Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Proyectos faraónicos… y destructores

Frente a una crisis proclamada, y a su corolario permanentemente anunciado –las guerras del agua–, suelen invocarse soluciones tecnológicas. La idea de ir a extraer el agua de donde existe y llevarla adonde se la necesita, tiene la ventaja, para los promotores de tales proyectos –habitualmente ingenieros y empresas de obras públicas– de una perentoria simplicidad. Pero esas transferencias masivas, a las que durante todo el siglo XX recurrieron numerosos países, no son inocuas: a menudo tienen un gran alcance político y un enorme impacto ambiental.

Aprovisionar a las ciudades

Una gran cantidad de aglomeraciones urbanas sólo puede satisfacer su demanda de agua gracias a transferencias masivas inter-cuencas. Pero esa problemática toma actualmente un giro diferente a causa del acelerado crecimiento de las ciudades, en particular en los países en desarrollo. Así, la población de la ciudad de México y alrededores pasó de 1,6 millones en 1940 a 13,9 millones en 1980, y a 19 millones en 2000. De esa forma, la ciudad se ve obligada a construir infraestructuras urbanas, a la vez que procura garantizar el aprovisionamiento de agua a una población en rápido crecimiento.

Agricultura intensiva

En el Oeste de Estados Unidos el agua no escasea, pero hay que movilizarla y dirigirla para irrigar espacios agrícolas cada vez más extensos, signo tangible del dominio de la naturaleza por parte de la tecnología. Así, se modificó el curso de los ríos, se los embalsó, canalizó, y concentró en grandes reservas (el lago Mead: 35.000 millones de m3 ; el lago Powell: 33.300 millones de m3, ambos sobre el Colorado), desviando luego sus aguas de forma masiva para llevarlas a las ciudades y a los campos. Por la misma época, otros proyectos igualmente faraónicos surgieron en Asia Central. Turkmenistán capta hasta 11.000 millones de m3 anuales del río Amu Daria para alimentar el canal de Karakorum que, construido durante los años 1950-1960 y mal preservado, pierde hasta el 50% de su líquido a lo largo de sus 1.100 km.

Con la construcción del acueducto de Los Angeles, en 1913, California, Arizona y Utah inauguraron la era de los grandes proyectos de transferencia de las aguas del Colorado, que provocaron el vaciamiento del lago Owens (California) y la destrucción de las comunidades locales del valle de Owens. Actualmente, el Colorado, al igual que el Syr y el Amu Daria en Asia Central, sólo llegan al mar esporádicamente, generando así brutales catástrofes ambientales, como la destrucción de los pantanos del delta del Colorado y la desaparición del mar de Aral. Este último, en 2001 había perdido el 80% del volumen que tenía en 1960. La salinidad de sus aguas se había cuadruplicado, destruyendo la mayoría de las especies vivas; las sales, los pesticidas y otros compuestos tóxicos que se depositaron en el fondo reseco -actualmente barrido por los vientos- esterilizaron centenares de kilómetros de suelo, provocando gravísimos problemas de salud a la población local (anemia, enfermedades hepáticas, contaminación de la sangre...).

Esas transferencias masivas, más que responder a una real necesidad, fueron desarrolladas sobre la base de una lógica de maximización de la producción agrícola y de dominio de la naturaleza como factor de producción.

De Canadá a Estados Unidos

Las limitaciones del medio natural comenzaron a ponerse de manifiesto en el Oeste de Estados Unidos en la década de 1960. El temor a la falta de agua, que se acentuó en 1963, cuando un fallo de la Corte Suprema de California obligó a reducir el volumen de agua captado del Colorado, llevó a los ingenieros y a los responsables políticos a pensar en transferir grandes cantidades de agua desde los ríos Columbia y Mississippi. Ante la negativa de los Estados implicados, surgió la idea de ir a extraer el agua donde existía en abundancia... en Canadá. Era la época de la ingeniería triunfante, la época en que se pensaba que la solución para responder a la demanda era necesariamente aumentar la oferta, es decir, efectuar transferencias masivas cuando los recursos locales estuvieran sobreexplotados. La opinión pública canadiense se opuso de manera frontal a semejantes proyectos, y no porque la práctica de transferencias masivas fuera desconocida en Canadá, muy al contrario. Pero la idea de ceder el control de sus recursos en agua ponía crudamente de relieve la cuestión de la soberanía canadiense frente a su poderoso vecino.

Ante la reciente reactivación de tales proyectos, quienes se oponen a ellos, tanto en Canadá como en EE.UU., ponen el acento en el aspecto no duradero de esos planes: al no modificar las costumbres de consumo, lo único que se hace es trasladar -onerosamente- el problema. Para Ottawa, es inimaginable ceder en este delicado asunto de soberanía, avalando así el despilfarro de agua que durante mucho tiempo orientó la gestión de ese elemento en Estados Unidos. En 2000 la Comisión Mixta Internacional (CMI), organismo binacional encargado de arbitrar sobre los litigios fronterizos entre Canadá y Estados Unidos, dio razón al primero, afirmando que las transferencias de agua sólo podían ser encaradas como último recurso, y a condición de que se restituyera el agua a la cuenca de origen 1.

Una competencia insensata

Existen otros proyectos de transferencia de agua, como el de Dakar. Desde hace varios años la ciudad se aprovisiona en las napas subterráneas más o menos cercanas: en 1999 el 80% del agua provenía de las napas comprendidas entre el lago de Guiers y el Cabo Verde.

Desde hace más de una década, el proyecto del canal del Cayor es un tema recurrente en el plano hidrológico. Consiste en realizar un acueducto para garantizar el suministro de agua a la capital senegalesa. Pero ese plan, que era prioritario para el Estado, fue aplazado sin fecha. La causa principal es la tensión existente entre Senegal y Mauritania sobre el reparto de las aguas del río Senegal. Las relaciones y los contactos diplomáticos entre ambos países son en general buenos, pero sufren deterioros repentinos que obedecen más a la susceptibilidad de los gobiernos que a problemas reales.

En efecto, a pesar de la sequía que afecta el Sahel desde hace treinta y cinco años, la construcción de las represas de Diama y Manantali sobre el curso del Senegal -en el marco de la Organización para la Mejora del río Senegal (OMVS, por su sigla en francés)- aportó teóricamente a esos dos países, y también a Malí, una cierta disponibilidad de agua. Pero luego de los graves motines registrados en Dakar y en Nuakchott en 1989 a raíz de un incidente fronterizo, los sucesivos gobiernos mauritanos respondieron con una violenta retórica cada vez que el gobierno senegalés presentó un proyecto para utilizar las aguas del río Senegal. Por ahora ambos países utilizan sólo una pequeña parte (20% Senegal y menos de 5% Mauritania) de los volúmenes que les atribuyó la OMVS luego de la organización hidráulica del valle 2. Sin embargo, el aspecto simbólico de la transferencia es políticamente explosivo: los habitantes de esas márgenes la perciben como una apropiación, como un robo del recurso natural.

Para garantizar el aprovisionamiento de Nuakchott se desarrolló un proyecto similar. Un canal a cielo abierto de 170 kilómetros de largo, previsto entre el río Senegal y la capital de Mauritania, debería alimentar una reserva de agua pre-tratada de 150.000 m3 y una cisterna semienterrada de 5.000 m3, con el objetivo de triplicar la producción diaria en 2020.

Financiado de manera conjunta por el Fondo Africano para el Desarrollo (FAD), Kuwait y Arabia Saudita, el proyecto incluye además una estación depuradora. Pero algunos especialistas temen que el subdimensionamiento de la red genere inundaciones con graves consecuencias sanitarias, como las que ya se produjeron (por ejemplo, rebrotes de cólera).

El caso de Libia

Con el objeto de irrigar las tierras agrícolas, Libia lanzó en 1983 un proyecto titánico para transferir las reservas de agua subterráneas existentes en su subsuelo desértico. Totalmente financiada por la renta petrolera, la construcción del Gran Río Artificial (GRA) costará unos 32.000 millones de dólares. Pero las fuentes acuíferas del sur de Libia -formadas entre 6.000 y 12.000 años antes de nuestra era, en une época en que el actual Sahara era mucho más húmedo- son abundantes, pero ya no se renuevan. La capacidad de extracción de la GRA es de 2.200 millones de m3 por año, con un costo total de producción del agua comparable, o superior, al de las plantas de desalinización. La duración de explotación se calcula en unos 50 años.

Esta política de Libia corresponde oficialmente a un interés por desarrollar el autoabastecimiento alimentario -a través del cultivo de cereales- y una cierta diversificación económica. Sin embargo, es posible interrogarse sobre la pertinencia del proyecto, pues provocar el desarrollo de un sector agroalimentario de escaso valor agregado (cereales) y muy dependiente de un recurso cuyo agotamiento ya está previsto, parece económicamente poco racional.

En realidad la política libia, como aquella desarrollada por Arabia Saudita en las décadas de 1980 y 1990 (explotación intensiva de las aguas fósiles para el cultivo del trigo en medio del desierto y su exportación al mercado mundial) parece ser más bien una herramienta política de transformación de la sociedad a través de la sedentarización de los beduinos en el caso de los sauditas, y de reducción de la dependencia alimentaria en el caso de Libia, que Trípoli percibía como un punto débil en el marco del embargo suspendido en septiembre de 2003.

  1. CMI, Análisis de las recomendaciones del informe de la CMI de febrero de 2000, agosto de 2004.
  2. Luc Descroix, "Dakar: une capitale dépendant d'approvisionnements lointains", en Les transferts d'eau massifs. Outils de développement ou instruments de pouvoir?, Presses de l'Université du Québec, en prensa.
Autor/es Frédéric Lasserre
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 69 - Marzo 2005
Páginas:20,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Tecnologías, Desarrollo, Geopolítica, Medioambiente