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La coartada política de las utopías tecnológicas

En materia de energía están todas las alertas encendidas, pero los ciudadanos reciben escasas incitaciones a empezar a cambiar ahora sus modos de vida, y en cambio una andanada de propuestas de solución científico-tecnológicas, tanto más entusiastamente aceptadas cuanto que no se conocen sus implicaciones y consecuencias, y que deben esperar décadas. En esta materia, se sigue practicando la política del avestruz.

El petróleo a 50 dólares el barril, recalentamiento del clima, alerta por el terrorismo nuclear, contaminación urbana: se encendieron todas las luces rojas en materia de energía. Y como en todos los períodos de crisis, aparecen los nuevos profetas que proclaman su intención de salvarnos del desastre anunciado. Su inspiración proviene, evidentemente, de la ciencia y de la tecnología. Desde la fusión termonuclear hasta el almacenamiento en el subsuelo del gas carbónico que despiden las centrales a carbón; desde la "civilización del hidrógeno" hasta los satélites solares, esos nuevos gurúes y sus seguidores nos proponen un amplio abanico de "soluciones" al problema energético mundial.

Los voluntariosos impulsores de esas soluciones, más o menos verosímiles según las leyes de la física, les atribuyen ciertas características evidentemente seductoras:

  • Una capacidad potencial para resolver -definitivamente o casi, y durante siglos o por la eternidad- los crecientes problemas energéticos a los que deberá enfrentarse la humanidad;
  • Un carácter totalmente inocuo respecto del medio ambiente, una muy escasa probabilidad de incidentes y la seguridad de que los accidentes que pudieran ocurrir serán benignos;
  • Un costo muy bajo, en cuanto se superen las etapas indispensables para demostrar su factibilidad y su desarrollo industrial.

Aún falta, por supuesto, hallar los recursos financieros para superar esas etapas... Pero teniendo en cuenta la magnitud de lo que está en juego se trata apenas de una gota de agua, pues en un plazo que va de 30 a 100 años, según sea la tecnología propuesta, la humanidad estará totalmente a cubierto de cualquier preocupación energética. ¿Cómo no dejarse convencer por perspectivas tan seductoras?

Como todo el mundo -o casi- admite sin discusión la dimensión del problema, el debate se focaliza en las posibilidades de éxito, en el plazo requerido, en el costo de la operación y hasta en el país que tendrá el privilegio y el honor de contar con los primeros prototipos. Ya ocurre con el International Thermonuclear Experimental Reactor (ITER), el famoso proyecto de fusión termonuclear: frente a la negativa de Estados Unidos y Japón a participar en esa aventura, el gobierno francés acaba de duplicar su oferta inicial de 457 millones de euros para financiar la construcción del reactor en la localidad de Cadarache. Esa suma de 914 millones de euros representa, al ritmo actual, más de treinta años de financiamiento de las investigaciones que se desarrollan en Francia sobre las energías renovables.

En cambio, nadie en Francia parece haberse preguntado ni una sola vez por qué Japón y Estados Unidos -que sin embargo participaban en ese proyecto desde un principio- lo abandonaron discretamente. Es que es justamente allí donde se halla el problema. Resulta positivo especular sobre las posibilidades de éxito, pero es más importante analizar las consecuencias. Para obtener la reacción prevista en el ITER, hay que proceder a la fusión de dos átomos, uno de deuterio, que se encuentra en muy pequeña cantidad en el agua de mar; y otro de tritio, inexistente en la Tierra, que se piensa producir a partir de litio. Así -por fusión- se obtiene helio y neutrones de enorme energía, que luego es necesario captar y posteriormente transformar en calor para generar vapor o gas a alta temperatura. Por último, hay que bajar la presión de ese gas y hacerlo pasar por una turbina para producir electricidad. ¿Pero cuál será el costo energético? Las publicaciones de los partidarios de ese proyecto no dicen nada sobre ese punto crucial.

Se omite también decir que un reactor de ese tipo producirá neutrones diez veces más poderosos que los de los reactores de fisión. Es decir que van a fragilizar rápidamente las paredes del reactor, las que habrá que cambiar regularmente. Pero el impacto de los neutrones sobre el metal lo transforma en un producto radioactivo... Cada vez que se cambien las paredes (cerca de una quinta parte por año) se obtendrá una masa de materiales cuya radioactividad será similar a la del corazón de una central nuclear actual a fisión. Finalmente, se evita debatir sobre los medios para prevenir los riesgos de proliferación que genera el tritio, componente muy apreciado en pequeñas cantidades (unos pocos gramos) de las bombas atómicas "modernas"...

En caso de "éxito", como se puede ver, la solución propuesta podría plantear problemas aun más temibles que los que se intenta resolver. Sobre todo, nadie imagina una difusión masiva de la tecnología de fusión antes de fines del presente siglo, en tanto que, si se desea evitar la catástrofe, el lanzamiento de una acción contra el cambio climático es de una urgencia absoluta.

En busca del hidrógeno

¿Qué se puede decir sobre el hidrógeno y la pila de combustible? Por cierto, las investigaciones permitieron realizar importantes avances en los últimos diez años. Las pilas de combustible transforman el hidrógeno en electricidad con rendimientos muy superiores a los de los motores a gasolina: 60%, contra 35% a 40% en el caso de estos últimos. Pero, en la mayoría de los casos, se olvida señalar que el hidrógeno no existe en estado libre en la naturaleza, y que por lo tanto es necesario extraerlo, sea de los hidrocarburos, sea del agua, y que eso requiere un gasto de energía y un costo importante, lo que crearía nuevos problemas.

A partir del metano se podría obtener hidrógeno con un rendimiento del orden de 60%: es decir que se consumiría un recurso fósil que conviene economizar. Además, la reacción genera gas carbónico, lo que se pretende evitar. Es necesario gastar cerca de 5 kw/h de calor para obtener un metro cúbico de hidrógeno, susceptible a su vez de suministrar 3 kw/h de calor por combustión, o 1,8 kw/h de electricidad en una pila de combustible. A partir del agua, lo más simple es descomponerla por medio de electricidad, por electrólisis, para separar el oxígeno del hidrógeno. Pero con las técnicas actuales se necesitan alrededor de 5 kw/h de electricidad para obtener un metro cúbico de hidrógeno. A su vez, la producción de electricidad necesaria implica pérdidas.

Si la electricidad es de origen fósil, el gasto total de energía por metro cúbico alcanza de 7,7 a 9 kw/h, con una emisión asociada de 2,4 a 2,8 kg de CO2. Si es de origen nuclear, no hay emisión, pero existen los riesgos específicos de la actividad atómica. Si la electricidad es de origen renovable queda exenta de las dos críticas precedentes, pero deja en suspenso el problema del rendimiento global, de la intermitencia y de la dispersión de algunas de esas fuentes (solar, eólica) que son difíciles de adaptar a los procedimientos industriales de fabricación de hidrógeno. En síntesis, el balance de la operación no es para nada tan brillante como nos dicen. Ello no significa de manera alguna que no exista ninguna posibilidad para desarrollar esa innovación: sin dudas se vislumbran áreas de utilización, tanto en los transportes como en la producción descentralizada de electricidad, pero es casi seguro que en los próximos 50 años serán limitadas.

La misma problemática se presenta para la captación y el almacenamiento en el subsuelo del gas carbónico (CO2) producido por las centrales térmicas a carbón o a gas. Esto suele presentarse como la solución milagrosa y al alcance de la mano para esconder las emisiones bajo la alfombra y evitar el recalentamiento climático sin restringir la energía. Se podrá almacenar una buena parte del CO2 producido por esas centrales, pero a condición de admitir un aumento en el consumo de energías fósiles del 20% al 30% (y por lo tanto, un aumento de gas carbónico), necesarias para separar el CO2 de los humos y para el transporte hasta los pozos petrolíferos secos donde se lo planea almacenar.

A primera vista, teniendo en cuenta el crecimiento de la demanda de electricidad en el mundo -que casi con seguridad será satisfecha a partir de energías fósiles-, si esta técnica se difundiera sistemáticamente a nivel mundial concerniría al 20% de las emisiones acumuladas de CO2 del siglo venidero (es decir, un 10% de las emisiones totales de gas de efecto invernadero). Pero cuando se analizan la capacidad de almacenamiento de los pozos petrolíferos (la técnica que mejor se domina actualmente), es necesario moderar el entusiasmo por dos razones. La primera es la localización de esos pozos. En efecto, los mapas donde figuran las centrales térmicas y los de los pozos petrolíferos, coinciden muy poco, salvo en ciertas regiones del mundo (como Estados Unidos): los sitios con capacidad de almacenamiento de Medio Oriente y de Rusia están a miles de kilómetros de los grandes conglomerados humanos o industriales europeos o asiáticos, donde estarán implantadas la mayoría de las centrales.

Países como China o India, que aumentarán la cantidad de sus centrales a carbón, disponen de muy escasa capacidad de almacenamiento en los campos de hidrocarburos en relación a sus emisiones de CO2. Por otra parte, el almacenamiento debe respetar la dinámica de depreciación 1 de los pozos en actividad. Si se tienen en cuenta esas limitaciones, se ve que la cantidad de CO2 que realmente puede ser almacenada se reduce enormemente, para llegar a unos pocos puntos porcentuales de las emisiones acumuladas del siglo XXI. Claro que cabe pensar en otros sitios de almacenamiento, como los acuíferos salinos, los yacimientos carboníferos no explotados y hasta las fosas oceánicas, pero allí se entra en un terreno de incertidumbre sobre los riesgos ambientales. Eso, evidentemente, no significa que el sistema de captación-almacenamiento de CO2 no sea una buena solución industrial puntual, pero tiene pocas posibilidades de modificar en profundidad el problema de la reducción de las emisiones de CO2, tarea indispensable en el curso del presente siglo.

Multiplicar los bosques

Un último ejemplo: el almacenamiento de CO2 por la biomasa. La idea es simple y ni siquiera implica una revolución tecnológica: plantar árboles en todos los sitios donde sea posible. Mientras crecen, se almacena CO2. Pero, por supuesto, algún día, 50 o 100 años después, habrá que talarlos para que no acaben pudriéndose en su lugar. Con ellos se podrán hacer vigas o muebles y continuar así almacenando el carbono por un tiempo, o bien usarlos para alimentar el fuego. El CO2 emanaría de nuevo hacia la atmósfera, pero sería absorbido por los nuevos bosques jóvenes y de esa manera se economizarían combustibles fósiles. ¿Pero dónde crecerían los nuevos bosques? A poco de estudiar el problema se cae en la cuenta de que para disponer de los cientos de millones de hectáreas necesarias para ello, en particular en África, en América Latina y en Asia, es imprescindible que el rendimiento agrícola de esas regiones alcance niveles comparables a los de Europa.

Para que resulte significativo en el nivel mundial, ese plan requiere una gran intensificación de la agricultura de los países en vías de desarrollo. Eso tendrá algunas consecuencias positivas, pero tendrá también efectos perversos, por ejemplo, sobre el empleo de dos mil millones de campesinos. Enseguida se ve que la importancia real de la solución "almacenamiento en la biomasa" depende de consideraciones que la superan totalmente.

Dos constataciones a través de esos ejemplos: la fascinación por el progreso técnico parece hacer desaparecer todo sentido crítico; y una excesiva inclinación a decir "no hay más que hacer esto o aquello"... pero de preferencia no donde uno vive. Los medios de comunicación se apropian rápidamente de esas utopías, a menudo con la complicidad de los grandes organismos de investigación, más que contentos de "hacer soñar" al grueso de la población. Por su parte, los políticos se deleitan con el tema. La utopía del "futuro radiante" les sirvió durante mucho tiempo como trampolín electoral. Hoy en día, en una sociedad occidental que, a pesar de los considerables avances de que goza, por ejemplo, en materia de esperanza de vida, se deja arrastrar a la ansiedad generalizada, es más bien de nuestros temores que los políticos proponen protegernos.

Entonces, frente a riesgos enormes, capaces de poner en tela de juicio nuestro modo de vida, los dirigentes políticos no encuentran nada más eficaz que prometer una salida de la crisis a través de la ciencia y de la técnica, aunque haya que esperar 50 u 80 años. Pueden permitirse presentar un cuadro alarmista de las catástrofes que nos acechan, materializando así nuestras peores pesadillas. Pero son a la vez capaces de brindar inmediatamente una respuesta conceptualmente simple, de fuerte contenido científico, lo que es garantía de seriedad. Esa respuesta les permite, trasladando a la ciencia y a los demás la solución del problema, evitar cuestionar los modos de vida actuales de sus electores...

Ésta es la verdadera cuestión. Porque aun en caso de éxito, las respuestas que brindan esas nuevas tecnologías seguirán siendo parciales y demasiado tardías. Para conjurar nuestras pesadillas, antes que nuevos encantamientos y nuevos profetas, lo que necesitamos son otras opciones de vida en sociedad: modificar desde ahora nuestros modos de vida y de consumo, lanzar programas serios para controlar el gasto de energía, en síntesis implicar a los ciudadanos y a los consumidores -todos lo somos- en una reflexión y en una acción colectiva.

Es ostensiblemente más difícil. Se lo ve perfectamente con el aumento del precio del petróleo, al cual el gobierno francés responde con una total ausencia de política para economizar energía en los transportes, con desgravaciones para las profesiones que tienen un peso electoral y con el anuncio de un aumento del 100% de la participación francesa en el ITER. Le parece más realista y más eficaz reforzar la investigación sobre la fusión -que quizás permita dentro de 80 años disminuir la presión sobre los combustibles- que incitar desde ahora y seriamente a los fabricantes de autos a producir vehículos de menor consumo, lo que son capaces de hacer perfectamente, y a los automovilistas a utilizar un poco más sus piernas o los transportes públicos.

  1. En referencia a la pérdida de valor de un yacimiento petrolífero debido a su explotación.
Autor/es Benjamin Dessus
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 67 - Enero 2005
Páginas:16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Medioambiente