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Recuadros:

El pecado original del peronismo

El autor, militante del justicialismo a lo largo de toda su vida, sostiene que las claves de la división actual del movimiento peronista deben buscarse en ciertos vicios estructurales que lo llevaron al derrumbe en septiembre de 1955: el desplazamiento de los cuadros por los cortesanos, el pragmatismo que siempre favorece al ala derecha y las vacilaciones a la hora de profundizar el proyecto.

"Cuando todo suena a Perón, es porque Perón suena...". El Presidente se quedó unos segundos en silencio, escrutando al jesuita de rasgos aguileños que se había atrevido a soltarle semejante profecía y luego, como era su costumbre, corrió al antiguo confesor de "la pobre Eva" por el lado que éste disparaba: le aseguró que daría órdenes para que cesara tanta pomposa apología, tanto culto a la personalidad como rezumaba la propaganda oficial.

Pero no asumió lo que el cura Hernán Benítez pretendía decirle: el incienso cortesano que asfixiaba a "la contra", también le nublaba al "Conductor" la visión de la realidad. Benítez observaba cómo "la conspiración oligárquica" ganaba terreno al calor de los errores del gobierno popular. Años después, cuando su profecía se había cumplido y el líder justicialista estaba en el exilio, comentaría implacable: "Perón resultó un pésimo administrador de la gran revolución social que él mismo tuvo el talento de propiciar".

Y no lo pensaba solamente por la pelea con la Iglesia, que estaba volcando al antiperonismo a vastos sectores de las Fuerzas Armadas. Benítez -que había organizado la visita de Evita al Vaticano en 1947- sabía muy bien que esa funesta confrontación no la había iniciado Perón sino Pio XII, muy influido por el Departamento de Estado de EE.UU. y decidido a crear un partido demócrata cristiano en Argentina.

El jesuita, admirador fanático de Evita, a quien consideraba una "cristiana primitiva", pensaba que el proceso revolucionario iniciado por el peronismo se había desviado y acabaría "derrotado por la oligarquía". Perón, rodeado de obsecuentes, no lo advertía. Años antes, Arturo Jauretche, uno de los intelectuales del nacionalismo popular que anticiparon el peronismo y lo apoyaron en sus comienzos, había trazado un diagnóstico que conserva plena vigencia: "el personalismo, que nos guste o no es un modo histórico nuestro, acarrea, junto con sus ventajas (unidad y eficacia inmediata en la dirección y simplificación en el caudillo-apoderado del pueblo), la creación de una burocracia cortesana, que paulatinamente lo va bloqueando y aislándolo del medio político social. Al mismo tiempo, habitúa al protagonista a no aceptar las divergencias y disentimientos que traen los capacitados y los hombres de carácter que son excluidos por un círculo de cortesanos que siempre dicen amén" 1.

A cincuenta años de la caída de Perón, cabe preguntarse si no hay que buscar en esa definición de Jauretche la raíz de los males que aquejarían al peronismo en los '70 y en los '90, hasta conducirlo a la crisis de representatividad de 2001 y sus consecuencias electorales: los tres candidatos presidenciales de 2003 y el enfrentamiento actual dentro del Partido Justicialista (PJ), entre el presidente Néstor Kirchner y el ex presidente provisorio Eduardo Duhalde.

Sin olvidar que a pesar de esos males el peronismo sigue ocupando la mayor parte del mapa político nacional, hasta casi convertir en realidad aquella ironía de su fundador: "peronistas somos todos". Si se mantiene vigente, no obstante las crisis y las rupturas, es porque produjo las mayores transformaciones económicas, sociales, políticas e incluso culturales de Argentina. Creó con Perón el Estado de Bienestar en los '40 y lo deshizo con Carlos Menem en los '90. Como dice Eduardo Galeano: "escribió el prólogo y el epílogo".

Anatomía de una caída

Pero esa condición proteica, totalizadora, que le asegura continuidad en el tiempo y extensión territorial es al mismo tiempo su talón de Aquiles, la característica más negativa de ese Movimiento al que John William Cooke -la figura más destacada de la izquierda peronista- describía como "un gigante miope e invertebrado".

Por su origen "transversal" -que convocó a socialistas, anarquistas, nacionalistas católicos, radicales yrigoyenistas, conservadores y algún que otro oportunista sin partido- el peronismo vivió siempre tensionado por corrientes encontradas, que sólo "el General" podía unificar. Salvo en los '70, cuando entró a jugar una nueva generación formada bajo el influjo del guevarismo, y entonces ni siquiera el inmenso poder del "Viejo" alcanzó para meter en caja a los rebeldes.

En 1952, al comenzar la segunda presidencia de Perón, el ala más combativa del peronismo perdió a su mejor cuadro, María Eva Duarte de Perón; el enlace natural entre la base social y el poder. Perón se quedó sin el sismógrafo que le anticipaba los movimientos del subsuelo social en un mal momento: justo cuando Estados Unidos sustituía a Gran Bretaña como potencia dominante, cuando la economía argentina ingresaba en un ciclo regresivo y se tornaba inevitable avanzar hacia reformas más profundas (como la agraria) o retroceder varios casilleros rumbo a los ajustes del "plan de austeridad". Perón, que había sido plebiscitado en las elecciones de 1951 con el 62% de los votos, eligió frenar el proceso, sujetando el consumo y convocando a una mayor "productividad", al tiempo que exploraba un mejoramiento de las relaciones con Washington y firmaba un contrato de explotación petrolera con la California Argentina S.A., subsidiaria de la Standard Oil de California.

El paso atrás en lo económico estuvo acompañado en lo político por un avance de los sectores más conservadores del Movimiento, que promovieron el desplazamiento de los dirigentes políticos y gremiales que alguna vez conformaron el entourage de Eva Perón. La burocracia en ascenso promovió la renuncia de los cuadros más duros de la central obrera, como el metalúrgico Armando Cabo, uno de los hombres al que Evita había confiado la organización de las milicias obreras. A pesar de la purga, eran tiempos más decentes que los actuales, y Cabo -tras abandonar el Consejo Directivo de la CGT- regresó a su pueblo de Tres Arroyos a trabajar como obrero raso en un taller metalúrgico.

Los trabajadores, que empezaban a retroceder en el reparto, se mantuvieron leales a Perón, mientras otros sectores del frente nacional (como cierto empresariado industrial) se iban pasando a la oposición política y militar en ascenso. El 16 de junio de 1955, cuando aviones de la Marina y la Fuerza Aérea bombardearon Buenos Aires masacrando a cientos de civiles, los trabajadores quisieron sumarse a la lucha pero el Ejército y Perón los sacaron prudentemente de la escena. Tres meses más tarde el gobierno peronista se derrumbó ante el segundo embate de los autodenominados "libertadores" .

En esos momentos postreros la deserción de los burócratas políticos y sindicales fue casi total y sólo acudieron al combate los cuadros que habían sido marginados por los obsecuentes, como Cooke. Según el cura Benítez, la culpa de la derrota fue de Perón, que no se había puesto al frente de las tropas y las masas, aunque esto significara desatar la guerra civil. Según Perón, era el propio pueblo el que no había luchado para defender sus conquistas.

La verdad es mucho más compleja y a ciertos dirigentes honestos del justicialismo, como Héctor Cámpora, les llevó años entenderla y asumirla. En gran medida porque el revanchismo clasista de los vencedores, el regreso del país a un status neocolonial con su secuela de injusticia social y creciente subdesarrollo, la inestabilidad política y un autoritarismo militar cada vez más despiadado, fueron borrando las contradicciones, debilidades y miserias del primer peronismo. Del mismo modo que la necesidad de unificar las crecientes luchas populares elevó a niveles míticos las virtudes del Conductor, omitiendo por completo sus defectos. En los años '70, este malentendido, acentuado por el arribo a la lucha de nuevos militantes juveniles procedentes -mayoritariamente- de familias de la clase media antiperonista, le jugarían una mala pasada a la izquierda peronista.

Verticalismo y contrarreforma

Aunque el Movimiento estaba proscrito por los militares y Perón llevaba casi dos décadas en el exilio, al comenzar los '70 la inmensa mayoría de los burócratas políticos y sindicales del peronismo habían abandonado antiguas rebeldías y chapoteaban en "el mismo barro" con los prelados, los espadones y los representantes más caracterizados del gran capital vernáculo e internacional. Como decía Cooke, trataban de demostrar que no eran "comunistas" ni revoltosos sino "gente seria". Cuando Héctor Cámpora, el delegado personal de Perón, tuvo que buscar voluntarios para el "Luche y vuelve" no logró reclutar muchos entre la gente "seria" y tuvo que acudir a la Juventud Peronista, vinculada ya a las organizaciones armadas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Montoneros y Descamisados.

Cámpora no era, por cierto, un revolucionario, sino un político histórico del justicialismo, que había revisado autocríticamente los vicios de autoritarismo y corrupción que afloraron en la segunda presidencia de Perón. Su alianza con la JP, que resultó exitosa para traer al "General" y ganar las elecciones, así como el claro talante democrático y frentista que puso de manifiesto en su gobierno de los 49 días, le valieron años de persecución y ostracismo y, después de su muerte, el olvido de las sucesivas conducciones del PJ.

Perón, en cambio, se enfrentó con esa juventud a la que antes había llamado "maravillosa". Más allá de los errores cometidos por Montoneros, es indudable que el viejo líder retomó en su tercera presidencia algunos vicios de la segunda, como esa propensión a desplazar a los cuadros consecuentes para rodearse de personajes inferiores y nefastos, como su propia mujer Isabelita o su valet personal, José López Rega.

La jefatura de semejantes herederos, ensangrentada por los asesinatos de la Triple A, fue acatada con obsecuencia por la derecha peronista (sindical y política) e inclusive por vastos sectores del centro justicialista. Y es esta claudicación moral e ideológica, este acatamiento tan "vertical" como una caída libre, el que explica la derrota frente a Raúl Alfonsín en 1983, pero sobre todo que el PJ aceptara sin chistar la contrarreforma neoliberal de Menem en la década del '90.

Esta contrarreforma, cuyas consecuencias seguimos padeciendo, necesitaba un nuevo caudillo que, citando a Perón, deshiciera el Estado forjado por el peronismo, mientras creaba una subcultura de la superficialidad y la impunidad que igualaba a justos y pecadores en el cambalache nacional.

Esta contrarreforma gestó el pacto corporativo con el radicalismo, que alcanzaría niveles pornográficos con los sobornos del Senado.

Esta contrarreforma, prosiguiendo una vez más con el modelo descrito por Jauretche, fue acatada sin chistar por la inmensa mayoría de los dirigentes del PJ. El entonces gobernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde recién se percataría de los "daños colaterales" del modelo cuando Menem intentó cerrarle el camino para lanzarse a una segunda reelección.

Ahora la pelea Kirchner-Duhalde, aún confusa y limitada por la presencia de dirigentes del viejo aparato en una y otra trinchera, ha servido para desnudar -una vez más- la esencia fascistoide de la derecha peronista, opuesta a lo mejor de este gobierno que es la recuperación de la memoria histórica. Sería deseable que la presumible derrota del duhaldismo no se limite a la esfera electoral y surja finalmente el frente que restaure en la Argentina del siglo XXI el sentido de equidad y defensa del interés nacional que caracterizaron al peronismo de la primera presidencia.

  1. "El Popular", Buenos Aires, 27-10-1960, citado por Horacio Maceyra en La segunda presidencia de Perón, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1984.

“Perón, Perón, qué grande sos…”*

Canavese, Mariana

Perón (Tomo I) Formación, ascenso y caída (1893-1955)
Perón (Tomo II) Exilio, resistencia, retorno y muerte (1955-1974)
Norberto Galasso
Colihue; Buenos Aires, abril de 2005. 1.366 páginas,
59 y 49 pesos.

La gravitación que el movimiento peronista ejerció en la vida política nacional no ha dejado de abonar la necesidad de pensarlo. Las diversas interpretaciones se debaten entre el autoritarismo de masas y la liberación nacional, el filofascismo y el socialismo, la represión y la justicia social. En su libro Perón, Norberto Galasso define al peronismo como un movimiento de liberación nacional, de composición policlasista y conducción bonapartista, de alta progresividad histórica en un país dominado por el imperialismo.
A lo largo de dos extensos volúmenes, el investigador y epígono de la Izquierda Nacional se sumerge en la espinosa tarea de reconstruir vida y época de Juan Domingo Perón. Reseña así los correspondientes marcos socioeconómicos, señala las transformaciones relativas al movimiento peronista y presenta al hombre solitario, al dirigente combativo en diálogo con Mao, Fidel Castro y Che Guevara y al líder condicionado por la sociedad que lo gestó con rasgos de conducción vertical y unidad de mando.
Desde el prólogo, Galasso revela su lugar de enunciación, su formación teórica y política y su comprensión del peronismo a través de las posiciones del grupo Frente Obrero. Explicita también las razones que motivan el ensayo: explicarse las experiencias de vida de las clases trabajadoras durante el peronismo, de modo tal de brindar elementos interpretativos que permitan superar el desencuentro entre la opinión popular y la “supuesta verdad académica”. El camino que escoge para hacerlo es intentar comprender las razones que impulsaron a ese hombre, inscribiéndose en el discurso peronista a través de extensos entrecomillados en los que prolifera la palabra de Perón. De este modo, Galasso ofrece una interesante selección de documentos, pero no se decide a señalar las contradicciones que surgen del mismo discurso peronista.
Entre el nacimiento y la muerte de Perón, el autor hilvana asociaciones en la línea de una apropiación de izquierda de la figura del líder. Desde esa óptica, las coincidencias de Perón con Eisenhower o Somoza se podrían explicar porque ambos se habían vuelto antiimperialistas; y asuntos tales como el vínculo con la logia Propaganda Due –que habría financiado el regreso de Perón a Argentina a cambio del negocio del comercio exterior– se explicarían porque el General preservaba la ética para los fines últimos: regresar al poder, liberar al país, dar felicidad al pueblo. Del mismo modo, en 1973 –como en el ‘46 y en el ‘52– el eje de su política será la liberación nacional, con crecimiento económico y justicia social; mientras que el abandono del discurso revolucionario que propugnara el socialismo nacional y estimulara a la juventud del movimiento a la lucha armada es adjudicado por Galasso a las adversas condiciones internacionales.
En otros asuntos el autor toma distancia y manifiesta, por ejemplo, que en el conflicto con la Iglesia hubo errores mutuos y aventura que el gobierno peronista hubiese podido resistir el levantamiento de septiembre de 1955.
El Perón que va delineando Galasso no tiene las tonalidades del general comprometido con la conservación del orden social capitalista, sino sobre todo los brillos del líder revolucionario: la alianza de clases en un frente nacional tornaría secundario el antagonismo obreros-empresarios, ya que la lucha fundamental se da entre liberación e imperialismo; la estrategia pendular –implicando giros alternos a izquierda y derecha– no sería constitutiva del propio uso del poder sino expresión de una búsqueda para la liberación y la lucha antiimperialista condicionada por cambiantes contextos y fuertes presiones.
Una interpretación de este tipo no deja de exagerar la significación y las promesas radicales del peronismo, teniendo en cuenta que el mismo Perón supo subrayar que él no era anticapitalista. Finalmente, la propia estructura del libro deviene pendular, puesto que Galasso va encontrando las razones que justifican las oscilaciones de Perón en las grandes fuerzas que se le oponen en lo interno y en lo externo. Con la mirada crítica dispuesta no sobre Perón, sino sobre la izquierda tradicional y la historia social, el autor se encuentra más atento a legitimar al líder combativo que resuelto a analizarlo críticamente. Así, las críticas que caen sobre la figura del General se explicarían casi todas por los odios de clase.
Galasso acierta en explicar la vigencia del peronismo por su capacidad para asociarse a la experiencia de la clase trabajadora y su libro abre debates necesarios: el lugar de la izquierda en los movimientos sociales; los modos de acceder a la cuestión de los movimientos nacionales como constitutivos de la historia latinoamericana –especialmente frente a la fragmentación actual del campo popular–; la posibilidad de producciones historiográficas que se inscriban por fuera de las tensiones amor-odio en torno al peronismo.

*Referencia a la letra de la “Marcha peronista”.


Autor/es Miguel Bonasso
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 75 - Septiembre 2005
Páginas:4,5
Temas Política
Países Argentina