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La “walmartización” del planeta

Desde septiembre de 2003 Jane Doe II 1, quien utiliza seudónimo en aras de “protegerse tanto a sí misma como a su familia de todo perjuicio o represalia”, se afana sobre su máquina de coser en una empresa de confección de Shenzen, en el sur de China. Como otras 4.800 empresas del país, su sociedad opera para una de las marcas que comercializa Wal-Mart, el gigante del comercio minorista. Para aprovisionar las góndolas del supermercado, Jane Doe II –una de las 130.000 empleadas chinas que la firma estadounidense subcontrata– puede llegar a trabajar hasta 20 horas diarias sin recibir ninguna remuneración por las horas extra. A Jane Doe II tampoco se le paga el salario mínimo legal de 31 centavos la hora (equivalente a 0,25 euros), fijado por las leyes laborales de su país, sino 16,50 centavos la hora (equivalente a 0,13 euros). Por otra parte, dado que su empresa no la provee de la necesaria indumentaria de protección, la obrera sufre trastornos respiratorios y comezones cutáneas debido a que se encuentra constantemente expuesta a las pelusas de algodón y de lana.

Pero ella no tiene elección. O acepta ese trabajo, o “perderá su empleo y entrará en una lista negra, práctica corriente en los talleres de confección de Shenzen”, explica el International Labor Rights Fund (ILRF). El 14 de septiembre pasado esta organización no gubernamental estadounidense emprendió una acción judicial contra las prácticas sociales de la multinacional en nombre de dicha obrera y de otras catorce trabajadoras (asiáticas, africanas, latinoamericanas y estadounidenses) que trabajan para proveedores de Wal-Mart.

Según la ILRF, Wal-Mart autorizó a sus proveedores a forzar a los demandantes “a trabajar una excesiva cantidad de horas los siete días de la semana, sin ningún día libre” y a “obstaculizar sus tentativas de organizar un sindicato”. Wal-Mart también habría efectuado “declaraciones falaces al público estadounidense a propósito de las prácticas de la empresa en materia de derechos humanos y derechos del trabajador”. En efecto, los hechos que incriminan a la firma violan las obligaciones contractuales que ella misma proclamó en 1992. La denuncia indica que Wal-Mart se había “comprometido a vigilar los talleres de sus proveedores con el fin de asegurar el respeto al código de conducta”.

Bajar los precios a cualquier precio

Desde 2001, la corporación estadounidense acompañó –por no decir que provocó– la migración de subcontratistas hacia las nuevas zonas económicas chinas, en nombre de una lógica que ha sido resumida por la revista electrónica Fast Company: “Wal-Mart tiene el poder de reducir al mínimo los márgenes de sus proveedores. Para sobrevivir a esta política, los fabricantes de todo lo que puede ser vendido –de corpiños a bicicletas, pasando por los jeans– tuvieron que despedir a sus empleados, cerrar sus fábricas estadounidenses y dedicarse a subcontratar del otro lado del mar”. En la actualidad, más de la mitad de la importación de productos no comestibles proviene de China, donde la multinacional posee, además de un centenar de supermercados, su principal centro de compras de carácter mundial.

Como comprador de 15 mil millones de dólares de mercaderías chinas –es decir el 11 % de los intercambios comerciales chino-estadounidenses–, Wal-Mart es el primer importador mundial de productos fabricados en el “taller del mundo”. Fast Company agrega que, al exigir un calendario apretado y un bajo costo de fabricación, esta firma “minimiza los frágiles adelantos sociales chinos a fuerza de largas horas extra obligatorias y de dar luz verde a los despidos arbitrarios de los trabajadores que se atreven a cuestionar sus condiciones de trabajo”.

No es la primera vez que Wal-Mart es acusada de tales prácticas. Sólo en 2002, cuando importó a Estados Unidos 291.200 contenedores de bienes de consumo, las prácticas sociales de esta corporación originaron 6.000 demandas judiciales. Pero debido a su carácter universal, el procedimiento judicial que inició la IRLF zanja definitivamente la cuestión. Al lado de Jane Doe II de Shenzen, encontramos otras víctimas anónimas de una política comercial tendiente a “bajar los precios a cualquier precio”. Son obreras que trabajan en Mastapha (Suazilandia), en Sébaco (Nicaragua), en Dacca (Bangladesh). La mayoría son mujeres a quienes el consumidor estadounidense ignora, así como ignora a los asalariados de esos subcontratistas. Su historia testimonia una “walmartización del planeta”, un neologismo que, según el sindicato mundial de profesiones relacionadas con el comercio, está “en camino de resultar familiar y significar al mismo tiempo dumping social y antisindicalismo”.

El profesor Nelson Lichtenstein, especialista en historia obrera de la Universidad californiana de Santa Bárbara, señala: “En cada época aparece una empresa prototipo que parece encarnar un conjunto innovador de estructuras económicas y de relaciones sociales. A fines del siglo XIX, la Compañía de Ferrocarriles de Pennsylvania era considerada ‘la referencia mundial’; a mediados del siglo XX, General Motors pasó a ser el símbolo de una gestión burocrática y perfeccionada y de una producción en serie que supo aprovechar las nuevas tecnologías. En estos últimos años, Microsoft pareció ser el modelo de una economía del saber post-industrial. Pero a comienzos del siglo XXI, Wal-Mart parece encarnar a su vez el tipo de institución económica que transforma el mundo imponiendo un sistema de producción, distribución y empleo transnacional fuertemente integrado”. Sin embargo, continúa diciendo Lichtenstein, “y esto es algo novedoso, el revendedor global es el centro, el poder, mientras que el fabricante se convierte en el siervo, el vasallo”.

A la luz de dos formas de impugnación –internacional y local (Estèves, página 12)– en 2005 Wal-Mart se lanzó a una importante operación de comunicación destinada, al decir de Lee Scott Jr., su gerente general, a hacer frente a “una de las campañas más organizadas, sofisticadas y costosas nunca antes iniciada contra una única empresa”. Para la cuestión de los subcontratistas, la operación consistió en relativizar los hechos y hacer pública su conciencia social. Wal-Mart asegura así mantener una relación normal con varias organizaciones no gubernamentales que luchan por el cierre de los sweat shops (“talleres del sudor”, fábricas de explotación) y maquiladoras, aunque la empresa continúa comprándoles el 50 % de su mercadería extranjera.

Los spin doctors (asesores que “dan vuelta” la realidad o la manipulan) que la firma contrató pudieron basar su contraofensiva inspirándose en las declaraciones publicadas en la revista estadounidense Fortune: “Wal-Mart emplea directamente 1,4 millones de personas, es decir tres veces más que el mayor empleador estadounidense y 56 veces más que una empresa estadounidense media. Por lo tanto, sin tener en cuenta las circunstancias, posiblemente haya un 5.500% más de posibilidades de que una desdichada coyuntura se produzca en Wal-Mart que en los competidores”. En el mismo registro fatalista, Lee Scott Jr., quien en 2004 ganaba 16.000 veces más que un obrero de Suazilandia, declaró: “Mientras exista la codicia, habrá gente que intentará transgredir la ley”. Como este tipo de filosofía no es suficiente, Wal-Mart agrega que en 2004 realizó más de 12.000 inspecciones en 7.600 fábricas y puso punto final a sus relaciones comerciales con 1.500, con 108 de ellas definitivamente, sobre todo por violaciones relacionadas con el trabajo infantil.

Deslocalizaciones y esclavismo

Aisha Bahadur, miembro de la organización sudafricana Civil Society Research and Support Collectif (CSRSC), realizó varias encuestas sobre las condiciones laborales en las empresas textiles de África del Sur y del Este. Este continente representa uno de los territorios menos mediatizados de la walmartización del planeta obrero. Sin embargo, es una de las zonas donde los diktats de la corporación se aplican de manera más brutal y “afectan en todo el mundo tanto a los salarios, las condiciones de trabajo y las prácticas manufactureras como al precio de un metro de tela denim”.

La multinacional estadounidense supo sacar partido de los acuerdos de libre comercio firmados entre Washington y algunos Estados africanos. En enero de 2003, el Sindicato de Obreros Textiles de Lesotho (LECAWU) y la Federación Africana de Trabajadores Textiles y Marroquineros (ITGLWF) denunciaron las condiciones laborales de veintiún empresas subcontratistas para Wal-Mart instaladas en los suburbios de Maseru, capital de Lesotho. El asunto, que implica a subcontratistas de las marcas Gap y Hudson’s Bay, recordó que, si bien Wal-Mart no está establecida en África, los productos textiles africanos están en cambio muy presentes en los contenedores destinados a los supermercados.

A partir del año 2000, la subregión austral cuenta con el “privilegio” de tres acuerdos de libre comercio (Acta de Crecimiento y Oportunidades para África, AGOA es su sigla en inglés) firmados entre Estados Unidos y algunos Estados del Continente Negro. Ahora bien, para beneficiarse de la eliminación de las barreras aduaneras con Estados Unidos, empresas textiles taiwanesas se deslocalizaron masivamente hacia África. Y hasta diciembre de 2004 sus máquinas de coser funcionaron a pleno motor para Wal-Mart, a quien Ashira Bahadur identifica como “uno de los principales beneficiarios del AGOA y del Acuerdo Multifibras que privilegia la importación desde África de productos textiles a bajo precio”. Las nuevas zonas industriales de las capitales regionales vieron entonces afluir una mano de obra rural que los subcontratistas se apresuraron a sobreexplotar. Los escándalos obligaron a algunas de esas empresas a cerrar, pero otras las reemplazaron de inmediato.

Esto duró hasta enero de 2005, ya que la desaparición de las IMF (Instituciones de Microfinanzas) y la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) acabaron con este período de pleno empleo. Las empresas deslocalizadas en África se fueron al Sudeste Asiático con mucha facilidad, explica Aisha Bahadur, porque es posible “meter en contenedores todo el material de una empresa textil. Entre octubre de 2004 y mayo de 2005 fueron despedidos unos 60.000 trabajadores”. Los obreros africanos de las empresas textiles que quedaron, agrega, “están más que nunca amenazados por las políticas decididas por Wal-Mart, quien aprovechó el AGOA mucho más que ellos”.

La empresa de confección Apparel Tri-Star Ltd. con base en Kampala, la capital de Uganda, pertenece a una de las sociedades cingalesas que se benefician del AGOA y que Wal-Mart sigue subcontratando, a pesar de las quejas que los empleados presentaron ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La Confederación Internacional de Sindicatos Libres (CISL) es “una increíble máquina de violar los derechos de los asalariados (en su gran mayoría mujeres)”: el testimonio de algunas de las 2.000 obreras, en efecto, lleva a interrogarse acerca del comportamiento de una empresa que, a pesar de todo, las autoridades del país presentan como un ejemplo a seguir para lograr el desarrollo de Uganda.

Una obrera cuenta: “Cuando queremos ir al baño, tenemos que obtener el permiso previo del supervisor. Si éste está de acuerdo, nos da una especie de ‘bono de salida’; pero como sólo existen dos por cada sección de 70 trabajadores, hay que esperar el turno propio. Entonces es una carrera, dado que está prohibido ausentarse por más de cinco minutos. Pero la distancia entre el taller y el sanitario puede ocupar todo ese tiempo”. Y eso no es todo: cada ausencia es controlada por un guardia de seguridad y da lugar a la inscripción en un registro del nombre, número de tarjeta, hora de salida (también la de regreso). Una ausencia demasiado larga se sanciona con una advertencia, que puede terminar en un despido. Es que tanto en África como en cualquier otra parte, “los precios cada día más bajos” no son baratos para todo el mundo.

  1. En Estados Unidos, los nombres John y Jane Doe sirven para identificar tanto a acusados o víctimas en casos judiciales como a personas cuya identidad es desconocida o debe permanecer en el anonimato.
Autor/es Jean Christophe Servant
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 79 - Enero 2006
Páginas:11, 12
Traducción Teresa Garufi
Temas Colonialismo, Mundialización (Economía), Política, Derechos Humanos