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La ilusoria libertad del celular…El mercado de la comunicación inalámbrica, en vertiginoso crecimiento, responde a la generación de una necesidad de contacto permanente, inscripta en la tendencia propia del neoliberalismo a la privatización de la vida. Usuarios y trabajadores móviles participan de un fenómeno que atrae por su potencial incremento de libertades, pero que lleva en germen un mayor potencial de vigilancia y de intrusión en la privacidad.Hemos "cortado el cordón", y estamos ebrios de libertad. Gracias a una miríada de adminículos que funcionan sin cable, nos comunicamos con el mundo entero mientras nos desplazamos. Los especialistas denominan "contacto permanente" a este nuevo comportamiento 1. Las formas de dependencia se multiplican y arraigan. A fines del año 2003, se habían vendido en el mundo más de 500 millones de teléfonos celulares; un tercio de la población japonesa utilizó internet en su celular; los abonados estadounidenses pasaron más de 15.000 millones de horas en su celular; los europeos enviaron 113.000 millones de SMS (Short Message Service), pero China es quien se ubica a la cabeza de esta categoría, con 220.000 millones de mensajes de texto. Al igual que otras en el pasado, la comunicación móvil es en su origen una necesidad creada por quienes controlan los medios de producción y tienen, además, un interés político en ver extenderse el individualismo. Todo se decide del lado de la oferta. QualComm, Motorola, Intel, Nokia, Sony Ericsson, Samsung, Vodafone, Hutchinson Whampoa, NTT DoCoMo, Microsoft y muchas más comercializan a escala mundial aparatos y servicios inalámbricos. Prodigiosos esfuerzos de desarrollo transforman todos los sectores y todos los nichos del mercado: insumos, redes, sistemas de explotación, software, etc. Las tecnologías inalámbricas reciben inversiones masivas, con resultados a la altura de las expectativas: el número de teléfonos celulares ya superó al de los teléfonos fijos. Y todo indica que la verdadera explosión de la telefonía inalámbrica todavía no ha llegado. Mercado sin controlLa multiplicación de los aparatos y los servicios, el marketing que la ha acompañado, acarrearon una transformación social de gran magnitud. El maravilloso mundo de la movilidad es un producto emblemático del neoliberalismo en el poder desde hace veinte años. Como éste, descansa sobre la predación y amenaza con engendrar el caos. Desarrollando sistemas incompatibles, consorcios rivales toman a los abonados como rehenes y fragmentan el mercado, haciendo difícil, cuando no imposible, la utilización de un solo aparato para hacer llamados y telecargar datos. La competencia que se desata en torno a las generaciones venideras de tecnologías móviles amenaza acrecentar estos problemas 2. Si bien a la zaga de Europa y Asia en materia de telefonía celular, Estados Unidos está "adelantado" en lo referente a desatar la competencia. La caducidad afecta a todos los niveles del mercado de los terminales. Sólo en Estados Unidos, se desechan entre 40 y 50 millones de teléfonos celulares al año 3. Modelos que se abren con pantalla de alta resolución, aparatos multicolores que parecen caramelos, frentes corredizos o fijos; la moda cambia cada seis meses y las innovaciones se multiplican: reconocimiento de la voz, máquina de fotos o filmadora incorporada, acceso a internet, etc. Según el Wall Street Journal, "Los grandes operadores como Sprint y Verizon en Estados Unidos, Vodafone en Gran Bretaña o Hutchinson en Hong Kong se disputan las últimas novedades. Sólo los aparatos más sofisticados pueden acceder a los nuevos servicios que los operadores tratan de vender a los abonados con el fin de aumentar sus ganancias" 4. El fabricante que deja pasar la nueva moda corre el riesgo de pagarlo caro. En Japón, país número uno de las tecnologías inalámbricas, la competencia feroz que enfrenta al líder del sector DoCoMo, con un recién llegado, KDDI, ahoga a los consumidores bajo un diluvio de innovaciones. Al finalizar 2004, DoCoMo extrajo el 20% de sus ganancias, esto es, 9.000 millones de dólares, de la descarga de datos efectuada por los 42 millones de usuarios del servicio de internet I-mode. ¿Qué vende I-mode? Horóscopos, juegos, y sobre todo, señales sonoras 5. Viendo las ganancias obtenidas, los operadores se atropellan para proponer esos "servicios" en todo el mundo. En Europa y Estados Unidos, el crecimiento de las aplicaciones multimedias móviles impresiona aun más porque involucra por el momento a un número relativamente modesto de usuarios. Combinada con el perfeccionamiento de los aparatos, la nueva ola de inversiones efectuadas por una multitud de proveedores de servicios redefine la función social del teléfono. Pero el desarrollo de los circuitos de telecomunicación inalámbricos depende de factores contingentes difícilmente controlables. El más importante es el acceso a grandes segmentos del espectro electromagnético, ese recurso invisible utilizado para la transmisión satelital y por la mayoría de las formas de comunicación electrónica. Esta dependencia ya es fuente de inestabilidad. En 2000 y 2001, en el punto máximo de la especulación sobre las nuevas tecnologías, algunos operadores en pánico desembolsaron sumas colosales para comprar las frecuencias rematadas por los gobiernos británico (33.000 millones de dólares), alemán (48.000 millones) y estadounidense (17.000 millones), para ser los únicos con poder para establecer la nueva generación de circuitos de alta capacidad. Las deudas contraídas por estas operaciones vinieron a agregarse a las sumas astronómicas gastadas en las compras de competidores (como la agresiva oferta pública de compra llevada adelante por Vodafone contra Mannesmann, por una suma de 181.000 millones de dólares) y provocaron el colapso de la industria de las telecomunicaciones en 2001-2002. La caída acarreó la destrucción de decenas de miles de empleos, en muchos casos en los oficios con mayor índice de sindicalización, en especial los de fabricación de equipamiento y de telefonía por cable. De allí en más, la competencia salvaje ganó todo el sector de las telecomunicaciones y alimenta una sobreproducción que impide a los operadores estabilizar los precios. Ciertos analistas, cuya preocupación va en aumento, invocan periódicamente esta pérdida de control. El desarrollo anárquico de un mercado perpetuamente saturado genera otros problemas. En Estados Unidos, la cantidad de denuncias referidas a la calidad del servicio y las prácticas de facturación de los operadores aumentan vertiginosamente 6. Las compañías más grandes facturaron suplementos disfrazados de "impuestos federales" y, según una encuesta, el 11% de los abonados constataron ya graves irregularidades en su factura 7. Por otra parte, en 2002, el 60% de los abonados había presentado denuncias al menos una vez ante el servicio al cliente 8. El año siguiente, un informe gubernamental imputaba a la sub-inversión la insuficiencia de la cobertura, la interferencia de las frecuecias y la saturación de los circuitos que interrumpen los llamados: una quinta parte de los usuarios vio interrumpirse inopinadamente más de una de cada diez comunicaciones. ¿Serán todas estas fallas el precio inevitable del progreso y sus discontinuidades? Un periodista de The New York Times estima, por ejemplo, que "la utilización de los teléfonos celulares aumentó de modo tan vertiginoso que los circuitos están constantemente sobrecargados, lo que acarrea una igualmente vertiginosa multiplicación de las protestas" 9. Pero la sobrecarga de los circuitos no es más que un síntoma. La mediocridad del servicio se explica sobre todo por el hecho de que en Estados Unidos, "los teléfonos celulares son mucho menos eficientes que sus antepasados fijos" 10. Incluso en caso de urgencia (los operadores hicieron de la seguridad uno de sus argumentos de venta), la eficiencia de la red inalámbrica es netamente inferior a la del viejo circuito por cable: despreciado por los grandes gurúes del neoliberalismo high-tech, este último fue efectivamente concebido según normas de fiabilidad muy superiores a todo lo que se hace hoy en día. En todo el mundo, el capitalismo "avanzado" enseña a las generaciones jóvenes a conformarse con un servicio apenas mediocre. La insuficiencia de los circuitos de comunicación móvil tiene un origen estructural: las repetidoras no cuentan con generadores de emergencia, problema que no existe en el circuito por cable, dado que la corriente pasa al mismo tiempo que las comunicaciones. Sobre todo, la baja inversión pone a los circuitos a merced de acontecimientos imprevistos, como pudo constatarse el 11 de septiembre de 2001. Construyendo generadores y mejorando la cobertura y la capacidad, los operadores podrían remediar estos problemas y alcanzar así el nivel de excelencia del circuito por cable estadounidense, donde el 99,99% de los llamados se realiza sin dificultad. Pero esto requeriría inversiones colosales que ningún operador puede encarar sin riesgo de quiebra. Estamos frente a la paradoja que mina al mercado de las telecomunicaciones: la competencia exacerbada que preconizan los ultras del mercado ha engendrado una enorme superproducción a nivel global y una subinversión crónica a nivel local. Los Estados son impotentes ante este fenómeno, ya que la industria de la telefonía móvil está casi totalmente desreglamentada. Es así como, después de quince años de desarrollo del mercado de la tecnología inalámbrica, la Federal Communication Commission (FCC) sigue sin establecer un nivel mínimo de calidad del servicio 11. Todo el sector se encuentra en una posición extremadamente frágil. Su caída amenazaría con acarrear la de la economía mundial. Pero la concentración en oligopolios y la subinversión no lo explican todo. ¿Qué pasa con la demanda? ¿Por qué, en menos de quince años, el número de teléfonos celulares superó al de los teléfonos fijos? Razones de una alta demandaHay quienes estiman que la explosión de la demanda deriva del subdesarrollo de los circuitos de telecomunicación en los países del Sur y en los que pertenecían al bloque soviético. Cuando, en los años '80, el sector privado empezó a invertir para modernizar esos circuitos, habría venido a satisfacer una necesidad largamente desatendida. ¿Pero por qué esa necesidad se canalizó entonces en la telefonía móvil? ¿De dónde viene esa búsqueda de movilidad perpetua? Principalmente de presiones de origen social. No hay en el ser humano ninguna necesidad innata de "contacto permanente". Algunos actores económicos deciden si tal o cual tecnología va a desarrollarse o no. No obstante, la necesidad de estar constantemente conectado es una nueva etapa de la "privatización por la movilidad" ya analizada, hace treinta años, por el gran intelectual británico Raymond Williams 12. Este movimiento se apoya en la desaparición de la producción en pequeña escala y en el desplazamiento del lugar de residencia lejos del trabajo y de quienes toman las decisiones. Según Williams, no es la consecuencia mecánica del progreso técnico, sino más bien el producto de relaciones de fuerzas que moldean la sociedad. Esta dinámica generó la urbanización de los países capitalistas, luego la extensión de las zonas suburbanas en Estados Unidos. Para hacer habitables ciertos paisajes solitarios, se necesitaban autos y estacionamientos, pero también nuevas formas de comunicación: el desarrollo de la radio y la televisión permitió concentrar la atención de millones de hogares en una fuente única de información y distracción. El crecimiento de la movilidad inalámbrica no es más que una consecuencia suplementaria de esta tendencia históricamente arraigada en las sociedades capitalistas. Es difícil liberarse de las nuevas tecnologías, así como es impensable vivir sin teléfono. Hace más de un siglo, ese milagro tecnológico permitió vincular a millones de hogares que vivían aislados unos de otros en las grandes ciudades. Hubo entonces que definir las reglas de un nuevo modo de comunicación que parecía muy práctico y agradable, pero igualmente intrusivo al punto de volverse a veces insoportable. Semejante trastocamiento cultural requirió la invención de nuevos códigos, apropiados para la conversación telefónica: cómo empezar, terminar, dejar hablar al interlocutor, etc. La generalización de este nuevo medio generó cambios profundos en las relaciones entre el domicilio y el trabajo, entre los hombres y las mujeres y entre las clases sociales. Una de las principales consecuencias de esta nueva fase de la privatización por la movilidad es la evolución de la relación entre vida privada y trabajo. Este proceso no tiene nada de simple ni de unívoco. El teléfono celular permite, por ejemplo, dedicar algunos minutos de nuestra jornada de trabajo a nuestra vida personal. Pero al mismo tiempo, permite que nuestros superiores nos "tengan" más aferrados y controlados. Los efímeros instantes de libertad que el celular ofrece vienen entonces a insertarse dentro de un dispositivo más amplio de intrusión del trabajo dentro de la esfera privada. Con sus 269 millones de abonados, China se convirtió en el mayor territorio de la telefonía móvil. Este desarrollo vertiginoso está tan vinculado a la constitución de una clase media urbana como a las grandes migraciones internas provocadas por el ingreso del país en el mercado planetario 13. Millones de personas abandonan su lugar de origen para buscar trabajo. La mayoría son sobreexplotados: según el director adjunto de la oficina china de la inspección del trabajo, "en el Delta del Río de las Perlas, sólo el 30% de la gente trabaja 8 horas por día (el tiempo de trabajo legal), y el 46% trabaja 14 horas" 14. En Estados Unidos, la jornada laboral aumentó en un 20% desde 1970, principalmente a causa de la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Para las mujeres, la entrada al mercado laboral se sumó a las tareas domésticas, cuyo monopolio conservan casi en su totalidad. El desarrollo de las telecomunicaciones móviles coincidió a menudo con esta degradación de la calidad de vida, mientras el retroceso de los servicios públicos forzaba a los hogares a hacer malabarismos permanentes y en tiempo real para cubrir las necesidades del trabajo, las compras, el cuidado de los niños y la asistencia a las personas mayores. El urbanismo exacerbado de las grandes ciudades es el terreno soñado de la privatización por la movilidad. A falta de transportes públicos de calidad, el auto cumple un papel central. En el marco de su actividad profesional, los estadounidenses realizan cada año 405 millones de desplazamientos superiores a 75 kilómetros, 80% de los cuales se hacen en auto. Si contamos, además, las compras, las visitas al médico, las salidas y los traslados diarios entre la casa y el trabajo, los estadounidenses realizan 1.100 millones de viajes por día, 87% de ellos en vehículos privados. Sólo el 9% de esos desplazamientos se realizan a pie; y el 3% en los transportes públicos, incluidos los ómnibus escolares. Cada conductor pasa en promedio una hora por día en su auto 15. Consecuencia de este grave desequilibrio (uno de cuyos precios es la obesidad): el 40% de las comunicaciones inalámbricas (o sea 400.000 millones de minutos en 2003), se realiza desde autos que conducen nuestros millones de "trabajadores móviles". Tampoco en este caso se trata de una evolución "natural". El superpoder del automóvil fue el resultado de la privatización por la movilidad que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial. El auto no es la manifestación de la marcha irresistible del progreso, sino de los desequilibrios que padecen nuestras sociedades. Las tecnologías de la movilidad no hacen más que prolongar esta tendencia irracional. La salud pública se ve seriamente perjudicada por estos cambios profundos. En 2002, los teléfonos celulares fueron responsables del 6% de los accidentes automovilísticos en Estados Unidos, lo que equivale a 2.600 muertos y 330.000 heridos 16. Varios países y dos Estados estadounidenses (Nueva York y Nueva Jersey) reaccionaron prohibiendo la utilización del celular en el auto. ¿Más libertad o más vigilancia?Al igual que el del automóvil que lo precedió, el éxito fulgurante de la telefonía móvil no tiene nada de espontáneo. Señala el intento de racionalizar un entorno cada vez más irracional, de recuperar un cierto grado de control individual dentro de una sociedad que marcha a la deriva. Utilizado para localizar a los individuos, el "contacto permanente" puede efectivamente servir como instrumento de vigilancia a un capitalismo más autoritario. La policía y las grandes empresas reciclan tecnologías militares que les permiten localizar al conjunto de la población 17. La publicidad de los operadores nos seduce con la libertad infinita de la movilidad individual, que permitiría elevarse por encima de los pesados límites del mundo antiguo. Desde hace poco, el marketing insiste en otra dimensión de ese mismo fantasma: gracias a la telefonía móvil, el individuo podría escapar de su lugar habitual dentro de la sociedad. La prensa cuenta cómo los niños se burlan de su profesor gracias al celular, cómo ciertos prisioneros montaron su evasión recurriendo a su teléfono. Escuchándolos, se diría que el celular ayuda al individuo a transgredir las normas y prácticas dominantes 18.Pero la necesidad de libertad no es la fuerza motriz de la insaciable necesidad de "contacto permanente". Por supuesto, la utilización de las tecnologías inalámbricas facilita ciertos aspectos de la vida cotidiana de los individuos y sus familias. Esta flexibilidad, sin embargo, no hace más que acentuar las desigualdades. En una sociedad donde el esparcimiento y el trabajo se distribuyen de manera desigual entre las clases, donde el alargamiento de la jornada de trabajo -en especial en Estados Unidos- el desempleo y la destrucción de los servicios públicos hacen más penosa la vida de los habitantes, éstos se vuelven hacia la comunicación móvil para intentar sobrellevar, individualmente, dificultades cotidianas tan inasibles como agobiantes. El "comercio móvil" transforma igualmente a los teléfonos celulares en instrumentos de promoción y venta. Operadores como Vodafone esperan enviar pronto "contenidos orientados a cada usuario, donde sea que se encuentre". Se tratará de información relativa al tránsito, el clima, o de actualidad y, si damos rienda suelta a los operadores, de publicidad. En Australia, los abonados de Telstra, en vías de privatización, son ya presas del marketing: marcando el número escrito en los distribuidores de Coca-Cola, pueden comprar una bebida que pagarán, al igual que el precio de la comunicación, con su próxima factura de teléfono 19. En Europa, los operadores armaron un consorcio, "Sympay", destinado a promover la utilización del celular como modo de pago utilizable en todo el continente. Dos de las más grandes discográficas, Universal y Sony, piden incluso a sus intérpretes de éxito que provean versiones cortas de sus canciones (90 segundos), para venderlas a los usuarios de teléfonos celulares 20. Así avanza el mundo lúdico y sin límites que nos promete la telecomunicación móvil.
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