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Crisis y reforma en el mundo árabe

El 15 de este mes de octubre el pueblo iraquí vota un proyecto de Constitución muy controvertido, mientras en el mundo árabe prosigue el debate sobre las vías de salida de la crisis, la miseria y el autoritarismo para la región. Hay un amplio acuerdo en la oposición a las reformas impuestas desde el exterior, pero cada vez más voces llaman a salir del statu quo y avanzar en el camino de la democracia.

La invasión y la ocupación de Irak pusieron en movimiento poderosas e imprevisibles tendencias geopolíticas en Medio Oriente y aun más allá. Una de ellas es la dinámica de democratización y reforma iniciada en el mundo árabe, cuyo mérito se atribuye la administración estadounidense. Esa reivindicación tardía se funda en las elecciones iraquíes y en los recientes acontecimientos en el Líbano. Pero la realidad parece ser más compleja: contradictoria en sus efectos, la política estadounidense constituye una de las tres vías potenciales de reforma, junto a las que se puede calificar de "islamista" y de "progresista autóctona".

Los fundamentos teóricos del proyecto estadounidense son conocidos. La guerra en Irak deriva de un prolongado trabajo intelectual y político de un pequeño grupo de neoconservadores, comenzando por Norman Podhoretz, Richard Perle, David Frum, Bernard Lewis y Fuad Ajami, además del favorito del presidente George W. Bush, el ex disidente soviético y político israelí de derechas Natan Charansky. Todos comparten la misma visión de un mundo árabe sumido en una decadencia persistente, generada por las fallas culturales, psicológicas y religiosas de las sociedades árabes (o islámicas). Esa "genética" explicaría el desencadenamiento de una violencia terrorista cada vez más virulenta, e impediría la democratización, imaginada como único remedio a todos esos males.

Según los "neocons", frente a ese terrorismo que en cualquier momento puede recurrir a las armas de destrucción masiva, químicas, bacteriológicas e incluso nucleares, Estados Unidos no puede esperar que los Estados se reformen por sí mismos: debe actuar para modificar el curso de la historia en el mundo árabe-musulmán, liquidar sus taras y obligarlo a democratizarse. Sólo Estados Unidos puede hacerlo, de ser necesario por la fuerza.

Ese wilsonismo 1 de derechas resulta seductor. La abstracta invocación a la "democracia" sirve de justificación última a las acciones de Estados Unidos, como en otras épocas el "socialismo" servía a la Unión Soviética. La importancia de la guerra en Irak no se debe únicamente a los beneficios que podría aportar a ese país, sino al hecho de que representaría una etapa en la creación de un nuevo marco geopolítico: un sistema global de seguridad y de reforma, administrado desde Washington, supuestamente en beneficio de todos, incluso del sufrido mundo árabe.

En síntesis, esa guerra representa -en la visión de los "neocons"- el paso de abstracciones tales como el "mal" y la "democracia" a un proyecto concreto de conquista, ocupación y transformación. Pero la guerra pone en evidencia también sus consecuencias. Los ideólogos de Washington habían prometido una rápida transición a un Estado iraquí independiente, estable, unificado y laico, modelo de democratización para Medio Oriente. En lugar de eso, la intervención desembocó en una tragedia que costó la vida a miles de soldados y a decenas de miles de civiles, destruyó ciudades enteras y reinstaló las salas de torturas, sin lograr no obstante garantizar la seguridad de los ciudadanos ni el suministro de agua, electricidad o gas: una sociedad en ruinas, al borde de la guerra civil, transformada, según los servicios de informaciones, en una enorme fábrica de terrorismo.

Los observadores más perspicaces ven allí un fracaso sin precedentes, y hasta un crimen que ningún plan de reforma regional puede justificar ni reparar. "Hemos logrado organizar elecciones", replican los neoconservadores. Y un teórico alaba la "irresistible participación popular" en esos comicios de enero de 2005, que habrían "devuelto el poder al 80% de la población iraquí: los kurdos y los chiitas". A su entender, ése habría sido el germen de los acontecimientos del Líbano, de Egipto y del Golfo. Y cita al dirigente druso Walid Jumblatt, para quien la "revolución" libanesa "se inició a raíz de la invasión estadounidense en Irak": las elecciones habrían simbolizado "el comienzo de un nuevo mundo árabe". Esos comicios, concluye Charles Krauthammer, marcan un "giro histórico", prueban que "Estados Unidos es un país verdaderamente aferrado a la democracia" y "justifican" no sólo la invasión de Irak, sino toda la "doctrina Bush, sinónimo de política exterior neo-conservadora" 2.

Tanto entusiasmo inspira escepticismo. En un principio, Estados Unidos no deseaba esas elecciones, que fueron impuestas por el ayatollah Alí Sistani. Además, todos los partidos victoriosos prometían la retirada estadounidense. La "irresistible participación" llegó a apenas 58% de los electores inscriptos, y a sólo... 2% en las regiones sunnitas. Y el jefe de redacción del Beirut Daily Star se burla de la idea de que los libaneses se habrían inspirado en Irak: "El único que afirma semejante cosa es Walid Jumblat". Por otra parte, los acontecimientos que siguieron enfriaron a los más eufóricos. Como dice un alto funcionario estadounidense "lo que queríamos hacer nunca fue realista. (...) Ahora nos estamos liberando de ese ‘irrealismo' que reinaba al principio" 3. La última vez que los estadounidenses se manifestaron "sorprendidos y conmovidos" por "la importante participación" en unas elecciones, "a pesar de la campaña terrorista de desestabilización" 4 el porcentaje de votantes llegó a 83%: era en Vietnam, en 1967...

 "Desviación democrática"

 El poder creciente de los partidos chiitas confirma el carácter fáustico del pacto que Estados Unidos selló con el clero chiita conservador: los vínculos de esos religiosos con Irán evidentemente se oponen a las pretensiones democráticas del proyecto estadounidense. En la difícil elaboración de la Constitución, Washington presionó para evitar cualquier ruptura de las negociaciones, pero también para impedir cualquier solución comprometedora sobre los controvertidos temas del federalismo y del papel del islam. Y ambos puntos están relacionados: el fundamentalismo de inspiración iraní se arraigó localmente con tanta fuerza -como en Basora, donde los británicos compraron una relativa calma dejando que se construyera un régimen social estrictamente fundamentalista- que algunos chiitas proponen establecer una región autónoma gobernada de acuerdo con su interpretación de la sharia, cosa que a los estadounidenses les costará mucho impedir. ¡Qué paradoja! "Nosotros planificamos establecer la democracia -comenta un funcionario estadounidense- pero progresivamente nos damos cuenta de que terminaremos en una forma de república islámica" 5.

La historia de Medio Oriente estuvo marcada desde mucho tiempo atrás por la tensión entre la dominación occidental y la exigencia árabe de independencia, focalizada en el petróleo, la Guerra Fría y la creación de Israel. En el último período, el islamismo reemplazó al nacionalismo y al socialismo árabes en el liderazgo de la resistencia a las presiones de Occidente. Sin embargo, a pesar de los aparentes antagonismos, Washington y sus aliados europeos siempre convivieron -de una manera o de otra- con los movimientos islamistas.

Arabia Saudita, el país musulmán más conservador del mundo árabe, fue a la vez durante mucho tiempo el más amigo de Estados Unidos. El apoyo de Washington al Sha de Irán (desde el punto de vista de los iraníes), y la posterior crisis de los rehenes en 1979-1980 (desde el punto de vista de los estadounidenses), volvieron más conflictivas las relaciones entre ambos países. En el caso de Argelia, Occidente aceptó que se recurriera a la anulación de elecciones democráticas para impedir la llegada al poder de los fundamentalistas. En cambio, toleró en Turquía el ascenso al gobierno de un partido de tradición islamista, ciertamente más moderado, que no participó en la invasión de Irak. Resulta innegable que en Ankara la perspectiva de adherir a la Unión Europea pesa mucho en las decisiones de todos los actores de la vida institucional. Como subraya el investigador Mahmood Mamdani 6, lo que guía la política estadounidense no es tanto un rechazo principista al fundamentalismo, o la permanente defensa de la democracia, sino la búsqueda del mejor medio para garantizar su dominio.

Últimamente, la actual administración juega una nueva carta: se declara dispuesta a modificar el statu quo en nombre de la democracia. Así, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, anunció recientemente un profundo cuestionamiento de sesenta años de una diplomacia que "tendía a la estabilidad a expensas de la democracia (...) sin lograr ninguna de las dos cosas" 7. ¿Qué valor tiene ese compromiso con el ideal "universal" de la "democracia en sí misma y por sí misma"? 8. ¿Avalará Washington una victoria de los Hermanos Musulmanes en Egipto; de los partidarios de Osama Ben Laden en Arabia Saudita; del Hezbollah en el Líbano; de Hamas en Palestina; o de los fundamentalistas chiitas en Irak?

La dificultad es tan manifiesta, que incluso ciertos defensores del presidente Bush "desesperan" de la "desviación democrática" en la "guerra contra el islam militante" 9. De hecho, teniendo en cuenta las contradicciones que genera su propia acción, sus intereses bien entendidos y los hechos concretos, ¿cómo explicar que responsables estadounidenses se encierren en esa estrategia contraproducente de "democracia por sí misma"? ¿O creen poder derrotar más fácilmente a los islamistas radicales cuando éstos lleguen al poder? ¿Se trata de la exposición racional de una política con objetivos inconfesables, o que ellos mismos ignoran? Conscientes de la influencia del Likud sobre los neoconservadores, algunos observadores sugieren que éstos en realidad desean desestabilizar y debilitar a los Estados árabes, aunque sea al precio del fundamentalismo.

La administración Bush constituye casi un enigma, a tal punto sus intenciones declaradas son incompatibles con los intereses estadounidenses. Cuando los jefes religiosos fundamentalistas chiitas tomaron el poder en Irán, Estados Unidos dio marcha atrás en su retórica de "derechos humanos". ¿Pero si Washington mismo lleva al poder a los dirigentes fundamentalistas chiitas en Irak, suavizará por ello su postura "anti-islamista"? ¿Y si el día de mañana un movimiento como Hamas accediera al poder en otro país, volverá Washington a los pactos de estabilidad "antifundamentalistas" con las elites autoritarias, como antes del 11 de septiembre?

Los islamistas

 La confusión existente en las posiciones occidentales respecto del islamismo y de la democracia, no nos dispensa a nosotros, árabes y musulmanes, de aclarar nuestra propia posición. Entre nosotros existen numerosas formas de "fundamentalismo", pero la relación simple y pura que cada uno de ellos reivindica con la religión musulmana es en realidad compleja. La mayoría son herederos de una historia de "quietismo" político, favorable a la reforma en nombre de los principios islámicos. Algunos militan políticamente, y relacionan la corrupción y la autocracia de los Estados árabes con el laicismo y la apostasía, preconizando la reforma a través de la re-islamización del Estado, ya sea tomando su control, ya sea provocando una corriente imparable en tal sentido. Los sectores más descontentos generaron un nuevo tipo de islamismo; esos yihadistas consideran que las sociedades árabes modernas están corrompidas por su asimilación de los valores occidentales heréticos, y decidieron declararle la guerra para poder reconstruir y purificar la umma. Así explotan inteligentemente las tensiones existentes dentro de la población musulmana de Europa, convertida en el primer vector de difusión de esa ideología.

Es imposible entender el éxito de los fundamentalistas si no se ve hasta qué punto se entremezclan la religión, las cuestiones de clase, los problemas culturales y la política. En muchos países musulmanes las masas populares están atrapadas por la pobreza, perturbadas por la conmoción de las costumbres tradicionales, enfurecidas por las promesas incumplidas de la globalización, a menudo desesperadas, pero incapaces de abandonar su país, mientras que las elites occidentales recorren el mundo. Todo eso, a falta de una alternativa secular y popular, ofrece un terreno fértil a los cantos de sirena del fundamentalismo. Y hace a la vez que cualquier posibilidad real de democratización sea a menudo sinónimo de islamización.

Quizás fuimos demasiado presuntuosos ante el surgimiento de esas ideologías embanderadas con el Corán. Sin embargo tenemos los medios de enfrentarlas eficazmente, respetando nuestras tradiciones y nuestra cultura. En mi país, el rey Mohammed VI, dando muestras de coraje, organizó la modernización del código de familia, a pesar de la fuerte oposición de los grupos islamistas, que intimidaban a muchos partidos políticos laicos. En síntesis, está a nuestro alcance dar respuesta al desafío fundamentalista en nuestros países.

Quiero dejar en claro mi posición: soy favorable a una política moderada, progresista y abierta a todos los ciudadanos, tolerante de las diversas visiones del papel de la religión en la vida política. La independencia de las esferas política y religiosa no es una garantía contra la corrupción o las políticas reaccionarias, pero yo me opongo a cualquier tipo de régimen teocrático, incompatible con una sana cultura democrática. Sin dejar de respetar el islam, el Estado debe mantenerse independiente de las autoridades religiosas, pero también debe evitar "castigar" a los más religiosos reduciendo su acceso a la educación o a la vida pública.

Esas cuestiones deben ser resueltas en un marco constitucional democrático aceptado por todos los partidos. Eso requiere importantes garantías institucionales, pero -en un contexto de verdadera equidad política y de separación de poderes- los movimientos islamistas pueden ser parte integrante de la vida política de su país. Basta con no temer al islamismo como fuerza potencial de desestabilización. Y para ello es necesario entender que se lo puede transformar integrándolo a la vida democrática.

El debate sobre islamismo y democracia resulta doloroso en nuestras sociedades, pero se vuelve explosivo si le sumamos el doble rasero que se aplica en Palestina o en Irak, la obsesiva "guerra contra el terrorismo", y los prejuicios omnipresentes en cuanto se toca el tema del islam. Entre los factores que llevaron a los fundamentalistas a posiciones cada vez más extremas, está la suficiencia de los árabes, pero también la arrogancia de Occidente.

Por lo tanto, el mundo árabe tiene mucha necesidad de debatir sobre el camino que puede llevarlo hacia la reforma y la democratización, y también hacia una reconfiguración progresiva de la fe y de la política. Comprendemos el interés que nuestros amigos de todo el mundo manifiestan por ese debate y su deseo de impulsar las alternativas más pacíficas y más democráticas. Pero no podemos aceptar que una nación, sea cual sea, se arrogue el derecho de resolver nuestros problemas por medio de la fuerza militar. La democracia sólo crecerá en nuestras sociedades si echa raíces en su suelo y se desarrolla desde el interior.

En Irán, la amenaza estadounidense contribuyó a la victoria, sorpresiva pero democrática, de un candidato conservador. En otras latitudes, partidos como Hamas o el Hezbollah lograron poner el islam a la vanguardia de las luchas nacionales, y también ganar elecciones democráticas. Irak se ha vuelto un terreno fértil para todos los extremismos. En síntesis, si el fundamentalismo no abre -por sí mismo o combinado con la democracia o el nacionalismo- un camino deseable hacia la reforma, en cuanto es percibido como el único socio de la democracia o del nacionalismo se convierte en un inevitable rodeo en la muy larga ruta hacia una sociedad progresista.

 Un bloque fundamentalista

 Por otra parte, el diálogo debe ser en ambos sentidos. Nosotros también tenemos derecho a intervenir en ciertos debates importantes de nuestros amigos, para apoyar las opciones que nos parezcan más fructíferas. Después de todo, nosotros también estamos interesados en las decisiones que se adopten. Y si los críticos estadounidenses del mundo árabe, incluso los neoconservadores, indiscutiblemente han identificado tendencias peligrosas dentro de nuestras sociedades, nosotros podemos decir lo mismo de nuestro lado.

Lo que está emergiendo ante nuestros ojos es una nueva y poderosa configuración política que mezcla el fundamentalismo cristiano de derecha con el sionismo estadounidense militante y con un militarismo ilimitado. Bajo el mito de la bandera, la familia y la Iglesia, la política interior estadounidense se proyecta hacia afuera bajo la forma de una política exterior agresiva, unilateral y arrogante. Ese "bloque" dirige la intervención en Irak y en otros países, justificando así la violencia y desmintiendo sus propios discursos altruistas. Eso explica la dificultad de modificar esa indisociable política interna y externa.

Esta última se explica también por la creciente desecularización de la política y del Estado en Estados Unidos. Prueba de ello fue el feroz conflicto sobre la suerte de Terry Schiavo, o los desatados respecto de la invocación en los tribunales de los Diez Mandamientos, o para decidir hasta dónde el gobierno debe ser -según dijo un magistrado de la Corte Suprema- el "ministerio de Dios" 10. El propio Presidente consideró necesario intervenir en un debate sobre la teoría de la evolución y contra los principios básicos de la ciencia. Un miembro republicano del Congreso admitió que "el partido republicano de Lincoln se ha convertido en un partido teocrático" 11.

Esa simbiosis explica sin duda la facilidad con que se tolera la tortura o se otorga al principal dirigente poderes ilimitados, que le permiten detener por tiempo indefinido y sin juicio a personas que ni siquiera están formalmente acusadas de nada. Pero también explica la incapacidad de una nación tan poderosa para relativizar su propio lugar en el mundo, para reconocer sus fracasos y sus faltas, para comprender que no todos los países del mundo tratan de imitarla. Y su propensión a tomar la ignorancia por inocencia, la arrogancia por superpotencia, y la combinación de ambas por ingenuidad.

Es tiempo de que esas cuestiones sean objeto de un debate nacional en Estados Unidos. Como amigos respetuosos, nosotros apoyaremos la soluciones compatibles, a nuestro entender, con las tradiciones democráticas que desde siempre motivan nuestra admiración por ese país. Es por eso, que en materia de reformas no optamos por el camino neoconservador ni por el de los fundamentalistas. ¿Se presentará otra vía diferente en el futuro cercano? En todo caso, resulta difícil imaginarla, viendo las profundas e imprevisibles repercusiones de la guerra en Irak.

¿Qué hará Estados Unidos frente a Irán? Los observadores razonables consideran que el lodazal en que se ha convertido Irak hace inconcebible la hipótesis de una nueva acción militar, aun más teniendo en cuenta que el liderazgo chiita en Irak disipa cualquier veleidad de agresión. Por otra parte, las excusas presentadas a Teherán por los nuevos dirigentes de Bagdad respecto de la guerra entre ambos países (1980-1988), ponen los cimientos de una nueva alianza militar: ¿acaso no juraron que nunca permitirán un ataque contra el vecino a partir del propio territorio?

Sin embargo, esas consideraciones no lograron detener la retórica agresiva contra Teherán, con la excusa -una vez más- de las armas de destrucción masiva. El vicepresidente Richard Cheney amenazó incluso con atacar Irán con armas nucleares ante la eventualidad de una nueva agresión terrorista en Estados Unidos, incluso cuando Teherán no tuviera nada que ver. Para los neoconservadores, Hamas y el Hezbollah pueden esperar, pero Irán es un Estado poderoso, reforzado aún más por la destrucción de sus principales enemigos (los talibanes, el régimen iraquí). Actualmente, Irán ejerce una gran influencia sobre Irak e inspira una esfera regional de influencia chiita transnacional. Para colmo, es una potencia militar temible, capaz de producir armas nucleares, aunque nada prueba que tenga tal intención.

Esos son los motivos que podrían llevar a Washington a considerar que la destrucción de Irán es la única manera de impedir que ese país se convierta en un obstáculo irreversible a la dominación estadounidense-israelí de la región. Por otra parte, para el "neoconservadurismo en el poder" se trata de una lógica extensión de su estrategia de "destrucción creadora" 12. Ese eventual ataque, aun llevado a cabo por fuerzas israelíes con el acuerdo de Estados Unidos, pondría en marcha en Medio Oriente un desastroso engranaje de violencia y de inestabilidad.

 Salir del apocalipsis

 Por lo demás, Medio Oriente sigue evolucionando. El hecho de que Siria se haya retirado del Líbano es un signo de debilidad de su parte, pero también puede servirle para consolidar sus fuerzas, sin que pueda saberse si eso llevará a una reforma democrática, a la represión de una posible rebelión (sunnita o kurda) o a una resistencia contra las amenazas estadounidenses. Liberado de la ocupación siria, ¿volverá el Líbano a caer en la guerra civil, o logrará reconciliar democráticamente, sin injerencia extranjera, sus diecisiete confesiones, desde maronitas hasta chiitas? En Egipto, ¿asistimos al comienzo o al fin de la apertura democrática? En Arabia Saudita, elecciones municipales muy controladas beneficiaron a los wahabitas rigoristas. En otros países será difícil domesticar sociedades civiles árabes enardecidas. En ese contexto incierto, naciones moderadas como Marruecos, Bahrein y Jordania dieron pasos titubeantes hacia la reforma.

Pero una verdadera reforma -autóctona, progresista y capaz de satisfacer las necesidades y las aspiraciones de nuestros pueblos- debe ir más allá de esa tímida democratización hecha de elecciones restringidas y de constitucionalismo limitado. Exige terminar con lo que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) califica en su Informe sobre el desarrollo humano árabe (2004) de "agujero negro del Estado árabe" 13. Según ese documento, la concentración del poder por parte del Ejecutivo -sea monárquico, militar, dictatorial o surgido de elecciones presidenciales con candidato único- crea "una especie de ‘agujero negro' en el centro de la vida política" y "reduce su ambiente social a un conjunto estático donde nada cambia". Para salir de esa situación se necesitan reformas políticas y jurídicas enérgicas e inmediatas que respeten las libertades fundamentales de opinión, de expresión y de asociación, y que garanticen la independencia de la justicia aboliendo el "estado de urgencia (...) que se volvió permanente, incluso cuando no existen peligros que lo justifiquen".

El informe del PNUD -documento digno de destacarse- pasa de los análisis históricos y teóricos sobre el concepto de libertad en el mundo árabe e islámico, a la crítica de "toda forma de ofensa a la dignidad humana, como el hambre, la enfermedad, la ignorancia, la pobreza y el miedo". Respetuoso de las culturas locales, el texto denuncia el "ambiente de represión reinante" y aboga en favor de una reconfiguración de las "estructuras económicas, políticas y sociales" que permita a los actores sociales y políticos progresistas utilizar "a su favor la crisis de los regímenes autoritarios y totalitarios".

El informe atribuye una responsabilidad particular a "la vanguardia intelectual y política de la región", que hasta ahora "omitió cumplir su rol social de conciencia y guía de la nación". Algunos considerarán severo ese juicio que pasa por alto el coraje de los periodistas y de los disidentes que resisten a una represión despiadada. Sin embargo, los representantes de la sociedad civil deben "encontrar una posición intermedia para ellos y para el mundo árabe, sin ceder a la influencia de las grandes potencias ni caer en el pesimismo y en la violencia, hacia los que podrían dejarse arrastrar muchos jóvenes enfurecidos, despojados de márgenes de maniobra pacíficos y eficaces".

El tamaño de la tarea a realizar es abrumador. Buscar una salida al apocalipsis preparado por los dos adversarios-cómplices de la "destrucción creadora" 14 -cada uno de los cuales ve en el otro la encarnación del "mal" que debe ser destruido por medio de una guerra total- puede parecer imposible, y hasta inútil. Esa es sin embargo nuestra misión. A veces, en una situación marcada por tantos factores negativos, el deber de los progresistas consiste simplemente en mantener viva la posibilidad de lo positivo. La política volverá. En cada ciudad, en cada país, en cada región, debemos aumentar el número de actores que se oponen al apocalipsis y prefieren cumplir el papel de constructores de una existencia libre y mejor.

  1. Por el nombre del presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson, que luego de la Primera Guerra Mundial, por medio de sus "Catorce puntos" abogó vigorosamente por el derecho a la autodeterminación de los pueblos... y el reemplazo de Gran Bretaña por Estados Unidos en Medio Oriente.
  2. Charles Krauthammer, "The Neoconservative Convergence", Commentary, Nueva York, julio-agosto de 2005.
  3. Robin Wright, Ellen Knickmeyer, "U.S. Lowers Sights On What Can Be Achieved in Iraq", The Washington Post, 14-8-05.
  4. "US Encouraged by Vietnam Vote", The New York Times, 4-9-1967.
  5. Robin Wright, Ellen Knickmeyer, op. cit.
  6. Good Muslim, Bad Muslim. America, the Cold War and the Roots of Terror, Three Leaves Publishing, Nueva York, 2005.
  7. "Secretary Rice Urges Democratic Change in the Middle East", 20-6-05.
  8. Charles Krauthammer, op. cit.
  9. Andrew C. McCarthy, citado en Justin Raimondo, "Recanting the War: The neocons can't keep their troops in line", 24-8-05.
  10. Antonin Scalia, "God's Justice and Ours", First Things 123, mayo de 2002.
  11. Christopher Shays, representante republicano en el Congreso, The New York Times, 23-3-05.
  12. Michael Ledeen, "Creative Destruction: How to Wage a Revolutionary War", National Review Online, 20-9-01.
  13. PNUD, Informe sobre el desarrollo humano en el mundo árabe, 2005, al que pertenecen las citas subsiguientes.
  14. Walid Charara, "Bondades de la inestabilidad constructiva", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2005.
Autor/es Hicham Ben Abdallah El Alaoui
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 76 - Octubre 2005
Páginas:20,21,22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Política, Estado (Política)
Países Irak