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Recuadros:

Una entrevista que no concluyó...

El secuestro en la capital venezolana del jefe guerrillero colombiano Rodrigo Granda ha provocado un grave entredicho entre Venezuela y Colombia, a punto tal que el gobierno de Hugo Chávez llegó a suspender las relaciones comerciales. Caracas sostiene que Granda participaba del Congreso Bolivariano de los Pueblos y no estaba solicitado por Interpol. En cualquier caso, se trata de una grave violación de su soberanía. El autor de este artículo fue testigo presencial del hecho, ya que estaba entrevistando a Granda en una cafetería de Caracas. Su testimonio.

Los colegas que cubren las noticias en la Dirección de Policía en Bogotá me dicen por teléfono que el lunes 13 de diciembre a las 10:30 (11:30 aquí, en Caracas) fueron alertados: "Estén listos que caerá un pez gordo de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) en Venezuela". Tal como consta en el expediente G652830 de la policía venezolana, desde temprano esa mañana, un agente secreto de la inteligencia colombiana espiaba a Rodrigo Granda en el lugar donde pernoctaba. También conocía en Maracay el paradero de una sobrina suya. Sin saberlo, antes de caer entre las 15:56 y las 16:01 de ese mismo día, el guerrillero tenía perdida su clandestinidad. Su nombre y apellidos estaban confirmados y era vigilado minuto tras minuto. Ese lunes, el oficio, la vida y el destino me pusieron como testigo de excepción.

 En una fracción de segundo

 Estaba frente a mí. Y tenía la palabra. De pronto, pasadas las 15:55, una emoción cruzó su rostro. "¡Cuánto hace que no te veo!", exclamó ante una llamada a su celular que lo impresionó mucho y lo retiró de la mesa con pasos rápidos. Sentado de espaldas a la puerta angosta, no común en una cafetería, no presté atención a su desplazamiento. Supuse que buscaba discreción y mejor comunicación. Los investigadores del caso conocen la fracción de segundo en la que Granda contestó: fue a las 15:56:14. Así lo vi en una lista de las llamadas que entraron a ese celular, en poder de la Dirección de Seguridad, Información y Prevención (DISIP). Y saben también el instante en que Granda cortó la conversación e intentó regresar a la mesa.

Con el rabillo del ojo lo percibí un instante de medio cuerpo, con la mirada apuntada hacia la mesa donde reposaban sus objetos: un esferográfico negro, sus hojas de notas, una cajetilla de cigarrillos y un encendedor plástico verde. Justo cuando regresaba a la mesa, otra llamada, o algo más a su espalda, lo devolvió de rumbo. Sin visión sobre la calle, a dos metros de la puerta, no escuché grito o forcejeo alguno que me hiciera voltear la cabeza. Todo sucedió sin alarma, según testimonio de una vendedora de llamadas que trabaja a pocos pasos de la cafetería. Ella lo vio salir a la acera. Recuerda que un individuo de origen colombiano lo señaló o traicionó ante los oficiales y agentes que iban tras de Granda. De inmediato, declaró la testigo, dos oficiales alertados por los demás que lo seguían, agarraron con fuerza a Granda, cada uno por un brazo. Con precisión, uno se acercó por el frente y otro por su espalda. En un segundo lo empujaron dentro de una camioneta, con placas DAE63.C, para llevarlo a la frontera.

Un plantón previo

 Nuestro encuentro no fue el inicialmente previsto. Habíamos acordado a las 13:00 horas de ese día para vernos, pero Granda no llegó. Una frustración, ya que no tenía forma de buscarlo. Después de una espera de 35 minutos, no quedaba más que retirarme. Ya distante, a las 14:15, recibí una llamada -registrada en las investigaciones- en la que Rodrigo se excusó y me pidió que a las 15:00 horas volviera al mismo sitio. Volví a alentar esperanzas de obtener respuesta para una entrevista con Raúl Reyes o Alfonso Cano [altos dirigentes de las FARC, nota de la redacción], con el objetivo de hacer el libro Revelaciones del Caguán y un reportaje sobre ellos que me solicitaron las editoriales Norma y La Oveja Negra.

Llegué a las 15:02 minutos para el nuevo encuentro. Nada más al acercarme, desde el andén observé a Granda sentado de frente, en diagonal a la puerta, en el rincón derecho de un espacio donde sólo caben dos mesas laterales. "Sí, la cita era a las 13.00", saludó. "Intenté llamarlo varias veces", dijo, y aclaró que con su teléfono tenía dificultades.

Ocho días antes, a doscientos metros de allí, habíamos hablado en una concurrida arepería que queda al doblar la esquina sur, justo a la salida del metro. En mi condición de periodista independiente, varios sectores de la vida política nacional me han buscado para intercambiar inquietudes al respecto del llamado "canje humanitario" 1. Y sobre ese tema le pregunté a Rodrigo, en la tarde del 6 de diciembre, sentados en "Doña Arepota".

Cumplidos dos años y cinco meses del actual gobierno, dije, hay un trasfondo que oculta a toda costa el alto nivel oficial y diplomático: ¡un conjunto de 21 embajadores! hizo petición al presidente Uribe para que trate el problema conforme a las normas internacionales de conflictos. Rodrigo puntualizó textualmente: "En la actual correlación militar, el comandante Marulanda [Manuel Marulanda, alias "Tirofijo", jefe máximo de las FARC, n. de la r.], determinó que no es posible un gesto más de parte nuestra. Hacerlo sería interpretado como debilidad. Ante la situación, estamos tras nuevos golpes. Y para eso, nosotros tenemos mucha, mucha paciencia...".

La frase me recordó al agente Chan Li Po, personaje de la época de las radionovelas. El hombre de la guerra continuó: "La solución del conflicto implica una agenda política, de poder, y no una simple desmovilización. Con éste o con el próximo gobierno, las FARC exigen desmilitarizar el Caquetá y el Putumayo". Granda aseguró que eso no es un capricho desmedido. Que con el ex presidente Pastrana acordaron, en caso de ruptura del diálogo, disponer de 72 horas para el retiro, pero llegado el momento y violando la palabra del Estado, sólo les dio tres. Ahora, con un poder militar y aéreo crecido del Estado, con participación directa de Estados Unidos, una nueva mesa requerirá un área de mayor extensión para las eventualidades de seguridad. Y amplió en seguida: "Para el canje (de prisioneros) con este gobierno hubo una propuesta inicial de despeje de tres áreas rurales sin casco urbano, para la llegada de cada uno de sus negociadores".

Con respecto a la Iglesia católica, reclamó que ésta cumpla un papel estricto como intermediario. Un puente en riesgo, si se convierte en vocera de propuestas gubernamentales. Granda enfatizó: "Con voceros o representantes de este gobierno, sólo hablamos en condiciones de despeje", y acotó que ante el demostrado fracaso militar de la orden presidencial de sangre y fuego para liberar retenidos, las FARC exigieron despejar por 48 horas dos cabeceras municipales en el Caquetá y que se desmilitaricen las cabeceras de Florida y de otro municipio del Valle. "Ante la negativa, creo que el canje llegó a su punto militar...", agregó.

No pregunté más.

Congreso Bolivariano de los Pueblos

 En el lobby del hotel Caracas Hilton fue donde me acerqué a Granda por primera vez, el 1° de diciembre. Por los bordes, sin portar credencial, se movía sin ínfulas entre los densos corrillos del Encuentro Mundial de Intelectuales, con cerca de 600 participantes. Alguien con acento brasileño o portugués portaba la revista Resistencia, de las FARC. Me indicó que la obtuvo de uno de sus miembros internacionales "que andaba por ahí". Así pude verlo y presentarme. Anotó mi teléfono y quedó de llamar. Al día siguiente, como es costumbre de los periodistas presionar, inquirí: ¿por qué no me llamó? Él accedió entonces a un encuentro el día 6, que ya mencioné y que dejó pendiente la aceptación o no de una entrevista con Raúl Reyes. Tres días después volví a tenerlo en el lobby del hotel Residencias Anauco, donde coincidía todo aquel que participara o que buscara a los participantes en el Segundo Congreso Bolivariano de los Pueblos. Ahí acordamos que el lunes 13 nos veríamos. No antes -como le solicité- porque debía ausentarme el fin de semana.

En la Razzeti [donde se produjo el secuestro, n. de la r.] introduje el tema de la situación política y sus variantes electorales: reelección de Uribe; disidencia liberal casi imposible de Horacio Serpa -debilitado ante la alta votación de congresistas a favor de la reelección-; el veto de la clase política a Luis Eduardo Garzón por su arrastre de opinión y el sorpresivo liderazgo de Carlos Gaviria. Fueron cuatro apellidos que él anotó en letra pequeña. Tal vez para responderme luego. Mas de inmediato quería saber mi opinión sobre las conclusiones del Congreso Bolivariano.

Admití su afán. Valoré que en relación con Colombia, el evento mencionó en forma expresa la presencia de bases militares de Estados Unidos en nuestro territorio y consignó la fórmula "Bush y sus aliados", que en lenguaje indirecto incluye al Presidente colombiano. Tales referencias, en un evento cruzado por la responsabilidad del Estado, son novedosas en la posición oficial del gobierno venezolano, reticente y cuidadoso en la relación política y diplomática con su vecino. Granda dejó aflojar su desacuerdo de inmediato, ya que en su opinión, el evento quedó herido; limitó la expresión de los colombianos y no dio justa importancia a una caracterización certera del presidente Uribe y del conflicto. Expresó -para mi sorpresa- que en una de las reuniones tuvo que exigir su derecho a entrar, ante la indicación de la diputada del Movimiento V República de Venezuela, Marelys Pérez, de que no podía hacerlo. Rodrigo le replicó que no tenían que pedir permiso a nadie para asistir y ser bolivarianos.

Así pues, a las 16:00 ó 16:01 del lunes 13 de diciembre, por última vez, tuve su cara de reojo. Hoy los investigadores venezolanos averiguan con el retrato hablado (identikit) del colombiano que lo señaló. Saben el segundo exacto en que Rodrigo colgó el teléfono con ese alguien del "¡Cuánto hace que no te veo!", que sin querer lo paró de la mesa. Porque ahora saben que dos minutos después, Rodrigo ya no pudo contestar al mismo número. Como no pudo contestar ante la insistencia de 6 intentos más. Antes de retirarme del lugar, exigí la factura. Están escritos, un hígado, un jugo, una soda y tres cafés.

Retenido como testigo

 Escribo esto el 18 de enero de 2005. Por ahora me siento extraño, sin movilidad para obtener documentos ni entrevistas como reportero, estoy bajo el favor y la exigencia de una estricta protección por parte del Ministerio Público de Venezuela. Ante las afirmaciones de las autoridades colombianas sobre el lugar del hecho, que según afirman ellos, sucedió en Cúcuta, mi testimonio es esencial. Durante mis declaraciones voluntarias ante dos fiscales y dos organismos de investigación, el afán periodístico no cesa: veo, oigo y pregunto. De este modo, se entrecruzan el testigo, el periodista de la noticia en medios comerciales, y el de información y análisis mensual independientes.

Constato así que existe el retrato hablado de un colombiano que al momento de la aprehensión ilegal en Caracas señaló o traicionó a Granda. Además, sin que las pesquisas hayan finalizado, los investigadores venezolanos de la Unidad de Delitos contra la Función Pública, del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC), con su cangrejo como distintivo, han encontrado -con casi todos los pelos y señales- que esa aprehensión fue un acto sin requisitos de la inteligencia militar y la policía colombianas, un ojo por ojo y diente por diente contra el guerrillero, con irrefutable violación del territorio venezolano y con una danza de los millones en corrupción y sobornos, estos últimos a guardias y soldados venezolanos, que tuvo autorización y conocimiento plenos del gobierno colombiano y su Alto Mando. Mentira y corrupción en la sombra. La Procuraduría, la Contraloría y la Comisión de Acusaciones de la Cámara, de oficio, tienen la palabra.

Para Venezuela, ese operativo extranjero constituye un riesgo de seguridad nacional. Lo es, que miembros de su Fuerza Armada Nacional (FAN) actúen por soborno. Hoy es contra un guerrillero extranjero; mañana, cualquier gobierno podría mandar actuar contra un dirigente de alto rango de la Revolución Bolivariana o contra un funcionario venezolano.

  1. Intercambio de rehenes de las FARC, entre quienes se encuentra la dirigente política Ingrid Betancourt, por prisioneros de la guerrilla. 

Uribe, en favor de la Chevron

Rodríguez, Omar

Se publicó con bombos y platillos en los primeros días de noviembre pasado. Se trataba, ni más ni menos, del acuerdo logrado en Cartagena por los presidentes Álvaro Uribe y Hugo Chávez: el compromiso entre Colombia y Venezuela para construir el macroproyecto de gasoducto por la Costa Atlántica y desde el Golfo de Maracaibo, con futura interconexión hacia Centroamérica. Al punto, Venezuela propuso que cada uno de los dos Estados financie por mitades el proyecto.
Como un gesto de amistad con Colombia, ofreció que Venezuela asumiría de inmediato el costo en dólares de la parte colombiana, como un anticipo de pago y compra temprana del gas colombiano que se explotará. Tal ofrecimiento no encontró eco ante la preponderancia de los intereses del gobierno Uribe. El gobierno colombiano, actuando como agente de negocios de una firma privada y transnacional, manifestó a los voceros venezolanos que reclamaba o exigía que la empresa Chevron haga parte del proyecto.
Ante esa respuesta, Venezuela contestó de inmediato: si Colombia quiere incluir a un tercer socio extranjero, el presidente Chávez exige entonces el 60% de participación y control venezolano en el monto total y en cada una de las dependencias y operaciones del gasoducto. Con la experiencia de un sabotaje petrolero en la petrolera estatal venezolana PDVSA, que duró 62 días, las autoridades no quieren que la situación tenga un mínimo riesgo de repetirse.


Autor/es Omar Rodríguez
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 68 - Febrero 2005
Páginas:7,8
Temas Ciencias Políticas, Conflictos Armados, Geopolítica, Política internacional
Países Bolivia, Colombia, Venezuela