Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Frente al cuerpo del Che

El primer periodista que vio el cadáver de Ernesto Che Guevara relata en detalle por primera vez –a 38 años del asesinato del mítico guerrillero y dirigente de la Revolución Cubana– el momento en que el ejército boliviano, con la ayuda de oficiales estadounidenses y agentes de la CIA, trasladó el cuerpo del revolucionario argentino al pueblo de Vallegrande. Allí, dos médicos “prepararon” el cadáver del Che antes de presentarlo a los medios de comunicación internacionales.

En 1967, hace casi cuarenta años, yo estaba radicado en Santiago de Chile, trabajaba en la Universidad y escribía para The Guardian de Londres. En enero de aquel año me enteré por amigos de la izquierda chilena que el Che Guevara estaba en Bolivia; en marzo se produjo el primer brote de la guerrilla. A partir del mes de abril varios periodistas desembarcaron en el campamento de Ñancahuazú, cerca de la ciudad petrolera de Camiri. Poco después, un pequeño grupo salió del campamento, fue capturado y llevado hacia Camiri. Al mismo tiempo, se publicaban en La Habana los últimos escritos del Che, bajo la forma de una compilación titulada "Crear dos, tres... muchos Vietnam", una llamada a la lucha para la izquierda internacional.

Decidí viajar a Bolivia para verificar por mi cuenta si ese país era realmente un lugar propicio para iniciar una nueva guerra de Vietnam. Había muy pocas noticias a nivel internacional sobre la guerrilla en Bolivia. Entonces, en agosto, tomé el tren transandino, que salía del puerto chileno de Antofagasta hasta La Paz, sede del gobierno boliviano 1.

El país estaba entonces bajo la dictadura militar del general René Barrientos Ortuño, un oficial de la Fuerza Aérea que había tomado el poder dos años antes. Con el surgimiento de las guerrillas, Bolivia estaba sometida a la ley marcial. A la salida de todas las ciudades había controles militares.

Tomé todas las precauciones necesarias; llegué por tren para evitar los aeropuertos que estaban más vigilados y me afeité la barba porque todos los barbudos estaban bajo sospecha. Mi idea fue viajar por el país como turista, sin registrarme como corresponsal extranjero, pero había numerosos obstáculos; era imposible viajar fuera de las ciudades sin una autorización escrita del comandante en jefe, general Alfredo Ovando Candía, quien más tarde sería presidente.

Bolivia no era Vietnam

Me resigné entonces a registrarme en La Paz con otros periodistas extranjeros, incluyendo un amigo del Times, de Londres, quien un día me mencionó la curiosa actitud de un periodista danés, que se pasaba dos horas diarias en el télex enviando todo el material recogido en la prensa boliviana. "¿Tanto interés danés por los asuntos de Bolivia?", preguntó mi amigo con gran sorpresa. Yo también estaba sorprendido, pero descubrí luego que el danés en cuestión era un distinguido corresponsal de izquierdas que enviaba noticias a la agencia Prensa Latina de La Habana ¡vía Dinamarca!

Entonces viajé durante varias semanas por el país para sentir la atmósfera reinante e investigar si Bolivia estaba viviendo realmente una fase pre-revolucionaria. Visité las minas de Oruro, Siglo Veinte y Potosí -todas bajo control militar- cuyos accesos estaban custodiados por soldados armados. Los dirigentes sindicales estaban todos presos y los mineros tenían mucho miedo de hablar.

Intenté también percibir la situación del campesinado. Bolivia había experimentado una revolución unos quince años antes, con una reforma agraria que llegó a muchos lugares del país, pero los campesinos no estaban contentos. Viajé con un equipo de expertos agrarios de Naciones Unidas a través del Altiplano, bajando hasta Tarija, donde descubrimos que muchos campesinos se quejaban, denunciando que muchos terratenientes habían vuelto para recuperar sus tierras.

Volví luego a la ciudad de La Paz para hablar con el embajador de Estados Unidos, un tal Douglas Henderson, quien había leído en la revista Tricontinental la famosa carta del Che que llamaba a crear otros Vietnam y me confió que Estados Unidos estaba ayudando a la tropa boliviana enviando instructores, pero que, en realidad, contrariamente a Vietnam, no había posibilidad alguna de traer tropas estadounidenses a Bolivia.

"¡Lo tenemos!"

A fines de agosto llegué a Camiri y entrevisté a Régis Debray, encarcelado en una habitación del círculo militar. Conversé también con los militares de la Cuarta División del ejército, quienes me informaron que la guerrilla del Che ya se había movido hacia el norte, al oeste de la ruta a Santa Cruz, la capital del Oriente Boliviano. Para averiguar lo que realmente estaba ocurriendo debía ir a Vallegrande, el campamento principal de las fuerzas antiguerrilleras de la Octava División.

En septiembre llegué a Vallegrande y pedí hablar con el encargado del campo, el coronel Joaquín Zenteno Anaya, quien años más tarde sería asesinado en Europa. Me dijo que el grupo del Che ya estaba en una zona bien delimitada y que sería muy difícil que el comandante guerrillero y sus hombres pudiesen escapar. Me contó cómo habían cercado a las fuerzas del Che, dejándoles una sola vía de escape. El ejército había estacionado allí soldados disfrazados de campesinos que darían la alarma apenas los guerrilleros pasaran por el lugar. Las declaraciones de los habitantes de un caserío visitado por los guerrilleros unos días antes, así como las de dos guerrilleros capturados a quienes me permitieron entrevistar, no dejaban dudas sobre la identidad del jefe del grupo cercado. "Dentro de unas semanas habrá novedades", me dijo el coronel Zenteno.

Tomé la ruta a Santa Cruz y fui a visitar el campamento militar de las "fuerzas especiales" de Estados Unidos. Unos veinte especialistas estadounidenses se escondían en un ingenio azucarero abandonado, con todas las facilidades radiales para comunicarse con Vallegrande y la zona guerrillera, y también con el Comando Sur, con base en Panamá (en la Zona del Canal, entonces propiedad del Pentágono). Fui recibido por el mayor Roberto "Pappy" Shelton quien me contó que seiscientos rangers -tropas especiales del ejército boliviano entrenadas por instructores estadounidenses- acababan de terminar su formación y partían para la región de Vallegrande.

En la noche del domingo 9 de octubre de 1967, paseaba con un amigo por la plaza central de Santa Cruz cuando un hombre nos hizo señas para que nos sentáramos a su mesa en un café. Era uno de los militares estadounidenses que conocimos en la base La Esperanza. "Les tengo noticias", dijo. "¿Del Che?", preguntamos con cierta ansiedad. Desde varias semanas atrás estábamos por su posible captura. "El Che ha sido capturado", respondió nuestro informante. "Está gravemente herido. Es posible que no pase de esta noche. Los demás guerrilleros están luchando encarnizadamente para recuperarlo y el comandante de la compañía ha solicitado por radio un helicóptero para poder retirarlo de allí". Estaba tan agitado que apenas se le entendía. Quienes lo escuchamos sólo lográbamos captar: "¡Lo tenemos, lo tenemos!".

Nuestro informante militar nos sugirió alquilar un helicóptero para volar inmediatamente a la zona guerrillera. No sabía si el Che estaba vivo o muerto, pero creía que había muy pocas probabilidades de que sobreviviese por mucho tiempo. Aun en el caso de que hubiese un helicóptero disponible no teníamos dinero para alquilarlo. Eran las ocho y media de la noche y de todas maneras era imposible volar a esa hora, en plena oscuridad. Así que rentamos un jeep y partimos a las cuatro de la madrugada del lunes 9 de octubre hacia Vallegrande.

Llegamos allí luego de un viaje de cinco horas y media. Los militares no nos permitían ir más lejos, hasta La Higuera. Fuimos directamente al campo de aviación, una pista bastante precaria. Al parecer, la mitad del pueblo se había congregado allí para esperar, contando a los escolares en sus guardapolvos blancos y a los fotógrafos aficionados. Los habitantes de Vallegrande ya se habían acostumbrado a las idas y vueltas de los militares.

Los más excitados entre la multitud eran los niños. Señalaban hacia el horizonte saltando. Tras unos minutos apareció un puntito en el cielo que, luego, tomó forma de un helicóptero que llevaba en las barandillas de aterrizaje los cuerpos de dos soldados muertos. Los desamarraron y los echaron, sin gran ceremonia, en un camión para llevarlos al pueblo.

El anuncio

Mientras la multitud se dispersaba, nos quedamos para fotografiar los cajones de napalm proporcionados por el ejército brasileño, diseminados alrededor de la pista de aterrizaje. Con un teleobjetivo fotografiamos a un hombre con uniforme verde oliva, sin insignias militares, identificado como agente de la CIA. Esta osadía de parte de periodistas extranjeros -fuimos los primeros en llegar a Vallegrande, adelantándonos a los demás por veinticuatro horas- fue mal recibida y el agente de la CIA junto con algunos oficiales bolivianos intentaron hacernos expulsar del pueblo. Pero teníamos credenciales suficientes para demostrar que éramos realmente periodistas. Por lo tanto, luego de una larga discusión nos permitieron quedarnos.

El único y solitario helicóptero regresó después hacia la zona del combate, unos treinta kilómetros al sudoeste, con el coronel Zenteno a bordo. Zenteno volvió poco después de la una de la tarde, triunfante; apenas si podía reprimir una amplia sonrisa de satisfacción. Anunció que el Che había muerto. Había visto el cadáver y no cabía ninguna duda. No existía motivo alguno para no creerle, así que nos precipitamos a la pequeña oficina de telégrafos para entregar nuestros despachos, dirigidos al mundo entero, a un empleado alarmado e incrédulo. Ninguno de nosotros confiaba realmente en que alcanzarían su destino, pero no había opción. Nunca llegaron.

El Che muerto

Cuatro horas después, exactamente a las cinco de la tarde, volvió el helicóptero trayendo esta vez solamente un cuerpo, amarrado a la barandilla exterior. En lugar de aterrizar cerca de donde nos hallábamos, como lo había hecho anteriormente, se detuvo en medio de la pista de aterrizaje, lejos de la mirada curiosa de los periodistas. Nos prohibieron franquear el cordón de soldados. Muy rápidamente, allá a lo lejos, el cadáver fue cargado en un furgón Chevrolet que se lanzó en una loca carrera por el campo de aterrizaje para luego alejarse.

Saltamos dentro de nuestro jeep, que estaba cerca, y nuestro chofer comenzó a perseguirlo desaforadamente. Como a un kilómetro, en el pueblo, el Chevrolet viró bruscamente y entró en el recinto del hospital. Aunque los soldados intentaron cerrar los portones antes de que pudiéramos pasar, estábamos tan cerca del furgón que alcanzamos a entrar.

El Chevrolet subió por una pendiente escarpada y se dirigió luego, en marcha atrás, hacia un pequeño cobertizo con techo de bambú, con un costado entero abierto a la intemperie. Saltamos del jeep para llegar a la puerta trasera del furgón antes de que fuera abierta. Cuando al fin lo fue, violentamente, saltó hacia afuera el agente de la CIA, vociferando bastante inapropiadamente en inglés: "All right, let's get the hell out of here". ("Está bien, vámonos al diablo de aquí"). Pobre hombre, no tenía por qué saber que había un periodista británico del otro lado de la puerta.

Dentro del furgón, en una camilla, yacía el cuerpo del Che. Desde el primer momento no me cupo ninguna duda de que era él. Lo había visto en una ocasión hacía casi exactamente cuatro años en La Habana, y no era una persona para olvidar con facilidad. No cabía duda de que era Ernesto Che Guevara. Cuando sacaron el cuerpo y lo instalaron en un mesón improvisado dentro del cobertizo, que en otros tiempos sería de lavandería, tuve la certeza de que Guevara estaba muerto.

La forma de la barba, los rasgos de la cara y los largos y abundantes cabellos eran inconfundibles. Vestía un uniforme de combate verde oliva y una chaqueta de cremallera; medias de un verde desteñido y una suerte de alpargatas improvisadas. Como estaba totalmente vestido, era difícil determinar en dónde había sido herido. Tenía dos orificios visibles en la base del cuello y más tarde, mientras limpiaban su cuerpo, le vi otra herida en el estómago. No hay dudas de que tenía heridas en las piernas y cerca del corazón, pero no las pude ver.

Los dos médicos del hospital escarbaban las heridas del cuello, y mi primera impresión fue que buscaban un proyectil, pero en realidad sólo hacían los preparativos para insertar el tubo por donde inyectarían el formol para conservar el cadáver. Uno de los doctores comenzó a limpiar las manos ensangrentadas del guerrillero muerto. Más allá de estos detalles, nada en torno del cuerpo causaba repugnancia. Se veía sorprendentemente vivo. Tenía los ojos abiertos y brillantes y cuando sacaron su brazo de la chaqueta lo hicieron sin ninguna dificultad. Pienso que había muerto apenas unas horas antes. En ese entonces no imaginaba que lo pudieran haber asesinado luego de su captura. Todos pensamos que había muerto a causa de sus heridas y por falta de atención médica durante las primeras horas de aquel lunes por la mañana.

"Misión cumplida"

Las personas que rodeaban el cuerpo se veían más repulsivas que el muerto: una monja no podía ocultar su sonrisa y a veces se reía abiertamente; los oficiales llegaban con sus costosos equipos fotográficos para inmortalizar la escena; y, naturalmente, el agente de la CIA ocupó el local y acaparó de oficio la responsabilidad de toda la operación. Cada vez que alguien se animaba a apuntarlo con su cámara fotográfica se ponía furioso. "¿De dónde viene?", le preguntamos en inglés, agregando a modo de broma: "¿De Cuba? ¿De Puerto Rico?". Pero no estaba para bromas y respondió secamente en inglés: "From nowhere" ("de ninguna parte").

Más tarde se lo preguntamos nuevamente, pero esta vez contestó en español: "¿Qué dice?", fingiendo no comprender. Era un hombre bajo y fornido, de unos treinta y cinco años, ojos hundidos y pequeños. Era difícil precisar si era estadounidense o un exiliado cubano, porque hablaba inglés y español con la misma fluidez y sin acento alguno. Se llama Gustavo Villoldo (aunque operaba bajo el seudónimo de Eduardo González) y aún vive en Miami. Hice referencia a él en mi artículo de entonces para The Guardian de Londres, un año antes de que se lo mencione en la prensa estadounidense.

Media hora después nos retiramos para volver a Santa Cruz a escribir y enviar las noticias. Llegamos en la madrugada del martes 10 de octubre. No había una sola oficina equipada adecuadamente. Entonces me fui en avión hacia La Paz. Mandé mi versión sobre la muerte del Che desde La Paz y se publicó en primera plana de The Guardian el 11 de octubre. En el avión hacia La Paz me encontré con el Mayor "Pappy" Shelton, quien, satisfecho, me lanzó: "Misión cumplida".

  1. La capital constitucional de Bolivia es la ciudad de Sucre, fundada en 1538 por Pedro Anzúrez de Campo Redondo.
  2. Comando Sur del ejército de Estados Unidos.
Autor/es Richard Gott
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 74 - Agosto 2005
Páginas:20,21,22
Temas Ciencias Políticas