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Recuadros:

En las garras del comercio global

Mientras la globalización favorece la exportación de ropa de confección y de camarones, el único crecimiento que llega a la población es el de la pobreza y el de las violaciones de los derechos humanos. El sistema electoral brinda a las “elites” legitimidad internacional, pero ante una democracia fallida, muchos bangladeshíes prefieren las ONG, capaces de modos de democracia directa y autogestión.

En la región de Khulna, en el sudoeste de Bangladesh, la aldea de Baro Ari es apenas visible entre los infinitos recodos que trazan los brazos del Ganges. Llegar hasta aquí no es fácil, pero la globalización liberal tuvo acceso a este lugar y a su única posibilidad de mercado: el camarón. En 2000, algunas personalidades locales abrieron las compuertas de los pólderes (terrenos pantanosos ganados al mar que, una vez desecados, se dedican al cultivo), anegando las tierras de los campesinos pobres con agua de mar. Así, y gracias a la complicidad de una policía corrupta, convirtieron esas tierras inundadas en muy rentables criaderos de camarones.

"No nos queda nada", explica Suranjan Kumar, cuyo rostro delgado evidencia la subalimentación. Unos veinte hombres en torno suyo comentan: "A veces conseguimos trabajo como jornaleros en el campo, por 50 takas diarios" (50 centavos de dólar). Son condiciones casi feudales: el campesino debe entregar al propietario de la tierra hasta los dos tercios de la cosecha. Además, "la sal destruyó todo", añade Abu Sahid Gazhi, que pasó once meses en la cárcel por haber protestado cuando le robaron sus tierras.

Un criadero de camarones quintuplica la salinidad de los suelos. Los piletones a menudo tienen pérdidas, provocadas a propósito, con la intención de esterilizar las tierras adyacentes, expulsar a los campesinos y ampliar la zona de cultivo acuático. "En esta región ya no crece nada. Los precios de los productos aumentaron. Y la sal enferma el ganado".

Desde la década de 1980, Asia y América Latina desarrollaron a gran escala la cría de camarones, cuya demanda se incrementó enormemente en los países ricos. Bangladesh, quinto productor mundial, convirtió en piletones de cría 190.000 hectáreas de manglares y de tierras fértiles, que ahora producen 30.000 toneladas de crustáceos por año. La casi totalidad de esa producción se exporta a los países del norte: como el 80% de los 143 millones de bangladeshíes viven con menos de 2,50 dólares diarios según las Naciones Unidas, es imposible que compren camarones a 12 dólares el kilo. Pero gracias a las exportaciones, Bangladesh se inserta en la globalización, y por la magia del famoso "trickle down effect" 1 las ganancias generadas deberían -teóricamente- beneficiar a toda la población.

¿La acuacultura creó fuentes de trabajo en Baro Ari? "Quienes trabajan en los piletones son mastaans, hombres rudos venidos de Khulna", admite un campesino. "Para ganarnos la vida tenemos que enviar a nuestros hijos a pescar larvas de camarón, que revenden a los criaderos". Por cada larva de camarón extraída, cientos de larvas de otras especies son abandonadas sobre la playa, afectando así la biodiversidad: las capturas se redujeron en un 80%, según los pescadores locales. Y cuando se habla de los consumidores occidentales que disfrutan de esos camarones, la rabia se adivina en las miradas y los puños se aprietan: "Nos están chupando la sangre. ¿Cuántos bangladeshíes deberán morir aún para alimentar a los blancos?", exclama Kumar. La idea de que Europa pueda boicotear esos camarones despierta una leve esperanza.

El camarón es a Bangladesh lo que la perca del Nilo es a Tanzania, una Pesadilla de Darwin 2. Además del desastre social y ecológico que provocan, los criaderos de camarones siembran la muerte: más de 150 bangladeshíes fueron asesinados desde 1980 por haberse opuesto a esas explotaciones 3. A esto pueden sumarse los miles de personas muertas en el sudoeste del país durante el maremoto de 1991: según una investigación de la Environmental Justice Foundation (EJF), una organización no gubernamental británica, el maremoto registrado en 1960 -de una magnitud similar- no causó ninguna víctima. Pero entre ambos fenómenos la extensión de la acuacultura implicó la erradicación del manglar, que funcionaba como barrera protectora.

Sin embargo, el Banco Mundial incita a la instalación de esos criaderos, al igual que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Banco Asiático de Desarrollo. La Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos, USAID, incluso organizó un servicio de asistencia técnica para controlar la calidad de los camarones. Luchando contra las epidemias animales, esos filántropos apuntan a desarrollar el mercado de crustáceos bangladeshíes y a "alcanzar una facturación anual de 1.250 millones de euros anuales dentro de cinco años", contra los 292 millones que se generan actualmente 4.

"¿Dónde va a parar el dinero del comercio exterior, y a quién beneficia?" se preguntaba ya en 2000 Manik Chandra Saha, joven periodista de Khulna, al comprobar que la acuacultura había dejado en la ruina a miles de sus compatriotas. En enero de 2004, Saha fue asesinado por un grupo armado, conocido por alquilar sus asesinos al mejor postor. Sólo en la región de Khulna, otros trece periodistas fueron asesinados desde 1990: violencia que hace de Bangladesh -donde la prensa es teóricamente libre- uno de los países más peligrosos para los periodistas.

Pésimas condiciones laborales

Las exportaciones con alto valor agregado de Bangladesh sólo benefician a una minoría. Sin embargo, las empresas occidentales pueden hacer negocios con ese buen alumno del Fondo Monetario Internacional (FMI) 5 sin ser demasiado acusadas por los defensores de los derechos humanos, a diferencia de lo que ocurre con el régimen totalitario de la vecina Birmania. Pues los camarones representan apenas 6% de las exportaciones nacionales. El principal atractivo de Bangladesh es la fabricación de ropa de confección -representa el 75% de las exportaciones- que generó 4.670 millones de euros en 2004, según las estadísticas oficiales.

Las condiciones laborales de los dos millones de obreros textiles hacen pensar en las novelas de Charles Dickens. La obsesión de los industriales locales consiste en producir al menor costo posible para las firmas occidentales, ante el temor de que lleven sus plantas a un país más "competitivo" 6. Jovencitas que escapan de la miseria reinante en las zonas rurales y que ignoran sus derechos conforman el 85% del personal. Trabajan 12 horas diarias, a menudo los siete días de la semana, por un salario mensual que va de 13 a 30 euros. Esas obreras trabajan encerradas bajo llave, tienen prohibido hablar entre ellas y se las registra físicamente a la salida de la planta. La libertad sindical es totalmente teórica y las "subversivas" son despedidas: menos del 1% están afiliadas a un sindicato. Algunas son violadas por sus superiores y cerca de 300 obreras ya murieron a causa de incendios desde 1990 7. Sin embargo, la Asociación Bangladeshí de Fabricantes y Exportadores de Ropa de Confección (BGMEA) se jacta en su página de internet de "no permitir el trabajo de niños", esperando seguramente recibir felicitaciones.

En la mañana del 10-4-05, en la zona franca de Savar, a pocos kilómetros de Dacca, una fábrica de nueve pisos se derrumbó sobre sus obreros, causando la muerte de un centenar de ellos y un número no determinado de desaparecidos. Al día siguiente del accidente, la policía antimotines se desplegó en el lugar para hacer frente a la ira de los familiares de las víctimas. Pues ese drama no fue obra de la fatalidad: el edificio, levantado sobre un terreno húmedo, tenía un permiso de construcción para un máximo de cuatro pisos. Sólo preocupados por cumplir con los pedidos de sus clientes europeos, los propietarios no lo tuvieron en cuenta.

Dieciséis horas antes del derrumbe, varios obreros habían señalado a la dirección la aparición de fisuras, sin obtener ninguna reacción. La policía, siempre dispuesta a ejecutar de manera sumaria a los pequeños delincuentes y a disparar contra los huelguistas 8, "no pudo hallar" a los patrones responsables del drama. Uno de ellos es el yerno de un diputado del partido en el poder. El diario de referencia del país, The Daily Star, analizó el 22 de abril: "Los propietarios son demasiado influyentes para ser puestos en tela de juicio. La pertenencia de clase marca la diferencia y hace que los privilegiados eludan sus responsabilidades y que los vulnerables ("underprivilegied") sean explotados".

En Barcelona, la firma Inditex (Zara), que era la comanditaria, prometió actuar en favor de las víctimas. El grupo afirmó fabricar el 60% de sus prendas en Europa, y desarrollar -desde octubre de 2004- una "auditoría social" sobre los 900 subcontratistas con los que trabaja en Asia. Sin embargo, los obreros de Savar, contratados a través de una empresa india sin que Inditex haya sido aparentemente informada, no fueron incluidos en la citada auditoría.

Nazma Akter, secretaria general de la Bangladesh Independant Garment Workers Union Federation (BIGUF), exhibe las etiquetas de la ropa que sus afiliados se matan fabricando: Gap, H & M, Old Navy, Tesco, Ladybird, The North Face, Lee, Wrangler, Cherokee, Burton.... Y pregunta: "¿Conoce estas marcas?, ¿a qué precio venden ellas esas prendas? Los europeos tienen que saber que esas firmas nos pagan las remeras... un euro".

"Indirectamente, los comanditarios occidentales son responsables del nivel de vida de los obreros bangladeshíes", estima Amirul Haque Amin, secretario general de la National Garments Workers Federation (NGWF). "Tratan de comprar al precio más bajo, lo que incita a los patrones a pagarnos lo mínimo. Tal es la ley del mercado". Esas prendas, fabricadas bajo verdaderos regímenes de trabajo forzado en Bangladesh, valorizadas luego por la construcción de marketing llamada "moda", se venden en Europa con importantes márgenes de ganancia.

Pero, ¿acaso los obreros de Bangladesh desean que los europeos dejen de comprar esas marcas? "No, pues perderíamos nuestro trabajo", afirma Nazma Akter, quien considera que el trabajo en las fábricas, por infernal que sea, representa un factor de emancipación para las mujeres: "Antes estaban desempleadas, en el campo, sometidas a la violencia doméstica". Sin embargo, Amirul Haque Amin recomienda: "Informen al público europeo de nuestras condiciones de trabajo, para que esas marcas sientan vergüenza y hagan presión sobre nuestros patrones". Y reclama que se duplique el salario mínimo de 930 a 1.800 takas (de 14 a 28 euros). Pero con el fin del acuerdo multifibras, el 1-1-05, la competencia de la producción textil china no augura nada bueno para los obreros de Bangladesh 9.

No obstante, esos trabajadores pueden contar con un aliado importante para luchar contra los abusos: la gran red de ONG locales, que movilizan a millones de personas y cuya historia reciente explica la fuerza de ese movimiento. Durante la guerra de liberación de 1971 contra Pakistán, los combatientes progresistas luchaban con la esperanza de lograr una transformación social. A causa de las dictaduras de las décadas de 1970 y 1980, de la persecución de que fue víctima la izquierda y del fracaso de los movimientos guerrilleros, aquellos militantes se pasaron al sector de las asociaciones civiles, que es tolerado por el Estado pues le permite desentenderse fácilmente de sus responsabilidades sociales.

Bangladesh, que fue arrasado por la guerra, por la hambruna de 1974 y por sucesivas inundaciones, recibió donaciones que permitieron financiar diferentes proyectos. Para las elites y la clase media de izquierda, trabajar en una ONG permite llevar a cabo sus ideas. En la práctica, esas organizaciones abren posibilidades de carrera, por fuera de los empleos fagocitados por el clientelismo de los dos partidos dominantes (ver recuadro). Por supuesto, existen abusos. Así, el microcrédito, inventado por Muhammad Yunus y por el Grameen Bank, se convirtió para algunos "trabajadores sociales" en una oportunidad de mercado y llevó a algunos campesinos a contraer enormes deudas 10. Como ejemplo de esa deformación mercantil se puede citar "Grameen Phone", la red de telefonía celular del Grameen Bank.

La organización Nigera Kori (NK), que cuenta con cientos de miles de miembros, rechaza el microcrédito, por considerar que aumenta la dependencia de los pobres, y propone en cambio su emancipación. Emancipación económica en primer lugar, por medio del ahorro en lugar del crédito. Por ejemplo, con un puñado de arroz ahorrado en cada comida por las amas de casa. Luego el arroz se vende y lo obtenido se invierte en una nueva fuente de ingresos: la compra de una red de pesca, de aves de corral... Los beneficios de la operación son repartidos entre toda la comunidad.

Viene luego la emancipación política, para permitir que los pobres tomen conciencia y rechacen su opresión. Ejerciendo la democracia directa en la toma de decisiones, los grupos de NK luchan así hectárea por hectárea contra los criaderos de camarones, peleando contra los mastaans, resistiendo ante los usureros, o presentando recursos en los tribunales con la ayuda de los abogados de la organización.

Un nuevo sentimiento de dignidad anima también al movimiento de los Sin Tierra. Actualmente, el 67% de los campesinos bangladeshíes se hallan en esa situación, cuando constituían un 31% al producirse la independencia, en 1971. Esa concentración agraria se debe al endeudamiento y a la corrupción: los notables acaparan las khas, tierras públicas destinadas a los pobres, por medio de coimas a la administración. Y los campesinos deben resignarse a convertirse en jornaleros agrícolas, o a terminar en una villa miseria. Sin embargo, según las estimaciones de la poderosa ONG Proshika, una reforma agraria que elimine los grandes ingresos y garantice unos acres de tierra a todo el mundo costaría apenas 2.000 millones de euros.

"El Banco Mundial seguramente tiene otras cosas que hacer que escucharme", lamenta Qazi Faruque Ahmed, presidente de Proshika, que fue encarcelado por las autoridades en 2004 y que está amenazado por los fundamentalistas. "Nosotros identificamos, ocupamos y cultivamos las tierras públicas espoliadas, y eso tiene sus riesgos" afirma Alam, responsable del movimiento Samata ("Igualdad") en el distrito de Pabna, e ilustra mostrando la cicatriz que un golpe de machete dejó en su cabeza. Samata, Proshika, NK y otras organizaciones permitieron que decenas de miles de campesinos recuperaran sus derechos y su dignidad.

La referencia a la dignidad es fundamental en la filosofía de Ubinig, movimiento en favor de la agricultura biológica y de la soberanía alimentaria. En 1995, aplicando las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el gobierno dejó sin efecto las subvenciones a los fertilizantes. El precio de ese producto aumentó enormemente, generando motines en los que la policía mató a 17 campesinos. Hartos de esa dependencia del mercado, preocupados por el deterioro de los suelos y por la pérdida de biodiversidad que causa la agricultura química, varias decenas de miles de campesinos (la organización dice representar a 130.000), y a veces pueblos enteros, se pasaron a los cultivos biológicos, en particular en el distrito de Tangail (30.000 personas), organizando la siembra de manera conjunta y diversificando los cultivos.

Esa opción permitió reducir las inversiones, y los campesinos entrevistados afirman que sus ingresos aumentaron. Su independencia respecto de las firmas occidentales los llena de orgullo. Farida Akhter, fundadora de Ubinig, se muestra preocupada por la ofensiva de los defensores de los OGM (organismos genéticamente modificados) y por sus argumentos "humanitarios": "Las multinacionales dicen que el temor de los consumidores de los países del Norte respecto de los OGM es un lujo frente al hambre existente en los países del Sur. ¡Nos desprecian! ¿Acaso nuestras vidas valen menos que las de los occidentales?". Ante el individualismo liberal, Farida Akhter recuerda que los pueblos, tanto en el Norte como en el Sur, son interdependientes: el consumo de los primeros depende de la producción -y de la explotación- de los segundos. "El modo de vida es político" concluye.

  1. Trickle-down effect: según la teoría liberal, el enriquecimiento de la elite permitirá -gracias a las inversiones y al consumo que generará en sus filas- irrigar toda la pirámide social.
  2. Documental del austríaco Hubert Sauper que muestra las consecuencias desastrosas de la explotación de la perca del Nilo en el Lago Victoria; Mille et une productions (París), Coop99 (Viena), Saga Films (Bruselas), 2004.
  3. Por oponerse a los criaderos de camarones, fueron asesinadas numerosas personas en once países: Bangladesh, India, Indonesia, Filipinas, Vietnam, Tailandia, Brasil, Ecuador, México, Guatemala, Honduras. Véase www.ejfoundation.org.
  4. Financial Express, Dacca, 26-7-04.
  5. El FMI "felicitó" a Bangladesh por su liberalización del comercio, pero condicionó un préstamo de 80 millones de dólares a un alza de las tasas de interés y de las tarifas de la energía. "Creo que la gente comprenderá la situación", declaró en abril de 2005 en Dacca Nissanke Weerasinghe, un responsable del FMI para la zona Asia-Pacífico.
  6. Sobre las fábricas subcontratistas ver Philippe Revelli, "Las ‘maquilas' no admiten sindicalistas", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2005.
  7. Informe de Khorshed Alam, "Alternative movement for resources and freedom society (Bangladesh)" para la "Clean Clothes Campaign" (Alemania), mayo de 2004.
  8. Casi todos los días el Rapid Action Batallion (RAB) mata presuntos delincuentes. La prensa afirma que son "bandidos que perdieron la vida en un ‘tiroteo'": las comillas muestran que nadie se lo cree. A comienzos de abril de 2005, la represión de una manifestación de trabajadores textiles dejó 200 heridos, 20 de ellos de bala.
  9. En esa fecha quedó sin efecto el sistema que limitaba las exportaciones de ropa hacia el mercado estadounidense y europeo.
  10. Jean-Loup Motchane, "Quand les pauvres séduisent les banques", Le Monde diplomatique, abril de 1999.

Cataclismos e injerencias

1947: División de India: creación del Pakistán occidental y del Pakistán oriental (el sector musulmán de Bengala).
1952: Pakistán pretende imponer la lengua urdú –que nadie habla en Bengala– como idioma oficial. Motines y represión.
1970: 500.000 muertos a causa de un ciclón. Pakistán no brinda mucha ayuda a su sector oriental.
1971: Pakistán anula las elecciones en que triunfa la Liga Awami del independentista Sheikh Mujib Rahman. Guerra de liberación. India y la URSS apoyan a los bengalíes; Estados Unidos y China, a Karachi. En diciembre, el ejército indio pasa la frontera. Independencia de Bangladesh. Sheikh Mujib toma el poder.
1975: Sheikh Mujib y su familia mueren durante un golpe de Estado. El general Zia Rahman se impone y crea el Bangladesh Nationalist Party (BNP, de derecha).
1981: Zia es asesinado en una tentativa de golpe.
1982: Golpe de Estado del general Hossain Ershad.
1991: Movilización popular y caída del general Ershad. El BNP de la viuda de Zia gana las elecciones. Hartals (huelgas) de la Liga Awami de Sheikh Hasina, hija de Sheikh Mujib. Al menos 300.000 muertos por un tsunami.
1996: La Liga Awami se impone en las elecciones. Hartals del BNP.
1998: Inundaciones: dos tercios del país bajo las aguas.
2001: El BNP vuelve al poder con el apoyo de los islamistas. Hartals de la Liga.


Cigarrillos, propinas y gaseosas

Gouverneur, Cédric

Desde el fin de la dictadura, en 1991, dos clanes se alternan en el poder en Bangladesh: la Liga Awami (AL) de Sheikh Hasina, y el Partido Nacionalista Bangladeshí (BNP) de la actual Primera Ministra, Khaleda Zia. Sheikh Hasina es la hija de Sheikh Mujib Rahman, primer jefe de Estado que tuvo el país luego de la independencia, en 1971, asesinado junto a su familia durante el golpe de Estado pro-estadounidense de 1975. Khaleda Zia no es otra que la viuda del general Zia, que gobernó Bangladesh desde 1976 hasta su asesinato en 1981. Cada una se declara heredera del líder familiar desaparecido, al que consideran, respectivamente, como el verdadero padre fundador de la nación.
El odio hacia el jefe adverso es el principal criterio para integrarse a las organizaciones juveniles de ambos partidos, que siembran la intimidación en las calles y en las aulas. En el tablero político, el BNP está aliado a los islamistas, mientras que la AL se dice laica. Los dos son neoliberales y sus métodos son los mismos: las dos begums (damas) se acusan mutuamente de corrupción y de violaciones de los derechos humanos.
En estas tierras, el poder es sinónimo de prebendas y de impunidad. Para los candidatos y sus clanes, la derrota electoral significa que tendrán menores ganancias, lo que explica la negativa a alternarse en el poder: la oposición boicotea el Parlamento y organiza hartals –huelgas en las que se suelen incendiar los negocios de los que no participan– para provocar elecciones anticipadas (1). En ocasiones se cometen atentados explosivos contra reuniones de la oposición y de organizaciones no gubernamentales (ONG).
En período electoral es frecuente que se compren los votos. Según una investigación realizada en 1999 por politólogos bangladeshíes en una villa miseria de Dacca, el 17% de los electores votaba por el partido que les había regalado cigarrillos; el 10% había recibido gaseosas; el 9% una propina, y el 12%... amenazas (2). “En el pueblo donde yo trabajo, un voto cuesta 100 takas” (1,4 euros), afirma un trabajador humanitario occidental. “Si los cómputos no coinciden con los votos comprados, los mastaans identifican y castigan a los que no respetaron el compromiso”. La ignorancia también entra en juego: “Durante la campaña, el principal argumento de mis adversarios era mi supuesto ateísmo”, se lamenta Firuz Ahmed, abogado de pobres y candidato de la izquierda en Khulna en 2001.
El porcentaje de personas que sabe leer y escribir –un 41% según las Naciones Unidas– es tan bajo, que algunos consideran que existe voluntad para que así sea: “El analfabetismo conviene a las elites, pues así pueden hacer lo que quieren con los ciudadanos”, explica un periodista bangladeshí. La ciencia política considera a la clase media –y su aspiración de ascensión social en un clima de estabilidad– como un factor muy importante para la democracia. En Bangladesh, el 80% de la población es pobre. En las calles de Dacca, la gama de vehículos pasa directamente del autobús en pésimo estado a los lujosos 4x4 con aire acondicionado. Las elites paralizan la sociedad, y a pesar de ello siguen siendo elegidas. En el plano formal Bangladesh es, pues, una democracia.

 

  1. Bangladesh, promise and performance, Rounaq Jahan, University Press Ltd, Dacca, 2002.
  2. “Poverty and migrations: slums of Dhaka city”, Association for rural development and studies, Dacca, 1999.


Autor/es Cédric Gouverneur
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 74 - Agosto 2005
Páginas:30,31,32
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Derechos Humanos, Consumo, Política internacional
Países Bangladesh