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El buen viejo anticlericalismo

Los libros sagrados en general han sido hechos por visionarios, paranoicos y embaucadores. La humanidad los venera y se enseñan en las iglesias y en las escuelas.
Lisandro de la Torre 1

Provando e riprovando.
Galileo Galilei

L’ostinato rigore.
Leonardo Da Vinci

 Hoy se puede entender que los verdaderos liberales se encuentren políticamente desconcertados ante el imparable recorte a las libertades individuales 2 e incluso empresariales que necesita la evolución hacia el neoliberalismo de la economía liberal. Se puede entender que los comunistas continúen políticamente anonadados por la catástrofe soviética y que los socialistas no atinen a definir si el capitalismo es reformable o los está reformando a ellos. Pero no es tan fácil comprender cómo estas corrientes, herederas directas del Renacimiento y la Ilustración, han abandonado, al menos en Argentina, el terreno en el que siempre se han movido con certeza y comodidad, aquél en el que, más allá del éxito o el fracaso en las disputas por el poder político, mayor ha sido su aporte al desarrollo de las sociedades y las instituciones modernas. Se trata del combate sistemático por la educación, entendida no sólo como el acceso de todos a la escuela y la universidad, sino también como defensa y ejercicio de la razón y denuncia de la superchería, sobre todo cuando ésta pretende erigirse en guardiana de una moral “natural”, imponer las normas de un grupo al conjunto de la sociedad y colocarse por encima de las leyes, tanto para definirlas y juzgarlas como para sustraerse a ellas.

El párrafo que encabeza este artículo no fue escrito por un energúmeno “comecuras”, sino por un ciudadano y político intachable, un apacible, democrático y cultísimo positivista decimonónico que llegó a donar terrenos de su propiedad en un pueblo santafesino fundado por él mismo para que los católicos levantaran allí su iglesia. Un día de 1937, al cabo de una conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores en la que había analizado con respeto y simpatía los infranqueables límites puestos por su propia ideología y su propia iglesia a los “cristianos sociales” –ahora “posconciliares” 3–, De la Torre se encontró con que desde la revista católica Criterio un obispo, Gustavo Franceschi, lo desafiaba a un debate. Lo que siguió fue una polémica que duró más de un mes, apasionó al país y avergonzó a la Iglesia, al punto que los artículos de Franceschi no pudieron reproducirse en el libro citado por falta de autorización.

¿Qué cosas había dicho De la Torre que enfurecieron al obispo? Por ejemplo, que “(...) es tan ilegítimo imponer creencias religiosas por la fuerza, como perseguirlas. El Estado debe ser neutral. Las teocracias fueron siempre funestas, y en cualquier parte lo es la infiltración del clericalismo en la enseñanza y también en la justicia. La revelación descalifica a la ciencia y eso no lo podemos permitir”.

El tribuno demócrata progresista (que con certeza se avergonzaría de los demoprogresistas actuales) reprochaba a la Iglesia no ya sólo los juicios a Galileo y Giordano Bruno, sino su abierto apoyo a los “rebeldes” españoles (la República enfrentaba entonces a la rebelión franquista, apoyada por la Alemania nazi y la Italia fascista) y su fariseísmo respecto a la cuestión social. Hoy, ante los furibundos ataques del Vaticano a la despenalización del aborto y al uso del condón para la prevención de la preñez y el sida; o los de la Iglesia católica argentina a la Ley de Salud Reproductiva y Procreación?Responsable aplicada por el gobierno (Vassallo, pág. 4), es realmente de lamentar la dimisión generalizada, tanto del liberalismo como de las izquierdas, frente a la necesidad de salir al cruce a la ola oscurantista.

Miedos del pasado

Hace siglos que la Iglesia católica viene oponiéndose al desarrollo científico y apoyando a regímenes reaccionarios, desde las monarquías ante la Revolución Francesa hasta todas las dictaduras en Argentina y América Latina, por no hablar de su relativamente dudosa actitud frente al régimen nazi. Que millares de católicos y muchos sacerdotes y obispos en todas las épocas y en todos los países hayan contrariado la política terrena de su propia Iglesia, muchos de ellos hasta dar la vida (sin que por cierto a la Iglesia se le moviese un pelo, como ocurrió en Argentina durante la última dictadura), y que no pocos teólogos cuestionen la doctrina, no invalida el recorrido de la institución.

Ante la evidencia histórica, una de las líneas de defensa más socorridas consiste en ubicar la cuestión en el “alto plano filosófico”, en la disyuntiva entre fe y razón, el sentido último de la religiosidad, la religiosidad como inherente a la condición humana, etc. Por necesarias, apasionantes e instructivas que resulten esas especulaciones, no es ese el punto. Después de todo, numerosos científicos de alto nivel siguen sosteniendo en nuestros días distintos tipos de fe definidos de diverso modo. La Iglesia como institución basa en efecto su poder e influencia en el sentido religioso de muchos seres humanos, cualquiera sea su sinceridad y cualquiera resulte el interés, consciente o inconsciente, detrás de la religiosidad de cada uno. Pero salvo en los primeros siglos del cristianismo, cuando aún se sustentaban ideales que hoy apoyaría cualquier progresista, la Iglesia siempre se ha constituido como poder político reaccionario: desde las amables disputas de poblado a lo Don Camilo y Peppone 4, pasando por su oposición cerrada a cualquier avance científico (porque éstos ponen en cuestión su autoridad ante la base de su poder, la feligresía), hasta las grandes guerras de religión, lo que la Iglesia disputa ante los poderes terrenales es justamente el poder. Para esto no ha vacilado nunca en mentir, conspirar, contradecirse desencadenar guerras y apoyar a los regímenes y causas más aberrantes. “Las almas sencillas aprecian en el cristianismo los sentimientos de caridad, humildad, amor, pobreza y perdón que inspira; pero no es sobre ellos que funda la Iglesia sus planes de predominio, sino más bien sobre lo que sobrecoge a los seres que temen a lo sobrenatural y a la muerte; la resurrección de los muertos, el Reino de Dios, el milagro. Y la cuestión social se involucra en ello” 5. Esto es algo que saben muy bien los curas y monjas de la “opción por los pobres”...

La modernidad, ese concepto que incorpora la noción de individuo y sus derechos; la idea volteriana de no estar de acuerdo con alguien pero disponerse a dar la vida para que ese Otro pueda expresar sus ideas, nace del “cruce entre ciencia y herejía” 6, del trabajo de aquellos que en el medioevo tardío retomaron el esfuerzo griego de razonar por sí mismos; de los que se desprendieron poco a poco, casi tan lentamente como salieron del mar los primeros organismos, de los oscuros miedos del pasado. Ellos fueron los que abandonaron la especulación abstracta fruto de la contemplación para internarse en el fatigoso, peligroso en todos los tiempos, meandro de la experiencia. Si el hombre comenzó a pensar cuando, de pie, pudo establecer comparaciones entre el estado de las cosas antes y después de que las tocaran sus manos, la voluntad de guiarse por su razón sólo comenzó a afirmarla miles de años más tarde, cuando se abrió camino en el mundo microscópico que Lucrecio había vaticinado a golpe de pura intuición poética, pero que sólo Averroes, Servet (quemado por la Inquisición calvinista) y algunos más comenzaron a explorar. Esos eran hombres que después de contemplar el cielo se abrían las venas y encontraban similitudes entre el mundo macroscópico y el microscópico. Por curiosidad de la inteligencia acabaron con los dioses, al menos con su poder total. Hasta ellos, se podía desconfiar, pero no dudar de Dios. La modernidad comienza cuando el temor que fabrica dioses empieza a ser suplantado por la noción de inmanencia y evolución, de relación naturalmente necesaria, fluido de la vida, entre los organismos, las cosas, el tiempo y el espacio. Allí cuando el hombre adquiere la certeza de su propia pequeñez, ignorancia y finitud, se convierte por fin en un individuo, liberado del terror de lo desconocido; artífice de su propio destino porque nadie está dispuesto a sufrir en la vida si ha atisbado la Nada Inminente. A comienzos del siglo XVI Leonardo dibujó un helicóptero y ¡qué importa que el hombre haya tardado varios siglos más en volar! Lo importante es que dejó de maravillarse por lo que vuela para intentar su propio vuelo.

A esa evolución se opuso sistemáticamente la Iglesia, en nombre de la fe, de su fe. Durante un debate con el cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, el filósofo Paolo Flores D’Arcais resumió el problema: “(...) una frase (...) refleja bien el pensamiento de las primeras generaciones de cristianos, un concepto que es muy claro en San Pablo: Credo quia absurdum; la fe es un escándalo para la razón. Si la fe es eso, no puede haber conflicto alguno con los no creyentes, porque una fe de ese tipo nunca tratará de imponerse; sólo exigirá que se la respete. Pero si la fe católica pretende ser el resumen y el resultado último de la razón, de lo que es más característico en el hombre (...), es inevitable que la fe caiga en la tentación de imponerse, en particular a través del brazo secular del Estado” 7.

Una vieja alianza

Es justamente lo que la Iglesia catolica ha hecho desde el fondo de los tiempos. No es necesario remitirse a las guerras o a la Inquisición. En América Latina se negó a reconocer a los gobiernos surgidos de la Independencia (Kwiatkowski, pág. 6); en la Italia de 1870 excomulgaba a los republicanos que iban a votar (ahora, más moderadamente, pregona la abstención de los católicos en el referéndum acerca de la legislación sobre la investigación en células madre, que tendrá lugar este 12 de junio); en España está llamando a los funcionarios católicos a violar la Constitución ante la promulgación de una ley que consagra el matrimonio entre homosexuales 8. No es de extrañar pues su crónica “crisis de vocaciones” y la abrumadora indiferencia de los propios católicos ante el culto y sus directivas morales. Un 78% de los argentinos se reconoce católico, pero sólo el 8% va a la iglesia una vez por semana y el 16%, una al mes 9.

Si en nuestro siglo, y a la par de los demás sectores sociales, los católicos y católicas se divorcian, hacen pareja fuera del matrimonio, fornican, abortan, fecundan in vitro y practican su homosexualidad sin complejos; si la institución se ve cuestionada en casi todas partes a causa de escándalos económicos, políticos y morales; si en definitiva la Iglesia ha perdido muy buena parte del poder de “guiar a su rebaño” (la expresión tiene miga), ¿a qué se debe que se le siga reconociendo un inmenso poder, como quedó demostrado en la casi unánime presencia de Presidentes y Jefes de Estado durante las exequias de Juan Pablo II?

La explicación más obvia es que la superstición, la ignorancia y el temor a lo desconocido siguen campeando en gran parte de la humanidad y que por lo tanto el poder de las iglesias –no sólo la católica– permanece latente, sobre todo en épocas de zozobra como la actual. Cuando el presente y el futuro se van cerrando poco a poco para las mayorías, el mundo se hace cada vez más difícil de gobernar. Y allí estaban esos monjes medievales, rodeados de los poderosos del planeta, simbolizando en ese oficio fúnebre mediático global la renovación de una antigua alianza: la del poder político y el religioso.

No es casual que sea en Estados Unidos, la única gran potencia, donde esta alianza es hoy más evidente. En casi todo el país el fundamentalismo cristiano sigue intentado eliminar la teoría de la evolución de los programas de enseñanza, con posibilidades ciertas en algunos Estados como Kansas 10. El Congreso está penetrado y literalmente asediado por el lobby cristiano, que también amplía su influencia en las fuerzas armadas y presiona contra el aborto, la homosexualidad y la investigación sobre células madre. Obediente a esos grupos, a los que pertenece y debe su elección, el presidente Bush ya ha anunciado que vetará una inminente ley sobre las células madre. Hasta la empresa Microsoft se vio “obligada” en Seattle a retirar su apoyo a un proyecto de ley del Congreso del Estado, que prohibía cualquier discriminación basada en la orientación sexual 11.

También en Rusia se afirma el poder eclesiástico: “Una exposición saqueada; afiches prohibidos; procesos; multas; presiones: obras radicales o provocadoras en el arte, la danza, el teatro o la literatura son blanco del furor de la Iglesia ortodoxa y de los movimientos nacionalistas. Los medios culturales se inquietan...” 12.

¿Qué hacer? El tema es complejo, pero parece hora de que el progresismo vuelva a transitar con fuerza la vieja senda: respetar profunda y sinceramente la fe de cada cual, pero luchar con energía en todos los terrenos contra el oscurantismo y la superchería eclesiales; sobre todo cuando las iglesias se inmiscuyen en las instituciones republicanas y en la vida de quienes no comparten sus creencias y la moral que emana de ellas. 

  1. Lisandro de la Torre, Intermedio Filosófico; La cuestión social y los cristianos sociales, Ed. Anaconda, Colegio Libre de Estudios Superiores, Buenos Aires, 1937.
  2. La guerra contra el terrorismo (en realidad por el petróleo) liderada por Estados Unidos está acabando con los progresos de “60 años de derecho internacional”. Amnesty International, Report 2005, Londres.
  3. Por el Concilio Vaticano II, celebrado a partir de 1962, en particular los adeptos a la Teología de la Liberación.
  4. Don Camillo e l'onorevole Peppone, famosa película ítalo-francesa de 1955, dirigida por Carmine Gallone, con Fernandel y Gino Cervi en los papeles protagónicos.
  5. Lisandro de la Torre, op. cit.
  6. Paolo Flores D'Arcais, El desafío oscurantista, Anagrama, Barcelona, 1994.
  7. La frase en latín significa “creo porque es absurdo”. El debate tuvo lugar el 21-9-00 en Roma. Ver “Le cardinal et l'athée”, Le Monde, París, 2-5-05. Puede leerse completo, en italiano, en la revista Micromega, Roma, 29-4-05. Por cierto, tanto en este debate como en el que sostuvo en Baviera en enero de 2004 con Jürgen Habermas, Ratzinger se reveló como un teólogo de fuste, a años luz de las paparruchadas del obispo Franceschi.
  8. Trinidad Jiménez, “La Iglesia no es un poder político”, El País, Madrid, 22-5-05.
  9. Carolina Arenes, “Cerca de Dios, lejos de la Iglesia”, Enfoques, La Nación, Buenos Aires, 8-5-05.
  10. “The evolution of creationism”, editorial, International Herald Tribune, París, 18-5-05.
  11. Corine Lesnes, “La droite chrétienne redouble d'activisme aux Etats Unis”, dossier, Le Monde, París, 22-5-05.
  12. Natalie Nougayrède, “L'Eglise tape sur les doigts des artistes en Russie”, Le Monde, París, 26-4-05.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 72 - Junio 2005
Páginas:2,3
Temas Ciencias Políticas, Neoliberalismo, Economía