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¿La técnica es amiga o enemiga del hombre?

¿Son las modernas técnicas y mecanismos de comunicación un caminio hacia la pereza y la inutilidad del ser humano? El antiguo dilema entre la tecnificación y la plenitud del hombre reaparece en este texto en relación a la prodigiosa revolución tecnológica que tiene lugar en los últimos tiempos.

Las autopistas de la información -presentadas como la octava maravilla del mundo- no son otra cosa que una cruza del teléfono, de las técnicas audiovisuales y de la computadora. Lo mismo ocurre con esos objetos novedosos que se ofrecen en los comercios, o los que imaginan para el futuro cercano los técnicos de las telecomunicaciones. Se trata siempre de una acumulación de teléfonos celulares conectados a Internet y a teléfonos fijos, teléfonos con televisión, pantallas en relieve, guantes táctiles, computadoras, modems, bancos de datos, comerciantes, gerentes y servicios técnicos. Acumulación articulada en torno a redes técnicas y a redes sociales y profesionales.

En ese mundo desbordante no existe el vacío, el agujero negro, la negación, o lo contrario. Todo es liso y funciona con el silencioso estilo de los conmutadores electrónicos. Apenas una chicharra suena de vez en cuando, la que además, posiblemente puede suprimirse. Comunicar es fácil cuando el problema se reduce a conectar diversas máquinas, a relacionarse a través de las máquinas. Cuando uno quiere dejar de comunicar y encontrarse consigo mismo, es fácil: se cuelga el teléfono, se apaga la pantalla.

El ser humano que utiliza esas máquinas se siente libre y contento. Nunca tiene malos pensamientos contra los demás, ni contra él mismo, pues se halla siempre inserto en la eficacia del instante comunicante. Tiene objetivos de rentabilidad a corto plazo, pues en su sistema no hay largo plazo. Productividad, utilidad, gestión, esas son las palabras clave del "homo communicans" con que sueñan los tecnólogos y los industriales de la comunicación.

Ese ser humano resulta indisociable de las máquinas de comunicar. Vive de las cualidades de éstas. Asume sus características. En cierto sentido, les debe servidumbre tanto como se sirve de ellas. Pero ignora ese sistema circular que lo rodea y lo ciñe, pues se siente poderoso, con el mismo poder de esas máquinas, confiado, por la eficacia de las mismas. Para él todo es positivo, todo está al derecho. Vive en un mundo sin revés de la pantalla, donde todo es gratis. "Flatland" de la cibercultura, dice Douglas Coupland en la novela "Microserfs" 1.

Todo gratis: se habla de clan, de tribu, de comunidad. Metáforas sin ninguna relación con la realidad de la cibercultura: para tener acceso al clan, hay que hacer sacrificios. Y en ese liso flatland, gratuito y sin reverso, el único temor concebible es la ausencia de máquinas: el desperfecto.

Cuando lo interrogué en Berkeley, California, sobre la comunicación, Martin Landau, eminente investigador en ciencia de las organizaciones, me dio la siguiente respuesta: "¿Usted sabe por qué el 747 es el avión más confiable del mundo? Porque sus cuatro sistemas de comando y de regulación -uno para cada motor- son independientes entre sí. Y además, el piloto dispone de un sistema de regulación manual, independiente de los cuatro precedentes" 2. Curiosa respuesta a una pregunta sobre las teorías de la comunicación. El desperfecto, en la aviación, significa la muerte. ¿No tiene acaso el mismo sentido en la comunicación? ¿Muerta la relación, muerto el posicionamiento, muerta la existencia comunicacional para el "homo communicans" que se define sólo por su vinculación maquinal con otros seres humanos-máquinas?

A quienes finjan sorprenderse, recordémosle el pánico que asalta al usuario cuando la computadora deja de funcionar, cuando se descompone el televisor, o cuando el teléfono queda fuera de servicio. La falla se vuelve flagrante, y hasta angustiante. Esto muestra claramente que esas máquinas forman parte de nosotros, y que nosotros formamos parte de esas máquinas. El desperfecto es un sufrimiento. El miedo al desperfecto, una pesadilla.

El desperfecto es lo único que puede contradecir al sistema, la única desgracia concebible. El miedo al desperfecto reemplazó el miedo al diablo del Apocalipsis 3. En síntesis, sólo la amenaza del desperfecto le da vida y emoción a un sistema desprovisto de ellas. Es la única posibilidad vital del sistema de comunicación. Northrop Frye, en su "Anatomie de la critique" 4, muestra que el Apocalipsis forma parte de un conjunto de textos que proclaman la deseada unidad entre la comunidad, el ser humano y Dios. Y así como el miedo al Apocalipsis está en ese caso al servicio de la fe, el miedo al desperfecto sirve hoy en día a la consolidación de la cibercultura.

Pero el ser humano de la comunicación, pletórico y positivo, sin asperezas ni sacrificios, ignora todo eso. Cree que siempre gana. No sabe que para ganar hay que perder. No sabe lo que pierde.

Concebidas para garantizar la productividad y la eficacia, las máquinas llevan a consecuencias paradójicas: la de un ser humano perezoso e inútil. Un ser humano que ya no hace casi nada por su propia voluntad. Asistido hasta en el menor de sus gestos. ¿Tiene que ir a la oficina? Para ello cuenta con un vehículo auto-guiado, que le permite pensar en otras cosas durante el viaje, a la espera de que el sistema automático indique: "llegamos".

Curiosamente, un viejo eslogan de los camioneros franceses, "yo lo hago por usted", se aplica a todos. En la continuidad de los desarrollos tecnológicos, el futuro del "homo communicans" es la pereza. Una total y profunda pereza de la que ya podemos ver un anticipo en nuestras conductas diarias.

Tenemos una fuerte inclinación a dejar que las máquinas memoricen por nosotros, graben por nosotros, hablen por nosotros. Desde la agenda electrónica a la gestión de bibliografías, textos, citas de negocios, cuentas y planificación. Nuestra voz, fijada en la grabación, o, mejor aún, una voz sintética, responde en lugar nuestro. Abrimos las puertas a distancia y hacemos zapping desde lejos, con indiferencia. No hace falta mucho más para que caigamos en una especie de adormecida indolencia.

Por otra parte, esa indolencia es mantenida por el sentimiento de gran seguridad que provocan las máquinas de vigilancia, de control, de observación. La pereza está ligada a la falta de miedo, el ser humano perezoso se siente totalmente contenido, cobijado, protegido. No tiene que ocuparse de enemigos, pues sofisticados dispositivos velan por él. Sistemas de reconocimiento de la voz, de la mirada, de las impresiones digitales, cámaras con códigos de acceso: no tiene nada que temer de eventuales intrusos.

Al no estar obligado a defenderse por si mismo, el propio ser humano parece inútil. Semeja un agregado puesto allí por el azar, cuya existencia no es imprescindible... En efecto, lo que las máquinas hacen a la perfección, él lo hace torpemente, dudando y equivocándose, como si tratara de imitar sin éxito un modelo. Pues, según la idea ya antigua de que el cerebro es apenas una aplicación empobrecida de la todopoderosa computadora, el ser humano toma conciencia de su impotencia, y se deja invadir por un sentimiento de inutilidad.

Su propia memoria, que también se ha vuelto perezosa, está llena de agujeros, porosa; pero no le preocupa, pues el dispositivo mnemotécnico está, si se puede decir, en buenas manos. En lo que concierne a la vida diaria, las cosas van mejor sin su participación. Por lo tanto, lo aconsejable es despreocuparse y dedicarse a soñar o a jugar.

En efecto, contrariamente a lo que se repite en todos lados como una evidencia, el "homo communicans" del futuro no es el ser humano apresurado y estresado. ¿Por qué lo sería? Sus errores serán corregidos por las máquinas; de la misma forma que la sociedad toda -con sus defectos demasiado visibles, como la desigualdad, la guerra y la muerte- será curada por la tecnología.

Esa sociedad donde todo comunica no es una sociedad de la velocidad, sino una sociedad de la lentitud, de "no hacer nada", de la contemplación y del juego. Sin dudas, no se trata de la lentitud que predica Pierre Sansot 5, gozosa lentitud del tiempo que pasa, gustosa de frutas, de aire y de sueños. Es una lentitud obligada, euforizante y tranquilizadora, sin expectativa ni sorpresa.

¿Soñar?, ¿contemplar? Esas son en realidad las cosas para las que está más capacitado. Y sin dudas será en esos ensueños donde se forjarán nuevas ideas... nuevas máquinas de comunicar; y donde la invención y la innovación se pondrán en movimiento. Posiblemente ese sea el verdadero trabajo que el futuro de la comunicación depara al ser humano. El resto -ingeniería y realización- quedará a cargo de las máquinas.

Platón advertía a los jóvenes filósofos contra la escritura y los libros, que con el pretexto de la comodidad reemplazan a la memoria viva por una memoria muerta. Escritura y libros que conducen a la pereza, y que tornan pasivo al lector. Consejos y recomendaciones que parecen pertenecer a un pasado prehistórico (¡qué no darían hoy los docentes para que la gente lea!). Pero si el enunciado cambió de forma, no cambió de contenido. Se sigue apuntando a la descarga de las propias obligaciones sobre un mecanismo exterior. En la visión de Platón, la pereza, lejos de ser el resultado de una liberación del trabajo que cumplirían las máquinas, sería la prueba de una esclavitud indigna del ser humano.

Nuevos temas para pensar y discutir en esta era de prodigioso desarrollo científico y tecnológico.

 

  1. Douglas Cooplan, "Microsiervos". Monte Avila, Caracas 1998.
  2. "Critique de la communication", Seuil, París, 1988, tercera edición, 1992.
  3. Ted Byfield, "Le bogue, petite peur de l'an 2000", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1999.
  4. Northrop Frye, "Anatomía de la crítica", Grupo Z, Barcelona, 2000.
  5. Pierre Sansot, "Du bon usage de la lenteur", Payot, París, 1998.
Autor/es Lucien Sfez
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Temas Internet, Comunicación, Tecnologías, Medios de comunicación
Países Estados Unidos