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Democracia y deuda social

Si sus verdaderas intenciones son las que expresa, el gobierno argentino cometería un grave error al continuar postergando las reformas políticas, sociales y económicas estructurales que el país necesita y la sociedad reclama.

El análisis de la evolución de los asuntos mundiales y regionales indica que la deuda social reaparece como problema de magnitud en los países desarrollados y fragiliza al extremo a los gobiernos de los subdesarrollados. Las situaciones son evidentemente distintas, pero la causa es la misma: mientras las ganancias de las grandes corporaciones aumentan de manera exponencial, el salario de los trabajadores disminuye en términos reales 1, las prestaciones sociales disminuyen o desaparecen y el desempleo y la marginalidad masivas devienen estructurales. En otros términos, el sistema de producción capitalista ha ingresado de lleno en una fase en la que es capaz de producir cada vez más con menos recurso al trabajo 2. La crisis mundial de demanda que este fenómeno produce es silenciada por la mayor parte de los economistas e ignorada por políticos y medios de comunicación masivos, con lo que por el momento el problema se "resuelve" en una creciente y feroz competencia por los cada vez más reducidos mercados solventes y la absorción de centenares, miles de empresas por las grandes corporaciones, en una suerte de big bang al revés.

El proceso de fagocitación capitalista es global y en términos políticos se expresa por un deterioro cada vez mayor del sistema democrático (corrupción, inseguridad, indiferencia del electorado, polarización social, etc.) pero, básicamente, por una doble debilidad de los gobiernos: ante el poder de las grandes corporaciones y, rápidamente, ante sus propias sociedades. Esta debilidad debe entenderse de dos maneras: la primera, característica de los gobiernos de derechas, es en realidad abierta adhesión a la ideología y los intereses de las corporaciones; la segunda es propia de las socialdemocracias de los países desarrollados y de los gobiernos populistas en los demás y se caracteriza por una suerte de "digo, pero no hago", de "quiero, pero no puedo" que enmascaran la hipocresía, la falta de coraje político o la ausencia de un programa claro.

Pero ocurre que el tiempo en que gobernar abiertamente para los grandes patrones o no cumplir con lo prometido a la mayoría ciudadana no pagaba un precio político inmediato parece haberse acabado, porque cualquiera sea la "debilidad", el efecto es el mismo: inestabilidad. En la izquierda, basta seguir las tribulaciones de la socialdemocracia europea en las tres últimas décadas e incluso los avances de la extrema derecha sobre su electorado, como se vio en las últimas elecciones presidenciales en Francia. La derecha liberal europea sigue navegando en sus aguas -aunque insegura, y al menos por ahora- gracias justamente a que la socialdemocracia le ofrece la alternancia con el voto de izquierdas para gobernar con un talante más sensible a las libertades y la cultura, pero indiferente ante la evolución económica capitalista y sus efectos sociales (Robert, pág. 18).

A causa de sus obligaciones reales o supuestas como centro del sistema, es en Estados Unidos donde la derecha recurre ahora desembozadamente al engaño mediático masivo, al recorte de libertades e incluso al fraude electoral, como en la primera elección de George W. Bush. No obstante, este Presidente emblemático del tipo "gerente" de las corporaciones 3, tampoco tiene garantizada la popularidad ni (se verá en los años que le quedan de mandato) la estabilidad: después de haber ganado limpiamente su segunda elección gracias al patrioterismo de guerra, es ya "el Presidente menos popular de la historia en su segundo mandato", debido a su política económica y social 4.

¿Hace falta decir que lo que en Estados Unidos y Europa sólo genera (todavía) impopularidad y vertiginosas alternancias electorales, en los países subdesarrollados supone crisis política y social, inestabilidad permanente? Basta echar una mirada al panorama actual en América Latina: mientras en algunos países van surgiendo gobiernos fuertemente apoyados por mayorías populares que esperan un corte a las políticas neoliberales (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela), en otros la institucionalidad se quiebra y la democracia tambalea, precisamente a causa de que sus gobiernos ni siquiera han hecho el intento. El peruano Alejandro Toledo es el presidente más impopular de la región; en Nicaragua y en Bolivia trastabillan Enrique Bolaños y Carlos Mesa ante la presión popular; en Ecuador, un amplio movimiento de la clase media precipitó la destitución "a la argentina" (la economía del país está dolarizada) del coronel Lucio Gutiérrez, quien hace menos de dos años había sido electo con el 53% de los sufragios luego de una campaña electoral cuajada de promesas sociales y soberanistas. En México, por último, los dos grandes partidos tradicionales se han aliado en una mascarada legal destinada a impedir la candidatura en las próximas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática, amplio favorito en los sondeos porque sus propuestas van en el sentido de las reivindicaciones populares. Un millón de mexicanos salieron a la calle en la capital, a finales de abril, en un anticipo del clima que vivirá el país si la voluntad popular por el cambio no consigue expresarse en las urnas 5.

Todos los gobiernos latinoamericanos actualmente inestables, incluyendo el "caso aparte" que representa Colombia, tienen relaciones fluidas con Estados Unidos y sus proyectos para la región y en general siguen las instrucciones de los organismos de crédito internacionales.

Inmovilismo argentino

Estos desarrollos deberían servir de advertencia a los gobiernos que aún disfrutan de popularidad y cuentan con el apoyo ciudadano. El argentino debería abandonar el triunfalismo que parece ganarlo al cabo de una renegociación de la deuda más mediatizada que realmente exitosa (en la medida en que el país se ha comprometido a mantener un muy improbable superávit fiscal durante años y las presiones no han cedido), y prepararse para lo que realmente importa: saldar la deuda social mediante la redistribución del ingreso y encarar el crecimiento armónico de la economía expandiendo el mercado interno y reindustrializando al país, asuntos inseparables por los que muy poco ha hecho hasta ahora.

La recuperación económica que se observa desde la crisis de 2001, ciertamente positiva, no debe llamar a engaño: es producto de una brutal caída previa del PBI, de la devaluación forzada, del freno de las importaciones, de una coyuntura internacional favorable a las exportaciones tradicionales (que sin embargo, siguen representando menos de un sexto del PBI) y, lo más importante, de la brutal compresión del salario y el consiguiente aumento de la ganancia empresaria.

Por supuesto, no se trata de desaprovechar una coyuntura favorable, pero sería gravísimo sentarse sobre estos frágiles laureles. El PBI recién está en los niveles de 1999, aunque el ingreso medio de los trabajadores es un 27% inferior al de entonces 6; los costos laborales todavía están 33% por debajo de los de 2001 7; un tercio de la fuerza de trabajo está en situación de desempleo o subempleo; la participación de los asalariados en la distribución de la renta es la más baja en más de medio siglo 8 y un 50% de los asalariados -unos 2,8 millones de trabajadores- está "en negro", sin contar a los desocupados, ni al servicio doméstico, ni a los cuentapropistas sin capital, unos 1,8 millones de personas más 9. Al mismo tiempo, y a pesar del inédito superávit fiscal, el gasto público real cayó un 29%, afectando en particular a "los gastos sociales, que incluyen rubros como educación, salud y seguridad social" 10.

Lo esencial del superávit se ha destinado al pago de deudas al FMI, a pesar de lo cual este año el gobierno deberá decidir si aceptar sus tradicionales exigencias para lograr un nuevo acuerdo, "aumentar el endeudamiento público para seguir pagando (...) o entrar en default" 11.

¿No son éstos acaso los datos de un ajuste tradicional? Es cierto que el gobierno se encontró con el proceso ya en marcha, pero bien miradas las cosas, poco ha hecho, al margen de la alharaca con la deuda y el indudable alivio de los "planes Trabajar" para desviarle el rumbo. Y algunas señales del momento no indican la voluntad de hacerlo. El "cuco" de la inflación no es tal (págs. 4 y 6), pero sí lo son las presiones sociales, que no dejan de aumentar. La renegociación integral de los contratos con las empresas privatizadas -en particular energéticas- ha devenido en "cartas de entendimiento" y se les han hecho concesiones importantes, como condonar multas millonarias, autorizar aumentos de tarifas, indexaciones, etc. 12.

Este gobierno ha abandonado, si es que alguna vez la tuvo, la intención de propiciar una reforma política y fiscal, alguna forma de saneamiento de la actividad sindical y de acabar con el escandaloso negocio de las AFJP. Las prometidas obras públicas no arrancan, no se conoce la existencia de una estrategia de desarrollo industrial ni del interior del país y, en cuanto a la actividad regional, es notorio que la diplomacia argentina no es capaz de acordar su ritmo con la de Brasil, su principal socio en el Mercosur. Este último dato es crucial, porque tanto Brasil como Venezuela desarrollan una activa estrategia sur-sur como alternativa a la tradicional dependencia sur-norte, de la que Argentina aparece al margen.

La popularidad de Néstor Kirchner es merecida por las cosas que realmente ha hecho, especialmente en el campo de los derechos humanos, la reforma de la Corte Suprema y la energía con que ejerce autoridad ante sectores como los militares y la Iglesia Católica, pero su base de sustentación seguirá siendo extremadamente frágil hasta que no se decida a enfrentar el verdadero problema: la deuda social y el retroceso nacional.

  1. Katrin Bennhold, "Richer companies, poorer workers", International Herald Tribune, París, 11-4-05.
  2. Carlos Gabetta, "La ilusión del trabajo", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2004.
  3. Paul Krugman, "Living in oblivion", International Herald Tribune, París, 26-4-05.
  4. Ibid.
  5. Jean-Michel Caroit, "L'éviction du maire de Mexico (...) est lourde de menaces pour la démocratie mexicaine", Le Monde, París, 10 y 26-4-05.
  6. Daniel Muchnik, "El crecimiento y la situación social", Clarín, Buenos Aires, 25-4-05.
  7. Clarín, Buenos Aires, 23-4-05.
  8. Oscar Valdovinos, "Salarios, modificar la relación de fuerzas", Clarín, Buenos Aires, 26-4-05.
  9. Claudio Scaletta, "Efecto inflación y trabajo en negro", Página/12, Buenos Aires, 26-4-05.
  10. El gasto público aumentó entre 2001 y 2003, pero mucho menos que la inflación. Ver Ismael Bermúdez, "El gasto...", Clarín, Buenos Aires, 27-4-05.
  11. Alcadio Oña, "Brasil, un precedente...", Clarín, Buenos Aires, 16-4-05.
  12. Julieta Pesce, "Cartas marcadas", Suplemento "Cash", Página/12, Buenos Aires, 17-4-05.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 71 - Mayo 2005
Páginas:3
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Estado (Política), Socialdemocracia
Países Argentina