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Terrorismo capitalista occidental

Estos atentados probablemente no hubieran ocurrido si Occidente hubiese dejado a los países árabes en libertad de tomar sus propias decisiones al cabo de la Primera Guerra Mundial. Pienso que Occidente ha intervenido durante ochenta años en países mayoritariamente árabes a causa de nuestras necesidades de petróleo (...) hemos sostenido a gobiernos muy poco recomendables y hemos derrocado a otros que no considerábamos simpáticos (...) Si al final de la Primera Guerra Mundial hubiésemos hecho aquello que habíamos prometido a los árabes, es decir, dejarlos en libertad de tener sus propios gobiernos y nos hubiésemos quedado al margen de sus asuntos, simplemente comprando su petróleo (...) pienso que esto no hubiese ocurrido.”

Declaraciones de Ken Livingstone, alcalde laborista de Londres, luego de los atentados terroristas del 7 de julio pasado 1.


“El extremismo militante no sólo se da en el islam, sino también en la extrema derecha de los movimientos cristianos y del sionismo. El señor Bush reitera que el estilo de vida estadounidense es el único que merece la pena vivir. Esto es, para mí, una declaración fundamentalista y la idea de que esa forma de vida es exportable me resulta obscena. (...) No nos dejan sugerir que una forma de extremismo produce otra, pero ciertamente sí podemos decir que una forma de simplificación produce otra.”

Declaraciones de John Le Carré, escritor y ex agente de los servicios de inteligencia británicos 2.

Aclarado y aceptado que en el Irak del sátrapa Saddam Hussein no había armas de destrucción masiva y que el régimen no tenía relación con Al-Qaeda, el argumento que utilizó el primer ministro inglés Anthony Blair para negar que los atentados terroristas en Londres tuviesen algo que ver con la invasión a Irak fue que los del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York fueron anteriores a esa invasión y a la de Afganistán y que, por lo tanto, éstas fueron consecuencia del terrorismo islámico y no al revés.
Jorge Luis Borges afirmaba que la memoria elige lo que olvida. Así ha funcionado la de Blair en este bonito ejercicio de desmemoria, o de memoria corta. Porque lo que su correligionario Livingstone le recordó ahora es lo mismo que su ex ministro de Relaciones Exteriores, Robin Cook, alegó sin éxito –a punto tal que se vio obligado a renunciar– cuando se preparaba la invasión a Irak: que no sólo la argumentación puntual era falsa, sino que Inglaterra, y en general los países occidentales desarrollados, debían cambiar por completo su manera de relacionarse con los demás.
Si los argentinos viven desde siempre como una injusticia y una afrenta que Inglaterra ocupe ilegalmente desde 1833 las Malvinas, unas islas que se encuentran a muchas millas marinas de su territorio continental y que la abrumadora mayoría de ellos y de sus antepasados no ha pisado ni pensó jamás pisar, es fácil imaginar el sentimiento de árabes y persas, esas culturas milenarias, al cabo de décadas de injerencias, golpes de Estado, masacres, invasiones y explotación por parte de Occidente.
Irán, por ejemplo, debe su subdesarrollo y la mayor parte de sus conflictos internos posteriores a la guerra de 1914 y la Revolución Soviética, a la intromisión de Inglaterra y Estados Unidos, ansiosos por apropiarse de su petróleo y mantenerlo lejos del vecino comunista. Ya antes, en 1901, se había otorgado a un inglés, sir William Knox d’Arcy, un monopolio de explotación petrolera que abarcaba cuatro quintas partes del país. Antes de la guerra de 1914, ese monopolio pasó a manos de la Compañía Anglo-Iraní de Petróleos, controlada por los británicos con el 53% del capital. Para garantizar sus privilegios, en 1919 Londres obligó a Teherán a firmar un convenio que colocaba al gobierno persa bajo control de consejeros británicos. Después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno democrático y nacionalista moderado (había nacionalizado el petróleo e impulsado una reforma agraria) del primer ministro Muhammad Mossadegh fue derrocado en 1953 mediante un golpe de Estado organizado y financiado por la CIA, según se supo siempre y se confirmó años después. El sha Muhammad Reza Pahlavi comienza entonces a ejercer progresivamente el poder absoluto, desencadena una implacable represión contra la izquierda, los nacionalistas y algunos líderes religiosos y, en “déspota ilustrado”, inicia la “modernización” de Irán con el apoyo irrestricto de Estados Unidos. En rigor, una occidentalización capitalista salvaje que acentuó las desigualdades, debilitó o destruyó las redes y mecanismos familiares y religiosos tradicionales que mal que bien establecían lazos solidarios en la población y no los reemplazó por los sistemas de protección social occidentales; no al menos para la mayoría de pobres y marginalizados. Luego de aplastar a la oposición y obtener la suma del poder, Pahlavi se autoproclamó “rey de reyes” en 1967. En 1971, para festejar los 2.500 años de la monarquía persa, organizó una fiesta en medio del desierto que costó 300 millones de dólares, a la que asistieron todas las monarquías, depuestas o no, y 50 Presidentes y Jefes de Estado, entre ellos los de casi todos los países desarrollados.
Esta occidentalización fallida, este capitalismo arcaico que los países de capitalismo moderno aplican a los demás, desembocó en 1979 en la “revolución islámica” del ayatollah Khomeini, que instaló en el poder, con el apoyo de la inmensa mayoría de la poblacion iraní, al primer régimen fundamentalista islámico abierta y activamente antioccidental en un gran país petrolero.
Y aunque resulte reiterado en estos días, es necesario enumerar el apoyo de occidente al primer Saddam –en particular durante su insensata guerra contra el Irán de Khomeini–; los 200.000 muertos de la primera invasión a Irak; las decenas de millares de niños iraquíes muertos durante los años del bloqueo occidental y las decenas de miles de civiles asesinados ahora bajo las bombas y el fuego de una nueva invasión justificada mediante una serie de mentiras flagrantes. Muchos de los terroristas árabes que hoy cometen atrocidades –en primer lugar Osama Ben Laden, cuando éste se oponía a los soviéticos en Afganistán y de los talibanes apenas se hablaba– fueron entrenados por los militares y servicios secretos de Occidente. La URSS hizo más de lo mismo en su entorno islámico –el marxismo también es occidental– y es por eso que ahora la Rusia capitalista enfrenta un problema similar con los Estados de la ex URSS cuya población profesa mayoritariamente o en gran proporción la fe islámica.

Las armas del enemigo

Según fuentes británicas, en la última invasión a Irak habrían muerto ya 24.865 civiles, la mayor parte a manos de las fuerzas de ocupación 3. El recuento fue hecho en base a informaciones periodísticas, porque los ocupantes o se desentienden del tema u ocultan los datos. Las estimaciones más sensatas apuntan a una cifra real cercana a las 100.000 víctimas. Por otra parte, “la Autoridad Provisional de la Coalición se comportó más como un ocupante victorioso y muchas de sus medidas (...) indignaron y humillaron precisamente a los que habían permitido que se produjese la invasión” 4. En cuanto al trato a la población, los asesinatos a mansalva, las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo 5 o la entrega de prisioneros a terceros países para ser supliciados 6, hablan por sí mismos. Las elecciones del pasado 30 de enero en Irak, presentadas como una victoria política de Estados Unidos, habrían sido manipuladas... 7.
Hasta aquí, como puede verse, el Occidente capitalista no ha hecho en Irán o en los países árabes otra cosa que lo que siempre ha hecho allí donde entiende que hay algo de su interés: conquistar por la fuerza lo que no puede obtener en condiciones excepcionalmente ventajosas por la negociación o la intriga. Sus extraordinarios desarrollos tecnológicos le permiten provocar enormes destrucciones con un mínimo de pérdidas humanas y un máximo de opacidad informativa, pero hasta ahora no le han servido para asentarse durablemente en un territorio, como parece volver a demostrarse en Irak. “Las bajas de Estados Unidos crecen a diario. El dólar está cayendo y no está nada claro que se vaya a poder financiar el déficit de manera indefinida (...) El ejército ya no da más de sí y la desilusión e insatisfacción entre los soldados (...) van en aumento” 8.
A este panorama clásico se agrega un dato nuevo: el enemigo –el terrorismo islámico– está en todas partes, en todos los países árabes, persas o no, e incluso en todos los grandes países capitalistas occidentales en proporción variable. Más de un sexto de la población mundial profesa la fe islámica, aunque sólo una exigua minoría adhiera al terrorismo, al menos por ahora. Las reglas de combate de los terroristas son en el fondo las mismas –un desprecio absoluto por las vidas inocentes– pero no forman ejércitos, no presentan batalla y, al contrario de los insatisfechos y desilusionados combatientes occidentales (¿quién que no sea dueño de una petrolera podría entender estas guerras?), cuentan con miles de soldados dispuestos al sacrificio personal. A diferencia del occidental judeocristiano moderno, el combatiente islámico aún cree en el Más Allá hasta el punto de ofrendar su vida por una causa terrena.
En la medida en que hechos históricos como la revolución fundamentalista iraní del Imán Khomeini fueron interpretados en clave de fenómeno regresivo circunstancial y no como un fracaso de la occidentalización, al Occidente capitalista le cuesta asumir que se enfrenta a un enemigo medieval dotado de armas modernas que él mismo le provee. Así, por primera vez no entiende las reglas del juego, algo que siempre le resultó relativamente fácil con las guerrillas marxistas o nacionalistas, que por lo común luchan de acuerdo al canon humanista occidental.
Los fundamentalistas islámicos, los suicidas, encuentran justificación en sus tradiciones y en el Corán, pero las armas se las suministran el mercado clandestino capitalista occidental y conmilitantes adheridos a células secretas de los servicios de inteligencia de los países al servicio de Occidente, como Arabia Saudita o Pakistán. Sus objetivos son regresivos, medievales, pero sus comunicaciones circulan por la red de satélites occidentales y sus recursos financieros por los bancos y los paraísos fiscales de Occidente 9. De las culturas árabe y persa, que bajo el peso de la religión dominante común no han logrado retomar el esplendor que supieron ostentar en la Antigüedad y en el medioevo tardío y en rigor han retrocedido a los tiempos de Mahoma, surgen ahora combatientes que luchan contra Occidente con las artes del fanatismo pre-humanista y los recursos de la modernidad occidental.
Así, el capitalismo se encuentra con que tiene dificultades para mantenerse en los países invadidos; con que el petróleo de su ambición pasó de 30 a más de 50 dólares el barril y podría llegar a 100; con la amenaza terrible, difusa y permanente del terrorismo islámico en sus propias ciudades.
La necesidad de un giro político de 180 grados parece evidente: retiro de las tropas; respeto de los derechos humanos; promoción de la democracia, la igualdad, la educación y la salud; preservación del medio ambiente; comercio justo, multilateralismo y respeto a la soberanía de los países y las particularidades locales; acabar con los paraísos fiscales, con el comercio ilegal de armas, con su fabricación y con las operaciones encubiertas de los servicios secretos.
En suma, utilizar las armas que, al menos en teoría, realmente atestiguan la superioridad de Occidente. Pero es de temer que, igual que en la fábula de la rana y el escorpión, eso sería pedirle al capitalismo que vaya contra su propia naturaleza.

  1. Le Monde, París, 23-7-05.
  2. Lourdes Gómez, “El engaño político llega a niveles inaceptables”, entrevista a John Le Carré, El País, Madrid, 24-7-05.
  3. Oxford Research Group e Irak Body Count, citados por El País, Madrid, 20-7-05.
  4. Mary Kaldor, directora del programa Gobierno Global de la London School of Economics, en “La guerra equivocada en Irak”, El País, Madrid, 24-7-05.
  5. El teniente general del ejército estadounidense Randall Smith denunció y detalló las torturas ante una Comisión del Senado. Véase Corine Lesnes, “De Guantánamo à Abou Ghraib, les mêmes techniques d'humiliation”, Le Monde, París, 16-7-05.
  6. Stephen Grey, “La CIA terceriza la tortura”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2005.
  7. Seymour Hersh, “¿Intentó Washington manipular las elecciones?”, The New Yorker, reproducido en castellano por El País, Madrid, 25 y 26-7-05.
  8. Mary Kaldor, ibid.
  9. Ver dossier “Los paraísos fiscales”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 74 - Agosto 2005
Páginas:2,3
Temas Ciencias Políticas, Terrorismo, Geopolítica
Países Estados Unidos, Irak