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La izquierda europea en su laberinto

Cuando se debate la construcción europea, los representantes oficiales de la izquierda sostienen documentos que –como el Tratado Constitucional Europeo– poco tienen que ver con su vocación política y social. La integración europea sintetiza las contradicciones históricas, cada vez más evidentes, de una izquierda carente de un proyecto propio.

"Hubiera sido tácticamente fácil decir no, para utilizar la rabia que existe en el país. (...) Yo consideré, en nombre de una gran mayoría de socialistas, que nuestro deber era actuar de manera que mañana exista una Europa que funcione" 1. Como muchos otros representantes de la izquierda, François Hollande, primer secretario del Partido Socialista francés (PSF), considera que el imperativo de construir "Europa" implica pasar por alto (¿provisoriamente?) las reivindicaciones sociales de su electorado tradicional. Es por ese motivo, y siguiendo estrictamente las posiciones adoptadas por su partido, que llama a sus militantes a pronunciarse por un "sí socialista" al Tratado Constitucional Europeo (TCE).

Sin embargo, ese Tratado provoca -más aun que el Tratado de Maastricht en 1992- una manifiesta división, tanto en la base como en la cúpula del partido fundado por François Mitterrand: 42% de los militantes se opusieron al TCE en el referéndum interno del 1° de diciembre de 2004, al igual que ciertas figuras del partido, como el ex primer ministro Laurent Fabius, o la muy federalista Pervenche Béres. Por su lado, Marc Dolez, el único diputado socialista que votó contra la revisión constitucional previa al referéndum el 28-2-05, estimó incluso que ese Tratado "da la espalda a los valores de la izquierda". El "disenso" es también patente entre los Verdes, cuyo apoyo al tratado se obtuvo por muy escaso margen 2. Asimismo, el rechazo al TCE por el Comité Confederal Nacional de la Confederación General de Trabajadores (CGT), el 3-2-05, parece desautorizar a la dirección confederal del sindicato, que se había negado a pronunciarse. Esa negativa apuntaba sin dudas a permitir la integración de la central a la Confederación Europea de Sindicatos (CES), favorable al Tratado.

El funcionamiento a contramano en el tema Europa de una parte de la izquierda -que parece suscitar una oposición más clara que antes- se explicaría, según Pierre Bourdieu, por el hecho de que habría perdido algunas de sus "defensas inmunitarias". Esa fragilidad sería producto de una doble evolución: por una parte, su progresiva conversión al liberalismo económico en la década de 1980, y por otra, una profunda pérdida de puntos de referencia políticos que hizo de Europa -independientemente de su contenido- el reemplazo ideal para una izquierda sin proyecto.

Ese "gran salto hacia atrás" 3 -del cual la Unión Europea constituye la síntesis última- se debe a varias causas, fundamentalmente al origen sociológico de los representantes oficiales del campo progresista y a la colonización de los espacios de pensamiento y de influencia por los liberales 4. Pero, más allá de lo que en otros tiempos hubiéramos llamado "opciones de clase" de ciertos dirigentes políticos, una parte significativa del "pueblo de izquierda" se encuentra en el campo del "sí" al TCE, sin entusiasmo, pero a menudo de manera sincera. Para esas personas, Europa es un ideal prioritario que justifica concesiones, aun si éstas implican un cambio ideológico de 180 grados.

Pues hay que decir que en esa actitud hay mucho de renunciamiento. Y es que durante el siglo XX la izquierda sufrió varios "electroshocks" que la hicieron permeable a todo tipo de confusiones verbales e intelectuales. La degeneración dictatorial y el fracaso económico de la Unión Soviética; el cinismo político de ciertas figuras emblemáticas de la socialdemocracia (revelado fundamentalmente por las malversaciones vinculadas al financiamiento de los partidos); el disfuncionamiento de las experiencias tercermundistas (como la de la Argelia independiente), y la disolución de la efervescencia libertaria de la década de 1970, provocaron una profunda crisis de identidad, y hasta una depresión colectiva.

Cualquier alternativa al capitalismo o al liberalismo parece estar condenada por la Historia. En ese campo de cadáveres, Europa apareció como un ideal de reemplazo. Por otra parte, quienes desde la izquierda preconizan el "sí" (a Maastricht o al TCE) invocan más lo que Europa podría ser que lo que Europa es. A pesar de que la Unión Europea no corresponde a sus deseos, se aferran a ella, pues tienen el sentimiento de que es lo único que queda. Pero Europa es una realidad social y económica que tiene efectos sociales, económicos y políticos reales, y que se hacen sentir 5.

Toda una cultura política se fue descomponiendo progresivamente, facilitando la aceptación de Europa tal como se la está construyendo. Se confunde la integración continental con el internacionalismo obrero de antaño 6, cuando en realidad la Unión Europea se parece más a una sociedad anónima que a una expresión de la solidaridad transfronteriza de los dominados 7. Se evoca a Victor Hugo y a su llamado a crear los "Estados Unidos de Europa" sin decir que para el poeta se trataba de una Europa "republicana que se asentaría en Francia"...

La confusión es aun mayor, dado que los representantes oficiales de la izquierda se obstinan en evitar cualquier debate sobre el contenido del proyecto europeo. Así como se fue eliminando progresivamente del debate ideológico la posibilidad de otras políticas económicas, Europa fue "despolitizada": no sería ni de derechas ni de izquierdas. Cualquier discusión se transforma por lo tanto en una discusión sobre Europa a secas. Esa actitud cierra cualquier espacio a la argumentación y al razonamiento políticos, e impide imaginar otra concepción de la integración continental. "No respeto a los partidarios del ‘no' que dicen ser pro-europeos", se anima a afirmar Michel Rocard, ex Primer ministro socialista 8. Sin embargo, la invocación del famoso "modelo social europeo" funciona en gran medida como un hechizo, sin contar con que su contenido genera divisiones. Así, Philippe Herzog, ex diputado europeo comunista, a la vez que reconoce que la definición que dan los tratados "tiende hacia el blairismo", estima que la idea de imponer un "programa de convergencia social" a la Unión Europea, como lo pensaron los socialistas franceses, significaría para ellos "quedar fuera de juego" 9.

Divisiones históricas

Sin embargo, las divergencias que se manifiestan en el seno de la izquierda no deberían sorprender. Al contrario, es la unanimidad "europeísta" de izquierda registrada en los últimos veinte años lo que debería asombrar. Porque la definición de una Europa progresista siempre generó divisiones. En primer lugar, la pertinencia misma de un escalafón europeo no resultaba evidente a una izquierda sobre todo internacionalista. A pesar de los conflictos mortíferos que asolaban regularmente el Viejo Continente, Europa sólo emergió en su imaginario de manera lenta y a través de las elites. La toma de posición de ciertos intelectuales y artistas progresistas como Victor Hugo o Stefan Zweig, fueron durante mucho tiempo confidenciales. Karl Marx incluso fue contrario a la Liga Internacional para la Paz y la Libertad 10, que en 1869 publicó un manifiesto en favor de los Estados Unidos de Europa. El filósofo veía en ella a una rival de la Internacional Socialista.

El ideal europeo -asociado al de la fraternidad popular- tuvo influencia en los movimientos revolucionarios de 1848 11, pero su aplicación concreta fue siempre problemática. Desde un principio, los proyectos fueron fundamentalmente económicos y generaron desconfianza en la izquierda. Entre las dos guerras mundiales, desde el francés Louis Loucheur -industrial que llegó a ser ministro de Industria de Georges Clemenceau- hasta Emile Mayrisch -empresario de la siderurgia luxemburguesa- proponían la formación de cartels y de acuerdos en el ámbito del acero y del carbón 12. En un discurso ante la Sociedad de Naciones (SDN), el 5 de septiembre de 1929, el canciller francés Aristide Briand, propuso crear una asociación cuya actividad debía centrarse "sobre todo en el campo económico", a la que llamó Unión Europea. Consistía básicamente en un desarme aduanero acompañado de "una suerte de vinculación federal" 13. Apoyado por los radicales, el proyecto chocó con el escepticismo de Leon Blum -europeo convencido- y del Partido Socialista SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), ambos hostiles a abandonar porciones de soberanía e inquietos ante la posibilidad de un eventual puenteo de la SDN. El apoyo de los medios patronales a esas propuestas, en un contexto de crisis económica, asustaba a los sindicalistas y a los partidos de izquierda, que las consideraban una trampa al servicio de la racionalización internacional del capital.

Luego de 1945, la formación de una entidad europea se inspiró nuevamente en la preservación de la paz, y numerosas personalidades de izquierda, marcadas por la guerra y la resistencia, participaron en el Congreso Federalista de La Haya en mayo de 1948 14. Sin embargo, esa idea no logró consenso, sobre todo porque volvía a surgir en el marco de la Guerra Fría y bajo el paraguas estadounidense. En 1954, la ratificación del tratado de creación de la Comunidad Europea de Defensa (CED) provocó una intensa disputa. El Partido Comunista Francés lo consideró un mecanismo bélico antisoviético, mientras que la sumisión del futuro ejército "europeo" a la Alianza Atlántica y las transferencias de soberanía dividieron tanto a los representantes de la izquierda como de la derecha. Durante el debate parlamentario, 53 socialistas votaron a favor de la CED, y 50 en contra...

En 1957, el socialista Guy Mollet, presidente del Consejo, dio su apoyo a la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE). Los seis Estados fundadores eran todos Estados de bienestar, y el naciente mercado común parecía estar dotado de normas que evitarían los desbordes. Sin embargo, los comunistas y algunos radicales, entre ellos Pierre Mendès-France, votaron contra la ratificación del Tratado de Roma.

En el contexto ideológico de la década de 1980, la construcción europea estuvo cada vez más vinculada al liberalismo económico. La incapacidad para definir una Europa progresista fue ocultada por una suerte de dogmatismo que se apoyaba en buenos sentimientos. Como no se hacía más política, se daban lecciones de moral. A semejanza del primer ministro británico Anthony Blair -que reemplazó la justicia social por sermones en los que denunciaba la pobreza- una cierta izquierda de tendencia europea mostró estar más dotada de buenos sentimientos que de buenas ideas. Así, Poul Nyrup, presidente danés del Partido Socialista Europeo, estimó que era una "exigencia moral" persuadir a la gente de la conveniencia de la política europea, y que había que abrir los mercados "velando por el respeto de los principios éticos, en beneficio de nuestros conciudadanos" 15.

Ese moralismo cubría el fatalismo asumido de una izquierda que perdió su cultura de las relaciones de fuerza y la memoria de sus luchas. La obligación de negociar entre 25 países implica fundamentalmente hacer concesiones, que (lamentablemente) van siempre en el mismo sentido. Así, el ex ministro socialista de Asuntos Europeos Pierre Moscovici, calificó el TCE de "compromiso indispensable e imperfecto" 16. Pero las negociaciones no son francas, y se ve claramente que quienes afirman que el "compromiso" es "indispensable" no son los mismos que deberán padecer esa imperfección. Pues los representantes de la izquierda olvidaron que los pueblos debieron luchar y a veces pagar un precio de sangre para obtener sus conquistas. Hoy en día, los portavoces del campo progresista parten perdedores. Las negociaciones ni siquiera comenzaron, pero ellos ya renunciaron a todo. La idea de pronunciar un "no", aunque fuera "a la inglesa" (como las reiteradas negativas a ciertos compromisos con la UE, por ejemplo a adoptar el euro), ni se les ocurre, y la de instaurar una relación de fuerza entre los gobiernos, junto a los ciudadanos y a los sindicatos, les parece inimaginable.

Los sindicatos europeos se dejaron arrastrar por la corriente del compromiso, pues la Comunidad Europea primero, y la Unión Europea después, los transformaron progresivamente en "socios". Ese papel induce un espíritu de connivencia perjudicial para la representación y la defensa de los intereses de los trabajadores. La Confederación Europea de Sindicatos (CES) encarna esa transformación de las centrales gremiales en "expertos en temas sociales" 17. Sin conexiones políticas en Bruselas, cedió a lo que Pierre Bourdieu llamó la tentación "tecnocrático-diplomática" 18. La CES ya no se sitúa en una relación de fuerzas, sino que contemporiza -en un ambiente ideológico desfavorable- con poderosas organizaciones patronales que tienen poco interés en negociar, pues ya lograron lo más importante.

Triángulo de las Bermudas 

Además, el funcionamiento de las instancias internacionales -y la UE no escapa a ese fenómeno- resulta anestesiante. Cuando se vive aislado del resto del mundo, en oficinas donde se hablan muchos idiomas, es posible experimentar sinceramente el sentimiento de participar en una gran aventura fraternal. Es fácil dejarse embriagar en ese pequeño mundo que se conforta, se coopta y se congratula lejos de los destinatarios de las decisiones que adopta. Esa actitud -ingenuidad para el politólogo Jacques Généreux 19, traición para el investigador Raoul-Marc Jennar 20- que afecta tanto a los diputados europeos como a los funcionarios de la Comisión, aumenta la distancia que los separa de las preocupaciones populares (deslocalizaciones, desempleo, etc.).

El tropismo "europeo" de la izquierda traduce una visión tecnocrática del poder 21. Estimar -como lo hace un diputado europeo Verde- que la posibilidad que el TCE brinda a los ciudadanos de redactar peticiones, que no tendrán ninguna consecuencia jurídica (artículo I-47) constituye "un avance considerable de la democracia", muestra a qué punto se ha deteriorado el ideal democrático en una parte del campo progresista 22.

Entre fracaso ideológico, connivencia social e incultura histórica, Europa se convirtió en el Triángulo de las Bermudas de la izquierda. Sus fuerzas y sus representantes desaparecen en cuerpo y alma de su territorio, uno tras otro. Sin dudas, la creciente animosidad de los partidarios del "sí" revela el temor difuso de que una eventual victoria del "no" disipe las brumas bermudianas y permita una redistribución de las cartas políticas.

  1. Le Monde, París, 6-4-05.
  2. Durante un referéndum interno realizado en febrero, los Verdes decidieron por 52,72% hacer campaña por el sí (41,98% por el no, 5,30% de abstenciones).
  3. Serge Halimi, Le Grand bond en arrière, Fayard, París, 2004.
  4. Anne-Cécile Robert, "Vive la crise politique", Le Monde diplomatique, París, junio de 2002.
  5. Georges Sarre, L'Europe contre la gauche, Eyrolles, París, 2005.
  6. André Bellon, Pourquoi je ne suis pas altermondialiste. Eloge de l'antimondialisme, Mille et une nuits, París, 2005.
  7. Bernard Cassen, "A Lisbonne, naissance de l'Europe S.A.", Manière de voir N° 61, París, enero de 2002.
  8. Le Monde, París, 22-9-04.
  9. L'Humanité, París, 15-12-04.
  10. Sociedad pacifista, fundada en 1867 en Berna por Charles Lemonnier.
  11. En 1848, los movimientos revolucionarios, en Francia y en Europa en general, estuvieron marcados por el pacifismo y por la idea de una confederación europea.
  12. Gérard Bossuat, Les Fondateurs de l'Europe, Belin, París, 2004.
  13. Gérard Bossuat, op. cit.
  14. En mayo de 1948 más de 800 delegados provenientes de distintas asociaciones se reunieron en La Haya para discutir sobre la organización de Europa.
  15. www.oui-socialiste.fr, 16-6-04.
  16. Radio Francia Internacional, 6-4-05.
  17. Corinne Gobin, "Une Europe sociale en trompe-l'œil", Le Monde diplomatique, París, noviembre de 1997.
  18. Pierre Bourdieu, Contrefeux II, Liber-raisons d'agir, París, 2001.
  19. Jacques Généreux, Manuel critique du parfait européen, Seuil, París, 2005.
  20. Raoul-Marc Jennar, Europe: la trahison des élites, Fayard, París, 2004.
  21. Corinne Gobin, "L'union européenne: un Etat de perte de conscience publique?", en Attac, Une autre Europe pour une autre mondialisation, Editions Luc Pire, Bruselas, 2001.
  22. Alain Lipietz, Politis, París, 24-3-05.
Autor/es Anne-Cécile Robert
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 71 - Mayo 2005
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Política, Unión Europea