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Conflicto de definiciones
El intelectual palestino traza en estos apuntes una interesante reflexión sobre la definición y evolución de las culturas, y sostiene que ninguna cultura puede comprenderse sin tener presente la confrontación entre lo oficial y lo no oficial. Esta perspectiva resulta cada vez más imprescindible en un mundo en el que los enfrentamientos “de culturas” o “de civilizaciones” están a la orden del día, frívolamente vehiculizados por los medios de comunicación, desviando así la atención mundial sobre la verdadera y compleja naturaleza de los conflictos (dossier, págs. 14 a 21).
Cualquiera que comprenda mínimamente cómo funcionan las culturas sabe que el hecho de definir una cultura, de decir lo que ésta representa a los ojos de sus miembros, da siempre lugar a una discusión superior y democrática, incluso en las sociedades no democráticas. Es necesario seleccionar autoridades canónicas, someterlas regularmente a la crítica, hacerlas debatir, designarlas nuevamente o despedirlas. Es necesario precisar, discutir y rediscutir la idea del bien y el mal, la pertenencia o la no pertenencia (lo igual y lo diferente) y las escalas de valores; ponerse de acuerdo o no ponerse de acuerdo sobre estas cuestiones, según el caso.
Además, cada cultura define a sus enemigos, algo que existe más allá de su espacio y que la amenaza. Para los griegos, comenzando por Heródoto, cualquiera que no hablara griego era automáticamente un bárbaro, un Otro que era necesario despreciar y combatir. En una obra reciente, El espejo de Heródoto 1, el especialista en letras clásicas François Hartog muestra con gran precisión cómo el historiador griego se propone deliberada y minuciosamente construir una imagen del bárbaro Otro en el caso de los escitas, mucho más que de los persas.
Ahora, la cultura oficial es la de los sacerdotes, las academias y el Estado. Ésta da una definición de patriotismo, de lealtad, de fronteras y de lo que he denominado pertenencia. Es esta cultura oficial la que habla en nombre del conjunto, intenta expresar la voluntad general, la idea y la ética generales, detenta el pasado oficial, los padres y los textos fundadores, el panteón de los héroes y los traidores, y purga ese pasado de lo que es extraño, diferente o indeseable. De ahí proviene la definición de lo que puede o no puede decirse, de las proscripciones y los tabúes necesarios para toda cultura que pretende ser autoridad.
También es verdad que al margen de la cultura dominante, oficial o canónica, existen culturas disidentes o diferentes, no ortodoxas, heterodoxas, que abarcan numerosas corrientes antiautoritarias opositoras a la cultura oficial. Este conjunto de prácticas asociadas a diferentes outsiders –pobres, inmigrantes, bohemios, rebeldes y artistas– puede llamarse contracultura, de la que emana una crítica a la autoridad y un ataque contra lo que es oficial y ortodoxo. El gran poeta árabe contemporáneo Adonis escribió extensamente sobre la relación entre la ortodoxia y la heterodoxia en la cultura árabe y demostró que existe entre ambas una dialéctica y una tensión constantes. Ninguna cultura puede comprenderse si no se tiene un sentido, cualquiera sea éste, de esta fuente de provocación creadora, siempre presente, que es la confrontación entre lo no oficial y lo oficial. Ignorar esta agitación en el seno de cada cultura y pensar que existe una homogeneidad total entre cultura e identidad equivale a desconocer lo que es vital y fecundo.
En Estados Unidos, el debate sobre lo que es América pasó por numerosas transformaciones e incluso por cambios asombrosos. Cuando yo era niño, los westerns describían a los indios de Estados Unidos como diablos dañinos, a los que había que destruir o domesticar. Se los llamaba pieles rojas y en la medida en que tenían una función en el conjunto de la cultura (esto era tan cierto en la historia académica como en las películas), favorecían el progreso de la civilización blanca. Hoy, esto ha cambiado completamente. Los indios de Estados Unidos ya no son considerados canallas sino víctimas del progreso de la civilización occidental en el país.
Cultura y contracultura
Hasta el estatuto de Cristóbal Colón cambió. En lo que respecta al de los afro-estadounidenses y las mujeres, sufrió cambios aun más espectaculares. Toni Morrison señaló la obsesión de la literatura clásica estadounidense por la pertenencia a la raza blanca, tal como lo demuestran de manera tan elocuente Moby Dick de Melville y Arthur Gordon Pym de Poe. Pero –explica– los principales escritores hombres y blancos de los siglos diecinueve y veinte, quienes dieron sus cánones a la literatura estadounidense tal como la conocemos, se valieron en sus obras de la pertenencia a la raza blanca como medio para evitar, disimular y tornar invisible la presencia africana en el seno de nuestra sociedad.
Hemos pasado del mundo de Melville y Hemingway al de Dubois, Baldwin, Langston Hughes y Toni Morrison: el solo hecho de que las novelas y las críticas de Toni Morrison tengan hoy un éxito tan rotundo demuestra la dimensión del cambio. ¿Cuál es la visión de la verdadera América y quién puede pretender representarla y definirla? La pregunta es compleja y sumamente interesante, pero no puede responderse a ella reduciendo el problema a unos pocos clichés.
La obra de Arthur Schlesinger La Désunion de l’Amérique 2, ofrece una visión reciente de las dificultades planteadas por las luchas culturales cuyo objeto es definir una civilización. Como historiador que pertenece a la corriente dominante, Schlesinger se preocupa, y es comprensible, por el hecho de que los grupos de inmigrantes emergentes en Estados Unidos cuestionen la leyenda unitaria oficial de América del modo en que los grandes historiadores de ese país como Bancroft, Henry Adams y, más recientemente, Richard Hofstader, acostumbran representarla. Estos grupos quieren que la escritura de la historia no sólo refleje una América que fue concebida y dirigida por aristócratas y terratenientes, sino una América en la cual los esclavos, los sirvientes, los obreros y los inmigrantes pobres desempeñaron un papel importante que aún no fue reconocido.
Los relatos de estas personas, reducidas al silencio por los grandes discursos que emanan de Washington, de los bancos de inversión de Nueva York, de las universidades de Nueva Inglaterra y de las grandes fortunas industriales del Medio Oeste, vinieron a alterar la lenta evolución y la imperturbable serenidad de la versión oficial. Éstos generan preguntas, narran la experiencia de los desposeídos y expresan las reivindicaciones de personas en el último peldaño de la escala social, mujeres, asiáticos, afro-estadounidenses y otras minorías sexuales y étnicas. Se esté o no de acuerdo con la voz del corazón de Schlesinger, no puede negarse la tesis que sostiene su libro, según la cual la escritura de la historia es el mejor camino para dar su definición a un país y la identidad de una sociedad depende en gran medida de la interpretación histórica, campo en el que se enfrentan las afirmaciones cuestionadas y las contra-afirmaciones. Es en esta situación de conflicto en la que actualmente se encuentra Estados Unidos.
- François Hartog, El espejo de Heródoto, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
- Arthur M. Schlesinger, La désunion de l’Amérique, 1991, traducción francesa 1993, Liana Levi, París.
Este texto ha sido extraído de “The Clash of Definitions”, publicado en Reflections on Exile and Other Essays (Harvard University Press, 2000).
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