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Aborto en Chile: el precio de elegir

A nadie le es indiferente la opción por interrumpir un embarazo. Tener o no tener un hijo es siempre una decisión trascendental. Las autoras abordan el tema del aborto en un artículo publicado en la revista Talion que aquí reproducimos en lo esencial. Recomendamos el dossier completo publicado en: www.talion.cl

Que la Iglesia Católica y la derecha se opongan al aborto no es sorprendente. Lo
preocupante es que en los gobiernos de la Concertación no se haya planteado ninguna postura alternativa, siendo el aborto un problema de salud pública. En Chile, se calcula que hay 160.000 abortos al año. El cuarto país, después de Rumania, Vietnam y Cuba, con la tasa más elevada de abortos de todo el mundo: 50 abortos por mil mujeres en edad reproductiva".

¿Protegiendo la vida o la moral sexual?

El aborto no siempre ha sido un tema tabú en Chile. Hasta 1989 el aborto terapéutico era legal y, a pesar de que otras formas de aborto han estado generalmente prohibidas, las reacciones frente al tema han variado ostensiblemente.

En los años 50, el aborto era una práctica común. Era el método de control de natalidad antes de que se masificaran la píldora y el condón. De ahí que su condena social fuese menos radical que en la actua-lidad. Además, esta censura se basaba en razones muy distintas de las que se esgrimen hoy. No era porque abortar atentara
contra la vida del feto. En realidad era un problema de moral sexual. Lo prohibido era la sexualidad sin fines reproductivos, incluso en el marco del matrimonio. Esto explica que el delito de aborto estuviera -y siga estando- en el apartado del Código Penal "Delitos contra el Orden de las Familias y contra la Moralidad Pública", y no bajo el título de "Delitos contra la Vida". Además, la única atenuante para la mujer procesada por este delito es que su fin haya sido ocultar "su deshonra". Así de evidente es que la vida del feto no siempre ha sido el problema cuando se trata del aborto, pues ¿qué es la deshonra, sino una calificación del tipo de sexualidad que le está permitida a la mujer? Lo que se protege es una institución social, no un individuo.

En la década de los 60, con la libe-ralización de la sexualidad pero sin una masificación de los métodos anticonceptivos, se produjo en Chile una verdadera ‘epidemia' de abortos. La cantidad de muertes maternas por aborto inducido y el elevado gasto hospitalario en la atención de estas mujeres, transformaron al aborto en un problema de salud pública. Pero todavía la vida del feto no era lo más importante. ¿Cuándo se produjo este giro? ¿Cuándo oponerse al aborto devino en sinónimo de ser pro-vida?

El cambio de paradigma se registra hacia fines de los 70. La Iglesia Católica reafirmó el argumento de la vida del feto porque era difícil contener la arremetida de la liberalización únicamente con argumentos de carácter moral. Y la dictadura aprovechó este giro. En 1989 se derogó el artículo del Código Sanitario que permitía el aborto terapéutico, transformando a Chile en una de las legislaciones más restrictivas del mundo, junto con El Salvador, Malta y el Vaticano.

Con la llegada de la democracia, esta situación no ha experimentado cambio alguno. De este modo, en el laico Estado de Chile, donde el poder divino y humano se separaron a fines del siglo XIX, sigue imponiéndose una visión religiosa, respaldada esta vez por la coacción estatal.

A cada quién según su bolsillo

Como resultado de esta historia el aborto, en cualquiera de sus formas, está penalizado en nuestro país. La mujer que consiente en abortar se arriesga a una pena de hasta cinco años de cárcel. Aunque esté en riesgo de muerte. Aunque el feto sea anancefálico. Aunque la madre sea portadora de VIH o una niña de tan solo 12 años. Aunque sea producto de una violación o no tenga los medios para alimentarlo. Aunque no desee tener ese hijo, esa mujer puede perder su libertad.

Sin embargo, esta amenaza no logra disminuir el problema. Mas bien lo agrava. Todos los años en Chile son registrados 40.000 casos de aborto en los centros de salud.  Pero esta es solo la cara visible. Hay que sumarle la cifra negra que contempla todos los casos en que el aborto no se complicó, y aquellos en que la mujer, a pesar de las complicaciones, prefirió por miedo, no acudir a un hospital.  El gobierno maneja una cifra de 100.000 casos al año, pero organizaciones internacionales calculan hasta 200.000. Los cálculos más aceptados apuntan a 160.000 abortos al año. Esta cifra exorbitante se debe en gran parte a su criminalización. Es conocido el fenómeno que la legalización del aborto disminuye su número en el mediano plazo, porque va acompañado de una efectiva apertura en temas de educación sexual.

¿En qué condiciones se realizan estos abortos en un país donde está absolutamente prohibido? De la misma forma en que funciona todo en nuestro país: costoso, pero seguro, para unas pocas. Barato o incluso gratis, pero peligroso, para todas las demás.

Algunas mujeres pueden optar, por 800.000 pesos promedio, a un raspaje o una aspiración, en una clínica con óptimas condiciones de higiene. Este es el método más seguro y menos traumático, utilizado en los países donde el aborto está legalizado. La gran diferencia es que en Chile su diagnóstico aparecerá en los registros como endometriosis o apendicitis, y el precio se regirá por las leyes del mercado negro, donde la criminalización es un gran negocio.

Las demás tienen un amplio rango de posibilidades: introducirse todo tipo de objetos y elementos tóxicos en la vagina (alambres, maderas, vegetales supuestamente abortivos...), lo que generalmente termina en una septicemia y, si es valiente, en un hospital. Otra posibilidad es pagar entre 10.000 y 50.000 pesos para realizarse, a través de una sonda, un lavado uterino con detergentes tóxicos, que son también extremadamente peligrosos. Finalmente, con algo más de recursos y contactos, pueden acceder a las prostaglandinas (como el misotrol), un medicamento contra la úlcera que provoca, a dosis elevadas, contracciones del útero, y que cuesta entre 30.000 y 100.000 pesos. Este es el método más seguro dentro de los "artesanales"
siempre y cuando tenga a un médico que le indique la dosis correcta: en caso contrario, también acarrea graves riesgos.

Un silencio que mata

Frente a esta realidad no es sorprendente que a principios del siglo XXI aún existan muertes por aborto en Chile. Si bien las muertes por esta causa han disminuido notablemente, aun mueren 15 mujeres al año por realizarse un aborto en condiciones
inseguras. Muertes producto de la criminalización de esta práctica, pues un aborto seguro es una simple intervención ambulatoria. Esta situación se agrava si consideramos que son los profesionales de la salud quienes se arriesgan a penas más altas por el delito de aborto: hay entonces un incentivo a realizarse esta intervención en condiciones inadecuadas.

Tampoco se habla de las mujeres que sufren graves secuelas físicas, como la
infertilidad. Pero no todas las mujeres que abortan enfrentan este riesgo. Son siempre las mismas: Quienes arriesgan su vida y su salud son las mujeres más pobres. Porque el aborto es también un reflejo de la desigualdad. Por lo tanto, ¿a quién le importa? Como ha señalado Aníbal Faundes, presidente del Comité de Derechos Sexuales y Reproductivos de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia, "la resistencia [a la despenalización] se debe a que las personas que tienen poder para tomar la decisión no tienen ningún problema con que el aborto sea ilegal porque tienen dinero para hacerse un aborto sin ningún problema, en las mejores condiciones. Y son las que no tienen ningún poder para cambiar las políticas las que tienen problemas".

Encarceladas

Las mujeres pobres son quienes se realizan abortos inseguros. Éstos acarrean complicaciones, y por lo tanto son estas mujeres las que acuden a centros hospitalarios, los que tienen la obligación legal de denunciarlas. ¿Quiénes son entonces las mujeres que arriesgan su libertad con la crimina-lización del aborto? Saque sus propias conclusiones.

Se ha dicho que en Chile no existen mujeres encarceladas por aborto. Sin embargo, hasta la entrada en vigencia de la Reforma Procesal Penal la prisión preventiva se aplicaba de forma casi automática en el caso de ser procesada por aborto. Hasta 1998, el 57% de las mujeres procesadas por aborto estuvo encarcelada un promedio de 30 días. Y ese mismo año, 6 mujeres no obtuvieron ningún beneficio carcelario ni penas alternativas. Entre el 2000 y el 2004, 106 mujeres fueron condenadas por aborto. Aunque en la mayoría de los casos no cumplieron su pena en prisión, no por ello son menos castigadas: prisión preventiva, libertad vigilada, antecedentes criminales en su prontuario son algunas de las consecuencias de esta "inocente condena".  

Pero más allá de las sanciones efectivas, toda mujer cuyo aborto es denunciado se verá sometida a un proceso ante los tribunales, con la consiguiente incertidumbre, costos y estigmatización que ello supone. Ser tratada como una criminal: esa es la auténtica deshonra.

Y aún sin ser denunciadas, las mujeres que abortan no quedan exentas de condena. No sólo por el miedo que implica el haber cometido un delito grave y la inminencia de una sanción, sino por el temor al reproche social, quizás la forma más brutal de castigo. La verdadera condena del aborto en Chile es el silencio.

¿Y si los hombres se embarazaran? Un problema de género.

Una de las razones poderosas que permite explicar el rechazo visceral que existe en Chile frente a la interrupción del embarazo, es el papel que se asigna a las mujeres en nuestra sociedad. El 80% de los chilenos considera que el principal rol de la mujer es ser madre, de allí que el aborto sea concebido como una negación de la feminidad. Una mujer sin hijos es generalmente objeto de lástima. Pero una mujer que aborta está pervirtiendo su naturaleza.

Sin embargo, desde inicios del siglo XX el papel de las mujeres ha cambiado. La salida del ámbito privado para integrar el mundo laboral y las posiciones de poder, y el control sobre su sexualidad gracias al auge de los métodos anticonceptivos, son solo algunas de las muestras de esta evolución. Por ello, ahora la mujer no se define únicamente como madre, sino que, al igual que los hombres, son muchos más los elementos que determinan su identidad.

Pero en Chile, todavía parecen cruzarse dos concepciones de la mujer, una que se define igualitariamente respecto de los hombres, y otra arraigada en esquemas tradicionales. Por ejemplo, nuestra Constitución establece que la "familia es el núcleo fundamental de la sociedad". Y se ha entendido que el pilar de esta familia es la madre. Sin embargo, esta enorme responsabilidad debe ser soportada únicamente por la mujer. Una mujer en edad reproductiva puede pagar hasta el triple de lo que paga un hombre para su plan de Isapres. ¿Y cuánta gente se beneficia en Chile de subsidios familiares? Otra dificultad radica en la compleja realidad que enfrentan las mujeres en edad fértil en el plano laboral. En definitiva, quien debe hacerse cargo de los costos de la maternidad - que beneficia a toda la sociedad- es la mujer. ¿Cómo no entender en este contexto la elevada tasa de abortos en nuestro país?

Aunque no nos guste, estos abortos existen, y claramente su penalización no se condice ni con el objetivo de disminuir el número de abortos, ni con la evolución del rol de la mujer.

El derecho a elegir

Hoy en día las mujeres pueden decidir si prosiguen sus estudios, si trabajan o no y en qué, si casarse o no hacerlo; deciden tener sexo o no, con quién, cuándo y qué método anticonceptivo usar. Y si no todas deciden, es por una cuestión de desigualdad social. En definitiva, las mujeres tienen el control sobre su plan de vida y sobre su cuerpo y pueden decidir tener un hijo o no. Entonces, lo que implica la imposición de un embarazo no deseado, es renunciar a la determinación de su proyecto de vida y, por lo tanto, volver a la noción tradicional de lo femenino. Es nuevamente renunciar a su cuerpo en pos de fines que no son los propios.

Hay quienes podrán objetar que el feto es una vida indefensa, que depende de la mujer, y que ella debe conservarla. Quienes piensan así tienen argumentos válidos, y si quieren vivir su vida siguiendo esta postura, es legítimo, y más aún es coherente. Pero la idea de que el feto es un ser humano es una cuestión discutida. Ninguno de los argumentos que afirman o niegan esta calidad parecen ser concluyentes. Son dos posturas inconmensurables.

La postura que defiende el derecho a abortar, supone negarse a que prime una mera posibilidad de vida por sobre la existencia cierta de una mujer. Es asignarle a la mujer, a su autonomía, a su integridad, un rol preponderante en este conflicto de intereses. Un embarazo forzado son nueve meses de alteraciones físicas que por la falta de sentido se vuelven violentas, son sufrimientos psíquicos por tener que aceptar un
cambio de vida radical. La afectación a la integridad y autonomía de la mujer es un precio demasiado elevado. Quienes descartan de plano estos dos valores, es porque olvidan que cuando se habla de aborto, no se trata solo de un feto, sino de una mujer. O bien, valoran tan poco a las mujeres que no las consideran un interés de importancia a la hora de evaluar este conflicto.

Se considera al aborto forzado -el obligar a una mujer a interrumpir su embarazo- como una de las más brutales violaciones a su integridad y a la determinación de su plan de vida: el deseo de ser madre. Sin embargo, el embarazo forzado representa la misma afectación. Solo que esta vez, el plan de vida es diferente: es elegir no tener un hijo, no tener más hijos, o no tenerlo en ese momento. Esto es tan válido como optar por la maternidad. Y cuando hubo violación o en los demás casos extremos, cuando no se tuvo acceso a los métodos anticonceptivos - recordemos que no son solo responsabilidad de la mujer - o cuando estos fallaron, el aborto es la única forma de respetar ese plan de vida.

A la luz de la aberrante desigualdad en el acceso al aborto inducido en Chile, y de los graves problemas de salud pública que esta práctica acarrea, la criminalización del aborto ha demostrado ser una solución ineficiente para disminuir el número de abortos, y para aminorar las demás consecuencias negativas que trae aparejado. Prohibir el aborto, es permitir que una decisión impulsiva no reciba la adecuada orientación. Es también encubrir los casos en que la pareja o los padres fuerzan a la mujer a abortar. En ambos casos, una discusión abierta podría llevar a desistirse de esta solución. Descriminalizar es entonces la conclusión más coherente a la que podemos llegar todos. La única forma de reducir esta práctica es conocerla, discutirla, regularla, pero no negarla.

Más aún si consideramos que la vida del feto como valor absoluto es una cuestión sujeta a debate, en especial cuando se trata de sopesarla con la autodeterminación de la mujer. Si un sector de la sociedad rechaza el aborto, entonces que no lo practique. Pero que el Estado respalde esta posición y la imponga a toda la comunidad, implica una visión poco pluralista de sociedad.

Tomar la decisión de terminar un embarazo no es fácil. De allí que sea necesario poder compartir esta experiencia, y que esta opción sea considerada como
válida, que la mujer siga siendo vista como tal al elegir respecto de su maternidad. Que, como ocurre hoy en nuestro país, el aborto no sea una condena a la soledad, a la vergüenza y al silencio.

Fuentes utilizadas

Claudia Lagos Lira, Aborto en Chile, Lom Ediciones, Santiago, 2001.

Lidia Casas Becerra, Mujeres procesadas por Aborto, Foro Abierto de Salud y Derechos Reproductivos, Santiago, 1996.

Susana Herrera Rodríguez, El Aborto Inducido. ¿Víctimas o victimarias?, Catalonia, Santiago, 2004.

Encarceladas: Leyes contra el Aborto en Chile, un análisis desde los Derechos Humanos. Centro Legal para Derechos Reproductivos y Políticas Públicas. Foro Abierto de Salud y Derechos Reproductivos, Canadá, 1998.

Diario La Nación, “Aborto made in Chile”, por LeylaRamírez, 30 de Diciembre de 2005.

 

Sitios Web de interés:

Red de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos: www.forosalud.cl

Católicas por el derecho a decidir: www.catolicasporelderechoadecidir.org

Alan Guttmacher Institute: www.guttmacher.org

 


Autor/es Marianne González Le Saux, Carolina Ibáñez Kollman, Alia Trabucco Zerán
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Diciembre 2006
Temas Ciencias sociales., Sociedad, Salud, Ciencia
Países Chile