Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Voten, ellos harán el resto

"La principal preocupación de la derecha: conservar el poder; mi mayor deseo: devolvérselo a ustedes". Con lirismo y algunas reticencias, el candidato en la elección presidencial de 1974 François Mitterrand estigmatizaba la crisis de representación política. Hacía responsable a la Constitución de la Vº República, y en parte tenía razón. Lo que siguió probó cuánto más amplia era la cuestión: de elección en elección, la brecha se fue profundizando y aumentaron tanto las abstenciones como los votos en blanco. Los votantes impugnan cada vez más la legitimidad de los cargos electos y de las elites políticas.

Desde que se viene planteando la cuestión, hace al menos treinta años, se han ofrecido varios tipos de explicación: institucional (en el marco de la mundialización, las opciones políticas ya no se tratan mediante el debate tradicional); económica (las presiones dejan poca libertad a los ciudadanos); politológica (el aumento de la abstención es normal y característico de la democracia moderna)... A lo que se le suma un discurso elitista (las cuestiones son demasiado complejas para que un votante pueda comprenderlas y darles respuesta), profesoral (no explicamos lo suficiente) o sencillamente condescendiente (los votantes son irresponsables)...

Estos brillantes análisis tienen una particularidad en común: no intentan reactivar la democracia. Al contrario, teorizan un cambio de paradigma, ni siquiera aducen que está en crisis, sino que evocan una evolución hacia una especie de "pos-democracia", lo cual no es más que una manera de admitir el fin de esta democracia.

En efecto, si bien hasta la década de 1980 el combate democrático podía caracterizarse por momentos de gran intensidad -la elección presidencial francesa de 1981 sigue siendo un símbolo-, en posteriores confrontaciones políticas hubo pocos debates de fondo. Lo que es más grave, el espíritu democrático retrocede en favor de la aceptación de presiones de la mundialización que son presentadas como insuperables; el interés general desaparece para privilegiar intereses tan parcelarios como fugitivos. El ciudadano ya no es un protagonista de la democracia, sino su acreedor pasivo.

¿Presión de los intereses mundializados? Evidentemente. ¿Ausencia de coraje político? Sin dudas. Pero mucho peor, aceptación por parte de la clase dirigente, tanto de derecha como -por desgracia- de izquierda, de argumentos conformistas, de una visión del mundo unívoca e inevitable. Con posterioridad al viraje económico socialista de 1983, para medir la brecha ideológica que se abrió entre el pueblo y sus representantes basta con haber escuchado a algunos ministros socialistas extasiarse ante su propio valor para conducir una política que los votantes rechazaban.

La crisis que atraviesa todo Occidente no es una crisis política tradicional, en la que el pueblo manifiesta su exasperación ante las medidas adoptadas por sus representantes, sino una fundamental diferencia de visión. Por un lado los ciudadanos desean estar representados, tener portavoces políticos. Por el otro, las "elites" creen saber lo que es el bien común, se consideran portadoras de un interés general de esencia casi inmanente, que va incluso contra sus propios conciudadanos. Entonces, la legitimidad ya no procede del pueblo. Es así como Alain Minc, interrogado acerca de la uniformidad de la Comisión Europea -compuesta exclusivamente de tecnócratas- que él presidía y que había elaborado el informe sobre "La Francia del año 2000" 1 respondió que "la pretensión de prohibir expresarse a las elites, significa el riesgo de caer en el populismo" 2.

De manera que el responsable político moderno tiene que someterse a las presiones que ejercen las fuerzas dominantes contra las reivindicaciones populares. Esta evolución aristocrática se ve oficializada por la evolución semántica: responder al pueblo es ser populista; hablar de soberanía popular es ser soberanista. Al mismo tiempo, el sello de "popular" lo otorga la esfera político-mediática. Así Pierre Assouline, en el programa que anima en France Culture, le dijo a su invitado -Bernard Kouchner 3- que era "uno de los dos hombres políticos más populares de Francia", declaración sorprendente cuando se sabe que este ex ministro socialista fue sistemáticamente derrotado en todos sus intentos electorales.

Verdadero golpe de Estado histórico: mientras que en democracia los ciudadanos juzgan a los responsables, la "pos-democracia" permite en cierto modo que los responsables juzguen a los ciudadanos. Así Lionel Jospin, después de su fracaso del 21-4-02, pidió que dejaran de "mostrarse complacientes con quienes no cumplen con su deber cívico" 4. Así Anthony Blair, en ocasión de la guerra en Irak, declaró que el rechazo manifestado por el pueblo inglés es consecuencia de "una comprensible emoción", pero que "carece de importancia política". La idea de un sufragio controlado, incluso calificado, se extiende de manera insidiosa. Por ejemplo, el dirigente del Partido Socialista (PS) Dominique Strauss-Kahn declara: "Lamentablemente, en una democracia parlamentaria no siempre se puede esperar la serena participación del grupo social más desfavorecido. No es que se desinterese de la historia, sino que a veces irrumpe manifestándose con violencia" 5.

La soberanía popular

De modo que la creciente abstención en las elecciones no es signo de indiferencia con relación a la democracia, sino la consecuencia natural de la disolución de la soberanía popular. El alto índice de participación en el referéndum del 29 de mayo pasado muestra, en cambio, el resurgimiento de la soberanía de un pueblo que se decía había desaparecido de la escena; ese pueblo consideró que la cuestión planteada le permitía, por una vez, tener una real influencia. A la inversa, las reacciones de los dirigentes y de los principales medios de comunicación fueron las de responsables deslegitimados. Nada más lógico. Pero su exageración revela la amplitud del cuestionamiento a una organización del poder que creían definitivamente instalada.

Aquí la política se encuentra con la filosofía. Porque la disolución de la democracia no es producto de las circunstancias, como quieren hacer creer los que hablan de "déficit democrático" de la manera en que se habla del balance contable de una empresa a reactivar. Se inscribe en una evolución del pensamiento, de referentes filosóficos, a través de lo que se dio en llamar filosofía posmoderna y que se vincula estrechamente con la deconstrucción del sujeto político. Así, según Michel Foucault, "el sujeto no es una sustancia; es una forma, y esta forma no es ni fundamentalmente ni siempre idéntica a sí misma; uno no tiene el mismo tipo de relación cuando se constituye como sujeto político que va a votar... o cuando busca realizar su deseo en una relación sexual" 6.

Si la definición del ciudadano se basa tanto en una unidad como en una determinada permanencia, ¿existe todavía un ciudadano? y ¿cuál puede ser la realidad del individuo político en semejante concepción? Estas tesis son la negación misma de cualquier espacio público. Si la ciudadanía fuera relativa a la cuestión planteada, ya no habría ni interés general ni ciudadano. La democracia sólo tiene un sentido relativo y el universalismo no es más que una particularidad entre tantas otras. Así, el sociólogo Alain Touraine llega a declarar: "La democracia representa más directamente que en el pasado la subordinación de la organización social a un principio no social, el de la libertad humana". Y agrega: "Nos definimos cada vez menos por lo que hacemos, y cada vez más por lo que somos, por el sexo, la edad, la etnia, la nacionalidad, la religión, etc." 7.

El movimiento popular que caracteriza al 29 de mayo está consustancialmente vinculado con la batalla de las ideas. La filosofía, que siempre supo acompañar a la evolución histórica, podría por fin despertarse, salir de los salones conformistas y volver a encontrar su vinculación con la humanidad.

En efecto, no es una casualidad que el cambio de paradigma democrático se haya cristalizado en el proyecto de Tratado Constitucional Europeo. El proyecto europeo adoptó una ideología de la mundialización que ante todo crea coacciones, obligaciones, fatalidades... Surgida de la generosa idea de un pueblo mundial, suprime de hecho al pueblo en tanto protagonista político, sometiendo la política a decisiones de carácter superior, a actores poco evidentes. La construcción europea, fundada en la aspiración de los pueblos de Europa a construir un espacio de paz y un porvenir de progreso, intentó que los ciudadanos abrazaran una causa que no les concernía. Es lo que Alain Touraine resume cuando declara con brutalidad: "En Francia la palabra liberalismo era impronunciable, entonces se encontró otra: Europa" 8.

Los "padres fundadores" de Europa, en especial Jean Monnet, no ocultaban sus reticencias con respecto a la soberanía popular, su concepción tecnocrática y económicamente liberal de la política. Traumatizados por la Segunda Guerra Mundial, luego por la Guerra Fría, pocos responsables supieron analizar los riesgos que su proyecto europeo hacía pesar sobre la democracia. Pierre Mendès-France fue uno de ellos. El 18-1-1957, al pronunciarse en la Asamblea Nacional contra el Tratado de Roma, declaraba: "El proyecto de mercado común tal como nos lo presentan se basa en el liberalismo clásico del siglo XX, según el cual la competencia pura y simple regula cualquier problema. La abdicación de una democracia puede adoptar dos formas, o recurre a una dictadura interna que pone en manos de un hombre providencial todos los poderes, o delega sus poderes en una autoridad externa, la cual en nombre de la técnica ejercerá en realidad el poder político, dado que en nombre de una sana economía se acaba fácilmente dictando una política monetaria, presupuestaria, social, por último una política nacional e internacional en el sentido más amplio de la palabra".

Finalmente, el "Tratado que establece una Constitución para Europa" no es más que el resultado último de esta lógica, la última pieza que completa el rompecabezas. En esta fase, únicamente una propaganda ruin podía tratar de antieuropeos a los que rechazaban esa sacralización. La única cuestión válida era la del poder político, y ese texto oficializaba la legitimidad política de un ente abstracto, el mercado. Esta legitimidad abstracta otorgaba por sí misma una legitimidad concreta a "elites" que a partir del anuncio del referéndum declararon con toda naturalidad que no había sino un único voto posible: Sí.

Ausencia de pueblo

Como por definición el "Sí" no tiene ningún valor si no se puede decir "No", el debate sobre los presuntos avances democráticos del Tratado sólo podía ser incomprensible 9. Por lo tanto se lo desvió y se atascó de manera absurda en torno a los nuevos poderes de un Parlamento Europeo despojado de los reales atributos del poder en materia económica y social, como por otra parte lo están cada vez más los Parlamentos nacionales. Se extravió en torno al refuerzo del papel del ciudadano, en particular a un derecho de petición -especie de equivalente al derecho de súplica ante el rey bajo el Antiguo Régimen- y que sólo era, en la mejor hipótesis, la consecuencia natural de la libertad de expresión.

En realidad, este proyecto de Tratado era sin duda la primera construcción jurídica coherente de una democracia posmoderna en torno a una ciudadanía borrosa, a un ciudadano más sujeto del mercado-rey que actor de una voluntad colectiva; por último en torno a una ausencia de pueblo. Porque no hay pueblo en esta construcción europea, dado que el único cuerpo político mencionado en el Tratado es, más o menos, el conjunto de peticionantes con respecto a una cuestión en particular, así como en las visiones posmodernas lo es la ciudadanía con respecto a la cuestión planteada. La mundialización que nos impone el discurso oficial olvida al pueblo o incluso lo deja de lado: por ejemplo, en su libro Imperio, Antonio Negri y Michael Hardt explican que el pueblo, que supuestamente es una forma de unidad, tiende a asfixiar a la "multitud de individualidades" 10. Así el ciudadano ya no sería un ser político, sino uno entre la multitud.

Hay momentos en la historia en que las cosas se clarifican de repente. Quizás el 29-5-05 quede como uno de esos momentos. Sostenedores de un proyecto económico competitivo puramente dogmático, los liberales se revelaron antiliberales en el plano filosófico. Los discursos sobre la democracia demostraron ser artificios engañosos. Los más importantes medios de comunicación manifestaron su sumisión a intereses privados.

"Pensar es decir no", decía el filósofo Alain. En algunas circunstancias y ante dificultades excepcionales, los ciudadanos reencontraron mayoritariamente la voluntad de decir no. Este gesto no es circunstancial: es la reafirmación de una identidad política, de una reconstrucción del ciudadano. Y sobre todo, la proclamación de que no hay democracia sin debate.

  1. Alain Minc, "La France de l'an 2000", Informe para el Primer Ministro, Comisariato General del Plan, París, 1994.
  2. L'Heure de verité, París, 8-11-1994.
  3. Culture matin, París, 20-6-02.
  4. Le Monde, París, 1-2-03.
  5. Dominique Strauss-Kahn, La Flamme et la cendre, Grasset, París, 2002.
  6. Michel Foucault, Dits et écrits, IV, p. 451, Gallimard, París, 2001.
  7. Entrevista con Alain Touraine, Le Monde, París, 16-12-1997.
  8. Alain Touraine, "Le marché, l'Etat et l'acteur social", Cultures en mouvement, nº 17, París, mayo de 1999.
  9. Anne-Cécile Robert, "De la rebelión a la reconstrucción", en Informe Dipló, 6-6-05.
  10. Antonio Negri y Michael Hardt, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2002.
Autor/es André Bellon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Páginas:26,27
Traducción Teresa Garufi
Temas Estado (Política), Unión Europea