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La culpa de EvaEl pasado 31 de julio la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Inquisición), presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, dio a conocer una Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo. Los cambios en la condición de las mujeres en las últimas décadas aparecen allí como fuente de desarrollos ruinosos en el mundo contemporáneo.No es difícil coincidir, en términos generales, con algunos rasgos de la sociedad contemporánea apuntados en el documento de la ex Inquisición: "A los abusos de poder, la mujer responde con una estrategia de búsqueda de poder. Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos en la que la identidad y el rol de cada uno son asumidos en desventaja del otro. (...) Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo se tiende a cancelar las diferencias. (...) Esta antropología (...) promueve el cuestionamiento de la familia biparental, la equiparación de la homosexualidad y la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa". De hecho, la paradoja de la doble tendencia apuntada por este documento (por una parte agudización del antagonismo entre los sexos, por otra minimización de las diferencias que los distinguen) acompasa las paradojas del feminismo, que en su búsqueda de igualdad topó con sus límites y desarrolló teorías de la diferencia, y al avanzar en el camino de la relativización cultural de los roles sexuales se topó con la casi universalidad del sometimiento femenino. Las discrepancias comienzan en la evaluación que la Carta hace de esos rasgos como catastróficos, en las causas a que los adjudica y en la ausencia de toda propuesta que busque superar la anomia, la alienación, la despersonalización de las sociedades de la eficiencia, la supertecnología, la velocidad y el desafecto que no sea la de una inviable vuelta atrás, y por consiguiente el sacrificio de los derechos personales y libertades que abrieron cauce a las transformaciones de la condición femenina. El Vaticano lee la desintegración de la familia tradicional, así como todo movimiento que dé relevancia a las construcciones socio-culturales por sobre los condicionamientos biológicos, como aberraciones respecto de una naturaleza humana predeterminada y esencial, que implica una división en una naturaleza masculina y otra femenina cuyos límites no pueden transgredirse sin generar un caos. De allí la activa militancia eclesiástica contra la controvertida noción de género, con la cual el feminismo desvinculó el sexo biológico de las cambiantes funciones que le atribuye su construcción cultural. La jerarquía católica defiende a la familia tradicional como entidad natural que sería sacrílego modificar. La ironía está en que esa familia nuclear supuestamente atemporal que defiende resulta de la modernidad secular europea, y en que la misma modernidad que la creó, al ingresar en una nueva fase, ahora desintegra ese esquema. "El modelo de mercado de la modernidad llevado a sus últimas consecuencias presupone una sociedad sin familia y matrimonio" 1. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe hace una lectura acrítica y ahistórica del Antiguo y el Nuevo Testamento para fundamentar el sistema dual de sexos: "Los creó macho y hembra" (Génesis 1, 27); y de la división sexual de penurias dispuesta por Yavé. A la mujer que ha probado el fruto del árbol del saber le dice: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos. Y buscarás con ardor a tu marido que te dominará"; y al hombre: "Por ti será maldita la Tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida..." (Génesis 3, 16). Gloria del varónEsta lectura reafirma el mito de la mujer como puerta del infierno, ruina del hombre y del mundo, sólo salvada por la maternidad y la servidumbre, racionalización del creciente predominio del patriarcado que se impone en la elaboración del texto del Génesis. Y aunque al no desarrollar las citas lo disimula con su retórica sobre la dignidad femenina, la Carta consagra el sometimiento de la mujer como mandato divino: "La mujer en su ser más profundo y originario existe por razón del hombre", dice, citando la Epístola 2 de San Pablo a los Corintios, bastante más contundente en su literalidad: "El varón no debe cubrirse la cabeza porque es imagen y gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer sino la mujer del varón; ni fue creado el varón para la mujer sino la mujer para el varón..." (I Corintios, 11, 9). ¿Quién es entonces el que "antagoniza" a los sexos? ¿Cómo es que el amor, al que se recurre como bálsamo mágico, no toma nunca la forma de un reconocimiento por los varones de un dominio inicuo, sino siempre el de la resignación y la conciliación femenina? A Eva, que vive en el pecado y por consiguiente condenada a ser dominada por el hombre, la jerarquía católica opone como única reparación a María, virgen y madre, doble condición que como todo el mundo sabe es inaccesible a las mujeres de carne y hueso que siguen sustentando la economía del planeta y poblando el mundo. Reinstaurado así un orden jerárquico entre los sexos, la Carta, pese a sus eufemismos y en un típico movimiento restaurador, culpa al feminismo, sin nombrarlo, de los desconcertantes cambios resultantes de un complejo proceso cultural, de los que es a la vez síntoma y agente. Se trata de un llamado a naturalizar la subordinación de la mujer, a circunscribirla a la maternidad y a las tareas de cuidado de los demás que son descriptas en la carta como prolongación de una intemporal naturaleza femenina: "La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico sino también en el psicológico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones", dice, y define a la femineidad como "capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro". "Lo mejor de su vida (de la mujer), está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y protección...", afirma. Aboga abiertamente por el retorno de la mujer al hogar y por un sistema especial de horarios y condiciones laborales para aquellas que se empeñan todavía en trabajos remunerados, o sencillamente no pueden prescindir de ellos. Y por último, reafirma la exclusión de las mujeres del sacerdocio. Un prominente teólogo católico, Hans Kung, escribió refiriéndose a Juan Pablo II: "Un gran admirador de María que predica excelsos ideales femeninos, pero que rebaja a las mujeres y les niega la ordenación sacerdotal, siendo atractivo para muchas mujeres católicas tradicionales, este Papa repele a las mujeres modernas, a las que quiere excluir infaliblemente de las órdenes mayores para toda la eternidad y a las que en caso de anticoncepción incluye en la cultura de la muerte..." 2. "Si la actitud de la Iglesia fuera la de ‘escuchar los signos de los tiempos', como el principio evangélico sugiere, acogería las contribuciones del feminismo...", reacciona por su parte la Red Latinoamericana de Católicas por el Derecho a Decidir. El documento de la ex Inquisición parece ciego al carácter irreversible de ciertos procesos de cambio en el mundo. ¿Qué es de "los trabajos de la preñez" en un mundo donde potencialmente las mujeres pueden controlar su reproducción y donde la reproducción se disocia de la sexualidad? ¿Qué es del sudor de la frente en sociedades donde se empieza a discutir que la subsistencia no tiene por qué depender de la existencia de los ingresos seguros de un trabajo asalariado, cada vez más reducido por la automatización? ¿Qué de la célula familiar y sus roles si la biotecnología reconfigura de manera inconcebible hasta hace poco las figuras de la maternidad y la paternidad? ¿Qué de la jefatura masculina cuando la figura del padre se asimila tantas veces a la del desertor, tanto para la elite de mujeres autónomas, en quienes la maternidad es obstáculo o triunfo, pero siempre decisión personal, como para las adolescentes de los sectores sociales desamparados para quienes la maternidad es reivindicación de identidad? 3. Esa ceguera no le impedirá al documento del Vaticano encontrar ecos en un mundo sumido en la incertidumbre y el pánico, ansioso de certezas, favorable a la añoranza de un "orden" anterior, natural, idealizado, al que habría que retornar. Por su parte, el feminismo no es fácil objeto de complacencia porque no es complaciente. Su requisitoria implacable contra los crímenes del patriarcado despoja a los varones de una visión halagüeña de sí mismos, sus "héroes" y sus "hazañas", y a las mujeres de las coartadas a través de las cuales defender las supuestas ventajas de la subordinación, o confundir opresión con natural manifestación de la diferencia. El Vaticano no es el único poder vitalmente interesado en neutralizar ese desafío.
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