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Otra vez el “cuco” de la inflación

Ante la suba de precios de este año en Argentina retornan viejos fantasmas y reaparecen los augures de catástrofes. Pero ¿es un proceso inflacionario sistémico, de raíces estructurales, que se propaga y autoalimenta? ¿o se limita a un aumento ocasional circunscripto a ciertos precios? De la respuesta a estas preguntas dependen las soluciones posibles.

Existe un tipo de inflación sistémica y otro ocasional. La sistémica es un proceso autosostenido de aumento de precios que responde a presiones inflacionarias básicas; esos impulsos iniciales son expandidos por los mecanismos de propagación, que los difunden en toda la economía, y se produce así un fenómeno de retroalimentación. Entre los factores inflacionarios básicos en América Latina, varios autores han destacado la tendencia al desequilibrio de la balanza de pagos y a la devaluación de la moneda, un sistema fiscal incapaz de financiar los gastos públicos necesarios para el desarrollo o diferentes cuellos de botella en la infraestructura y la oferta agrícola 1. La existencia de "mecanismos de propagación", como son la emisión monetaria, la puja distributiva y la indexación hace que los incrementos de precios provenientes de las presiones inflacionarias básicas se potencien uno al otro y se perpetúen, agravados por la propensión a la especulación de los empresarios.

En cambio, la inflación circunstancial es un aumento de precios limitado a ciertos productos, que obedece a causas particulares. Por ejemplo, la suba de precios del petróleo determinada por el mercado mundial, puede provocar un aumento "de una sola vez" de la nafta y de ciertos insumos ligados; o un incremento de tarifas puede hacer subir algunos servicios; o el aumento de la demanda puede dar margen a alzas arbitrarias y específicas de precios. Pero ninguno de esos casos es el resultado de un proceso generalizado y acumulativo que abarque a toda la economía y, a falta de mecanismos de propagación inflacionarios activos, tampoco generan ese proceso. En rigor, el aumento circunstancial de precios ni siquiera merece el nombre de inflación, si por tal se entiende un proceso sostenido por una dinámica propia. Así vemos cómo problemas muy distintos pueden tener aspectos parecidos, ya que no toda subida de precios es señal de un proceso inflacionario en marcha.

Para describirlo, es necesario empezar por lo que no es. No se trata de un aumento de precios impulsado por el déficit fiscal (el culpable habitual de todos los entuertos para los economistas neoliberales), ya que el sector público está generando el mayor superávit de la historia reciente. Tampoco se debe a una gran expansión monetaria: informa el Banco Central que la base monetaria de marzo de 2005 era 7,6% mayor a la de un año atrás, lo que representa una tasa de crecimiento inferior a la del PIB real. Del lado del mercado cambiario tampoco se oyen ruidos que puedan despertar a la bestia inflacionista: más que a devaluarse respecto del dólar, el peso tiende a revaluarse. Menos aun pueden imputarse las subas de precios a los salarios reales, que en enero y febrero de 2005 sólo han recuperado 5 de los 20 puntos que perdieron entre fines de 2001 y de 2004 (ver Sevares, pág. 6).

En síntesis, no se perciben desequilibrios en el frente fiscal, ni en el cambiario, ni en el monetario, que puedan hacer pensar en un proceso inflacionario sistémico. Sin duda existen cuellos de botella tras décadas de baja inversión y necesidad de ajustes de algunos precios relativos (el salario real antes que nada). Pero lo que se ve hasta ahora detrás de las recientes subidas de precios no son presiones inflacionarias básicas, generalizadas y contagiosas, como ocurre durante las inflaciones sistémicas (que son procesos autosostenidos y explosivos).

Por cierto, ese tipo de inflación pudo desencadenarse en 2002, después de la devaluación, cuando el FMI presionó para dejar al peso en flotación libre. La perspectiva de nuevas devaluaciones frenaba entonces la liquidación de divisas de los exportadores, mientras existía una demanda de dólares proveniente de los depósitos del "corralito" liberados mediante amparos judiciales y una emisión monetaria para permitir a los bancos responder a esas demandas. Por suerte, la política propugnada por el FMI duró poco; se logró estabilizar el dólar y frenar la sangría de depósitos, con lo que la máquina infernal de la inflación fue desactivada. Al mismo tiempo, las retenciones a las exportaciones socializaron parte de las ganancias generadas por la devaluación y pudo fortalecerse las finanzas públicas (en lo cual también influyó la caída del salario real de los funcionarios públicos).

El factor que determina ahora la suba de algunos precios es la reactivación económica, acentuada a partir de 2004. Se salía de una prolongada recesión y frente a un importante aumento de la demanda, algunos empresarios individuales comprobaron que podían subir los precios sin que cayeran las ventas. Se les despertó entonces la "preferencia por la especulación" y procuraron aumentar sus ganancias con mayores precios en vez de mayor productividad y producción.

¿Qué corresponde hacer ante tal situación? Si el diagnóstico aquí expuesto es correcto, la política adecuada es la actual: se responde a los aumentos arbitrarios de precios apelando a la elección del consumidor (como ocurrió con Shell y Esso) y mediante la negociación entre los actores económicos y sociales. De modo que esta etapa parece cerrada con los acuerdos de precios con las cámaras empresarias, con los convenios colectivos de trabajo en trámite, con la posible suba de retenciones a los productos exportables y con la eventual utilización de la ley de abastecimientos y de defensa de la competencia. Pero así no se resuelve el problema sino que termina un incidente: detrás del tema de la inflación existen claras posiciones ideológicas y la defensa de determinados intereses.

El modelo de renta y financiero...

El neoliberalismo pone en general a la estabilidad de precios por encima de otros objetivos. Así, hoy propugna la fijación de metas de inflación (el famoso inflation targeting) como eje de la política del Banco Central, como antes recurrió a la "tablita cambiaria" de Videla-Martínez de Hoz y a la convertibilidad de Menem-Cavallo. Apenas el alza de precios amenace con situarse por encima de la "meta", habría que subir la tasa de interés, contraer la emisión, revaluar la moneda y ajustar las cuentas fiscales (por más que ya sean superavitarias).

Estas políticas tienen en común que privilegian al sector financiero por sobre el productivo. Subir la tasa de interés y apreciar el peso significa brindar más rentabilidad a las colocaciones financieras medidas en dólares: es el ABC de la "bicicleta" financiera para quien quiere traer dinero, aumentarlo sin producir y luego fugarlo al exterior. Al mismo tiempo, son afectadas la competitividad y la inversión. Asimismo, pedir más superávit fiscal primario es funcional para un modelo de pago creciente de intereses. Se incurre en contradicciones: dicen luchar contra la inflación, pero piden suprimir las retenciones a las exportaciones, pese a que ello tendría un impacto inmediato al alza de los precios de los bienes exportables; y quieren aumentar la tasa de interés y preservar el negocio de las AFJP, todo con un enorme costo fiscal. También critican las compras de dólares del Banco Central porque así emite moneda, pero al mismo tiempo requieren aumentos de las tasas de interés que atraerían todavía más dólares en la forma de capitales especulativos. Pero las contradicciones lógicas nunca hicieron retroceder a un neoliberal.

Frente al efecto recesivo que provocaría un tratamiento ortodoxo del alza de precios, los neoliberales insisten con el recorte del gasto público, lo que en buen romance quiere decir reducir salarios y jubilaciones, cortar inversiones y echar personal. Esto permitiría compensar la desaparición de las retenciones, financiar mayores pagos de intereses y absorber la emisión monetaria generada por los capitales especulativos (a menos que se deje apreciar el peso, como en los buenos tiempos de la tablita y la convertibilidad). O sea: sentar las bases de otra gigantesca transferencia regresiva del ingreso.

Tales son los rasgos esenciales de un modelo que los argentinos conocen bien, porque rigió en el decenio de 1990. Para el neoliberalismo, la homogeneidad social, el desarrollo económico y la soberanía nacional son factores extraeconómicos que no merecen consideración.

... y el modelo productivo

Pero existen varios modelos alternativos a este nuevo intento de despojo. Uno de ellos es el productivo y de consumo de masas, en el cual la estabilidad de precios es una consecuencia del desarrollo económico y no una restricción que lo impida. Es necesario ubicar a la inflación en su justo lugar y dimensión. No es el eje de una política, sino un obstáculo que debe ser controlado y disuelto.

El problema de la inflación forma parte del más amplio de los precios relativos 2, que como consecuencia de la devaluación de 2002 dejó muy atrasados a los salarios reales. Pero el tema de los precios relativos, que dependen del tipo de país al que se quiera llegar y de la posición que se les asigne a los diferentes grupos sociales, tampoco puede encararse de modo aislado. Se plantea así el meollo del problema: el modelo global al que se aspira.

¿En qué consiste el modelo productivo y de consumo de masas? Se trata de un esquema de crecimiento impulsado en gran medida por una fuerte dinámica productiva y una demanda creciente de los sectores populares. Al mismo tiempo puede emprenderse un vigoroso proceso de inversiones privadas y públicas, que cambie el panorama económico. Los recursos para la inversión pública existen, no sólo con el superávit presupuestario, sino también con la posibilidad de captar la renta de los recursos naturales: sólo la petrolera asciende a 7.500 millones de dólares, de los cuales las empresas absorben los dos tercios; habría que sumarle la agraria y la minera 3. Los recursos privados abundan con el crecimiento de la economía y el enorme porcentaje del ingreso que captan los empresarios.

Es factible aumentar la demanda en base a la combinación de un mayor nivel de empleo y de una recuperación del salario real, tanto directo como indirecto (tales como asignaciones familiares, jubilaciones, salud y educación públicas). Existe margen para una recuperación paulatina de los salarios reales, por el atraso actual y por el fuerte incremento de la productividad: el costo laboral por unidad de producto, con base en 1999 =100, fue de 55 en 2003 4.

Al mismo tiempo que se efectúa el proceso de inversión, el aumento del consumo de bienes y servicios por la mayoría de la población debe brindar una creciente demanda efectiva a las empresas domésticas. Como dinamiza la producción interna de bienes con pocos componentes importados, tiene un mayor efecto multiplicador. Desde el punto de vista de las empresas, este incremento de la demanda interna provee la oportunidad de mayores ventas, y por lo tanto más ganancias. De este modo, a nivel macroeconómico, aumentarán a la vez el consumo, la inversión y también el ahorro, a través de las ganancias empresariales no distribuidas. En este esquema no tiene por qué haber presiones inflacionarias, al menos por motivos económicos.

Los fundamentos y consecuencias de este modelo no son sólo económicos, sino también y sobre todo políticos. Así como el sistema concentrador corresponde a la hegemonía de los grupos oligárquicos, el de consumo masivo es la traducción económica del predominio político de los sectores populares organizados.

La primera obligación es sacar de la pobreza a 9,4 millones de personas, de las cuales 3,5 millones son indigentes 5. Se trata de satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda, educación y salud (aumentando empleo, salarios y servicios públicos). Al mismo tiempo que se reestructura el consumo, es indispensable un vigoroso proceso de inversiones, en especial en infraestructura. Además, debería instrumentarse una política crediticia que esté al servicio de la producción; para invertir no es indispensable un ahorro previo, sino la disponibilidad de fondos que puedan pagarse después con los ingresos generados por la misma actividad productiva. Sin una enérgica política de inversiones, el modelo carece de sustentabilidad.

Ejes de la estrategia 

Una vez decidida la estrategia, deben determinarse los ejes para su cumplimiento. Si se consideran la situación económica y social y se actúa con sentido histórico, los primeros tres ejes a considerar son la unidad nacional, la inclusión social y la reindustrialización.

El primer objetivo de la Constitución Nacional, según lo señala su Preámbulo, consiste en "constituir la unión nacional". Las mayores amenazas a esa unidad radican en el aislamiento territorial y en las desigualdades regionales. Para lo primero, es indispensable fortalecer las vinculaciones entre las provincias; el restablecimiento de los ferrocarriles (una tarea pendiente); reparación de la red vial y utilización a pleno de las hidrovías. Para lo segundo, es posible y necesario reforzar las economías regionales, que fueron afectadas de lleno por la convertibilidad, la apertura salvaje y los desfavorables precios relativos para las producciones de las provincias.

El segundo eje es la inclusión social, que puede lograrse mediante dos políticas convergentes: la de empleo y la de distribución del ingreso. Un aumento de la masa salarial provocará una expansión de la demanda que justifica más producción y mayor empleo. Otro mecanismo es el crediticio con bajas tasas de interés. Una tercera en vigencia es el Plan Jefes de Hogar y su Componente Solidario de Inserción Laboral. El otro gran instrumento estatal para generar empleo es la obra pública.

En cuanto a la distribución del ingreso, existen varios medios para hacerla más progresiva, que son entre otros: una reforma fiscal que grave más a los que más tienen; la creación de empleos y el aumento de salarios, en particular de los más bajos; la prestación correcta de servicios públicos: si toda la población tuviera acceso a servicios públicos sin fines de lucro, tales como salud, educación, cultura, vivienda y seguridad, dispondría de un importante salario indirecto.

El tercer eje es la reindustrialización. Argentina llegó a ser un país industrial, que volvió a su condición primaria de importador de manufacturas y exportador de materias primas. La reindustrialización debe promover dos tipos de empresas: unas de alta tecnología, que eleven la jerarquía del sistema productivo; y otras que abastezcan al consumo masivo, utilicen el progreso técnico y empleen más mano de obra.

El problema de la inflación aparece así como la coartada del neoliberalismo para restaurar sus programas recesivos. No es posible ignorar que existen cuellos de botella productivos, precios atrasados (el salario real), y conductas empresarias que tratan de ampliar sus márgenes en vez de ampliar sus ventas. Por cierto, esos problemas no se arreglan precipitando una recesión. La inflación sólo desaparecerá como amenaza cuando se disuelva en un modelo global que, entre otros logros, genere una fuerte dinámica productiva e instaure una sociedad de inclusión. No hay lugar para las políticas recesivas ni los automatismos de mercado, sino para la ejecución de una política económica autónoma y responsable: una oportunidad que no debe ser desaprovechada.

  1. El tema fue estudiado hace casi medio siglo por la CEPAL, con trabajos de Raúl Prebisch, Aníbal Pinto, Juan Noyola, Osvaldo Sunkel y Pedro Mendive, en los que se diferenciaba las presiones inflacionarias básicas de los mecanismos de propagación.
  2. Los temas de los precios relativos y del shock productivo han sido analizados por Néstor Lavergne, en trabajos de próxima publicación.
  3. Se trata de la renta, no del beneficio empresario. Ver dossier "Argentina camino al colapso energético", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2005.
  4. Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Costos laborales en la Argentina, 2003. Un análisis comparativo, Buenos Aires, 2004.
  5. Datos del INDEC correspondientes al segundo semestre de 2004, dados a conocer por la prensa el 16-3-05.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 71 - Mayo 2005
Páginas:4,5
Temas Desarrollo, Economía
Países Argentina