el opio. El cultivo de la adormidera se extendió desde la caída de los talibanes, alcanza regiones antes no afectadas y se vuelve transnacional, combinando los lazos étnicos con el tráfico mundial, así como los vínculos políticos con los señores de la guerra, e incluso miembros del gobierno. Ignora las fronteras y se extiende a Irán, Pakistán y, más allá, a Europa, y menos masivamente a California. Pero también genera la redistribución del poder económico y político en Afganistán: los señores de la guerra cobran un impuesto a este cultivo del opio e incluso se involucran en él, y a veces activamente, para pagar su ejército privado, único garante de su poder.

En Irán, la utilización del lazo étnico, lingüístico y religioso permite el paso de la droga: el Beluchistán iraní está habitado por sunitas que, muy cercanos a los pashtunes afganos, hacen pasar la heroína en las narices de los pasdarán, los guardianes iraníes de la revolución. El dinero de la droga fortalece los lazos étnico-religiosos que, a cambio, en una economía informal mundializada, facilitan el traslado del polvo blanco en Irán, pese a los ingeniosos recursos desplegados por el ejército de ese país para detener el flujo de la droga.

El tráfico hacia Pakistán atraviesa la región fronteriza de Vaziristán, donde los talibanes, los miembros de Al-Qaeda y la ideología islamita tienen viento a favor. Allí también lo facilitan las etnias que, de una y otra parte, tornan penetrable la frontera.

El opio producido en diferentes partes del país se vende fácilmente. A los estadounidenses esto poco les preocupa, ya que la heroína no se exporta prioritariamente a Estados Unidos (allí se consume sobre todo cocaína), sino a Europa, Irán (donde esta droga es requerida por parte de la juventud), Pakistán y los nuevos mercados de Europa del Este. Los señores de la guerra presentes en el gobierno cobran a este tráfico impuestos que los enriquecen y permiten el mantenimiento de una clientela y una milicia, cuyo número se burla tanto del escaso ejército como de la reducida policía nacionales. El gobierno, por su parte, sólo puede asumir el 12% de su presupuesto, dado que el resto proviene de aportes occidentales.

En resumen, todo sucede como si una vasta red de alianzas étnicas, religiosas y económicas encerrara a Afganistán, Pakistán e Irán, "etnias-intermediarias" que se hacen cargo allí de la transferencia ilegal de bienes y personas (entre ellas, los terroristas de Al-Qaeda) en las narices de Estados que nada pueden hacer. Tratándose de Afganistán o Pakistán, este juego se desarrolla en países que se encuentran dentro de la órbita formal de Estados Unidos, que ejerce un control limitado y debe adaptarse al terreno, es decir, negociar con jefes mafiosos.

En Pakistán, gran parte de la población se declara anti-estadounidense y favorable a Osama Ben Laden. En Irán, los beluches sunitas apoyan a Al-Qaeda menos por anti-estadounidenses que por su oposición a la teocracia chiita iraní. En Afganistán gran parte de los pashtunes conserva cierta simpatía por los talibanes. El gobierno afgano intenta, por su parte, crear un sentimiento "nacional" dotándose de héroes póstumos, entre ellos Ahmad Shah Masud, emblemático "león del Panjshir". Pero a Masud sólo lo quieren realmente un sector de los tayiks y la gente de su región (Panjshir). Los demás a menudo lo detestan, reprochándole haberse comportado él mismo como señor de la guerra durante la toma de Kabul por siete facciones rivales, en 1992-1994, antes de la victoria de los talibanes.

En Afganistán se ha instalado una economía mundializada que lleva como nombre droga, ONG, dinero de los aliados, ayuda internacional bajo la égida estadounidense y finalmente donaciones hechas al gobierno de Karzai por los países ricos. El Estado, por su parte, no existe y probablemente no existirá en lo inmediato: es una coalición inestable y heteróclita de señores de la guerra y dirigentes político-religiosos que rodean al presidente Karzai, movidos por el afán del lucro, por la ambición o porque se sienten obligados a jugar el juego que quieren los estadounidenses.

Para durar, el poder intenta poner fin al reinado de los señores de la guerra integrándolos en una Corte, tal como lo hacía Luis XIV con la aristocracia. Pero existe una gran diferencia con la Francia del Antiguo Régimen: sin la voluntad occidental, este gobierno no existiría. Y la etnicidad está allí, tenaz, conjugándose según diversos ejes: primero religioso (sunitas versus chiitas), luego lingüístico (persas versus pashtunes), finalmente étnico -hazara (chiitas), tayiks (sunitas), pashtunes (sunitas)-. Karzai se esfuerza por "pashtunizar" al gobierno, porque él es pashtún y la expulsión de los talibanes, también pashtunes, ha otorgado demasiado poder a los tayiks. Nada, sin embargo, que permita fortalecer al Estado y su autonomía.

Entre los señores de la guerra que se disputan un poder fragmentado, Ismail Kan, gobernador de Herat 1, y el uzbeco Abdul Rachid Dostom son considerados los más temibles: cada uno de ellos contaría con varios miles de milicianos (Dostom dispondría de 25.000 hombres) y se niegan a un desarme. Karzai trata, sin demasiado éxito, de desempeñar el papel de mediador en los múltiples conflictos que enfrentan a los jefes de guerra: en Mazar-Sharif, entre el señor de la guerra Mohammad Atta y el jefe de la policía, el general Akram Khakrezwai; en Herat, entre el poderoso gobernador Ismail Kan y Amanullah Khan, etc. El Presidente no tiene más remedio que multiplicar las designaciones y las contra-designaciones para debilitar a los potentados locales, que derivan en el fortalecimiento de lo que aquí se denomina el warlordism (del inglés war lord, señor de la guerra). En realidad, el Estado, con la ayuda de Estados Unidos, intenta entrar en este juego de poder, más para debilitar a los talibanes y a Al-Qaeda que para construir instituciones dignas de ese nombre.

Por otra parte, busca ganarse la benevolencia de los islamitas llamados "moderados", particularmente un sector del grupo de Gulbuddin Hekmatyar, uno de los dirigentes históricos de los mujaidines en la lucha antisoviética, un paso en la integración de los fundamentalistas en su proyecto. En resumen, la "pacificación" es menos obra del Estado central que de una redistribución del mapa étnico por parte de un gobierno que concede prebendas y privilegios.

Los jefes de la guerra han colaborado uno tras otro con los rusos, los talibanes, los diversos poderes regionales o sus opositores; todos tienen las manos manchadas con sangre. Mientras tanto, los que generan dinero y poder son el caos de la mundialización, el cultivo de la adormidera y los lazos interétnicos revisados; la economía de la droga representaría más de dos mil millones de dólares por año. La población se burla de esta "democracia" importada (mardom salari, literalmente la hegemonía del pueblo). Afganistán es, según la prensa, más bien una "fusilocracia" (tofang salari).

Los nuevos desórdenes regionales en Afganistán, Irak, Pakistán, así como las consecuencias de las políticas regionales en Irán (donde el poder chiita no es blando con respecto a los sunitas de la frontera) y Pakistán (donde el poder militar debe transigir con las tribus bajo pena de revuelta general) convierten a la región en un polvorín. ¿Cómo librar una lucha eficaz contra grupos islamitas radicales para los cuales tanta injusticia e incoherencia crean un terreno fértil?

  1. El 11 de septiembre pasado el presidente Hamid Kerzai destituyó a Ismail Jan y lo reemplazó por Sayed Mohamed Jair. En represalia, los milicianos de Jan (controlaba a 12.000) arrasaron las oficinas de la ONU. Siete personas murieron en los enfrentamientos entre la milicia y fuerzas afganas y estadounidenses.

Cronología

1919: Afganistán logra su independencia del Reino Unido, oficializada por el tratado de Rawalpindi en 1921.
17 de julio de 1973: Caída de la monarquía después del golpe de Estado de Mohammad Daoud Kahn, primo del rey Muhammad Zaher Shah, que se exilia en Italia. Se proclama la República de Afganistán.
27 de abril de 1978: Golpe de Estado del Partido Comunista Afgano (PDPA).
25 de diciembre de 1979: Invasión soviética y nuevo golpe de Estado militar; los rusos instalan en el poder a Babrak Karmal.
Febrero-marzo de 1989: El Ejército Rojo se retira; el régimen comunista sigue en el poder a pesar de la ofensiva de los mujaidines.
16 de abril de 1992: Presidente desde 1986, renuncia Najibullah; caída del régimen comunista. Rabbani es designado presidente. Estalla una guera civil entre facciones mujaidines rivales.
Verano-otoño de 1994: Emergencia política y militar de los talibanes, “estudiantes de religión” (taleb) del país pashtún. Armados por Pakistán, se apoderan de Kandahar.
26 y 27 de septiembre de 1996: Dueños de las dos terceras partes del país, los talibanes toman Kabul.
9 de septiembre de 2001: Asesinato del comandante Masud por miembros de Al-Qaeda, dos días antes de los atentados contra Estados Unidos.
7 de octubre de 2001: Menos de un mes después de los atentados contra Estados Unidos, Afganistán es atacado por una “coalición internacional contra el terrorismo” formada bajo la égida estadounidense.
Otoño de 2001: La operación Libertad Duradera expulsa a los talibanes. Kabul cae el 13 de noviembre.
Noviembre de 2001: La ONU (el 14), la Conferencia de Washington (el 20) y la Reunión interafgana de Bonn (el 27) organizan la transición democrática del país.
22 de diciembre de 2001: Quince días después de que capitularan los talibanes, fue designado presidente provisional Hamid Karzai, quien había trabajado anteriormente como colaborador de la CIA.
4 de enero de 2004: Los 502 miembros de la Loya Jirga adoptan la nueva Constitución afgana que prevé un régimen presidencial fuerte.
9 de octubre de 2004: Elecciones presidenciales.


Autor/es Farhad Khosrokhavar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:32,33
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Mundialización (Cultura), Desarrollo, Narcotráfico, Estado (Política), Islamismo, Política internacional
Países Afganistán