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Recuadros:

La tragedia del “Cap Arcona”

El hundimiento del barco Cap Arcona y de otros tres buques atiborrados de prisioneros de los nazis y bombardeados por la Royal Air Force en 1945 provocó la muerte de más de 7.500 deportados a manos de sus liberadores. Una catástrofe ignorada por los libros de historia.

Considerado el "Rey del Atlántico Sur", el Cap Arcona, un vapor rápido de 27.571 toneladas de carga, era la nave almirante de la flota de transatlánticos de la HSDG (Hamburg-Südamerikanische Dampfschifffahrts-Gesellschaft) de Hamburgo. Un barco muy lujoso, esbelto, de propulsión acoplada a tres chimeneas rojas y blancas. El Queen Mary II de su época. En su interior, ningún detalle estaba librado al azar: mobiliario de excelente factura, suite real, camarotes victorianos, jardín de invierno, gimnasio, cancha de tenis... Un liner excepcional que sirvió de decorado, en 1942, para la versión alemana de una película sobre el naufragio del Titanic.

Durante doce años, el Cap Arcona había realizado ininterrumpidamente los fabulosos cruceros a los que debía su reputación. En 1933 era el orgullo del III Reich y navegaba con bandera nazi por todos los océanos. El 25-8-1939 fue afectado al servicio de guerra. Tras la invasión a Polonia, el vapor fue amarrado al muelle en el puerto de Danzig (Gdañsk), y utilizado como vivienda flotante de la Kriegsmarine (la marina de guerra alemana).

En 1944, ante el avance de las tropas soviéticas, el barco recibió la misión de transportar civiles y soldados entre Danzig y Copenhague, pero sus turbinas se averiaron durante la travesía. Fue remolcado a un astillero escandinavo, donde repararon sus motores y así pudo regresar a Alemania. Cuando ancló en la bahía de Lübeck (puerto alemán del mar Báltico), el 14-4-1945, el Cap Arcona era casi inmaniobrable. La Kriegsmarine decidió pues restituirlo a la compañía marítima Hamburg-Süd.

Allí, mientras se encontraba anclado en la bahía de Lübeck, se produciría la tragedia marítima más mortífera de la historia. Porque ese mismo 14-4-1945, Heinrich Himmler, jefe de las SS, dio la orden de no dejar ningún deportado vivo en manos de los aliados, de modo que las atrocidades de los campos de exterminio quedaran ocultas para siempre. Pero la eliminación de los cuerpos se tornaba demasiado lenta. Decidieron entonces vaciar los campos de concentración y sacar a los deportados por las carreteras. Así, el 4-5-1945, las tropas aliadas encontraron el campo de concentración de Neuengamme (el más grande de Alemania, a 25 kilómetros de Hamburgo) completamente vacío, a pesar de que desde 1938 había recibido aproximadamente a 106.000 deportados de todas las nacionalidades.

Las "caminatas de la muerte" adquirieron dimensiones trágicas y constituyeron para las SS, en esos últimos días de la guerra, un medio terriblemente eficaz de exterminar a los últimos sobrevivientes de los campos de concentración. Muchos detenidos fueron asesinados de un disparo en la nuca a un costado de las carreteras. Pero algunos lograron resistir a los golpes, la sed y el hambre, apostando al fin de la guerra para salir del infierno.

Los dirigentes nazis, que buscaban a cualquier precio un modo de borrar toda huella de los deportados, decidieron amontonarlos a bordo de los buques, encerrarlos allí y hundirlos en alta mar. Karl Kaufmann, jefe nazi del distrito de Hamburgo, ordenó a los oficiales de las SS trasladar a los deportados a Lübeck, donde se encontraba anclado el Cap Arcona, a pie por las carreteras. Los cargueros Thielbek, Athen y Deutschland, presentes en la bahía, serían también afectados para cumplir con el mismo siniestro objetivo.

Lujosos camarotes-celda

El 18-4-1945, los SS subieron a bordo del Cap Arcona e informaron a los oficiales que se estaba preparando una "operación especial", sin dar mayores precisiones. El capitán Heinrich Bertram y el capitán del Thielbek, John Jacobsen, fueron llamados a tierra, donde se les explicó en detalle el proyecto criminal. Jacobsen regresó a bordo y reveló a su tripulación toda la verdad sobre la "operación especial". Señaló que tanto el capitán Bertram como él se habían negado a concretarla. Al día siguiente, Jacobsen fue separado del mando de su buque.

Del 19 al 26 de abril, más de 11.000 deportados fueron llegando a pie al puerto de Lübeck. Presente en el lugar, la Cruz Roja sueca intentó en vano negociar su rescate con Himmler. El embarco comenzó el 20 de abril. El SS-Sturmbannführer Gehrig ordenó a Fritz Nobmann, capitán del carguero Athen, llevar a 2.300 deportados y 280 oficiales de las SS y kapos 1 a bordo y transferirlos al Cap Arcona, anclado a 4 kilómetros en alta mar. Nobmann se negó. Pero más tarde, amenazado con ser fusilado, se resignó a obedecer. Los SS y los kapos hicieron subir a bordo a los deportados a garrotazos. Unas horas más tarde, el Athen abandonó el puerto y se dirigió hacia el Cap Arcona. Al llegar al lugar, el capitán del Cap Arcona, Heinrich Bertram, se negó a embarcar a los detenidos. El Athen permaneció en alta mar toda la noche y debió regresar al muelle a la mañana siguiente, el 21 de abril, sin haber podido transferir a los deportados.

El SS-Sturmbannführer Gehrig comunicó al comandante de las SS Max Pauly la negativa del capitán Bertram. A su vez, Pauly transmitió la noticia al general de las SS, jefe de la Gestapo de Hamburgo, el conde Bassewitz-Behr, y éste al Gauleiter Karl Kaufmann, comisario del Reich para la Marina. La noche del 21 de abril, Karl Kaufmann envió a su asesor personal, el SS-Hauptsturmführer Horn, a encontrarse con John Egbert, presidente del directorio de la compañía marítima Hamburg-Süd, propietaria del Cap Arcona, para decirle que el capitán Bertram debía obedecer las órdenes de embarcar a los "prisioneros de guerra". Caso contrario, sería fusilado.

En ese momento, estaba claro para todos que el Cap Arcona sería hundido con los deportados a bordo y que se había decidido su destino. Cinco días pasaron y, el 26 de abril, el teniente comandante Lewinski y el SS-Sturmbannführer Gehrig subieron a bordo del Cap Arcona. El capitán Bertram intentó, sin éxito, negociar con ellos, quienes le dieron el siguiente ultimátum: o autorizaba inmediatamente al Athen a amarrar junto al buque y transferir a sus prisioneros, o sería juzgado ante una corte marcial y fusilado. El capitán Bertram finalmente cedió.

Comandados por el oficial de las SS Kirstein, los militares quitaron todos los chalecos salvavidas, así como los bancos o las banquetas que podían utilizarse como balsas, y los guardaron bajo llave en el pañol.

Excepto los deportados políticos, todos los prisioneros permanecieron uno o dos días a bordo del Thielbek, antes de ser transferidos al Cap Arcona a través del Athen. Finalmente, subieron a bordo 6.500 deportados y 600 guardias de las SS.

Para los prisioneros, la visión era surrealista. Agotados tras su interminable caminata, recorrieron la crujía decorada con alfombras persas y se dispersaron por los elegantes restaurantes victorianos. Luego fueron amontonados a razón de veinte por camarote. Para hacer más espacio, sacaron de los camarotes su precioso mobiliario, pero dejaron las mullidas alfombras y los cuadros en las paredes.

Sin embargo el lujoso barco se transformó rápidamente en un verdadero infierno. Todos los días morían allí de veinte a treinta deportados. Casi no había comida ni bebida. Diariamente, una chalupa traía agua potable y regresaba a Lübeck con los muertos. Los guardias se ensañaban particularmente con los prisioneros rusos.

En vista del hundimiento, el número de oficiales de las SS se redujo gradualmente y fueron reemplazados por miembros del ejército territorial, de entre 55 y 60 años de edad, y de la infantería de marina. El Athen realizó su último viaje al Cap Arcona el 30 de abril, esta vez para sacar prisioneros del buque, a la sazón tan superpoblado que incluso los SS no podían soportar más los muertos amontonados y el mal olor. Además, se habían llevado a cabo negociaciones con la Cruz Roja sueca y se había llegado a un acuerdo para facilitar el rescate de los detenidos franceses. A los ojos de los nazis, la derrota era un hecho. Con esta medida de clemencia respecto de algunos detenidos, esperaban una reducción de las sanciones que sin duda les impondrían los países vencedores.

Algunos prisioneros aprendieron rápidamente algunas palabras en francés para tratar de engañar a los guardias y abandonar el barco. Muchos fueron fusilados cuando un último interrogatorio en francés reveló su verdadera nacionalidad. En total, 2.000 deportados franceses y residentes del imperio colonial francés lograron abandonar el Cap Arcona y el Thielbek, el 30 de abril. Fueron llevados a Suecia y hospitalizados. Algunos detenidos franceses se negaron a abandonar los camarotes del Cap Arcona y del Thielbek, considerando que las condiciones de supervivencia en los demás barcos eran aun más azarosas. Sin saberlo, firmaban así su sentencia de muerte.

El 30-4-1945, los deportados se enteraron de que Adolf Hitler se había suicidado, que Berlín había sido ocupada por las tropas rusas y que la guerra prácticamente había terminado.

No obstante, desde hacía cinco días varios pontones y barcazas de desembarco trasladaban a Lübeck a medio millar de deportados famélicos más (hombres, mujeres, niños) provenientes del campo de concentración de Stutthof, cerca de Danzig, en Polonia. Debían abordar el Cap Arcona.

En este punto, los acontecimientos se precipitaron. El 3 de mayo, mientras submarinos alemanes maniobraban en la bahía de Lübeck preparándose para disparar los mortales torpedos con el fin de hundir el Cap Arcona, irrumpieron los tanques británicos. Los alemanes se pusieron a cubierto para combatir. En la mañana de ese mismo día, un avión inglés había efectuado un vuelo de reconocimiento sobre la bahía de Lübeck y había observado al Cap Arcona. Presintiendo su inminente liberación, los deportados le habían hecho señales con sus manos. Todavía presentes en el carguero Athens, los soldados nazis abrieron fuego contra el avión. Para escapar a los disparos de las baterías antiaéreas, el aparato volaba entonces a 10.000 pies, lo que hacía imposible identificar a las personas a bordo.

Al mediodía, dos oficiales británicos se presentaron en la oficina de la Cruz Roja sueca, en Lübeck, para informarse sobre todos los detalles de los barcos-prisiones. Tras escuchar un informe, prometieron actuar en consecuencia. Lamentablemente, era demasiado tarde para desviar la operación lanzada contra los nazis. Varios aviones de la Royal Air Force (RAF) se presentaron en la bahía de Lübeck. Cuatro escuadras de caza bombarderos Typhoon de la Second Tactical Air Force se ubicaron en posición de ataque. Los nazis colocaron en sus barcos militares banderas blancas, pero mantuvieron la bandera hitleriana en el Cap Arcona, el Athen, el Thielbek y el Deutschland.

A las 14:30 horas, la visibilidad era buena. El capitán inglés Martin Scott Rumbold inició el ataque. El Cap Arcona y los demás buques fueron bombardeados y ametrallados por los caza bombarderos. Entre los pilotos se encontraba Pierre Clostermann, un aviador francés que integró la Royal Air Force y que había sido pasajero del crucero inaugural del Cap Arcona. Completamente incendiado, éste comenzó a hundirse. A bordo, los detenidos sabían que sólo disponían de muy poco tiempo para escapar. Bertram, el capitán, dejó el puente cubierto de humo abriéndose camino a golpes de machete a través de la masa de prisioneros y abandonó el barco. Los SS aterrorizaban a los detenidos disparando sus ametralladoras. Muchos de los botes de salvamento fueron perforados. Sólo uno fue lanzado al mar por los SS para escapar.

Presas de un pánico indescriptible, los deportados que no fueron asesinados durante el ataque, ni se habían quemado o ahogado en su prisión, se abalanzaron hacia el puente y se arrojaron al agua, donde intentaron aferrarse a tablones que flotaban. La mayoría se ahogó. El resto nadó en aguas glaciales. Muchos murieron ametrallados por los cañones de 20 mm de los caza ingleses, que iban y venían volando al ras del mar. Algunos detenidos fueron rescatados por pescadores alemanes que socorrían a las víctimas. En tierra, los primeros sobrevivientes solicitaron a las tropas británicas que enviaran urgentemente botes de salvamento.

La bandera blanca del carguero Thielbek no bastó para detener la furia inglesa. El ataque perpetrado contra éste se produjo minutos después. Sólo unos pocos detenidos escaparon de las bodegas. El barco escoró a 50 grados y comenzó a hundirse. De los 2.800 deportados a bordo, sólo 50 sobrevivieron. Todos los guardias de las SS y los de la infantería de marina fueron asesinados, al igual que el capitán Jacobsen.

Los gritos de los moribundos se oían desde Lübeck.

Una masacre olvidada 

Había 4.500 detenidos a bordo del Cap Arcona, 2.800 en el Thielbek y 1.998 en el Athen; lograron salvarse 316 prisioneros del Cap Arcona, 50 del Thielbek y la totalidad de los deportados del Athen. En total, 7.500 prisioneros de guerra, de 28 nacionalidades, fueron asesinados en menos de treinta minutos.

En la euforia del triunfo, los diarios ingleses e internacionales sólo mencionaron el "brillante ataque" de la aviación británica. Al día siguiente, las tropas británicas ingresaron en el campo de concentración de Neuengamme completamente vacío y el mariscal Montgomery recibió la rendición de las tropas de Alemania del Norte. Cuatro días más tarde, el 8 de mayo de 1945, la guerra terminaba en Europa.

Ningún gobierno británico se refirió nunca a la muerte de los 7.500 deportados de la bahía de Lübeck asesinados por su aviación. Nunca se ofrendaron coronas de flores ni se pronunció ningún discurso en su memoria. Se cavaron fosas comunes a lo largo de la playa entre Lübeck y Pelzerhaken. Los sobrevivientes hicieron construir un cenotafio de piedra en el que se lee en grandes letras negras: "A la memoria eterna de los deportados del campo de concentración de Neuengamme. Murieron durante el naufragio del Cap Arcona el 3 de mayo de 1945".

Las autoridades británicas explicaron más tarde que la presencia de una flotilla militar alemana junto al Cap Arcona los había inducido al error, pensando que el barco estaba ocupado por militares alemanes. En 2000, el historiador alemán Wilhelm Lange afirmó que los británicos sabían de la existencia de estos barcos prisiones un día antes de sus bombardeos, pero que esta información no se dio a conocer. La tragedia de la bahía de Lübeck es considerada un verdadero crimen de guerra. El drama permaneció impune e ignorado por los libros de historia.

Durante años, hasta cerca de 1970, el mar Báltico arrojó los cadáveres y restos de los deportados asesinados. En el llamado "proceso Curio haus", el ex oficial de las SS Max Pauly, el comandante del campo de concentración de Neuengamme y el jefe del campo Thumann fueron juzgados, condenados por crímenes de guerra y ahorcados en la penitenciaría de Hameln. Muchos oficiales de las SS del campo de Neuengamme fueron juzgados entre 1945 y 1948 por tribunales militares ingleses. Pero ninguno de los muchos otros alemanes culpables o cómplices del asesinato de los deportados del Cap Arcona y del Thielbek fue juzgado ni por una corte británica ni por una corte alemana.

Los restos del Cap Arcona permanecieron encallados en la bahía de Lübeck hasta 1950; luego fueron desmantelados por buceadores y reducidos a chatarra. Sobre el espigón de Lübeck fueron estudiados y fotografiados en detalle por la Rolls-Royce, firma que había fabricado las bombas inglesas... con el fin de evaluar su eficacia. Cuatro años después de su naufragio, el Thielbek, sacado a flote y reparado, fue puesto nuevamente en servicio bajo el nombre de Reinbek. En 1961, la compañía marítima Knöhr & Burchard vendió el Reinbek, que navegó entonces bajo bandera panameña. En 1974, el ex Thielbek fue desmantelado en Split, en la ex Yugoslavia. Los restos de los cadáveres encontrados entre sus partes fueron colocados en 49 ataúdes y descansan finalmente en paz en el sector Cap Arcona del cementerio de Lübeck.

La Unión Soviética se apoderó del Athen como indemnización de guerra y lo llamó General Brusilow. El 27-5-1947 fue obsequiado a Polonia. Rebautizado Warynski, siguió navegando durante mucho tiempo entre Gdañsk (ex Danzig) y Buenos Aires, vía Hamburgo. En 1973 fue puesto fuera de servicio y sirvió como depósito flotante en la ciudad polaca de Stettin, con la denominación NP-ZPS 8.

Hoy, 60 años después, la tragedia de Lübeck sigue siendo un tabú. En Francia, sólo quedan unos pocos deportados sobrevivientes que reclaman la verdad. Quieren saber por qué ningún historiador trabajó sobre esta página de la Segunda Guerra Mundial; por qué en las bibliotecas francesas ningún libro menciona esta tragedia; por qué los archivos de la Royal Air Force sobre esta catástrofe recién se abrirán en 2045. En memoria de sus compañeros desaparecidos, estos sobrevivientes quieren dar su testimonio sobre las atrocidades de los nazis, la locura de la guerra y las revanchas ciegas que condujeron a la masacre de miles de inocentes.

  1. Prisioneros jefes en los campos de concentración nazis (kamerad polizei).

Siempre presente en mi memoria

Migdal, André

El hecho de haber vivido este acontecimiento, lamentablemente muy poco conocido, me obliga por un lado a testimoniar, aunque sólo fuere para darlo a conocer, y por otro a brindar de alguna manera un homenaje a todas las víctimas, muchas de las cuales eran compañeros de combate.
Llegué al embarcadero el 30-4-1945. Con el barco repleto, los motores del Athen se pusieron en marcha. Sentíamos las vibraciones bajo nuestros pies y el viento marino nos golpeaba el rostro. Apretados unos contra otros, no podíamos imaginar un viaje muy largo en alta mar. Atravesamos una suerte de canal y descubrimos a cierta distancia un enorme y magnífico buque. Los oficiales de las SS dirigían todos los sectores del barco, controlaban los movimientos, organizaban brutalmente la distribución de los camarotes, las bodegas y los puentes. Fue así como me encontré en un camarote de lujo de un barco de lujo, tras haber estado en lo más bajo de un sistema esclavista, viviendo sin calificación humana en el campo de concentración de Neuengamme, el más grande de Alemania del Norte; tras haber sido registrado allí, y luego formado parte de las caminatas de la muerte.
Éramos aproximadamente quince por camarote en ese paraíso flotante, y no conocíamos las razones de este cambio. No todos estaban en el mismo barco, pero en todas partes existía la misma superpoblación. Debido a esta sobrecarga, los SS comenzaron una cacería con el fin de evitar, aparentemente, un posible foco de resistencia. Controlaron los camarotes en varias oportunidades. Los deportados a los que se señalaba eran sacados violentamente. ¿Para ir adónde? En dos oportunidades escapé de esta cacería, pero un kapo polaco todavía de servicio me señaló. Fui entonces llevado a empujones, manu militari y fuertemente custodiado, hasta el pasillo en el que nos encontramos amontonados, sin poder intentar el menor gesto. Atemorizados, impotentes, algo resignados, abandonamos el Cap Arcona. También dejé, y para siempre, a mis compañeros, sin medir la importancia de este traslado.
Del Cap Arcona me trasbordaron al Athen, donde fui a parar al fondo de una bodega. Estábamos tendidos, flotando sobre un río de excrementos, sólo vestidos con nuestras ropas harapientas, sin agua, sin comida, casi sin luz. Muchos estaban enfermos de disentería.
Sin medicamentos, obviamente, ni la menor posibilidad de higienizarnos. En un rincón de la bodega había un lugar donde estaban “depositados” los muertos, cuyos cuerpos debían ser arrojados al mar. Luego de recibir violentos golpes de un SS, pude deslizarme entre esos muertos para ponerme al abrigo. Estaba seguro, al menos, de que ya no sería pisoteado ni molestado, como aún podían serlo los vivos: hostigados, enfrentados permanentemente al odio. Sin moverme, sin tampoco poder dormir, ya que aún debía evitar que me arrastraran con los muertos, a través de una cuerda que los arrojaba al mar.
El 3 de mayo el Athen se dirigió a tierra para recoger otro “cargamento” de detenidos: hombres, mujeres y niños destinados también a desaparecer. La noche anterior habíamos sentido un balanceo en el barco, probablemente ocasionado por un intento de torpedeo.
El Athen disponía de un equipo antimagnético eficaz. Al atardecer percibimos los disparos de la defensa antiaérea, luego dos golpes secos. Habíamos sido ametrallados por aviones de la Royal Air Force. Un SOS desesperado desató una avalancha hacia la escalera. Un primer detenido subió la escalera de hierro y abrió la escotilla. Otro lo siguió. Es así como logré salir de esa sórdida bodega. Presa del pánico, me precipité hacia la proa bajo el fuego incesante de los aviones y salté a estribor, sin poder ver nada. Perdido, permanecí aferrado a una cuerda del barco, que no se movía. Mis manos sangraban pero, curiosamente, no sentía dolor. Sólo una picazón provocada por el agua salada y congelada del mar Báltico.
Debía calcular exactamente el esfuerzo necesario, sin saber si sería capaz de dar las pocas brazadas que me separaban del pontón. Como una pieza desmantelada, lo alcancé, aturdido. El Athen vaciaba su cargamento por ese único pasaje, al final del cual un tanque inglés, con la torreta abierta, intentaba contener a la multitud de deportados completamente aterrorizados.
A lo lejos, escorado, el Cap Arcona ardía. El Thielbek había desaparecido. Más tarde, nos enteramos de que se había hundido en 20 minutos, tragándose prácticamente toda su carga. El Deutschland, a bordo del cual no había deportados, también se hundía. En menos de treinta minutos, los aviones ingleses, nuestros tan esperados liberadores, nos traían la muerte.
¿Cómo aceptar, desde entonces, la ausencia de explicación por parte de las autoridades británicas, la falta de organización para venir a socorrernos? Lo que hoy sigue siendo inexplicable es el silencio, esa negativa a determinar las responsabilidades. (...) Nunca cuestioné la participación y el sacrificio de las tropas inglesas en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la pregunta aún sin respuesta es por qué semejante ensañamiento, semejante deseo de destrucción a cinco días del fin de la guerra, sabiendo que ningún objetivo militar estaba en la mira y que, en definitiva, esta matanza hubiera podido evitarse.
La mayoría éramos miembros de la Resistencia de países de una Europa ocupada, aliados aferrados a una victoria sobre ese III Reich genocida. Es el momento de abrir los archivos. Es el momento de saber el porqué de este silencio. Yo sólo pretendo saber la verdad en nombre de las víctimas. En nombre de nuestra memoria, ese patrimonio universal.


Autor/es Frank Mazoyer
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 74 - Agosto 2005
Páginas:40,41
Traducción Gustavo Recalde
Temas Historia