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Los muros del miedo

A pesar de la mundialización, prolifera la construcción de muros, desde los barrios privados hasta la división de hormigón de 3.200 kilómetros que la administración Bush se propone construir entre Estados Unidos y México. Los muros responden al miedo hacia el diferente pero también expresan la incomprensión, la separación y la segregación.

Nunca como en este comienzo de siglo se habló tanto de tolerancia, de diálogo intercultural, de intercambio entre los pueblos. Sin embargo, casi por todos lados se levantan nuevos muros: en Bagdad, en Cisjordania, en Padua (Italia), en Botswana, como ayer en Cuincy (Francia), en Usti nad Labem (República Checa), etc. Sin olvidar los muros virtuales de la Web, que requieren un código para franquear el portal... Los muros separan más de lo que protegen, siempre existen brechas o armas sofisticadas que permiten pasarlos, pero eso no impide que su número siga aumentando, como si resultaran más indestructibles simbólicamente de lo que son vulnerables materialmente.  Los muros figuran entre los más antiguos vestigios arqueológicos, y la Muralla de China –edificada durante los siglos III y IV antes de nuestra era, y que tiene varios miles de kilómetros de extensión– se puede ver en las fotos de la Tierra tomadas desde la Luna. Los historiadores coinciden en afirmar que la mayoría de las ciudades se dotaron de murallas, con puertas cerradas custodiadas de noche, para garantizar la paz de sus ciudadanos. Por otra parte, la palabra “muro” proviene del latín murus, que significa recinto –el muro que rodea una ciudad– que no debe confundirse con la fortificación ni con la pared (paries) de construcción civil. Esas defensas primero fueron una simple empalizada de madera, como lo muestran, por ejemplo, los descubrimientos arqueológicos del primer emplazamiento de la futura Lutecia (actual ciudad de París). Luego se las construyó en piedra, y se las dotó de un camino de ronda y de torres, como pueden ver los visitantes de la ciudad de Carcassonne, aunque posteriormente fue refaccionada por el arquitecto Viollet?Le?Duc… El perfeccionamiento de las armas durante los siglos XV y XVI obligó a los ingenieros a idear nuevas configuraciones defensivas, cuyo punto culminante fue el plano en forma de estrella que tanto apreciaba el mariscal e ingeniero militar francés Vauban.La supremacía del ejército francés permitió entonces a Luis XIV edificar puertas monumentales sin muros (Puerta Saint-Martin y Puerta Saint-Denis), pues no temía por la seguridad de la capital. Los muros que aparecieron luego fueron principalmente muros para el control y el pago de tasas, en la mayoría de las ciudades. Así, en París, el denominado “muro de los recaudadores de impuestos”, que comenzó a construirse en 1784, obedecía sobre todo a razones fiscales. Ese recinto de 24 kilómetros de largo y más de 3 metros de alto, contaba con puertas o “barreras” diseñadas por el arquitecto Ledoux (como las que subsisten en la rotonda de La Villette, o en el puesto de percepción de la plaza de la Nación). Un perspicaz observador de entonces, Sebastien Mercier, registró la expresión popular que circulaba sobre ese tema: “le mur murant Paris, rend Paris murmurant” (el muro que amuralla París, hace a París murmurante). Es cierto que el descontento aumentaba, y que ya se anunciaba la revolución...La entrada de los rusos en la capital francesa en 1814, por falta de fortificaciones eficaces, llevó a algunos parlamentarios a exigir, en 1818, un muro protector. Pero sólo en 1840, por iniciativa de Adolphe Thiers, se decidió construir un cinturón amurallado de 39 kilómetros de largo. Esa obra no impidió la derrota ante los prusianos en 1870, y fue criticada por los parlamentarios, que reclamaron su demolición. La misma se decidió en abril de 1919.Incluso luego de que sus fortificaciones desaparecieran –aunque existe una autopista que rodea París, y que de hecho constituye un muro infranqueable para los peatones– la capital sigue diferenciando lo que es intra-muros y lo que es extra?muros. Se habla de un muro inexistente, invisible, pero que sigue delimitando la ciudad.El muro de Berlín fue herencia de las condiciones geopolíticas emergentes de la Segunda Guerra Mundial y de la bipolarización del mundo. Alemania, derrotada, fue dividida en dos, al igual que Berlín. Para detener la fuga de la población (más de 3 millones y medio de alemanes abandonaron la RDA entre 1949 y 1960) se edificó –del 12 al 13 de junio de 1961– un muro infranqueable de una extensión de 165 kilómetros, que necesitaba para su control 14.000 vigías y 6.000 perros. El día de su instalación, Willy Brandt declaró: Die Mauer muss weg! (¡el muro debe desaparecer!). Sólo fue desmantelado el 11 de noviembre de 1989, casi treinta años después, en medio del fervor popular, y sobre todo, en un nuevo contexto geopolítico: el fin del “bloque soviético”. A partir de ese momento, la “caída” del muro se convirtió en un punto de referencia privilegiado en la cronología de la Historia de la humanidad.  La existencia de un muro nos remite ante todo al miedo y al repliegue: me encierro para no exponerme al Otro, a quien no entiendo y con quien no quiero encontrarme. El muro parece una medida preventiva, como ocurre en los gated communities (barrios cerrados) que se rodean de fosos con plantas o más autoritariamente de alambrados, y a los que se accede por una sola puerta custodiada por hombres armados. Sus habitantes temen frecuentar otros sectores de la población y seleccionan sus relaciones por medio de una urbanización discriminatoria: los de mi enclave residencial dotado de seguridad, y los otros. A la entrada del barrio privado hay que identificarse, tanto quien va a entregar una pizza como quien llega para cenar en casa de amigos. Ese sentimiento de aislamiento casi sanitario está muy extendido, de Los Ángeles a Río de Janeiro, de Buenos Aires a Estambul, de Varsovia a Moscú, de Shanghai a Bombay, de la periferia de Toulouse a la de París 1.El muro corresponde al miedo del diferente, lo que explica, pero de ninguna manera justifica, a los ediles de Padua (demócratas de izquierda), que el 10 de agosto de 2006 hicieron levantar un muro de acero de 84 metros de largo y tres metros de alto, bajo protección policial, para separar la ciudad “decente” de la ciudad gangrenada por los dealers 2. Cabe señalar que de este último lado de la barrera sólo hallamos tunecinos y nigerianos que apenas pueden sobrevivir y que se enfrentan violentamente entre sí. El 28 de septiembre de 2005, la Guardia Civil disparó sobre inmigrantes clandestinos que trataban de saltar el alambrado de 6 metros de alto que rodea Melilla (enclave español en Marruecos): el resultado fueron seis muertos. Un muro de 23 kilómetros “protege” San Diego de la entrada de mexicanos llegados desde Tijuana, y prefigura el muro de hormigón de 3.200 kilómetros que la administración Bush espera construir entre Estados Unidos y México, desde donde ingresan cada año 400.000 trabajadores ilegales. Lo mismo ocurre entre Botsawana y Zimbabwe: un muro anti-inmigración, por otra parte poco eficaz. El Otro tiene el rostro del Extranjero, del migrante, del que viene “a comer nuestro pan” y a desestabilizar “nuestra” sociedad. Los estadounidenses, que prometieron a los iraquíes llevarles la paz y la democracia, alimentan sobre todo las divisiones y las tensiones. Insatisfechos con el modo en que ocuparon un país para liberarlo, dividen el territorio para tratar de controlarlo, o al menos es lo que pretenden. Y en Bagdad levantan muros entre los barrios de mayoría chiita y los barrios poblados principalmente por sunnitas.El resultado no es muy convincente. ¿Por qué? Por que un “todo” no siempre puede ser reducido a sus “partes”. Está siempre más allá e integra los huecos, las argamasas, las combinaciones híbridas, las contradicciones explícitas o sordas, las separaciones de otro tipo que geográficas, etc. En ese caso, el muro expresa la incomprensión, la separación, la segregación. Entonces, es visto como algo violento, un impedimento a la paz, como en Belfast, donde los peacelines marcan una frontera imposible. Esta debe resultar necesariamente de un acuerdo, es decir de una negociación que nunca puede conducirse a la distancia.Pero las obras más impresionantes en materia de urbanismo discriminatorio están en Israel 3. Colonias judías rodeadas de fortificaciones, de redes de cámaras de vigilancia que forman un muro virtual, y la construcción a partir de abril de 2002 de un verdadero muro, llamado “cerco de seguridad” (security fence) a lo largo de la Línea verde de Cisjordania (frontera de 1967). Pero se trata de un verdadero muro de hormigón, de 8 a 9 metros de alto, con alarmas eléctricas, detrás del cual hay a menudo fosos y alambrados, y que se aleja de la Línea verde entre 60 y 80 metros. Se prevé su construcción a lo largo de más de 700 kilómetros. Su presencia no sólo perturba la posibilidad de paz, sino que desorganiza la economía local al cortar en dos campos, aldeas y barrios, e impedir los habituales flujos de trabajadores palestinos hacia Israel, y de una localidad palestina a otra, al tiempo que dificulta las relaciones familiares. La imagen del muro es evidente: el miedo del otro. Hablamos, por supuesto, de un muro a escala de un barrio o de un territorio –no del que limita el jardín de una casa– del muro que divide, opone, agrede. Genera una ilusoria sensación de poderío y demora la solución de los conflictos, dificulta el diálogo y la más elemental cortesía. El que construye un muro es un contaminador de humanidad. Y ni siquiera imagina que el muro, todos los muros, sugieren la libertad, y llaman al viaje, a la aventura. ¡Salten el muro!  

  1. Hacène Belmessous, “Voyage à travers les forteresses de riches”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2002.
  2. Ver Salvatore Aloïse, “Padoue érige un mur pour isoler un ghetto d’immigrés”, Le Monde, París, 17-8-06.
  3. Ver Eyal Weizman y Rafi Segal (directores), Une occupation civile. La politique de l’architecture israélienne, Éditions de l’Imprimeur, 2004. Ver también el sitio de Amnesty International.
Autor/es Thierry Paquot
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 88 - Octubre 2006
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Política internacional
Países Estados Unidos, México