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Por una Europa de la innovación democrática

El fracaso del Consejo Europeo de Bruselas, el 16 y 17 de junio pasado, tiene causas muy anteriores a los No triunfantes en Francia y Holanda. Tal como está concebida, la UE ha alcanzado sus límites. Lo ilustra la política del euro: al margen de la democracia, fundada en un dogma monetarista caduco, impide toda promoción del empleo. El rechazo evidencia un corte filosófico entre dirigentes y ciudadanos. Sólo de estos últimos puede surgir una refundación democrática de la UE.

Tras el fiasco del Consejo Europeo del 16 y 17 de junio, en el que los Veinticinco no lograron ponerse de acuerdo sobre el marco presupuestario de la Unión Europea (UE) para el período 2007-2013, las cosas están claras: el voto por el No al Tratado Constitucional -en Francia el 29 de mayo y en Holanda el 1° de junio- no es responsable de la crisis de la construcción europea, sino simplemente su revelador. En efecto, la discusión presupuestaria que hizo fracasar la cumbre no estaba vinculada ni con la suerte ni con el calendario de ratificación del Tratado: por otra parte, queda aún casi un año -hasta abril de 2006- para concluirla. Fue la onda expansiva de los dos No la que generó un espacio de debate, cuyo perímetro evidentemente no puede reducirse al monto de las contribuciones que los Estados hacen al presupuesto de la UE, ni a lo que pueden esperar a cambio. La construcción europea es cuestionada de manera global, por sus dichos y por sus omisiones. Bajo presión democrática, los fundamentos de Europa vuelven a convertirse en materia maleable.

Los dirigentes de las instituciones de la UE se esfuerzan por no aparecer totalmente en ridículo, al punto de negar las evidencias. En la noche del 16 al 17 de junio, durante una conferencia de prensa de la que también participaron José Manuel Barroso, presidente de la Comisión, y Josep Borrel, presidente del Parlamento Europeo, el presidente del Consejo Europeo, el primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker, hizo las siguientes declaraciones surrealistas: "Quiero creer obstinadamente que ni los franceses ni los holandeses han rechazado la Constitución." El aplazamiento de la fecha límite para ratificarla (del 1-11-06 a mediados de 2007), y la cita convenida en junio de 2006 para analizar la situación de los respectivos debates nacionales sobre el tema, ya llevaron a una suspensión por tiempo indeterminado de los referendos previstos en Dinamarca, Portugal, República Checa, Polonia y Reino Unido. "Eso no tiene importancia -agregó Juncker-, el proceso de ratificación debe continuar." ¿Por qué? Porque los electores -y por eso necesitamos este período de explicación y de debate- no entendieron que el texto del Tratado Constitucional, su misma naturaleza, estaban dirigidos a responder a sus preocupaciones.

Dado que los votos por el No eran en realidad votos por el Sí que no lo sabían, un poco de pedagogía debiera poner las cosas de nuevo en orden... Era como oír o leer a esos editorialistas franceses, literalmente nocaut luego de la negativa de los electores a seguir sus exhortaciones, que continúan obstinadamente, ellos también, haciendo campaña por el Sí varias semanas después del voto del 29 de mayo 1. Por su parte, Jacques Chirac enunció una verdad de Perogrullo (Los ciudadanos dicen No a la Constitución pues rechazan a Europa tal como es), de la que sin embargo extrae una curiosa consecuencia: hay que explicar Europa tal como es. Al parecer no se le ocurrió al Presidente francés -como tampoco a los dirigentes del Partido Socialista de ese país- que si los ciudadanos habían rechazado masivamente esa Europa, era precisamente porque, por vivir dentro de ella, la conocían bien.

Superado el shock, y con el fin de tratar de explicarlo, algunos partidarios del Sí se rinden a las evidencias y hacen análisis que no difieren mucho de los del campo adverso. Es lamentable que no se hayan expresado de esa manera antes del referéndum... Así, rompiendo con la imagen difundida hasta entonces por los medios de una Alemania a la cual Francia habría dado la espalda y que estaría tentada por el divorcio, Daniel Vernet escribió: "En un sector de la opinión pública alemana, la adhesión al proyecto de Constitución no es tan unánime como permitía suponerlo la ratificación por parte de ambas Cámaras del Parlamento" 2. En realidad se trata de un eufemismo: si se tienen en cuenta la evolución registrada en las encuestas y las declaraciones de dirigentes políticos oficialistas y opositores, sin duda Alemania también habría votado No en un eventual referéndum.

Un rebaño de ovejas negras 

Lo cual habría engendrado una tercera oveja negra, y el rebaño probablemente se hubiera extendido a la mayoría de los países donde estaba programado un referéndum. También a Suecia, donde una gran mayoría de los ciudadanos pedía al gobierno que organizara una consulta de ese tipo, probablemente para votar No. El mito de opiniones públicas encolumnadas tras sus elites, las que a su vez estarían unidas en favor del Tratado Constitucional, se hizo añicos. Y esa crisis de representatividad política no hace más que profundizar la que vive el proceso de construcción europea.

Hubert Védrine, que fuera ministro de Relaciones Exteriores del gobierno Jospin, da muy lúcidas explicaciones al malestar que puso en evidencia el voto por el No: "Lo que arruinó todo fue en particular esa obstinación en ridiculizar todo sentimiento patriótico normal, en hacer una caricatura de las preocupaciones que generaba la ampliación de Europa, aun de las legítimas y no xenófobas, en presentar como sospechoso todo deseo natural de conservar cierta soberanía sobre el propio destino y la propia identidad en medio de la mundialización, en rechazar con arrogancia cualquier crítica. Fue todo eso, junto a la inseguridad social, la inseguridad identitaria y el sentimiento de desposesión democrática, lo que bloqueó las salidas y llevó a los franceses a mostrarse tan contundentes" 3. Sobre un punto clave -la dimensión identitaria de la crisis- otro análisis coincide con el precedente: el de Pierre Nora, director de la revista Débat y también partidario del Sí: "Así pagamos el hecho de haber considerado estúpida cualquier manifestación de apego a la nación. De manera consciente o no, no cesamos de ridiculizar, de ignorar un poderosísimo inconsciente colectivo, sacrificándolo a los espejismos de la construcción europea. Una Europa a la que le faltaban definiciones y límites, pero que sin embargo era erigida en ‘horizonte insuperable' y hasta en ‘sueño'" 4.

Inseguridad identitaria, inseguridad social y sentimiento de desposesión democrática están íntimamente vinculados y explican el alto grado de participación en el referéndum francés, sin precedentes en un comicio europeo. Esos tres ingredientes entran en proporción variable -según el país donde se desarrolla el debate- en la actitud de rechazo al proceso de construcción europea tal como se lo vive concretamente. Posiblemente, el No holandés sea más identitario y el No francés más social y de clase (80% de los obreros y 60% de los empleados votaron No) por su rechazo indiscutible del liberalismo, sentimiento por otra parte compartido con muchos partidarios del Sí.

París y Londres, el mismo bando 

La escaramuza que tuvo lugar en Bruselas entre Chirac y Tony Blair respecto del reembolso que reclaman los británicos -cuya supresión el Presidente francés y otros 23 gobiernos exigen en estricta lógica- y de la política agrícola común (PAC) -cuya renegociación completa reclama Blair, con buenas y malas razones- tiene que ver con una Europa estrictamente económica, que no responde a las preguntas que plantea la opinión pública.

Blair desempeña su papel de liberal sin sentimientos, interesado en desmantelar lo que queda de las políticas de regulación de la UE, de las que la PAC -a pesar de sus graves excesos- es una de ellas. El Primer Ministro británico también está en su rol cuando se opone al aumento del presupuesto comunitario, y por lo tanto de los fondos estructurales que permitirían a los 10 países que ingresaron recientemente alcanzar rápidamente el nivel de los demás. Sólo una fuerte inyección de créditos, en particular para financiar estructuras públicas, permitirá reducir el uso del dumping social y del dumping fiscal como ventajas comparativas dentro del gran mercado de los Veinticinco.

Pero la competencia exacerbada, inscripta en un Tratado que proscribe toda armonización en esos terrenos, es uno de los dogmas del credo blairista y de las patronales europeas. Para ellos, ese elemento se convierte -por medio de la amenaza de deslocalizaciones- en una excelente palanca para reducir aun más la parte de los ingresos por trabajo en la riqueza producida. La presidencia británica de la UE durante el segundo semestre de 2005 promete ser un festival de iniciativas de desregulación y de cuestionamiento de los logros sociales de los países más avanzados de Europa.

Blair es perfectamente coherente, mientras que Chirac no lo es en absoluto: por una parte, sus repetidas referencias al modelo social francés se ven vaciadas de todo contenido por sus propios gobiernos; ayer por el de Jean-Pierre Raffarin; hoy por el de Dominique de Villepin. Por otra, esa referencia es contradictoria con su negativa de aumentar significativamente el presupuesto comunitario, único medio capaz de generar el círculo virtuoso de una progresiva armonización europea desde arriba, en dirección a ese famoso modelo social. Detrás de esas aparentes disputas de tenderos, lo que está en juego es efectivamente el perfil de Europa: social o no. Y es necesario reconocer que sobre ese punto, Londres y París se sitúan de hecho del mismo lado. 

¿Qué se puede esperar del período de explicación de un año, decidido -para salvar los muebles- por el reciente Consejo Europeo de Bruselas? Prácticamente nada si no hay participación de la opinión pública. Desde ese punto de vista, los dos No y el aplazamiento de los referendos previstos, comienzan a descongelar el debate en países donde el Tratado ya fue ratificado a la carrera -fundamentalmente en Italia y España- y a generarlo en otros. Un primer ejercicio común podría ser la elaboración de un Tratado alternativo, referido únicamente a las instituciones europeas, en una real perspectiva democrática, y con exclusión de cualquier inscripción de un modelo económico, como era el caso de la Constitución.

Al respecto, la idea según la cual ese texto instauraba una Europa política es pura propaganda. Ni la creación de un puesto de presidente del Consejo Europeo por un plazo de dos años y medio, ni la de un cargo de canciller europeo podrían responder a esa ambición. Se trata, en el mejor de los casos, de facilidades técnicas útiles, como el sistema de voto por mayoría calificada, que hacen la decisión (levemente) más fácil que en el tratado de Niza actualmente en vigor.

Un debate desde las bases

Para que exista una Europa política, se necesitan las voluntades políticas comunes o convergentes de los gobiernos. Ahora bien, sobre temas esenciales, como el modelo social a promover, la decisión de seguir u oponerse a los dictados de la mundialización liberal o las relaciones con Estados Unidos y con el Sur, las divergencias entre los gobiernos son grandes -al menos verbalmente- mientras que entre los gobiernos y la opinión pública son abismales. Pensar que se resolverán por medio de nuevos organigramas es signo de una inexplicable ingenuidad 5.

En cambio, sobre el tema de la democratización de las instituciones de la UE, es posible poner de acuerdo a un gran número de partidos, movimientos y actores sociales europeos: por ejemplo, sobre el reemplazo de la competencia por la solidaridad y la cooperación como norma estructurante; sobre un mayor papel de los Parlamentos nacionales; sobre el fin del monopolio de la Comisión en materia de iniciativas legislativas; sobre la revisión de las reglas de la codecisión Consejo/Parlamento europeo en beneficio del segundo; sobre la facilitación de la cooperación reforzada; sobre el derecho de iniciativa popular no sometido al filtro de la Comisión; sobre la responsabilidad del Banco Central Europeo tanto ante los ministros de Economía como ante el Parlamento; sobre la extensión de la ciudadanía europea a los residentes no comunitarios; sobre el respeto del laicismo; sobre la supresión de toda referencia a la OTAN en un tratado europeo, etc.

Dichas organizaciones podrán suministrar un plan B, que si bien no existe en las carpetas de la Comisión, podría ser rápidamente preparado, incluso antes de que concluya el período de explicación 6.

Una vez solucionado ese punto previo de la democratización, será necesario lanzar un debate a nivel europeo (cuya posibilidad y vitalidad quedó demostrada durante la campaña del referéndum en Francia), pero a partir de las bases y sobre lo que los miembros de la UE quieren o no hacer todos juntos o en grupos más pequeños en el marco de la cooperación reforzada.

Todo debe poder discutirse, como por ejemplo: el concepto de Europa potencia; la definición de las fronteras de la UE y de los diversos marcos posibles de europeidad; el modelo social; la vuelta a formas de preferencia comunitaria no egoístas en materia de comercio internacional, dado que la creación de un espacio común europeo se superpone, sin suprimirlos, a los espacios comunes nacionales existentes; la clarificación del principio de subsidiaridad, etc.

Son todos los ciudadanos de Europa -y no sólo un areópago como el que formaron las 105 personalidades reunidas en la Convención presidida por Valéry Giscard d'Estaing- quienes pueden erigirse en asamblea de propuestas. Si existe alguna posibilidad de salir del actual atolladero, será por ese camino y no por medio de acuerdos en cenáculos restringidos o entre gobiernos, como el que dio origen a un Tratado Constitucional que no tiene ningún futuro. Y el desafío es aun más difícil, dado que tal método nunca fue probado a nivel supra-estatal. Pero si Europa quiere realmente encarnar una idea nueva, y verse impulsada por sus pueblos, tendrá que destacarse ante todo en la innovación democrática.

  1. En sus persistentes alegaciones, algunos no dudan en embellecer retrospectivamente el contenido de una Constitución que seguramente no todos leyeron. Así, Pierre Rosanvallon le atribuye, entre otras mejoras, el mérito de introducir la posibilidad de un referéndum de iniciativa popular, disposición que será vano buscar en el texto ("Le retour du refoulé", Le Monde, París, 3-6-05.)
  2. "Feu l'Europe-puissance", Le Monde, París, 1-6-05.
  3. Hubert Védrine, "Sortir du dogme européiste", Le Monde, París, 9-6-05.
  4. Pierre Nora, "Un non-dit national explique le vote du 29 mai", Le Monde, París, 4-6-05.
  5. Anne-Cécile Robert, "De la rebelión a la reconstrucción", en Informe Dipló, 6 de junio de 2005.
  6. Al respecto, los grupos Attac de Europa proponen un "plan ABC" para refundar la democracia en la Unión Europea.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Unión Europea
Países Francia, Holanda (Países Bajos)