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El fantasma de Occidente paraliza al mundo

En los países ricos, las sociedades toman conciencia de los enormes peligros ecológicos. Y en el sur, Venezuela y Brasil dan impulso a la organización de una nueva dinámica de no-alineamiento. Pero toda la dirigencia política europea, tanto de izquierdas como de derechas, sigue presa de una fidelidad ya obsoleta respecto al presidente George W. Bush, cada vez más desacreditado en su propio país.

Tomada como un todo, lo que va quedando de una política occidental puede resumirse, se quiera o no, en su expresión más cruda: la guerra que hace seis años lleva adelante el presidente de Estados Unidos George W. Bush contra el “terrorismo internacional”, y sus traducciones en términos de ocupaciones militares en Medio Oriente. Que no dejan de conformar un “todo” dentro del imaginario de los dichos de los occidentales. Puede darse indirectamente, por el hechizo paralizante que produce el tema del peligro del “fascismo islámico”, que recubre con su manto prácticamente todas las cuestiones cruciales que enfrenta el mundo. Este efecto hipnótico parece reforzarse en la periferia del imperio, especialmente en Europa. Mientras que en el corazón del sistema, empieza a desvanecerse: con la preparación de las elecciones primarias previas a la presidencial estadounidense de noviembre de 2008, la palabra se libera, y aparecen entre los candidatos demócratas y republicanos ciertas posturas de crítica radical a Bush, cuya imagen cayó a sus niveles más bajos en los sondeos. Muchos analistas llaman ya sin titubeos a la partida sin condiciones de Irak y Afganistán, y se constituyen agrupamientos para acusar retrospectivamente a los próceres de la administración Bush, por haberle mentido con total descaro al pueblo de Estados Unidos. Entretanto, en las provincias del Imperio nunca ha habido tanta discreción, tanta prudencia, tanta disposición a todo tipo de comprensiones y compromisos. En lugar de apegarse a la honrosa posición francesa de reprobación, defendida en Naciones Unidas por Dominique de Villepin en febrero de 2003, la mayoría de las gestiones políticas occidentales parecen haber sido facetadas por interrogantes secretos: “¿Y si hubiésemos entrado realmente en una guerra de civilizaciones?”; ¿Y si nuestro deber fuera orientar todas nuestras políticas en contra de una voluntad extraña a nuestros valores comunes?”; ¿Y si de la represión de la revuelta de los jóvenes descendientes de inmigrantes al muro que se erigirá contra los clandestinos, si de las medidas de seguridad en los transportes públicos a la determinación de los objetivos de nuestras unidades militares, en el fondo no debería existir más que una única preocupación fusionadora de nuestros esfuerzos: la del Otro amenazante?” Aunque los mejores intelectuales estadounidenses hayan comprendido, hace ya cincuenta años, que una idea de este tipo pertenecía “al pasado, al igual que el chauvinismo y el teléfono de pared”, una especie de gregarismo salvaje sigue impulsando automáticamente ciertas alianzas, en memoria de un magnetismo desaparecido. Esta obnubilación ha causado que mucha gente se torne medianamente indiferente a las devastaciones humanas de la política de Estados Unidos. Pero el hecho de que cada grupo ciudadano nacional se encuentre bajo el influjo de una estrecha franja comunicacional, también ha provocado el bloqueo de la capacidad de pensar e imaginar. Ha impedido la libre interacción política respecto a la mayor parte de los grandes temas actualmente en juego. Uno de los síntomas más flagrantes de este bloqueo es el derrumbamiento del pluralismo real de las representaciones políticas. Estupor pasivo de los senadores demócratas estadounidenses frente al “bushismo”; debilitamiento del Partido Liberal canadiense; desmoronamiento del Partido quebequense; desgaste sin alternativa del blairismo en el Reino Unido; derrota en la elección presidencial francesa de un Partido Socialista que defiende tanto la seguridad como sus adversarios, retroceso de los movimientos “verdes” o altermundialistas, fusión en Italia de la derecha cristiana y la izquierda socialista, sagrada unión alemana, etc. ¿Cómo comprender realmente la confusión o regresión de las posiciones específicas, si no es por el hecho de que los temas de la defensa –tomados, por cansancio, de la política presidencial estadounidense– han vaciado de contenido cualquier otro punto de vista? ¿Cómo comprender la seducción de la cantinela patriótica de las derechas “liberales”? ¿Y dentro de la izquierda, el abandono de las mayorías en situación precaria a cambio de la preferencia dada a los temas de la seguridad? ¿Cómo explicar que el retorno de ciertos demagogos carismáticos (que recuerda una nefasta tendencia del siglo XX) acontece cuando la verborragia programática de las agrupaciones políticas carece de objetivos, y consiste –en el mejor de los casos- en balbuceos administrativos? Cómo explicar esto, si no como la reproducción acrítica de un principio unificador que hace ya tiempo habría desaparecido de no ser por la repetición al infinito de la misma cruzada (anticomunista, antiterrorista, anti, anti...) 

El impusldo sudamericano

Pero esta causa principal de fibrilación política no es la única. La dificultad propia de los tres o cuatro grandes problemas, que ese continuismo de noctámbulos contribuye a no percibir, la agudiza. En primer lugar, detectamos un fenómeno en el fondo positivo, pero que produce irritación en la epidermis del “mundo rico”: el nuevo impulso de no alineamiento que surge en el entorno de Brasil con Lula da Silva, y de la Venezuela de Hugo Chávez. América Latina se da el lujo de atribuir un valor de destino histórico a la vieja revolución cubana. En efecto, sea cual sea la imagen negativa que los intelectuales europeos tienen del “dictador enfermo” Fidel Castro, ellos aparentemente no saben apreciar la magnitud del homenaje que le rinden las potencias sudamericanas coaligadas, por haber sabido asentar la piedra edificadora de una duradera reducción del dominio estadounidense. Sin embargo, la lección es clara: en tanto los soldados de Estados Unidos mueran a diario en Irak, se hace difícil que los servicios de Bush propicien un enésimo golpe de Estado en América Latina. Vuelve a ponerse en marcha algo que para los países europeos significa también “una nueva situación norte-sur”, y que no es únicamente el resultado de la buena voluntad filantrópica de los militantes de ONG. ¿Será que nuestro inconciente colectivo de “ricos del norte” nos impide avanzar más rápido en el reconocimiento de este surgimieto, tanto político como económico? En términos más generales, ¿por qué no anhelamos reconocer –por debajo de esa voluntad de redirigir ciertos recursos hasta el momento tomados de otras partes– una multiplicidad de procedimientos, en los que “equitativo” rime con “educación in situ” y “resistencia a la metrópolis”, y en ese sentido, al menos como tendencia, con la aparición de un respeto por la sociedad local? No olvidemos que ésta es víctima de la avalancha tecnológica y económica que sigue llevando a la mayoría hacia la infelicidad de los conurbanos gigantes. Ni que un apoyo financiero controlado desde el sur (y no con la actual regresión programada del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial hacia la función de apéndices ideológicos de los fondos de pensión) puede oponerse por sí solo a la migración padecida, causante de los más graves desequilibrios en curso. 

El cambio climático

En segundo lugar, cuando el G8 –ese espectáculo ofrecido por Estados Unidos y algunos de sus amigos suficientemente íntimos– se alinea de inmediato respecto a la interpretación más minimalista del recalentamiento climático, esta solidaridad indica en la práctica lo poco dispuestos estamos a admitir ciertos cambios que nos alejarían de nuestro antiguo ideal de vida ostentatoria, por no decir insultante para el resto del mundo. Pero el reconocimiento serio de esa amenaza implicaría en lo inmediato un esfuerzo especialísimo de Estados Unidos por reducir un consumo energético desenfrenado, asociado a un modo de vida absurdamente contaminante, y que en su súperebullición –en todos los sentidos de la palabra– arrastra a las nuevas “canteras de mano de obra”. Bastaría entonces producir una inflexión en la política petrolera de Estados Unidos (subiendo un poco, mediante impuestos, el precio irrisorio que pagan los estadounidenses por la gasolina) para arreglar por varias décadas buena parte del problema del CO2, y acelerar ciertos ajustes modernizadores en materia de trenes, tranvías, nuevas fuentes de energía. El impulso que la Casa Blanca dio a la grotesca “solución” de los agrocarburantes (cuyo efecto es encarecer el precio a corto plazo... de los alimentos básicos, que actualmente tienen que competir con la producción de etanol) debería incitar a conformar urgentemente un centro de propuestas alternativo al mecanismo que sigue utilizando Estados Unidos. Pero sólo unos pocos países decididios a dar juntos el ejemplo, con independencia de las maquinarias internacionales cerradas, y a resguardo del atractivo inconciente de la vieja propuesta “occidental”, tendrían la posibilidad de conformar aquí una fuerza creíble. Pero también en este punto, todo sucede como si todas las “provincias imperiales” –con una nueva combinación de izquierdas y derechas– vinieran al rescate de una pequeñísima élite estadounidense (cada vez más enormemente rica), para impedir que el Estados Unidos cambie de rumbo, y para prohibir que los estadounidenses –siempre inventivos y dinámicos cuando se les permite serlo- arremetan finalmente contra la frontera del desafío ecológico. Se trata una vez más del fantasma de un Occidente fusionador, que logra impedir que el pensamiento establezca alianzas específicas entre países ricos que decidan hacer acto de libertad adulta, avanzando más rápido por una ruta que lleva a la revolución ecológica. No obstante, si Brasil de Lula se atreve a poner en marcha una política de solidaridad entre países emergentes, ¿qué impide que Canadá, Suecia, Irlanda, Finlandia, etc., ocupen la primera línea de una decisida avanzada ecológica, aunque el Japón y la Noruega de las ballenas, la Rusia del gas, los Estados Unidos del descontrol consumista, o la Francia del poderío nuclear cojeen de una pierna? Al fin y al cabo, esta misma imagen indiluible de bloque occidental, que se ha vuelto púdicamente subliminal, es la que impide que las lógicas “de identidad nacional” o de “national security” den lugar a un objetivo de extensión del diálogo entre las culturas, que no se reduzca al aspecto pedagógico de la desconfianza represiva, y que no encierre a la imaginación científica dentro de los desafíos exclusivamente policíaco-militares, que van desde el control biométrico de la población humana hasta el inagotable “gag” de la “guerra de las estrellas”, que puede abarcar o no al “aliado ruso”. Y también en este punto, ¿para cuándo la propuesta de iniciativas mundiales por parte de algunos países valientes –seguimos esperando a Francia- para hacer trastabillar la vieja tentación de supeditar la investigación a los objetivos definidos por algunos manipuladores, y por el contrario, impulsar a los investigadores a atacar nuevas cuestiones vitales como por ejemplo, en ciencias humanas, las formas de legitimidad antropológica, política y democrática deseables para una sociedad-mundo en formación; o en ciencias tecnológicas, la ruptura necesaria con los grandes sistemas energívoros, que permitiría mañana que las sociedades –locales, urbanas, regionales- se aseguren su autonomía alimentaria y energética sin dejar de participar en la conversación mundial que permite la circulación instantánea de datos? En suma, el peor de los reflejos de solidaridad defensiva ya no logra ocultar los temas que hoy son inmediatamente planetarios:  -el de que no seguiremos tergiversando, y denominaremos simplemente “naturaleza”, ese soporte de la vida terrestre que se ha convertido en el principal puesto de resistencia a la pasión por el espejismo del valor-dinero; -el de la “cultura”, tanto identitaria y artística como científica, y que constituye –al menos en igual medida que la producción material hoy tecnologizada- un vasto universo de actividades esenciales, cuya lógica abierta no puede supeditarse al rendimiento de tipo industrial o financiero sin peligro mortal para la humanidad civilizada, y para su pluralismo democrático; -y por último, el tema crucial de las sociedades más autónomas en relación al “torbellino tecno-crematístico” 1, y que serán en el futuro otras tantas fuentes de empleo más estable, de actividad menos derrochadora de energía y menos contaminante, y también de “conversaciones” políticas más próximas a los ciudadanos. Naturaleza, cultura, sociedades: si bien su contenido vital escapa a los juegos ombliguistas de los partidos socio-etáticos o etático-liberales, esos tres pilares de una política planetaria reclaman lo que se les debe. Las tres grandes lógicas: ecológica, cultural y societaria, únicas capaces de garantizar una pluralidad humana equilibrada, ven acrecentarse su capacidad de intervención... y ya no esperan más que a sus defensores. Que la irrupción de estas tendencias en pugna no haya trastocado aún la escena mundial responde al deslumbramiento que ejerce sobre nuestra visión política -¿por cuánto tiempo más?- este astro moribundo en que se ha convertido Occidente, agazapado sobre su última fuerza de ataque: sus gigantescos fondos financieros de inversión, equivalentes por sí solos a veinte veces la suma total de los PBI nacionales. Y que uno u otro día no tendrán más remedio que ser depositados, no ahí donde se hace sudar al mundo la gota gorda, sino más bien ahí donde vive la gente. 

  1. La crematística es una noción creada por el filósofo griego Aristóteles (384-332 a-J.C.) para describir el estado espiritual de quien acumula riqueza para su propio placer. Aristóteles condena esa actitud.
Autor/es Denis Duclos
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 97 - Julio 2007
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Política
Países Estados Unidos, Brasil, Venezuela