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El laberinto del Cáucaso

En la huella de George W. Bush, Vladimir Putin reaccionó a la toma de rehenes en una escuela de Beslan por un grupo terrorista con una matanza de civiles, el cercenamiento de libertades políticas, una declaración de guerra antiterrorista y la adhesión al principio de los ataques preventivos. Además de afianzar la estrategia global de Bush, la política de Putin se muestra ciega a la importancia de los nacionalismos que, agudizados por antiguos conflictos étnicos y religiosos, impulsan a poblaciones débiles a enfrentar al propio nacionalismo ruso.

De ahora en más, para Rusia hay un antes y un después de Beslan. Como para Estados Unidos hubo un antes y un después del 11 de septiembre. La toma masiva de rehenes civiles el 3 de septiembre pasado se convirtió en una pesadilla y culminó con la matanza de unas 370 personas, entre ellas alrededor de 160 niños. Esta nueva masacre de inocentes dejó helado de horror al mundo, que asistió además con estupor a la intervención confusa y brutal de las fuerzas del orden rusas.

No cabe duda de que Beslan marca un vuelco en las guerras del Cáucaso, por la increíble falla del aparato de seguridad y por la dimensión delirante de la violencia de que dieron pruebas los raptores (Radvanyi, pág. 28). Esta es la crisis de mayor envergadura que afronta Vladimir Putin desde que es presidente, aunque no es seguro que mida con exactitud sus dimensiones. No por nada al día siguiente de la carnicería declaró: "Es preciso admitir que no comprendimos la complejidad y el peligro de los procesos que sobrevenían en nuestro país y en el mundo". Un modo de afirmar que Rusia, como otros Estados del planeta, se enfrenta un adversario común, el "terrorismo internacional", llamado también islamismo radical o "yihad islámica mundial".

Se trata de un error trágico, de la misma naturaleza del cometido por el presidente de Estados Unidos George W. Bush en marzo de 2003, cuando decidió invadir Irak bajo el pretexto de combatir el terrorismo de Al-Qaeda. Ahora Rusia se declara en guerra, evoca el regreso a un "Estado fuerte", se dispone a transformar el sistema político 1, a fortalecer los recursos del ejército y de los servicios secretos y alude incluso a "ataques preventivos para liquidar las bases terroristas en cualquier región del mundo" 2.

Las autoridades rusas se niegan a admitir que el terrorismo y el islamismo que afrontan hoy en el Cáucaso son sólo instrumentos, y que el problema principal de la región es el nacionalismo.

Esta posición aparece como la más poderosa de todas las energías políticas. Sin duda es la fuerza más importante de la historia moderna, como atestigua la resistencia palestina. Ni el colonialismo, ni el imperialismo, ni los totalitarismos lograron terminar con él. Es una corriente que no vacila en instaurar las alianzas más inesperadas para alcanzar sus objetivos. Actualmente se hace evidente en Afganistán e Irak, donde nacionalismo e islamismo radical se asocian para conducir una lucha de liberación nacional recurriendo a nuevas formas de terrorismo, particularmente odiosas.

Lo mismo sucede en Chechenia. Nadie resistió la conquista del Cáucaso por los rusos como los chechenos. Desde 1818 se opusieron valientemente a ellos. Y en 1991, cuando la URSS estalló, se autoproclamaron independientes. Lo cual tuvo como consecuencia una primera guerra con Rusia que concluyó en agosto de 1996 con el triunfo de una Chechenia exangüe.

Como represalia contra una ola de atentados, en octubre de 1999 el ejército ruso atacó de nuevo Chechenia. El segundo conflictó terminó de arruinar un país devastado. Moscú organizó elecciones locales y colocó en puestos clave a personalidades aliadas a su política. Pero la resistencia chechena no cede, los atentados siguen y la represión rusa sigue siendo feroz 3.

El contexto geopolítico no favorece las cosas. Los vínculos cada vez más estrechos, económicos y aun militares, que se entablan entre Estados Unidos y dos Estados de Transcaucasia, Georgia y Azerbaiyán, en las fronteras de Chechenia, exasperan a los rusos. Estos Estados entablan un vínculo con la decisión reciente de George W. Bush de reestructurar las fuerzas armadas de Estados Unidos desplazándolas de Alemania para desplegarlas más cerca de Rusia, en Bulgaria, Rumania, Polonia y Hungría. Con lo que se afianza la sensación de Moscú de ser una potencia sitiada.

A modo de respuesta, y contra el deseo de los gobiernos locales, Putin mantiene sus bases militares en Georgia y Azerbaiyán, fortalece su alianza con Armenia -que sigue ocupando ilegalmente territorios azeríes- y apoya los separatismos de Abjasia y Osetia del Sur.

Incapaces de imponerse en territorio checheno, los rusos quieren demostrar que nada se puede hacer en el conjunto del Cáucaso sin ellos. Siguen obsesionados por el espectro del "segundo Afganistán". Una nueva derrota militar ante la nebulosa islamista en Chechenia sería todavía más humillante, dado que los chechenos son menos de un millón; podría encender el polvorín del Cáucaso y traducirse en un nuevo desmantelamiento territorial. De allí la negativa a toda negociación, a todo reconocimiento del derecho a la autodeterminación. Y la brutalidad de una represión que fabrica terroristas dispuestos a todas las locuras criminales para cobrarse su revancha.

  1. Putin anunció la eliminación de la elección por sufragio universal de los gobernadores de 89 regiones de la Federación Rusa; en el futuro serán designados por los Parlamentos locales sobre la base de la propuesta del Presidente federal.
  2. International Herald Tribune, París, 9-9-04.
  3. Anna Politkovskaia, Tchétchénie, le deshonneur russe, Buchet-Chastel, Paris, 2004.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Ciencias Políticas, Política, Geopolítica, Política internacional
Países Estados Unidos, Rusia