Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Los crímenes contra mujeres

La violencia sexista persiste en dimensiones insospechadas como pauta universal, y cada sociedad encuentra su propia manera de hacerla invisible. En Francia se la enmascara de pasión o se la delega a las comunidades de inmigrantes. Sin embargo el ejemplo reciente de España (y antes el de los países escandinavos) demuestra que hay maneras de romper la complicidad social y de lograr avances.

Cuando se conocieron, él le prohibió que siguiera trabajando. La forzó a concebir un hijo. Pero cuando quedó embarazada, quiso obligarla a abortar. Le impuso sus amantes, pero le prohibió que ella los tuviera. Cuando ella huyó para tratar de rehacer su vida con otro hombre, él la fue a buscar y "la golpeó hasta dejarla sangrando"... La espantosa letanía de crueldades que relata en su autobiografía recientemente publicada, Tarita, la viuda de Marlon Brando, no impidió que las revistas que publicaron anticipos del libro titularan: "Mi locura de amor con Brando" 1. No cabe duda de que si el actor hubiera tenido la piel un poco más oscura, la desdichada Tarita hubiera sido orientada hacia la delegación más cercana de la asociación "Ni putas ni sumisas" 2.

Cuando una mujer es maltratada o asesinada por su compañero o su ex-compañero, o por un pretendiente rechazado, la interpretación del acto depende de la pertenencia cultural del culpable. En octubre de 2004, el asesinato a pedradas de la joven marsellesa Ghofran Haddaui por parte de un menor de edad al cual aparentemente ella había rechazado, generó un principio de avalancha mediática cuando empezó a circular el término "lapidación": el diario francés France-Soir 3 tituló: "Mi hija fue lapidada". Por su parte, la revista Elle comentaba en su editorial: "Resulta difícil no pensar en la lapidación que aún se practica en los países que se rigen por la sharia" (ley canónica musulmana) 4. La publicación se indignaba de que semejante crimen pueda aún ocurrir en territorio francés y deploraba, con razón, que aún sea necesario "luchar sin cesar por la dignidad de las mujeres contra la violencia de que son víctimas". Así, el semanario prejuzgaba que sólo los extranjeros o los hijos de inmigrantes son susceptibles de no tolerar a "las chicas demasiado libres o demasiado hermosas, que quieren vivir a su manera, que son capaces de oponerse a su poder y de decirles no", y que son los únicos en Francia que matan mujeres. Sin embargo, cuando el diario Libération, basándose en cables de la Agencia France-Presse, contabilizó los casos de mujeres asesinadas por su pareja en julio y agosto de 2004, se vio que esos crímenes habían sido cometidos por personas de origen extranjero sólo en 2 casos sobre 29 5. Al parecer, las otras 27 muertes anónimas no tienen ninguna posibilidad de contar con los honores de un editorial de la revista Elle.

Imágenes sexistas 

El éxito mediático de la asociación "Ni putas ni sumisas", creada en 2003, contribuyó a acreditar la idea de que la violencia contra las mujeres sólo existe en los barrios periféricos habitados en gran parte por inmigrantes, y que se explica por la "cultura" de los jóvenes varones de origen magrebí. La feminista Christine Delphy, la antropóloga Christelle Hamel, y los sociólogos Laurent Mucchielli 6, Nacira Guénif-Souilamas y Eric Macé (7) analizaron esa instrumentalización del feminismo para estigmatizar cada vez más a cierto sector de la población. "Los habitantes de las urbanizaciones periféricas pasaron de víctimas a acusados, lo que favorece en gran medida a los responsables políticos, que dejaron que la situación social se deteriore", denuncia a su vez el politólogo Hichem Lehmici (8).

Una investigación sociológica dirigida por Horia Kebabza 9 en el barrio de Mirail, en la ciudad de Toulouse, supo tratar los problemas específicos que existen entre los dos sexos en las urbanizaciones de periferia, al vincularlos con el sexismo que reina en toda la sociedad, dejando de lado todo esencialismo dudoso. Allí se ve cómo la "monofuncionalidad" del espacio en esas barriadas tiende a reducirlas totalmente a un espacio privado (una de las entrevistadas relata que va a comprar el pan en piyama), lo que favorece el control de los comportamientos por parte del vecindario. También se muestra que los chismes son la única diversión en medio del aburrimiento reinante, y la "reputación" la única forma de diferenciación accesible en una población carente de reconocimiento. Los jóvenes tratan de compensar su relegación social y económica a través de una virilidad exacerbada.

En esa investigación, uno de los entrevistados critica las imágenes sexistas que transmiten los medios de difusión y la publicidad: "En la tele muestran siempre que las mujeres están para servir a los hombres, que son unas putas... Que están allí para mostrar sus formas, para permitir vender todo tipo de cosas". Este comentario dará que pensar a todos aquellos que pretenden explicar el comportamiento de estos jóvenes franceses por la exégesis del Corán.

Amor igual a posesión

La invisibilidad de la violencia sexista "nativa" sigue debiéndose a la invocación de la "pasión". Cinco días después del asesinato de Ghofran Haddaui, en la región de Vandea una joven -Aurélie, 16 años- fue secuestrada, violada y asesinada por su ex novio, que luego se suicidó. Sin embargo, ese crimen no es percibido como sexista. El asesino, según la prensa, decía estar "enloquecido de amor" 10 por Aurélie y no habría soportado la ruptura, lo que no le impidió violar a otra chica la víspera del asesinato. Para Annick Houel, Patricia Mercader y Helga Sobota, autoras de Crime passionnel, crime ordinaire 11, la noción de "crimen pasional" presupone que el amor se traduce "por naturaleza" en un deseo de posesión y justifica la "apropiación del cuerpo y de la vida del otro".

"Del otro", en este caso de la mujer: de cada cinco asesinatos que ocurren en el seno de una pareja, cuatro son cometidos por los hombres, evidentemente mucho más "apasionados" que sus mujeres. Para explicar sus actos, los asesinos suelen invocar haber sido víctimas de una "provocación", mientras que las asesinas hablan de autodefensa.

Analizando la cobertura de juicios por dos diarios regionales entre 1986 y 1993, las tres investigadoras ponen de manifiesto hasta qué punto el tratamiento periodístico de esos crímenes muestra una nostalgia del modelo desigual de las relaciones entre los sexos: el ideal tácito estaría encarnado en el jefe de familia que sabe imponer su autoridad y en la esposa sacrificada y fiel. Aquellas cuyo comportamiento contradice esas expectativas son objeto de una agresiva desaprobación: "se había convertido en una mujer casi pública", se afirma de una que había abandonado su hogar. El caso de un hombre que asesinó a su ex mujer, quien se había ido a vivir con otro, es presentado por la prensa como la reacción pasional de un marido engañado. Las autoras del estudio notan que "la aptitud de las mujeres divorciadas a recuperar su total libertad no aparece como algo evidente", y ponen de relieve "la imposición en nuestra cultura de un esquema totalmente arcaico de apropiación de las mujeres". Cuando se trata de parejas de origen extranjero, los comentarios periodísticos xenófobos son inevitables ("empantanado en su cultura de otros tiempos" se dice a propósito de un... italiano); pero respecto de la víctima son a la vez racistas y sexistas.

Aún falta en Francia un seguimiento estadístico sistemático de los asesinatos de mujeres por parte de sus parejas. Al contabilizarlos a lo largo de dos meses a partir de los despachos de las agencias de prensa, el diario Libération hizo el trabajo que desde hace años realizan varias asociaciones feministas españolas, que publican los resultados en internet (ver "Éxito español"). "En Francia deberíamos hacer lo mismo" reconoce Suzy Rojtman, de la asociación nacional por los derechos de las mujeres. La cifra de 29 asesinatos en dos meses es muy superior al promedio de 6 víctimas mensuales que menciona el Ministerio del Interior, en el único dato oficial disponible. ¿Se trata de un pico en período estival? "No lo creo", responde el profesor Roger Henrion de la Academia de Medicina, que en 2001 redactó un informe sobre el tema para el Ministerio de Salud. "Las cifras del Ministerio del Interior son una estimación de mínima. Hace poco volví a decirle al ministro, Dominique de Villepin, cuán importante sería poder contar con estadísticas precisas".

Una violencia estructural 

Un estudio puntual publicado en 2001, realizado por el Instituto Médico Legal de París sobre un período de siete años, estableció que en el 51% de los homicidios de mujeres está involucrado el marido o compañero 12. A los homicidios propiamente dichos hay que sumar los casos en que la muerte se debe a consecuencias de anteriores actos de violencia, casi siempre sistemáticos: lesiones del hígado o depresiones que llevan al suicidio. "La mitad de las mujeres golpeadas sufren de depresión severa. Y registran cinco veces más intentos de suicidio que las demás", estima el profesor Henrion.

En Francia, una mujer de cada diez es víctima de violencia conyugal: cifra que aparece fugazmente cada 8 de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer. Esa cifra proviene de la primera Investigación Nacional sobre la Violencia Contra las Mujeres en Francia (Enveff) realizada en 2000, que demostró que el mayor número de agresiones físicas, psicológicas y sexuales que sufren las mujeres adultas se produce dentro de la pareja 13. La violencia conyugal es una de las principales causas de mortalidad femenina. Degenera en asesinato cuando un golpe de más acaba con la víctima, o cuando el hombre prefiere matar antes que ser abandonado. El período subsiguiente a una decisión de ruptura y el período de embarazo, fueron identificados como los momentos más peligrosos para las mujeres que viven con hombres violentos.

Todas las clases sociales están afectadas por el fenómeno, "pero sólo los hombres de clases populares, menos preocupados por el qué dirán, aceptan hablar ante los periodistas, lo que genera la ilusión de que son los únicos violentos", nota el fiscal de la ciudad francesa de Douai, Luc Fremiot, que en 2003 implementó un dispositivo de represión muy mediatizado. La violencia conyugal -que hay que diferenciar de los conflictos en que la relación de fuerza es favorable alternativamente a uno u otro miembro de la pareja- se caracteriza por la toma del poder por parte del hombre. Los golpes -que se repiten de manera cíclica, alternando con períodos de calma e incluso con "lunas de miel"- provienen de una violencia que empezó siendo psicológica: insultos, permanentes desvalorizaciones, manipulaciones...

"Es eso lo que deja más secuelas" estima Nathalie Zebrinska, docente y autora de un libro de consejos a las víctimas y a su entorno, basado en su propia experiencia 14. "El agresor utiliza el conocimiento íntimo que tiene de la víctima, de lo que ella misma le confió, y lo utiliza contra ella. Dos años después de mi divorcio, no tengo recuerdos del dolor físico producido por los golpes. En cambio, sigo teniendo pesadillas. Mis relaciones con los hombres están distorsionadas: mis amigos me dicen que cambié".

En Bélgica y en Holanda, donde la tolerancia es menor que en Francia, los primeros estudios datan de fines de la década de 1980. En 1995, la plataforma de acción adoptada en Pekín durante la Conferencia de Naciones Unidas sobre los Derechos de la Mujer, reconoció oficialmente que los malos tratos contra las mujeres constituían un acto de violencia de género, que reviste un carácter estructural.

El desempleo o el alcoholismo, a menudo señalados como responsables, son sólo "facilitadores": "Hay alcoholismo sin violencia y violencia sin alcoholismo" resume el profesor Henrion. El sociólogo Daniel Welzer-Lang, que estudia la violencia conyugal desde hace quince años 15, la define como la extensión a la esfera privada de una dominación masculina que se opera en toda la sociedad. Son las conductas estereotipadas, asignadas a uno y otro sexo, las que permiten que se instale esa dominación: el hombre violento corresponde a la conminación de virilidad que le sugieren los arquetipos sociales; su víctima, a su papel de criatura débil y sin defensa. Por su parte, Nathalie Zebrinska señala las desmesuradas expectativas que se alientan en las jóvenes respecto del amor: "Tienen tantas ganas de creer en ellas, que en el momento del encuentro no prestan atención a detalles que deberían alertarlas. No hay que olvidar que fuera de sus accesos de violencia, los tiranos domésticos pueden ser hombres encantadores...".

Principio de solución... 

Daniel Welzer-Lang no niega que existen mujeres que golpean a sus parejas, aunque en la enorme mayoría de los casos ocurre lo contrario. Esas mujeres -explica- adoptan un comportamiento tradicionalmente masculino. Y las burlas a que se ve expuesta la víctima cuando decide hacer la denuncia así lo evidencian. A su entender, esa fluctuación de roles confirma simplemente el hecho de que las relaciones entre los sexos son una construcción social y no un fenómeno natural (por otra parte, la diferencia de fuerza física no es una explicación valedera, ya que algunos hombres violentos son menos corpulentos que sus mujeres). Alain Legrand, psiquiatra y director de SOS-Violencia Familiar, en París, habla de casos más complejos: "Algunos hombres reaccionan con golpes ante el acoso moral de su pareja. Pero no nos engañemos: en muchos casos las mujeres son únicamente víctimas".

Según Germaine Watine, vocera de la Federación Nacional Solidaridad con las Mujeres (FNSF), el reconocimiento de la condición de víctimas es indispensable para que las mujeres afectadas puedan salir de esa situación: "La primera vez que vienen a vernos, esas mujeres suelen estar totalmente confundidas. Su pareja les hace creer que si les pega es porque se lo merecen. Insistimos en decirles que la ley las protege, que pueden presentar una denuncia. Únicamente esa toma de conciencia puede hacer que un día sean capaces de decir ‘yo'''. Pero el reconocimiento de su inocencia no se logra fácilmente, como demuestran ciertas opiniones perentorias de tono misógino del tipo: "¡Con hacer la valija ya está!". Nathalie Zebrinska se indigna: "Como si fuera tan fácil". Las mujeres -afirma- pueden verse retenidas por el miedo, por la falta de medios económicos, o... por amor. Y compara la dependencia respecto de una pareja golpeadora con otra dependencia que goza de mayor indulgencia social: la dependencia del cigarrillo; "algo que le hace a uno mucho daño, que puede matarnos, pero que a la vez nos da un placer del que somos incapaces de privarnos". Sin embargo, ese placer no está vinculado con la violencia en sí. Daniel Welzer-Lang está convencido: "A ninguna mujer le gusta que le peguen". Y añade que si bien es cierto que entre las mujeres que interrogó algunas aprecian los juegos sexuales de tipo sadomasoquista, todas -al igual que sus parejas- distinguen claramente la diferencia con la violencia "real".

La policía y la justicia, a las que durante mucho tiempo se acusó de no tratar el problema con la seriedad que merecía, están cambiando. La reciente reforma del divorcio permite que el juez ordene el alejamiento de un cónyuge violento desde el inicio del trámite. Desde 1994, el nuevo Código Penal francés considera los lazos familiares como circunstancia agravante. Pero muchas veces las denuncias son contra los "ex", quienes por esa misma condición gozan de la situación de los desconocidos. El proyecto de ley sobre la violencia contra las mujeres, adoptado el 29 de marzo de 2005 por el Senado, que prevé también el reconocimiento de la violación dentro de la pareja, podría ser un principio de solución al problema.

El fiscal Luc Fremiot suprimió en las comisarías de la ciudad de Douai el uso de los documentos llamados "borradores", e hizo obligatoria la notificación a la justicia en caso de denuncia. Además, las víctimas reciben asistencia, mientras que los acusados son enviados a un hogar... para personas sin casa.

Una justicia aún tímida 

A veces, Fremiot toma la iniciativa de iniciar juicio contra el agresor en lugar de la víctima, o rechaza el pedido formulado por ésta de retirar la denuncia, métodos que no todos aprueban. Germaine Watine sí: "Ante un delito flagrante de robo de un auto, no se le pide la opinión al propietario del vehículo para intervenir". Alain Legrand coincide: "No iniciar acciones legales, aceptar que se retire la denuncia, es remitir la violencia a la esfera privada". En cambio, Nathalie Zebrinska, está en contra: "Hay que dejar que las mujeres avancen a su ritmo en ese proceso largo y difícil que es el duelo de la relación, acompañándolas, pero de ninguna manera infantilizándolas".

"No se pueden tratar los actos de violencia cometidos en el marco de una relación íntima igual que los otros" estima la criminóloga Colette Parent, de la Universidad de Ottawa. Y añade que en Canadá, país pionero en la lucha contra la violencia conyugal, comienza a dejarse de lado esa respuesta: "Recientemente, en Montreal, la fiscalía decidió enjuiciar al autor de lesiones graves, contra la opinión de la víctima. Cuando le llegó el momento de testimoniar, la esposa se automutiló frente al juez y tuvo que ser llevada de urgencia al hospital". Colette Parent indica además que algunas mujeres indígenas, al igual que algunas afroamericanas de Estados Unidos, se oponen a la acusación automática, medida que consideran otro instrumento de opresión contra los hombres de su comunidad. Luc Fremiot explica: "Cuando me encuentro ante una mujer que tiene cierto nivel intelectual, con quien puedo hablar, a la que considero capaz de analizar la situación, y me pide que suspenda la acción judicial, lo acepto. En cambio, frente a una mujer que se encuentra en una situación social angustiante, me autorizo a decidir en su lugar, pues en ese momento ella es incapaz de tomar ninguna decisión, y necesita que la ayuden". Esto confirmaría la tesis según la cual los hombres de medios populares son más sancionados que los otros por su mala conducta...

La violencia sexista es un fenómeno universal que reactiva los problemas sociales y comunitarios, que se superponen, complicando considerablemente su erradicación.

  1. Elle, París, 31-1-05.
  2. Ni putes ni soumises (Ni putas ni sumisas) es una organización feminista francesa que se moviliza por el respeto a las mujeres en los barrios populares (n. del tr.).
  3. El 25-11-04.
  4. Michèle Fitoussi, "L'horreur à visage nu", Elle, París, 29-11-04.
  5. Blandine Grosjean, "En France, des femmes tuées en silence", Libération, París, 9-9-04.
  6. Laurent Mucchielli, Le scandale des "tournantes", La Découverte, París, 2005.
  7. Nacira Guénif-Souilamas y Eric Macé, Les Féministes et le garçon arabe, L'Aube, La Tour-d'Aigues, 2004.
  8. François Carrel, "Ni putes ni soumises, une arme à double tranchant", Respect Magazine, París, Nº 5, enero-marzo de 2005.
  9. Horia Kebabza, "Jeunes filles et garçons des quartiers, une approche des injonctions de genre", 2003, disponible en.
  10. Libération, París, 25-10-04.
  11. Annick Houel, Patricia Mercader y Helga Sobota, Crime passionnel, crime ordinaire, Presses universitaires de France, París, 2003.
  12. Dominique Lecomte y otros, Homicides de femmes, Instituto Médico Legal de París, 2001.
  13. Gisèle Halimi, "Backlash contra el feminismo en Francia", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2003.
  14. Nathalie Zebrinska, La guerre secrète, vaincre la violence conjugale, L'Harmattan, París, 2004.
  15. Daniel Welzer-Lang, Les hommes violents, Payot, París, 2005.

Una “enfermedad social”

Chollet, Mona

¿Cómo responder a la violencia masculina? Germaine Watine, vocera de la Federación Nacional Solidaridad con las Mujeres (FNSF), insiste en la necesidad de una sanción: “Esos hombres a menudo no tienen conciencia de estar equivocados. Uno de ellos, cuya mujer está escondida desde hace semanas, llegó a decirnos magnánimamente: ‘Díganle que puede volver, que no habrá represalias, que la perdono’. Si la sociedad no los mete en caja rápidamente, crece el riesgo de que asesinen cuando la mujer los deja. Porque entonces caen desde muy arriba”. Sin embargo, Daniel Welzer-Lang advierte contra la tentación de enviar a los hombres a la cárcel sin más trámites: “La justicia debe marcar la norma colectiva. Pero existen en Francia 400.000 hombres que ya golpearon a sus mujeres. ¿Acaso vamos a crear 400.000 cárceles para darles cabida? Sin contar que la prisión es una verdadera escuela de violencia viril, que sólo puede agravar el problema”. Por su parte, Colette Parent, criminóloga de la Universidad de Ottawa, estima que “para los casos de violencia menos grave, la comparecencia ante un tribunal suele bastar para generar un shock benéfico”.
Los centros de ayuda para hombres violentos, que son una institución en Canadá, son escasos en Francia, pues no logran obtener subvenciones. “Por supuesto que una persona violenta puede cambiar, de lo contrario yo no haría este trabajo desde hace veinte años. Pero es difícil que lo logre sin ayuda”, exclama Jacques Broué, responsable de grupos de diálogo en Quebec. Germaine Watine no oculta sus dudas respecto de los enfoques terapéuticos: “¡Los violadores también tienen una historia!”. Alain Legrand, director de SOS-Violencia Familiar, de París, en cierto sentido entiende ese tipo de reacciones: “En este trabajo nos vemos enfrentados a situaciones repugnantes. Hay tipos repugnantes”. El principio de los grupos de diálogo no lo entusiasma, pues “tienen el gran defecto de no suprimir la violencia psicológica. Sólo tienen sentido como paso previo a una terapia individual”.
Broué cuenta que al llegar a los grupos de diálogo los participantes están convencidos de que es su mujer la que tiene un problema, y manifiestan la esperanza de lograr que cambie. Lo cual tiende a darle la razón a Daniel Welzer-Lang cuando afirma que los lugares de escucha, lejos de servir para que los hombres descarguen su conciencia, permiten “acompañarlos en su tarea de responsabilización”. A su entender, la violencia masculina es una “enfermedad social” y no se la puede vencer si no se la entiende. Para ello –agrega– es imprescindible escuchar a los hombres violentos, sin ceder a la demonización.Chollet


Éxito español

Chollet, Mona

Ayuda a las víctimas en todos los terrenos (jurídico, sanitario, psicológico, profesional y financiero); creación de tribunales especializados; mecanismos más expeditivos para eliminar la publicidad sexista; promoción de la igualdad de sexos en los programas escolares... La “ley integral contra la violencia de género”, primera gran medida del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que los diputados españoles adoptaron por unanimidad en diciembre de 2004 y que entró en vigor un mes más tarde, es la envidia de las feministas de toda Europa, particularmente del Colectivo Nacional para los Derechos de la Mujer, de Francia, que reclama una ley idéntica en su país. Ese éxito es sobre todo un triunfo del movimiento feminista español: “Desde hace cuatro o cinco años, gracias a internet, las asociaciones feministas formaron una red para coordinar sus estrategias” explica Montserrat Boix, de la plataforma Mujeres en Red, en Madrid. Y añade: “Las bases de la ley actual fueron establecidas por María Duran, una personalidad muy importante en este combate, miembro de una red europea de mujeres juristas. Los periodistas, como es mi caso, logramos desarrollar complicidades en los medios. Ya conseguimos que los asesinatos conyugales pasen de la sección ‘policiales’ a la de ‘sociedad’. Nuestro próximo objetivo es que pasen a la sección ‘política’. Por último, las movilizaciones contra el gobierno de Aznar, como la que tuvo lugar contra la guerra en Irak, facilitaron el acercamiento entre los partidos de izquierda y el movimiento social. Así pudimos establecer alianzas en el seno de la clase política”.
El proyecto de ley inicial preveía penas más severas en los casos en que, dentro de la familia, la víctima fuera la mujer. Esa disposición generó debate, y como Zapatero quería a toda costa que la ley fuera aprobada por unanimidad, el alcance de la cláusula fue extendido a las “personas vulnerables”: niños, ancianos, discapacitados... “El movimiento feminista se vio obligado a hacer concesiones” lamenta Montserrat Boix. Sin embargo, la ley, ya desde su título, reconoce el carácter político de la violencia conyugal. “Nos aconsejaron renunciar a la expresión ‘violencia de género’ con el pretexto de que nunca sería aceptado por la opinión pública. Cuando Zapatero, a poco de haber sido electo, recibió a las representantes de las asociaciones feministas, abrió la reunión diciendo: ‘Bien, estamos aquí para discutir sobre la futura ley sobre la violencia contra las mujeres...’. Y todas nosotras reaccionamos al mismo tiempo para corregirlo: ‘¡No, contra la violencia de género!’ Y le explicamos que esa palabra era fundamental, que era la que se usaba en el seno de las instituciones internacionales... ¡Y lo convencimos!”
En 2004 en España fueron asesinadas por su pareja un promedio de seis mujeres por mes. Contrariamente a lo que podría creerse, las estadísticas sitúan a ese país detrás de las naciones escandinavas, que se llevan la palma en Europa en esa materia, sólo superadas por Rumania 1. En 1997, el asesinato de Ana Orantes, una andaluza a quien su ex marido quemó viva luego de que ella testimoniara en la televisión sobre la cantidad de brutalidades que había padecido, causó un enorme shock en España. La aprobación de la ley y el apoyo a las víctimas, proclamado con firmeza por el nuevo gobierno (cuya vicepresidenta y vocera, María Teresa Fernández de la Vega, proviene del movimiento feminista), permiten esperar un cambio en la mentalidad de la población, el que ya puede percibirse, según Montserrat Boix: “Yo trabajo en la televisión estatal, y hace algunos años, cuando les decía a mis colegas que la cantidad de agresiones conyugales calculadas por las asociaciones feministas duplicaba las cifras del Ministerio del Interior, me miraban con extrañeza. Hoy en día, esas mismas personas vienen a preguntarme la dirección de nuestro sitio internet, donde publicamos esa información actualizada”. Sin embargo, el problema aún no está completamente resuelto: “En los próximos meses vamos a mirar muy de cerca la manera en que se aplica la ley. También pensamos imprimir documentos en varios idiomas para que nuestra experiencia sirva a las feministas de otros países”.

  1. Ignacio Ramonet, “Violencias masculinas”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2004.


Autor/es Mona Chollet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 71 - Mayo 2005
Páginas:30,31,32
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Minorías, Sexismo
Países España, Francia