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El último palestino

Abu Mazen, electo el pasado 9 de enero sucesor de Yasser Arafat a la cabeza de la Autoridad Nacional Palestina con el 62,35% de los votos, es un político principista opuesto a los atentados violentos, que se propone ganar para la causa palestina a la comunidad internacional y a amplios sectores de la población israelí. Apoyado más por la fuerza de las circunstancias que por una adhesión a su persona o programa, le esperan los desafíos de un difícil equilibrio en la satisfacción de intereses encontrados.

Si el ascenso político de Yasser Arafat configuró el panorama palestino contemporáneo, su muerte lo transformará radicalmente. Arafat fue único en su género, y singularmente apropiado para la situación en que se encontraba su pueblo luego de la guerra de 1948: derrotado, desposeído y disperso, sin un Estado que lo defendiera, un territorio que lo albergara o una estrategia política que lo uniera. Los palestinos padecían divisiones de familia, clase y clan; estaban diseminados por toda la región y fuera de ella; explotados por los designios en conflicto de muchos y presa de las ambiciones de todos. Gracias a su historia y a su personalidad, a fuerza de carisma y astucia, seducción y prepotencia, suerte y absoluta perseverancia, Arafat llegó a representarlos a todos por igual y a erigirse en el rostro del pueblo palestino, tanto para su pueblo como para todo el mundo.

El objetivo primordial de Arafat era la unidad nacional, sin la cual consideraba que nada podía conseguirse. Fue el puente entre los palestinos de la Diáspora y los de adentro; los que fueron desposeídos en 1948 y los que fueron ocupados en 1967; los de Cisjordania y los de la Franja de Gaza; jóvenes y viejos; ricos y pobres; estafadores y trabajadores honestos; modernistas y tradicionalistas; militaristas y pacifistas; islamistas y seculares. Fue líder nacional, hombre de la tribu, patriarca, empleador, samaritano, jefe de un movimiento nacionalista secular y profundamente devoto, todo a la vez, aspirante a ser la encarnación preeminente de cada uno de esos sectores tan diferentes, aunque tuvieran posiciones opuestas. Su estilo fue criticado y menospreciado con frecuencia, pero rara vez se cuestionó su posición dominante. Ningún líder palestino tiene probabilidades de reproducir su tipo de política, casi seguramente no bajo condiciones de ocupación, e incuestionablemente no en este momento.

 Pocas palabras, muchos actos

 El hombre elegido para sucederlo es en casi todos los sentidos diferente, pero se le parece en un aspecto decisivo. Abu Mazen es, como Arafat, una rareza: una figura palestina auténticamente nacional. Pero lo es de una manera radicalmente distinta. Si Arafat alcanzó status nacional identificándose con todos y cada uno de los grupos de ciudadanos e intereses sectoriales y perteneciendo a ellos, Abu Mazen lo hizo no identificándose con ninguno. Arafat se sumergió en la política local; Abu Mazen flota sobre ella, sirviendo al movimiento nacional en su conjunto. "El Viejo", con su jactancia, gobernó por medio de una presencia física y retórica abrumadora e irresistible. Modesto y reticente, hombre de pocas palabras pero muchos actos, el nuevo Presidente construyó una carrera eludiendo el centro de la escena. Miembro fundador de Fatah, secretario general del Comité Ejecutivo de la OLP, asesor de Arafat y principal negociador entre bambalinas desde la Conferencia de Madrid en 1991 hasta los Acuerdos de Oslo en 1993, fue muchas veces influyente, rara vez visible. Hasta ahora, su único paso por la función pública fue su breve gestión como Primer Ministro en 2003. Con la muerte de Arafat, terminó la política del peso y la fuerza; ahora comienza la política del toque leve.

Arafat vivió en un mundo borgeano, donde una cosa y su contraria pueden convivir en el mismo punto en el espacio y el tiempo; donde lo que importa es el impacto del lenguaje, no el significado real de las palabras; y donde los mitos se combinan con los hechos para producir la realidad. El mundo de Abu Mazen está más arraigado en lo que es familiar y reconocido por la mayoría como el orden de las cosas. Su lenguaje es el de la variedad aceptable, más cotidiana; su realidad mucho menos animada por los fantasmas del pasado. Antes que una política de intensidad creativa y ambigua, propicia una política de racionalidad fría y clara.

 Principista y racional

 Abu Mazen es un político de convicción, lo cual equivalía a decir, hasta hace poco, no muy político. Su comportamiento rara vez es el de un intrigante; tal vez sea el mero resultado de su carácter emocional y temperamental, un rasgo que explica sus numerosos éxitos y no pocos de sus reveses. Guiado por un profundo sentido de la ética, por la repugnancia hacia la mera conveniencia política y por una fe exagerada en el poder de la razón, rara vez cede o lucha cuando es rechazado o desairado. Convencido de que la lógica y la razón están de su parte, e igualmente convencido de que la lógica y la razón son las facultades que guían a los otros, prefiere más bien esperar pacientemente hasta que a su debido tiempo la gente vea las cosas a su modo. Hay en él muy poco de manipulador, tramposo o conspirador; tal vez ésa sea la razón por la cual es tan implacable con las manipulaciones, las trampas y las conspiraciones de otros. Ésa fue la clave de los vaivenes de su relación con Arafat: como no vacilaba en disentir con "El Viejo", prefería el aislamiento a la confrontación o la concesión; como aun en su ira Arafat sabía que, a diferencia de muchos de sus colegas, las motivaciones de Abu Mazen eran sinceras y no oportunistas, rara vez perdió la confianza en él y casi siempre lo perdonó.

También Abu Mazen es un musulmán profundamente piadoso. Inspirado por el islam pero alérgico a su injerencia en la política, reza diariamente y ayuna en el Ramadán, pero no hace públicas ninguna de las dos cosas, convencido de que la religión es una cuestión de creencia privada y no de exhibición pública, mucho menos de regulación pública. En sus ahora habituales tratos con los líderes de Hamas o la Jihad Islámica, esto le da una ventaja inequívoca, ya que está convencido de no ser menos musulmán que ellos; y cuando se reúne con un político que se autodefine como islamista, él ve al político, no al islamista...

Lo que es más importante, adhiere a un núcleo duro de principios de los que no es propenso a desviarse o abjurar. En el otoño de 1999, luego de la elección de Ehud Barak como Primer Ministro de Israel, presentó a los funcionarios estadounidenses una propuesta directa para un acuerdo final: un Estado palestino dentro de las fronteras del 4 de junio de 1967; Jerusalén Este como su capital; y el reconocimiento del principio del derecho al retorno de los refugiados. Dentro de esos parámetros, y conforme a la legalidad internacional, dejó el espacio abierto para la discusión. Habría canjes menores y equitativos de tierra para tener en cuenta algunos asentamientos israelíes; disposiciones para permitir a los judíos acceso irrestricto a los Lugares Sagrados; y el derecho al retorno se implementaría de manera tal que no amenazara los intereses demográficos de Israel. Pero la aceptación previa de la propuesta básica era fundamental, pues sin ella no podía haber ni legitimidad internacional ni una paz justa. Estados Unidos e Israel ignoraron su sugerencia. Las negociaciones siguieron adelante por una especie de camino parecido a un bazar donde se asumían posturas y se hacían tratos, sin atenerse a principio esencial alguno: los porcentajes del territorio de Cisjordania que serían entregados por Israel variaban frenéticamente, al igual que la concesión propuesta de la soberanía sobre Jerusalén Este y la cantidad de refugiados palestinos que serían autorizados a volver a instalarse en Israel.

Esta forma de negociación era el anatema para Abu Mazen, quien consideraba que nada bueno saldría de ella, pensando que era contraproducente para los palestinos y, en la medida que creaba falsas expectativas en cuanto al alcance de posibles compromisos palestinos, deshonesta para los israelíes. Además, cuando en la primavera de 2000 Barak desdeñó su sugerencia de realizar negociaciones secretas entre representantes no oficiales de una y otra parte y otros funcionarios palestinos menos adecuados fueron seleccionados para llevar adelante las conversaciones, él dio un paso al costado.

Incómodo con la manera en que las negociaciones habían avanzado hasta la cumbre de Camp David, Abu Mazen se opuso categóricamente al estallido de violencia que la siguió. Para él la violencia era inútil e ilógica, equivalente a usar el arma palestina más débil para atacar el flanco más fuerte de Israel. Abu Mazen evaluaba la violencia estrictamente en términos de costo-beneficio, y mientras los costos eran altos, los beneficios eran pocos: los israelíes cerraron filas, Estados Unidos tomó partido, la comunidad internacional volvió la espalda y la Autoridad Nacional Palestina se desmoronó. Él cree, por el contrario, que el objetivo debería ser comprometerse con distintos grupos políticos israelíes, hablar en un lenguaje que Washington entienda y ganar al mundo para la causa palestina. Para lograr esos fines, los palestinos deben estabilizar la situación, restablecer la ley y el orden, frenar a todas las milicias armadas, erigir instituciones centralizadas legítimas y transparentes y, por sobre todo, terminar con los ataques armados contra Israel. En su visión, medios y fines armonizan: si los palestinos presentan bien su argumento, pueden ser bien escuchados. De la mesura palestina pueden derivar tanto un apoyo internacional más fuerte como una mayor receptividad del pueblo israelí a demandas lógicas.

Su fe en la persuasión y el principio por encima de la presión violenta es riesgosa, y para muchos palestinos temeraria. Tal como ven ellos las cosas, no fueron los palestinos los que militarizaron la confrontación, sino Israel; en las semanas iniciales de la Intifada, la abrumadora mayoría de víctimas fue palestina, no israelí; cuando se lograban ceses del fuego provisorios e informales, Israel los violaba; y si los palestinos dejaban de pelear, se desarmaban unilateralmente, eliminando toda presión para que Israel cediera. La visión diferente de Abu Mazen se sustenta en su larga experiencia con Israel. Como parte del trío de la OLP, junto con Yasser Arafat y Khalil El-Wazir (Abu Jihad 1) supervisó los contactos con los israelíes desde mediados de la década de 1970. Si bien esos contactos comenzaron con activistas anti-sionistas marginales, gradualmente llegaron a incluir a árabes-israelíes, a la izquierda sionista, a ex militares moderados y miembros del Partido Laborista. Después de los Acuerdos de Oslo, Abu Mazen amplió su alcance para incluir a fuerzas menos obvias pero, a sus ojos, más relevantes: el Likud y judíos ortodoxos. A partir de esos intercambios, llegó a la conclusión de que la sociedad israelí era curiosamente compleja en sus divisiones y a la vez conmovedoramente simple en sus aspiraciones, que son alcanzar la normalidad y la seguridad. En su opinión, si se les ofreciera ese resultado, los israelíes a la larga estarían dispuestos a hacer las concesiones indispensables para una paz estable y justa; convicción que algunos palestinos ven como el colmo de la ingenuidad y otros como el pináculo del pragmatismo.

 Un líder legitimado

 Abu Mazen, un hombre sin partidarios genuinos, ha pasado a ser un hombre sin una oposición efectiva. Esto explica en gran medida su avance fluido y sin cuestionamientos hacia el poder. Luego de cuatro años de un enfrentamiento armado agotador y devastador con Israel, y con la pérdida del único líder que conocieron, los palestinos están en un estado de shock, temerosos y cansados. Ni el pueblo ni ningún sector significativo están con ánimo de lucha; Abu Mazen, que no era la opción preferida de ningún sector, fue la opción natural de todos. Hoy, es el último palestino con estatura nacional y credenciales históricas, el único que puede hablar auténticamente en nombre de todos. Cualquier otro líder indudablemente habría desencadenado una larga, costosa y divisoria lucha por la sucesión. Su elección, en suma, fue menos un ejercicio de otorgamiento de legitimidad que de confirmación de ella.

En torno a su figura se aunaron una multitud de intereses divergentes. Los palestinos temerosos de que la muerte de Arafat generara más caos ven en Abu Mazen el símbolo tranquilizador de la seguridad personal y la estabilidad colectiva. Para los muchos que simplemente se sienten agotados por la Intifada, es el más capaz de propiciar la calma y quizás incluso algunos retornos. Para los militantes perseguidos por Israel, podría llegar a ser el que negocie una amnistía que les permita recuperar su vida normal. Los miembros de la comunidad empresaria y la elite social creen que comprende sus necesidades y puede llegar a crear un clima más propicio para sus intereses comerciales. Los miembros de la burocracia afianzada que creció junto a la Autoridad Nacional Palestina, resentidos por las pérdidas sufridas desde el levantamiento, tienen esperanzas de que Abu Mazen los devuelva a la posición que tenían después de 1993. A los refugiados palestinos y los miembros de la Diáspora, temerosos de que sus intereses sean descartados apenas se reanuden las negociaciones, sus orígenes en la ciudad de Safad, actualmente israelí, sus antecedentes en la lucha política fuera de los territorios y su largo apoyo al derecho de retorno les significan cierto alivio. Luego están los que han cerrado filas alrededor de la persona considerada como ungida por el único poder que cuenta, Estados Unidos, siendo su preferencia un reflejo de las preferencias imaginadas de otros.

Las circunstancias han dado lugar a extrañas convergencias. Con la retirada programada de Israel de la Franja de Gaza, la desconfianza entre los palestinos de Cisjordania (que temen que Gaza vaya para su lado) y los habitantes de Gaza (que temen que sus homólogos de Cisjordania frustren la retirada) ha alcanzado niveles más altos. Sin embargo, ambos bandos se han aliado a Abu Mazen, porque no les parece que favorezca a ninguno de los dos y por lo tanto es visto por ambos como inofensivo. Hubo quienes suponían que los miembros jóvenes de Fatah lo cuestionarían, pero la sucesión se produjo demasiado rápido y desafiar a la cúpula establecida de un movimiento de por sí profundamente dividido habría sido demasiado costoso. En cambio, algunos supuestos futuros líderes vieron en Abu Mazen a alguien no afiliado a una facción particular, un garante de la continuidad, y sobre todo a una figura de transición óptima durante cuyo gobierno otros podrían prepararse para asumir. Mientras tanto, los viejos leales a Arafat preocupados por sus puestos -como los integrantes del Comité Central de Fatah- se aferran a él como a un seguro contra las sospechadas ambiciones de estos advenedizos.

Por su parte, Hamas y la Jihad Islámica son perfectamente conscientes de que el programa de Abu Mazen es incompatible con el suyo, dado que rechaza la violencia y la existencia de milicias armadas. Pero ya han vivido con él y confían en que pueden volver a hacerlo. Creen conocer su modo de actuar, más propenso a cooptar que a reprimir. Convencidos de que Israel no le dará una oportunidad razonable y de que por lo tanto fracasará, pueden darse el lujo de esperar la próxima ronda gozando a la vez de un postergado respiro. En lo que se refiere a Estados Unidos, Israel, Europa y los países árabes, Abu Mazen no solamente cree en la agenda que ellos afirman promover -poner fin a los ataques armados, construir instituciones palestinas, afirmar la ley- sino que, más importante aun, es visto como el único palestino remotamente capaz de procurarla.

Entre esta amplia diversidad de grupos sectoriales locales e internacionales, los que adhieren plenamente a su visión política son pocos, y muchos los que creen que a la larga se alineará con sus propias posiciones. Pero por ahora, Abu Mazen es relativamente libre de hablar y actuar solo, más libre sin duda de lo que él mismo o la mayoría de los demás esperaban. Como fueron ellos los que se acercaron a él más que él a ellos, está sorprendentemente poco presionado por los mismísimos grupos que Arafat intentó apaciguar permanentemente y que, a su vez, intentaron atarle las manos. Todos los centros rivales de poder que pudieron existir en un momento por ahora están esencialmente dormidos, poco dispuestos a formar una oposición organizada y efectiva o incapaces de hacerlo. Tal vez lo más importante sea que logró esta posición porque, más que ningún otro líder palestino en la actualidad, sus inclinaciones políticas armonizan con las prioridades inmediatas de su pueblo: seguridad y la aspiración a una vida normal libre de miedo a los ataques israelíes y las pandillas palestinas; mejoramiento material y reanudación de la actividad económica básica; y libertad de movimiento, la posibilidad, una vez más, de circular sin constantes cortes de caminos, toques de queda y humillación. Irónicamente, los palestinos ahora aspiran a muchas de las condiciones que prevalecían antes de la Intifada, condiciones que en gran medida la desencadenaron y que a sus ojos Abu Mazen es el más capaz de restablecer.

Ariel Sharon ganó este round del conflicto palestino-israelí. Su objetivo, muy antiguo, era que los palestinos se cansaran de su lucha nacional. Provocar el empobrecimiento y la desesperación del pueblo palestino nunca fue su fin como tal, pero veía ese resultado como un requisito previo para que la atención de los palestinos se desviara de los problemas políticos hacia asuntos mundanos de interés más inmediato y cotidiano. Parece haber logrado esta ambición, un resultado que Abu Mazen predijo durante mucho tiempo, razón por la cual en cuanto comenzó la Intifada armada en 2000 de inmediato hizo un llamado para ponerle fin. El levantamiento, advirtió, perjudicaría a los palestinos más que a los israelíes; en definitiva, tendrían que volver al casillero de partida, poner fin al levantamiento y reconstruir sus vidas, sólo que más divididos, golpeados y aislados que antes.

 Una apuesta arriesgada

 El agotamiento palestino es por el momento conveniente para los fines de ambos hombres, aunque difieren profundamente en lo que piensan hacer con él. A los ojos de Sharon, constituye un excelente medio para despolitizar el movimiento nacional palestino; a los ojos de Abu Mazen, es una fase necesaria para que la nación palestina pueda repolitizarse sobre nuevas bases.

El líder palestino tiene escasas esperanzas de poder alcanzar un acuerdo amplio con Ariel Sharon. Demasiadas cosas los separan, por lo pronto la preferencia del Primer Ministro israelí por un acuerdo provisorio a largo plazo en el que los temas difíciles, como las fronteras definitivas, el status de Jerusalén y el futuro de los refugiados queden postergados indefinidamente. Con nociones tan divergentes, el período inmediato, en opinión de Abu Mazen, no será para un acuerdo bilateral sino para medidas unilaterales: Israel se retira de Gaza y del norte de Cisjordania y los palestinos ponen la casa en orden. Las negociaciones que lleven a un arreglo permanente siguen siendo su meta, pero no piensa que la otra parte esté lista todavía. Él considera que reconstruyendo las instituciones palestinas y el movimiento nacional propiamente dicho, renunciando genuinamente a la violencia, reanimando los vínculos internacionales y articulando claramente requisitos palestinos básicos e inalterables, puede prepararse o incluso acelerarse la etapa post-Sharon y que, mientras tanto, su pueblo cosechará los beneficios de una nueva tranquilidad largamente esperada.

Indudablemente se trata de una apuesta arriesgada. El apoyo a Abu Mazen es tan amplio como frágil, un reflejo de las circunstancias más que de la adhesión a su persona o programa. Posiblemente el estado actual de shock entre los palestinos cederá, su miedo disminuirá y su agotamiento llegará a su fin, momento en el cual es probable que se hagan oír demandas de índole más política, por ejemplo liberar prisioneros palestinos, frenar la construcción de asentamientos o terminar con la ocupación. A medida que pase el tiempo, las decisiones serán inevitables y también los enemigos. Algunos de los que lo apoyan ahora romperán filas fríamente; surgirá la perspectiva de una oposición organizada y efectiva y se oirán llamados a una renovada violencia. Abu Mazen tiene la esperanza de haber producido para entonces resultados tangibles en forma de estabilidad, ley y orden, mayores niveles de vida y libertad de movimientos, acumulando capital político más rápido de lo que lo gasta y compensando la pérdida de apoyo de algunos sectores con la consolidación del apoyo de otros.

Para tener éxito, Abu Mazen confía considerablemente en el apoyo de la comunidad internacional, sobre todo Estados Unidos, para obtener las mejoras materiales inmediatas de la situación palestina. Poner fin a la violencia e implementar reformas institucionales son causas en las que cree profundamente y que llevaría a cabo para el bien del pueblo palestino, sea como sea. Pero también ve un importante beneficio secundario, que es poner a prueba al presidente George W. Bush y enfrentarlo a sus propias palabras. Más de una vez, Bush ha dicho que frenar a los grupos militares y democratizar la sociedad palestina conduciría a una solución de dos Estados. Si los palestinos cumplen sus promesas, Abu Mazen supone que Estados Unidos deberá cumplir las suyas, ejerciendo presión sobre Israel para que haga las concesiones políticas que él necesita desesperadamente.

Abu Mazen también cuenta con cambios dentro de Israel, suponiendo que la situación más tranquila que él generará puede crear una presión interna a favor de un acuerdo amplio, contrario a la conformidad popular con el statu quo. Si esto se logra con suficiente rapidez, la impaciencia palestina puede manejarse y evitar así una vuelta al enfrentamiento armado. En suma, debe obtener de Israel y la comunidad internacional suficiente movimiento suficientemente pronto, no sea que los ahora cansados palestinos a la larga se cansen también de él. Ésta es, y él lo sabe, la misma estratagema que vanamente intentó durante su fracasado mandato como Primer Ministro, del 29 de abril al 7 de septiembre de 2003, aunque con tres diferencias fundamentales: Arafat no está, los palestinos están más dispuestos a darle una oportunidad a Abu Mazen e Israel y Estados Unidos han tenido tiempo para aprender de ese infortunado precedente.

También en esto es palpable la diferencia con Arafat. Mientras Abu Mazen se mantiene donde está en este momento porque el ánimo popular se halla en sintonía con él, Arafat se mantuvo donde estuvo durante tanto tiempo porque trabajó incansablemente para mantenerse en sintonía con el ánimo popular. Comprometiéndose activamente con cada sector palestino local, Arafat se aseguró de que su situación fuera impermeable a las circunstancias; permaneciendo por encima de la pelea, Abu Mazen se asegura de que su situación esté inextricablemente atada a ellas. Abu Mazen goza de un poder que es a la vez casi absoluto y más probablemente temporal. Sin la carga de tener que atender a cada sector, su margen de maniobra es asombrosamente amplio. Pero si el ánimo imperante cambia, si Estados Unidos no presiona a Israel o Israel no responde, el consenso que formó velozmente a su alrededor se evaporará con la misma rapidez.

Enfrenta dos problemas adicionales y paradójicos. Primero, como su principal activo es el crédito internacional más que la credibilidad interna, y como los palestinos están convencidos de que Estados Unidos puede conseguir de Israel lo que ellos no pueden, en definitiva se esperará más de él que de Arafat. Segundo, en la medida en que su apoyo es consecuencia principalmente del cansancio popular, cuanto más éxito tenga en mejorar la situación, más riesgo correrá de reducir su propio apoyo.

Entre los potenciales escollos, dos están a un paso. El primero es la retirada de Israel de Gaza. No es algo a lo que él pueda oponerse: Israel devuelve tierra a los palestinos y por primera vez en la historia del conflicto, deberán evacuarse asentamientos. Gaza, libre de la presencia de Israel, puede reconstruirse y servir de modelo para el resto de los territorios ocupados. Pero al mismo tiempo es algo que no puede darse el lujo de acoger con entusiasmo: muchos palestinos temen que con todas las miradas puestas en Gaza, la retirada se vea acompañada por un incremento de los bloques de asentamientos en Cisjordania, más construcciones israelíes en la zona estratégica de Jerusalén, la continuación de la construcción del muro de separación, parte de un sospechoso plan más amplio de imponer fronteras de facto a largo plazo que dividirán Cisjordania en cantones. Haciendo un balance entre estas dos consideraciones, es posible que Abu Mazen elogie la retirada de Gaza como un logro que forma parte de la Hoja de Ruta 2, manteniendo al mínimo toda coordinación con los israelíes y manteniendo el grueso de la atención internacional en Cisjordania.

El segundo escollo es una propuesta israelí de establecer un Estado palestino con fronteras provisorias en Gaza y partes de Cisjordania. Ansiosos por un logro político y obsesionados con el imperativo de la construcción de instituciones, es probable que Estados Unidos y Europa lo presionen para que él la apruebe; cabe esperar que se sumen al coro incluso algunos países árabes, desesperados por la estabilidad y por algún signo de progreso. Pero lo que para algunos es una concesión israelí, para Abu Mazen es una trampa, un intento por diluir el conflicto, despojarlo de su poder emocional, reducirlo a una disputa fronteriza simple y manejable y postergar un acuerdo amplio. Luchará por encontrar una forma de no alejar a posibles aliados internacionales importantes ni faltar a su palabra aun con su convicción profunda de que la propuesta es un ardid; aunque, a esta altura, tampoco él sabe cómo.

 Un delicado equilibrio

 El poder indudablemente lo afectará como afecta a todos los que lo prueban. Ya ha tenido que adquirir, o fingir, un gusto por la oratoria y el contacto físico por los que Arafat era famoso. En líneas más generales, su supervivencia política requerirá el tipo de difícil equilibrio que normalmente desdeñó y que generalmente dejó a Arafat: concentrarse en el mejoramiento material sin descuidar los problemas políticos; conservar la confianza israelí y estadounidense sin perder la de Hamas o la Jihad Islámica; disciplinar a las milicias armadas sin aplastarlas; prestar atención a la generación más vieja sin decepcionar a la nueva; mantener la unidad de Fatah sin que ésta lo paralice; satisfacer las exigencias estadounidenses sin dar la sensación de conformarse a todos sus deseos; poner fin a la violencia sin parecer someterse a Israel y, por supuesto, alejarse del legado de Arafat sin romper con él. Con el tiempo, el desafío fundamental será si puede reconciliar las numerosas expectativas que actualmente encarna y canalizar el respaldo un tanto tibio que recibe de grupos en general rivales hacia un apoyo activo para él y sus políticas.

Hay también toda una serie de preguntas sin respuesta. ¿Qué pasará si Abu Mazen no puede dar lo que Estados Unidos e Israel exigen, y qué pasará si Bush y Sharon no producen lo que Abu Mazen necesita? ¿Y si Abu Mazen es incapaz de llegar a un acuerdo con Hamas, la Jihad Islámica y los militantes de Fatah, o si llega a un acuerdo pero no se sostiene o se sostiene pero Israel continúa con sus ataques militares? ¿Y si el frágil consenso político que lo rodea se derrumba o si estalla una lucha interna violenta?

Durante su efímera gestión como Primer Ministro en 2003, en un tiempo en que gozaba del apoyo de Estados Unidos, la ayuda de Naciones Unidas, Europa y gran parte del mundo árabe, nos preguntábamos por qué, en medio de semejante muchedumbre, él se sentía tan solo. Actuaba entonces sin apoyo popular, con una oposición considerable y a la sombra de un padre fundador y entrometido. Un año y medio más tarde, el padre ya no está y cada sector palestino significativo ahora mira a Abu Mazen y confía en él. Se ha convertido en objeto de deseos innumerables y en muchos casos incompatibles. Protector y salvador, figura de transición y última esperanza de una generación, para algunos el mal conocido y para otros el menor de todos los males: para los palestinos, Abu Mazen ha pasado a ser todas esas cosas, todas a la vez. Lo rodea una muchedumbre, ya no está aislado. Al mirar lo que tiene por delante, a veces seguramente debe de preguntarse de dónde salieron todos sus seguidores, cuánto tiempo lo apoyarán y qué ha hecho para merecer su abundante y con frecuencia importuna compañía.

  1. Fundador con Yasser Arafat en 1959 de Fatah, Abu Jihad fue asesinado por los servicios israelíes en 1988, cuando coordinaba la primera Intifada.
  2. Adoptada el 30-4-03 por el Cuarteto (ONU, Estados Unidos, Rusia, Unión Europea), promueve la creación de un "Estado palestino independiente, democrático y viable" en 2005, sobre la base de las resoluciones de la ONU; es una creación condicionada por el fin de las violencias y el terrorismo, las reformas democráticas de la Autoridad Nacional Palestina y la retirada de Israel de los territorios palestinos vueltos a ocupar desde el 28-9-00.
Autor/es Hussein Agha, Robert Malley
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 68 - Febrero 2005
Páginas:27,28,29
Traducción Cristina Sardoy
Temas Ciencias Políticas, Armamentismo, Conflictos Armados, Política, Estado (Política), Geopolítica
Países Palestina