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El deber de la irreverencia

El texto que se reproduce en estas páginas es la introducción que Claude Julien, ex director de Le Monde diplomatique fallecido en mayo pasado (Ramonet, pág. 40) escribió para Le devoir d’irrespect, uno de sus libros más provocativos –también de los más leídos, sobre todo por jóvenes y profesionales– en el que explica las bases de su ética profesional, por la que se sentía obligado a la irreverencia respecto del poder.

"El mismo que se ve tentado de
despreciarlo le tiende la mano por

temor a necesitarlo. Tiene tantos amigos que anhela enemigos. Esa aparente bonhomía que seduce a los recién

llegados y no impide ninguna traición, que se permite y justifica todo,

que protesta con vehemencia frente

a una herida y la perdona, es uno de los caracteres distintivos del periodista."

 Balzac (Una hija de Eva)

 

Dictada por una fuerza que prevalece sobre razonamientos demasiado hábiles, por una aspiración que cabe llamar moral puesto que cuando hace falta sabe desdeñar consideraciones demasiado humanas, la elección de quien escribe depende, a fin de cuentas, más de su temperamento que de sus análisis. Y a menudo los precede. Entonces es ésta una buena ocasión para indignarse, porque si así fuera, ¿la única función de la reflexión sería ponerse al servicio de oscuras pasiones, vistiéndolas con argumentos lo suficientemente elaborados como para prestarles un indispensable atuendo de respetabilidad? Pero ocurre que si afirmáramos lo contrario, expondríamos una pretensión insostenible: que todo, el bagaje cultural, la suma de los conocimientos, la facultad de discernimiento, la capacidad de seleccionar, sopesar, evaluar, apreciar, la sutil combinación de la inteligencia y la sensibilidad, todos esos ingredientes que nutren el pensamiento y contribuyen a la escritura, funcionarían con la implacable precisión de una máquina, con el rigor de una ciencia que excluye todo riesgo de error pero también, y sobre todo, que ignora toda ética, en suma, la razón razonante que sería la única garante de toda sensatez, de toda verdad, de toda virtud.

Las elecciones de quien escribe son al mismo tiempo más complejas y más simples. Y muy limitadas las opciones que se le presentan.

Huyendo de todo afán de lucro y de todo arribismo, consagrándose exclusivamente a su arte, puede elegir retirarse lejos del ruido y la furia que a menudo enturbian la visión, confunden el entendimiento, paralizan la reflexión. Este mundo trepidante, embriagado de su propia fiebre, se apresura a condenar esa retirada: querer abstraerse así de los remolinos y las tormentas sería, dicen, traicionar la fraternal solidaridad de los hombres, abandonar a su trágica suerte a las víctimas de las crisis que desgarran el planeta, tal vez hundirlos aun más en su drama de hambre, humillación y sangre.

¿Pero cuántas inteligencias y talentos -jefes de partidos o de empresas, pensadores y escritores, ingenieros y humanistas, artistas y tecnócratas- locamente envueltos en los torbellinos de la vida moderna prepararon, provocaron o agravaron los dramas que acto seguido les proveen la materia de tantas exhortaciones o lamentos? Cierto que no se sustrajeron, se enorgullecieron incluso de no haberlo hecho, mientras nosotros no acabamos de deplorar su accionar confuso. ¡No haberlos encerrado en una torre, aunque no fuera de marfil! Su agitación constante, ataviada con todos los ornamentos del intelecto, hubiera provocado entonces menos estragos... Cedían a la ilusoria ambición de gravitar en el devenir de las ideas y las cosas, olvidando -cosa que tal vez no habían comprendido nunca- que el mundo no podría prescindir de los meditativos y contemplativos, cuya influencia, difícil de evaluar, sigue siendo irreemplazable.

 Contemplativos y agitadores

 Sería superfluo evocar aquí a los grandes ejemplos cuya impronta conservó la historia, duraderamente grabada en el libro y la piedra, mientras tantos contemporáneos suyos alborotados, ostensiblemente presentes en la escena pública, no dejaron huella alguna de su paso. La eficacia a través del recogimiento subsiste en el mundo actual: durante los años cincuenta y sesenta, desde el fondo de su monasterio, el trapense estadounidense Thomas Merton supo percibir la magnitud y gravedad de los problemas raciales con mayor agudeza que todos los sociólogos al servicio del gobierno de Washington, con más precisión que esos militantes que derrochaban esfuerzos en la lucha por los derechos civiles (y que en su mayoría abandonaron pronto el combate o cambiaron de bando).

El activismo nunca constituyó el mejor medio de participación útil en los debates contemporáneos. Lanzarse al centro de la contienda no garantiza en absoluto la propia presencia en la historia, replegarse en una torre de marfil no es necesariamente una traición. Muy por el contrario, la tentación de hacerlo se vuelve cada vez más fuerte, y cada vez más justificada, conforme se acelera la máquina trituradora de lo humano.

En el extremo opuesto se ofrece otra alternativa, la que elige la mayoría: el contemplativo tiene las manos limpias, pero no tiene manos. Aceptemos entonces ensuciarnos las manos entrando en la contienda donde, después de todo, no actuaremos peor, sino tal vez mejor que otros. Lo importante pasa a ser entonces elegir bien nuestro lugar dentro del despliegue de las fuerzas, ubicarse en las posiciones sensibles donde se definirá el resultado de los enfrentamientos.

¿Deseo de eficacia? Sin duda, pero también vanidad de saberse activo en los puntos estratégicos hacia los que tienden todas las miradas. Ocupar un lugar importante, cumplir una función: esta ambición parece legítima, pero sin embargo conduce a los peores extravíos. Porque inexorablemente arrastra al individuo hacia los lugares de poder donde impera una lógica distinta a la del intelectual y el escritor. Lo verdadero, aquí, cambia de definición: es verdadero lo que tiene éxito, todo el resto no es más que ensoñación vacía, apenas buena para quien ha elegido escribir en lugar de actuar, persuadiéndose además de que escribir es actuar.

Pero los políticos, por su parte, no se equivocan en este punto. Suyo es el privilegio de transformar las relaciones de fuerza y las conexiones de intereses, de controlar los verdaderos centros de decisión, de orientar los fondos públicos, de proceder a los nombramientos importantes, de acordar o negar lo que estiman justo o, más prosaicamente, oportuno. Así las cosas, pueden perfectamente dejar escribir a las plumas a su servicio. Y éstas forman legión.

Porque el poder fascina a los intelectuales en igual medida que la miel atrae a las moscas. Pululan alrededor de los monarcas y presidentes, suficientemente hábiles como para saber escucharlos, alentarlos, prodigarles consejos, hacerles falsas confidencias, recibirlos en su mesa. Se habla de ellos en los salones... Y qué importa si no tienen el don de gentes de Rastignac 1 y se asemejan más bien al ilustre Gaudissart 2; no son por eso menos útiles. Al menos ellos se complacen en creerlo.

Porque tienen su sabiduría: si uno se aleja demasiado del trono, si se contenta con actuar en los márgenes, acaba por automarginarse, y eso es precisamente lo que más temen. Cuanto más cerca esté uno del poder, más cerca estará del acontecimiento y de la decisión. Están firmemente convencidos de esto. Hasta que el poder trastabilla y luego cae. ¿Los toma entonces desprevenidos? No hay que subestimarlos: han adquirido la habilidad suficiente como para darse vuelta en el momento oportuno. Se alborotan, hacen ruido y aspaviento, pero para que la historia a la que querían aportar su contribución retenga su nombre, hace falta que un Balzac se haya dedicado a observarlos con la precisión de un entomólogo, con miras a burlarse mejor de ellos.

 Contradicciones e imposturas

 Fuera del contemplativo, menos desapegado de lo que se cree, y del ambicioso, necesariamente extraviado, hay sólo otro modelo posible: el del intelectual que no se propone dejar un nombre en las crónicas, que ni siquiera tiene la ilusión de gravitar en la evolución de las ideas y los acontecimientos. Y que pese a todo lucha, aunque tenga la convicción anticipada de perder su batalla. Lo tacharán de modesto, de desinteresado: es él, sin embargo, el que alcanza las cumbres del orgullo y de la más alta ambición, mientras otros se pierden en los pantanos de una vanidad vulgar. Peor aun: lo tacharán de idealista, de soñador, aferrado a una quimera, mientras que, desdeñando la espuma de los acontecimientos y la que burbujea en los salones, él se dedica a realidades que los hombres de poder no saben o no quieren ver.

Porque las verdades del poder (poder del Estado, poder de los partidos opositores, poder del dinero, poder de quienes orientan y deciden) no pueden ser las suyas. Él sabe que en torno a cada uno de esos poderes gravita, en círculos concéntricos, una multitud de personas competentes y talentosas, y que él no tiene nada que hacer entre ellas porque, por definición, por vocación, so pena de traicionarse, quien intenta pensar y escribir no tiene otra alternativa que revelar lo que todo poder se esfuerza por esconder, poner plenamente en evidencia lo que todo poder quiere presentar bajo la luz más favorable, señalar las contradicciones y las imposturas, atraer las miradas sobre lo que puede ser difícil de ver, escuchar a aquellos que tienen pocos medios para hacerse oír, traducir bien o mal lo que dicen a veces aunque nadie los escuche.

Frente a las cohortes de aduladores de los diferentes poderes, se instala en una posición resueltamente crítica. Más o menos solo. Socialmente molesto. Humanamente feliz y sin embargo inquieto. Pero obstinado. El deber de crítica no lo autoriza por cierto a denigrar todo, pero lo obliga a búsquedas incesantes, con la curiosidad siempre despierta, lejos de las falsas apariencias, lejos de las modas y los apasionamientos. Necesariamente minoritario, poco le importa ser considerado un "marginal". Porque sabe que para todo hombre de poder que no se interesa más que en los medios del poder, los "márgenes" engloban a las multitudes de quienes, precisamente, no tienen ningún poder.

A los ojos del mundo, es poco razonable. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando este mundo desatina explotando la plenitud de los recursos de una razón enloquecida, librada a las brillantes improvisaciones del pragmatismo miope, de la mentira en nombre de la "razón" de Estado, de las consignas simplificadoras provistas por los expertos en relaciones públicas, de los sofismas construidos precipitadamente por los "pensadores" al servicio de los poderes?

Se le dirá que allí está su debilidad, que se equivoca en querer tener razón contra todos, que tiene un carácter endemoniado; habría que recomendarle un psiquiatra. Porque todos tenemos que vivir al ritmo de nuestro tiempo, adaptarnos a la sociedad en la que no elegimos vivir. Pero ante la sucesión de modas efímeras, a este escritor no le agradan las contorsiones y golpes de timón indispensables para acomodarse siempre a la atmósfera imperante. Se lo tildaba de idealista e ingenuo pero resulta que, si continúa por la senda elegida, se lo tilda de arrogante.

De hecho, esta acusación se basa en sólidas pruebas. No se dejó llevar por las oleadas de entusiasmo por el comunismo (era entonces un amable intelectual pequeño-burgués), como tampoco por el potente reflujo que, indiscriminadamente, descarta todas las herramientas de análisis marxista (pasa a ser entonces estalinista). Ha descrito la avidez del capitalismo al otro lado del Atlántico (entonces era anti-estadounidense), pero no ve en la estatización la solución a la crisis (es un agente del imperialismo). Escribió mucho sobre la explotación de los pueblos oprimidos (¿pero cómo no perdonarle eso a un idealista?) y se obstina en la misma vena (es un cínico que se atreve a proponer como modelo a los tiranuelos del Tercer Mundo). No cedió a los pánicos de la Guerra Fría (era un pacifista fervoroso), no se traga las definiciones oficiales de la distensión (helo aquí convertido en profeta de la desgracia, anunciador del apocalipsis, y para decirlo sin más, un belicista).

 La obligación de la crítica

 A decir verdad, le tiene sin cuidado. Enormes son los medios utilizados para condicionar a la opinión pública y, en su inmensa mayoría, esos medios -intelectuales y materiales a la vez- están en manos de los hombres de poder, directamente o a través de intermediarios, administrativamente o por complacencia. En tales condiciones, una sociedad puede permitirse obedecer los ritos de la democracia cuando esto no atenta contra los intereses de los poderosos, pero sus dirigentes saben muy bien que cambiaría de rostro si la democracia estuviera libre de trabas. Precisamente allí está el peligro. Para intentar apartarlo, hay que convencer a la opinión pública de que, pese a ciertas indiscutibles deficiencias, la sociedad liberal avanzada es de todos modos más agradable de vivir que cualquier otro modelo existente en el mundo. No se desdeñará entonces ningún esfuerzo por denunciar las taras -ostensibles, evidentes- de los otros sistemas. ¿Y por qué no, si tan saludable ejercicio desvía las miradas de las taras del sistema en que vivimos? Pero criticamos más fácilmente a los demás que a nosotros mismos y esa crítica acaba por otorgar un carácter anodino y benigno a las injusticias cometidas en casa. Los nuevos cruzados que, en apretado cortejo, atacan al mal afuera no están tan dispuestos a combatirlo adentro. Cierto es que esas batallas comportan menos riesgos...

Estamos aquí, en Europa Occidental, unidos a la totalidad del mundo occidental por tantos vínculos históricos, políticos, económicos y militares. Y es aquí donde podemos luchar, en el seno mismo de un sistema que, tanto dentro de sus fronteras como, a través de múltiples ramificaciones, mucho más allá de sus límites geopolíticos, nada tiene de inocente. Los poderes establecidos movilizaron, a su servicio, a una multitud de expertos, de cerebros -y también, de talentos más mediocres- para alimentar y desarrollar los mecanismos que acaparan la riqueza, la distribuyen desigualmente, alimentan los privilegios, cultivan la corrupción, simpatizan con las dictaduras, explotan a cientos de millones de pobres, acumulan los rencores, las desesperaciones y los odios, preparan la explosión que mañana se llevará todo eso que los hombres en el poder pretenden conservar.

La historia designa como "conservadores" a todos aquellos que han querido proteger ciertos valores aferrándose al statu quo condenado, sin embargo, por las grandes mutaciones económicas y sociales. Esos conservadores no conservaron absolutamente nada. Urge hoy proceder a revisiones radicales si queremos conservar eso que más nos importa: libertades individuales y públicas, pluralismo filosófico y político, modo de vida, etc., todas esas cosas que se verían irremediablemente comprometidas si nos prendiéramos de sus formas externas más que de su contenido, de sus apariencias más que de su significado.

Sin duda ha de ser conservador rechazar los brillos de nuestras sociedades para ir a lo esencial, denunciar el optimismo de las promesas que no pueden cumplirse, mostrar los peligros sobre los cuales los gobiernos son asombrosamente discretos, cuestionar el discurso oficial que, a través de la "distensión" como en la Guerra Fría, en la crisis actual como en la plena expansión de ayer, se desarrolla, imperturbable, seguro de sí mismo, tranquilizador, mientras que, de compromisos en negativas, de engaños en parches, conduce hacia el desastre.

Ése es precisamente el deber de crítica que se impone a quien quiera observar, analizar, comprender, explicar. Renunciar a él sería abdicar de toda libertad de pensamiento frente a los poderosos, cualquiera sea la forma de su poder. Escéptico, antes que unirse al coro de adulones. Irreverente, para no participar en el amplio concurso de complacientes.

Entonces, cuando la tarea se vuelve o parece excesivamente pesada, algunos eligen la comodidad engañosa, las facilidades ilusorias y las vanas satisfacciones que procuran las antesalas del poder, de los poderes, sin darse cuenta de que inmolan sus cualidades intelectuales sin que esto implique ganar influencia sobre el poder.

Más vale entonces entregarse a la contemplación, única vía honorable

  1. Rastignac, personaje que aparece en las principales novelas de Honoré de Balzac. Es un joven que asciende y tiene éxito en la sociedad parisina especialmente a través de sus calculadas relaciones con mujeres (NdlR).
  2. El ilustre Gaudissart, personaje de La comédie humaine de Balzac, es un viajante de comercio inventor de técnicas de venta infalibles (NdlR).
Autor/es Claude Julien
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 72 - Junio 2005
Páginas:34,35
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Relaciones internacionales, Política