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Después de Bagdad, ¿Teherán?

El desastroso balance de la ocupación estadounidense de Irak no parece afectar –al menos por ahora– la determinación de la administración Bush de proseguir con su “gran proyecto”: la remodelación de Medio Oriente 1. En ese marco, la actual consigna designa a Irán como la “nueva amenaza”. Las “actas de acusación” labradas contra Teherán son análogas –incluso idénticas– a las que hace dos años se formularon contra el régimen de Saddam Hussein: fabricación de armas de destrucción masiva, apoyo al terrorismo, vinculación con Al-Qaeda…

Efectivamente, a diferencia del antiguo régimen iraquí, Irán desarrolló un programa nuclear que probaría, junto con su eventual uso con fines militares, las intenciones bélicas de Teherán. La asesora del Consejo de Seguridad Nacional y nueva secretaria de Estado de Bush, Condoleezza Rice, previno hace tiempo que Washington haría todo lo posible para forzar a Irán a que abandone su programa nuclear. También responsables israelíes advirtieron contra ese programa que el jefe del Mossad, Meïr Dagan, calificó como "la mayor amenaza a la existencia de Israel desde su creación". Asimismo, a comienzos de 2003, antes de la invasión a Irak, el Estado Mayor israelí había insistido para que Irán fuera considerado un blanco prioritario. Ya en junio de 2002 la revista británica Jane's, especializada en cuestiones militares, anunciaba que Israel había elaborado un plan de ataque "preventivo" contra la infraestructura de investigación y desarrollo nuclear en Irán, cuya puesta en marcha dependía de la luz verde que daría Washington, pero que por el momento no fue acordada.

Hoy, el contexto cambió. Si bien el objetivo inmediato de Washington parece ser poner freno a las ambiciones nucleares de Teherán, a largo plazo el principal designio de la estrategia regional estadounidense sigue siendo el mismo que en 1979: derrocar a la República Islámica de Irán.

Desde hace un cuarto de siglo la hostilidad con respecto a Teherán, más o menos exacerbada según los períodos, es una de las constantes de la política exterior de Washington, a pesar de la sensible modificación de la actitud iraní. En efecto, desde comienzos de la década del '90 Irán aceleró la normalización de sus relaciones con su entorno regional -en especial con Arabia Saudita- y reforzó sus lazos políticos, económicos y comerciales con la Unión Europea, Rusia, China e India. Muchos especialistas pudieron constatar esos avances; por ejemplo, uno de ellos escribió: "Irán, otro de los blancos obsesivos, es un país de gran importancia estratégica pero comprometido claramente en un proceso de pacificación tanto interior como exterior" (2).

Estrategia de desestabilización 

Hecho insólito, en algunas cuestiones de política exterior la República Islámica de Irán se acercó incluso a posiciones defendidas por Estados Unidos, y no vaciló en transgredir líneas rojas antes consideradas como infranqueables. Así, en 2001 Teherán apoyó a Washington durante la guerra estadounidense contra Afganistán. Además, en 2003 Irán tuvo una actitud que podría calificarse de "cooperativa" cuando activó algunas organizaciones chiitas iraquíes para que apoyaran el proyecto estadounidense de invasión a Irak. Sin embargo, esas aperturas no modificaron de manera significativa la hostilidad anti-iraní de Estados Unidos. Durante la invasión a Irak y aun después, las principales personalidades de la corriente neoconservadora y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld multiplicaron las declaraciones que aseguraban que el "contagio democrático" se extendería por todo Irán y provocaría la caída del régimen.

Para acelerar el cumplimiento de ese plan, Estados Unidos está empeñado actualmente en completar el cerco alrededor de Irán mediante un despliegue militar en los Estados vecinos. También se esfuerza por frenar la influencia de la República Islámica fuera de sus fronteras, trabaja para lograr su aislamiento político y diplomático y conduce contra Teherán una estrategia de desestabilización directa e indirecta.

Más allá del ropaje ideológico que constituye el nuevo "mesianismo democrático", existen dos razones de peso que explican ese encarnizamiento de la administración Bush. La primera se refiere a la posición geoestratégica iraní que, gracias a su potencial humano (70 millones de habitantes) y económico, a su independencia y a su cooperación militar con Rusia y China, refuerza su status de potencia regional de mediana importancia y aparece como la última muralla contra el dominio durable de Estados Unidos sobre todo Medio Oriente. Si Irán accediese a ser potencia nuclear, se convertiría en un asociado cortejado por futuros "competidores de rango real" de Estados Unidos, según la expresión vigente en los informes del Pentágono, sea Europa, China, India o Rusia.

Por otra parte, Teherán constituye el último aliado regional de actores estatales o no estatales aun en conflicto con Israel, como Libia, Siria, el Hezbollah y algunas organizaciones de combatientes palestinos. Sin el apoyo iraní, esos actores, privados de cualquier otro sostén regional o internacional, se debilitarían frente a la superioridad militar de Israel.

El actual contexto de peligro creciente, así como la voluntad de "santuarizar" su territorio contra eventuales ataques estadounidenses o israelíes, estimula a Irán a dotarse del arma atómica. Según algunos analistas, ésta tendría una función puramente disuasiva. El ensayista estadounidense Michael Mann escribe por ejemplo: "Tales armas no son ofensivas. Todos saben que lanzar sus ojivas sobre Estados Unidos provocaría su propia destrucción. Por esa razón es absolutamente imposible que esas armas representen una amenaza para Estados Unidos. Para justificar su uso contra un Estado vecino, tampoco pueden invocarse los motivos por los que de ordinario se desatan las guerras, dado que la lluvia radioactiva afectaría a ambas partes por igual. Sin embargo, todos los países que temen a Estados Unidos o a un vecino mucho más poderoso que ellos mismos desean ardientemente adquirir armas nucleares en nombre de la legítima defensa" (3).

Para oponerse al ingreso de Teherán al club nuclear, se estableció entre Estados Unidos y la Unión Europea una convergencia estratégica que evoca aquella constituida contra Irak después de que en 1990 éste invadiera Kuwait. En ambos casos se trata de impedir el ascenso de un polo de poder musulmán implicado en el conflicto con Israel y capaz de reequilibrar de manera parcial una relación de fuerzas regional muy favorable a este último. A pesar de esa convergencia, persisten claras divergencias entre Europa y Estados Unidos acerca de los objetivos a alcanzar. Los europeos se contentarían con un abandono de las ambiciones nucleares de carácter militar y estarían dispuestos en contrapartida a normalizar más aun sus relaciones con Teherán, mientras que Estados Unidos considera que ese repliegue debería ser reforzado mediante la determinación de la "comunidad internacional" de actuar con vistas a acelerar la caída del régimen iraní.

Dos opciones se perfilan frente a las ambiciones nucleares de Irán: usar la fuerza para destruir las instalaciones nucleares o intensificar las presión diplomática para obligar a Teherán a renunciar a ellas. Respecto de la primera opción, Tel-Aviv y Washington no hubieran vacilado en destruir las instalaciones nucleares iraníes (tal como hiciera la aviación israelí en 1980, cuando bombardeó el reactor nuclear irakí de Osirak), si tal iniciativa no comportara serios riesgos. Existen dos obstáculos, de orden técnico y político-militar, que hacen poco probable el recurso a la fuerza.

El obstáculo técnico se basa en el hecho de que los iraníes desparramaron sus instalaciones, lo que disminuye las posibilidades de éxito de toda acción que apunte a destruirlas en su totalidad. En el plano político-militar, Irán no dudaría en responder a una agresión israelí o estadounidense. Ya sea desde su territorio, con sus misiles de largo alcance que apuntarían hacia el territorio israelí. Ya sea incitando a su aliado libanés, el Hezbollah, a hacer lo mismo desde el sur de Líbano, lo que abriría el camino a una regionalización de la confrontación que implicaría al menos a Líbano y Siria. Además Teherán replicaría, por intermedio de sus muchos aliados chiitas tanto en Irak como en Afganistán, contra los estadounidenses presentes en esos dos países.

Aislar al régimen 

Estas consideraciones imponen la obligación de privilegiar la vía de las presiones político-diplomáticas y económicas. No obstante, lograr aislar a Teherán privándola de aliados regionales es condición indispensable para tornarla más vulnerable a las presiones o para poder, llegado el caso, recurrir a la opción militar. Para ello Estados Unidos desarrolló una estrategia que comprende tres frentes. En primer lugar el frente sirio-libanés donde, de acuerdo con Francia, multiplican las presiones sobre Damasco. Presiones que tomaron un nuevo giro al votarse la resolución 1.559 del Consejo de Seguridad de la ONU, que demanda el retiro del ejército sirio de Líbano, el desarme del Hezbollah libanés y palestino, y el despliegue del ejército libanés a lo largo de la frontera con Israel.

Esta resolución es una suerte de mensaje codificado que ordena a Siria romper su alianza con Irán y distanciarse del Hezbollah, aliado de Teherán; de no hacerlo, Damasco se vería obligado a dejar Líbano. La resolución 1.559 tiene en primer lugar una función regional, lo que permite comprender mejor el inesperado posicionamiento de Francia en este asunto. Las fuertes divergencias franco-sirias con respecto a la cuestión libanesa, las relaciones especiales entre el presidente francés Jacques Chirac y el ex primer ministro libanés Rafic Hariri (ahora hostil a Siria) o los diferendos comerciales entre Damasco y París no pueden por sí solos justificar la actual posición de París, sin ninguna coherencia con la política francesa en Medio Oriente. Unicamente su identidad de pareceres con Washington acerca de la necesidad de destruir la alianza sirio-iraní permite encontrar un sentido a lo que hay que considerar un viraje.

El otro frente en el cual Estados Unidos actúa para frenar la influencia iraní es Irak. La guerra que desde abril de 2004 entablaron las fuerzas anglo-estadounidenses contra los partidarios del imán Muqtada Al-Sadr no se debía sólo a que estos últimos se negaban a aceptar la ocupación. Estaba motivada también por la voluntad de Estados Unidos de neutralizar una corriente fuertemente relacionada con Teherán. La actitud estadounidense con respecto a otras formaciones chiitas iraquíes como la Asamblea Superior de la Revolución Islámica y el partido Dâawa, ambos participantes del gobierno provisorio de Iyad Allawi, liga una política de cooptación de algunos sectores en su seno y de presión contra elementos considerados como pro-iraníes extremistas.

Por otra parte, el status de refugiados políticos en Irak, acordado a los 4.000 miembros de los mujaidines del pueblo iraní -clasificados por Estados Unidos como una organización "terrorista"- y las "revelaciones" de estos últimos acerca de los programas nucleares "secretos" de Teherán, testimonian un acercamiento entre Washington y esta organización, y su probable instrumentación contra la Revolución Islámica (como había sido, antes de la invasión a Irak, el Congreso Nacional Iraquí de Ahmed Chalabi).

Por último, en Afganistan, y con el pretexto de restaurar la autoridad del Estado frente a los grupos guerreros, Estados Unidos alentó a su aliado Hamid Karzai a intentar alejar al jefe histórico de los mujaidines de la región de Herat, Ismail Khan, un hombre muy cercano a Irán. Pero Teherán dispone de una extensa red de aliados entre las formaciones políticas afganas que componían la Alianza del Norte, y será muy difícil que Estados Unidos pueda reducir su influencia.

Aunque hasta ahora se evitó la confrontación directa entre Teherán y Washington, el proyecto de remodelación de Medio Oriente perseguido por la administración Bush va a chocar con los intereses de los Estados más importantes de esta región, y terminará por alcanzar a Irán. Si Estados Unidos se obstina en buscar una confrontación con Teherán, desatará un conflicto regional que podría incendiar a todo Medio Oriente.

  1. Gilbert Achcar, "Les masques de la politique américaine", Manière de voir, Nº 78, diciembre de 2004-enero de 2005.
  2. Emmanuel Todd, Après l'Empire, Gallimard, París, 2002.
  3. Michael Mann, L'Empire incohérent, Calmann Lévy, París, 2004.
Autor/es Walid Charara
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 67 - Enero 2005
Páginas:22,23
Traducción Teresa Garufi
Temas Terrorismo, Colonialismo, Política internacional
Países Estados Unidos, Irak, Irán