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Uruguay, todo a la izquierda

En octubre de 2004 y mayo de 2005, dos años después de la victoria de Lula en Brasil, otro país de América Latina entró en el mapa de países con gobiernos progresistas. El Encuentro Progresista-Frente Amplio de Uruguay lo hizo por la puerta grande, ya que conquistó la mayoría absoluta parlamentaria y los principales departamentos y municipios del país. Particulares exigencias de cambio de la sociedad.

La victoria del Frente Amplio (FA, una coalición de comunistas, demócratas cristianos, socialistas, ex tupamaros e independientes) es distinta a otras de la izquierda en América Latina. Obtuvo la mayoría absoluta de votos (y de escaños parlamentarios), sin hacer coalición y domina, después de las elecciones municipales de mayo último, los puestos clave: los gobiernos municipales más importantes, la mayoría del Parlamento y todo el Ejecutivo.

Conviene repasar escuetamente la historia política reciente para entender este resultado. Para empezar, recordar que el sistema político uruguayo se estabilizó como un bipartidismo clásico ya a comienzos del siglo XX y así siguió hasta el surgimiento del FA, en 1971. Hasta entonces, el Partido Nacional (PN) y el Partido Colorado (PC) acaparaban entre ambos más del 80% de los votos y una proporción similar de escaños parlamentarios.

Dada la paridad de fuerzas y la peculiar distribución territorial del país (desde la primera elección municipal, en 1926, los gobiernos departamentales en general "pertenecían" a uno y otro partido), el PN y el PC se vieron compelidos a cogobernar durante la mayor parte de la vida democrática uruguaya. De hecho, y hasta que se aprobó la Constitución de 1967, Uruguay no había consagrado el régimen presidencial y se ensayaban distintos formatos de gobierno compartido. Pero aun después de aprobada la Constitución presidencialista, en especial durante la transición democrática post-dictadura, a partir de 1985, los nacionales y colorados siguieron gobernando en coalición.

Así, la izquierda uruguaya tuvo que crecer sola, sin nadie con quien aliarse. Pero resultó claro para todos, especialmente para los dos grandes partidos, que la izquierda había llegado con la vocación de "desbancar" a blancos y colorados del poder; no para ser un socio menor de cualquiera de éstos. Esto se hizo evidente a pocos meses de creado el FA como lema partidario, cuando en su primera aparición electoral (1971), se alzó con el 18% de los votos. En 67 años, nunca una "tercera fuerza" había tenido más del 10% de los votos...

 Una victoria anunciada

 Se produjo el golpe de Estado en 1972 y la izquierda, el sindicalismo, el movimiento estudiantil y en general la sociedad civil organizada, fueron el objetivo principal de la represión. Diezmada, con presos, exiliados e "inxiliados", la izquierda creció en la diáspora y en la resistencia. En las primeras elecciones democráticas post-dictadura (1984), obtuvo un porcentaje de votación similar al que había obtenido once años atrás, en su primer ensayo electoral. Cinco años después (1989), y con la escisión de un importante grupo de la izquierda que decidió postularse como partido independiente, el FA no superó aún el 20% de los votos, pero obtuvo su primera victoria significativa: el gobierno de la ciudad de Montevideo, que conserva en las tres elecciones siguientes.

Cinco años más tarde, en 1994, la izquierda obtiene el 30,6% de los votos, un porcentaje similar al del PN (31,2%) y al del PC (32,4%). El bipartidismo uruguayo estaba exhausto: la elección de 1994 había revelado un electorado de tres tercios casi empatados, pero iba resultando cada vez más claro que la izquierda iba camino de transformarse en el partido más votado: sólo ella crecía de elección a elección; el resto perdía votos. No sorprendió entonces que en 1996 blancos y colorados votaran una reforma constitucional para establecer el ballottage  para acceder a la Presidencia. Los dos partidos tradicionales tenían claro que con las antiguas reglas (ganaba el partido más votado) la izquierda se haría con el sillón presidencial.

Y así fue. En 1999, la izquierda obtuvo el 40% de los votos y el PC, segundo más votado, sólo el 33%. En el ballottage la izquierda obtuvo el 44%, contra el 52% de la alianza de blancos y colorados. No había otros partidos importantes en escena y aquella fracción escindida de la izquierda, transformada en un cuarto partido que no llegó al 5% de los votos, acabó dividiéndose.

Pero a pesar de consagrarse como el partido más grande del sistema, el FA aún tenía problemas para expandirse fuera de Montevideo y obtener algún otro gobierno departamental. Sólo retenía el gobierno departamental de Montevideo y votaba bien en el municipio aledaño (Canelones). Entre los dos representaban el 56% del electorado, pero blancos y colorados gobernaban el resto del territorio.

Las elecciones de 2004 resultaron la crónica de una victoria anunciada. Dos años antes, ya se sabía que el FA iba a ganar: todas las encuestas de opinión lo ratificaban. Lo que no se sabía era el margen y si sería en la primera o en la segunda vuelta. La crisis uruguaya de 2002, que siguió como un efecto "bola de nieve" a la crisis argentina, no hizo sino reafirmar lo que sería una victoria segura. El FA ganó en la primera vuelta con un 50,45% de los votos emitidos, y un 51,7% de los votos válidos. La última vez que uno de los dos grandes partidos, el PC, había obtenido un porcentaje similar había sido en 1950, en pleno país de "las vacas gordas" y en la euforia de la victoria futbolística sobre Brasil en el Maracaná...

La izquierda no sólo llegó al gobierno: su crecimiento como partido alteró la lógica del sistema político, transformando profundamente las propias bases del sistema de partidos. El PC, que había gobernado prácticamente durante un siglo (el PN solo ganó tres de las diecisiete elecciones que hubo en el siglo XX), se derrumbó hasta el punto de que muchos analistas ponen en duda su propia sobrevivencia, obteniendo nada más que el 10% de los votos.

 Nuevas estrategias

 Además, la victoria del FA es diferente a la de otros gobiernos de izquierda (como el de Brasil) o centroizquierda (como el de Chile) en la región. Y no sólo por la magnitud del FA como partido, sino por su condición ideológica, que no parece una "vuelta atrás" a los viejos principios de la izquierda, sino su reafirmación. El hecho de que la fracción más votada en el FA fuesen los ex tupamaros y que el juramento de los nuevos parlamentarios fuera tomado por uno de los presos políticos más emblemáticos de la dictadura, José Mujica 1, pareció una reafirmación de las señales de identidad de la izquierda y no su negación.

Pero ésta no es, claro está, más que la fracción mayoritaria de la izquierda. Los viejos guerrilleros, los viejos y nuevos comunistas (divididos en dos fracciones diferentes, después del "colapso" del socialismo real y sus impactos sobre el Partido Comunista uruguayo), y los socialistas de siempre, disputan un espacio con las fracciones "autóctonas" del FA que crecieron en su seno y nuclean a toda clase de independientes, más de la mano de liderazgos o movimientos de opinión que de formatos partidarios estructurados. Asamblea Uruguay, la fracción del FA liderada por el actual ministro de Economía, Danilo Astori, que representa la alternativa "moderada" o "a la derecha" de la izquierda, fue la segunda alternativa más votada después del Movimiento de Participación Popular, liderado por Mujica. Debido a su buena imagen ante la opinión pública, durante la campaña electoral Astori fue anunciado como candidato a ministro de Economía, el encargado del manejo "prudente" y "responsable" de las variables macroeconómicas. El país salía de una crisis que prácticamente lo había arruinado y la sociedad no quería ningún salto al vacío en materia macroeconómica, especialmente después de la devaluación, el "corralito" y la confiscación de buena parte de los depósitos de ahorristas en los bancos privados. El FA albergaba muchas fracciones y la oposición a blancos y colorados, que lo había mantenido unido durante tanto tiempo, debía ser reforzada con otras estrategias al asumir el gobierno.

 Desafíos

 Pero después de marzo de 2005, ya en el gobierno, resultó evidente que el FA debía consolidar su victoria. Tenía la asignatura pendiente de las elecciones municipales. Parecía claro que iba a ganar por cuarta vez en Montevideo y que era el favorito en Canelones, pero ¿lograría alguna otra victoria en el interior del país? ¿O debería habérselas con un interior dominado como siempre por los partidos tradicionales?

Las elecciones municipales de mayo pasado acabaron de consolidar a la izquierda como la primera fuerza política del país: no sólo superó su propio "muro" metropolitano, sino que conquistó siete gobiernos departamentales más.

Por primera vez en la historia política del país, el escenario municipal no tuvo a blancos y colorados como protagonistas principales. Esta vez, el FA disputó al PN la mayoría de los gobiernos departamentales que retenía desde la última elección (sobre 13 en disputa ganó 10) y también al PC (sobre 5 ganó en 1). Pero además la izquierda amplió su electorado más allá de la frontera metropolitana disconforme y más allá del cinturón "moderno" que abraza al país por el sur y el litoral: llegó al interior "profundo", a departamentos como Treinta y Tres, o Florida, donde la izquierda nunca votó bien. 

El mapa de la votación municipal no evidencia asimetrías importantes con el que quedó prefigurado luego de las elecciones nacionales de octubre de 2004. En la elección nacional, el FA obtuvo diputados en todos los departamentos por primera vez en la historia política del país. Buena parte de estos diputados fueron candidatos a intendente en la elección municipal. En seis de los ocho departamentos en que triunfó en mayo, la izquierda ya había ganado en octubre. En otro de ellos sólo había tenido una diferencia de trescientos votos con el PN. Con excepción de un solo departamento (Treinta y Tres), los ganadores de octubre repitieron su hazaña en mayo. Así se confirma la teoría del efecto "arrastre" de la elección presidencial sobre la municipal, sobre todo si están tan pegadas en el tiempo (siete meses), y si el triunfo de un partido es tan rotundo como lo fue el del FA en octubre.

Pero además la "luna de miel con el gobierno" parece haber colaborado con este resultado. La popularidad del presidente Tabaré Vázquez asciende al 70% (algo que ningún Presidente tuvo, al menos desde que existen las encuestas de opinión), y los uruguayos, tradicionalmente pesimistas con relación al futuro económico del país, estrenan ahora optimismo inusual: el 77% de los entrevistados en la última encuesta de opinión conocida, cree que el gobierno del FA sera "bueno" o "muy bueno".

Con este resultado el panorama político para la izquierda en el gobierno resulta mucho más cómodo: ahora está instalada en todos lados y en los sitios que más importan: en el Ejecutivo nacional, en el Parlamento y en los gobiernos departamentales más importantes (Montevideo, Canelones, Maldonado).

Con estos resultados, los problemas que enfrentará la izquierda uruguaya son distintos de los que afectan a los partidos de izquierda que llegan al gobierno sin mayorías parlamentarias. Un primer desafío será asegurar su propia unidad, muchas veces sacudida por los desacuerdos entre los diversos sectores en relación a varios puntos clave de las políticas en implementación, y no sólo de la económica. El otro, será el de asegurar el apoyo de parte de alguno de los partidos tradicionales cuando se requiera una mayoría especial para la aprobación de ciertas leyes. El tercero, mantener sintonía con la sociedad que votó "por el cambio". Esto último no sólo será importante para que el gobierno mantenga su respaldo popular, sino también para no defraudar el recién estrenado optimismo de los uruguayos. La relación con los sindicatos, especialmente los públicos, que desde hace años demandan recuperación del salario y mejoramiento de las condiciones de trabajo de un Estado que se ha empobrecido hasta límites inverosímiles, o la relación con las organizaciones de la sociedad civil (muchas de las cuales ya han comenzado a discrepar abiertamente con actitudes del gobierno, especialmente las ambientalistas y las organizaciones de mujeres), serán claves en este contexto. La reciente actitud del presidente Vázquez en relación a la muerte del Papa, o su amenaza de vetar una ley que despenalice el aborto si ésta se vota en el Parlamento (las creencias personales del Presidente van en dirección contraria al laicismo que caracteriza a la sociedad uruguaya), muestran el tipo de problemas que se habrá de enfrentar en el futuro. En Uruguay, temas como la religión y aborto, o el salario público, dicen más sobre el "cambio" esperado que los clásicos debates macroeconómicos sobre tasas de interés o metas de superávit primario entre "ortodoxos" y "heterodoxos" de izquierdas y derechas en América Latina.

  1. María Esther Giglio, Pepe Mujica: de tupamaro a ministro, ediciones de Le Monde diplomatique, Buenos Aires, mayo de 2005.
Autor/es Constanza Moreira
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 72 - Junio 2005
Páginas:18,19
Temas Ciencias Políticas, Desarrollo, Política
Países Uruguay