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El poder palestino, sin aliento

Durante la última fase de las elecciones municipales, en diciembre de 2005, Hamas le ganó a Fatah en las principales ciudades de Cisjordania. Esta victoria de la organización islamita, en vísperas de las elecciones legislativas del 25 de enero, refleja las incertidumbres de la estrategia de Mahmud Abbas, basada en un acuerdo de paz definitivo, que Ariel Sharon sigue rechazando obstinadamente.

De Mahmud Abbas (Abu Mazen), tal vez la historia retenga que fue la mejor opción en el peor momento. Hombre negociador en un momento de unilateralismo; hombre de envergadura nacional en un momento en que se derrumba bajo sus pies el movimiento nacional; hombre de dimensión internacional cuando el interés mundial se encoge como la piel de zapa; hombre de palabra en una época en que sólo los actos tienen voz y voto; creyente inveterado en una paz final, cuando a su alrededor el horizonte se reduce a lo provisorio. Para Abbas no hay, parece, ninguna salida. Tal vez su hora ya pasó o tal vez está por venir. Pero, para él, el período actual se revela como una verdadera pesadilla 1.

Enfrente, el primer ministro israelí Ariel Sharon reina con maestría. Su nuevo partido, Kadina, va más allá de completar el tablero político, se lo devora (Avnery, pág. 18). En armonía con su pueblo, cuya voluntad profunda expresa, también lo está con la comunidad internacional, cuyas reacciones determina. Por el momento, todo gravita en torno suyo.

Un balance contrastante de los movimientos nacionales palestino e israelí: caos, fragmentación y parálisis por un lado; coherencia, cohesión y dinamismo por el otro. Abbas soñaba, seguramente, con un escenario totalmente distinto. Contaba con el agotamiento palestino y la fatiga israelí después de cuatro años de confrontación salvaje, así como con la voluntad internacional para poner fin a ese interminable conflicto. Del cansancio palestino se desprendería una aspiración a la calma; de esa calma, un relajamiento de las restricciones israelíes y, de todo eso, una presión popular sobre Hamas y los demás grupos armados, que los apremiaría a respetar una tregua. Obligado a limitarse a una estrategia electoral, Hamas habría, al mismo tiempo, forzado a Fatah a disciplinarse y a la Autoridad Palestina a reformarse, con el fin de enfrentar la amenaza que el movimiento islamita no dejaría de plantear a su hegemonía política.

Con el fin de la violencia y el comienzo de las reformas institucionales –condiciones impuestas por la administración estadounidense para volver a involucrarse– Washington no tendría otra opción que relanzar el proceso diplomático e incitar a Israel a mayores concesiones. Fruto de este ciclo virtuoso, la mejora de las condiciones de vida de los palestinos en los territorios ocupados estabilizaría el alto el fuego, alentaría a Estados Unidos a un mayor activismo y obligaría a Israel a una mayor generosidad. Todo esto debería conducir, en un cierto plazo, a retomar las negociaciones dirigidas a un acuerdo de paz final. Durante un breve tiempo, este cálculo parecía poder tener éxito. Elegido en enero de 2005 para encabezar la Autoridad Palestina, Abbas gozaba de un capital político impresionante. En la escena internacional, incluyendo a Israel, eran muchos aquellos dispuestos a ofrecerle, como mínimo, el beneficio de la duda. Entre los palestinos no había ningún adversario serio que pudiera hacerle frente. Muchos contaban con su fracaso, pero pocos se arriesgaban a contribuir a él. Sus rivales dentro de la dirección de Fatah se encontraban limitados a esperar, obligados a ubicarse tras el hombre cuyo caída deseaban secretamente. El propio Hamas encontraba razones para un reajuste. Sacudido por el asesinato de muchos de sus dirigentes, agotado por la segunda Intifada, Abbas le ofrecía un respiro y, con la promesa de elecciones legislativas rápidas, una inserción posible en la arena política. Lo que es más, Hamas veía en Abbas a un hombre digno de confianza, resuelto ante las figuras de la Autoridad Palestina que lo rodeaban.

Autoridad difusa

El hecho de que el escenario previsto no se haya realizado merece una explicación. Estadounidenses, israelíes e incluso muchos palestinos no dudan en atribuir la responsabilidad primera a Abbas, culpable según ellos de indecisión y de laxismo. A sus ojos, el Presidente palestino hubiera debido imponer su voluntad de manera inmediata, restablecer el orden y sancionar a los que se oponían. Los grupos armados –sobre todo los que provenían de las brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, afiliados a Fatah– debían ser disciplinados en los primeros meses. Con su conducción, Abbas no sólo habría perdido un tiempo precioso, sino también una ocasión única, porque sus prescripciones, que ayer habrían sido respetadas, ya no lo serán en el futuro.

Hay una parte de verdad en este análisis, pero falta lo esencial, que tiene que ver con la naturaleza de la sociedad y del campo político palestinos. Una sociedad tradicional, dispersa y bajo ocupación, que responde principalmente a modos de funcionamiento flexibles y maleables y a formas de autoridad difusas y des-institucionalizadas. Resistente a las líneas de mando jerárquico, esa sociedad simplemente no estaba adaptada a la claridad y la lógica de su nuevo dirigente, poco inclinada a comprender el fundamento de sus órdenes o a someterse a ellas. No era, en el fondo, una cuestión de falta de firmeza o de resolución, sino de falta de adecuación entre un estilo racional y ordenado por un lado y estructuras políticas y sociales reacias por otro.

Además, el cálculo de Abbas se apoyaba en malentendidos e incomprensiones que ninguna dosis de autoritarismo hubiera podido remediar. Abbas tenía un objetivo político: un acuerdo de paz final; Sharon otro: un acuerdo provisorio a largo plazo; y el presidente estadounidense George W. Bush, aparentemente, ninguno. Finalmente, el Presidente palestino ponía sus esperanzas en la opinión pública palestina para contener a Hamas y a los demás grupos militantes; en Hamas para contener a Fatah y a la Autoridad Palestina; en los compromisos estadounidenses para obligar al presidente Bush, y en todo eso para forzar a Israel. En resumen, tenía una política que se apoyaba en los mismos que se oponían a ella y que dependía, sobre todo, de la voluntad independiente de los otros.

Otra divergencia que traba cualquier progreso diplomático es la referida a la actitud a adoptar frente a Hamas. Para Abbas, no habría nunca una confrontación militar mientras perdurara la ocupación israelí. Atacar a Hamas equivale a asumir el riesgo de una escisión profunda dentro del movimiento nacional y de la sociedad, incluso de una guerra civil, y todo esto a cambio de promesas incluidas en la Hoja de Ruta, de la cual todos los palestinos dudan, y de garantías expresadas por un Presidente estadounidense al que ningún palestino le cree.

Abbas apunta más bien a cooptar el movimiento islamita, contando con su integración al juego político para incitarlos a respetar las leyes votadas por la institución parlamentaria de la que el movimiento formaría parte. Progresivamente, acorralado por la opinión pública y atrapado por sus propias decisiones, Hamas no tendría otra opción que sustituir su lógica militar por una lógica política. Mientras tanto, el mundo debería contentarse con esta formación híbrida, mezcla de partido político, de institución caritativa, de instrumento de prédica y, ciertamente, de organización armada.

Para Bush y Sharon, en cambio, la confrontación entre la Autoridad Palestina y el Hamas es inevitable, y será mejor que ocurra cuanto antes. Creer en una evolución dócil del movimiento islamita sería una prueba de ingenuidad; el ejemplo del vecino Hezbollah, que siempre mantiene su autonomía militar, incluso después de la retirada israelí del sur del Líbano y de su participación en el gobierno libanés, suena como una advertencia. Resultado: cuando Abbas afirma que tratará el problema Hamas, quiere decir una cosa; el presidente Bush entiende otra, y por ende el proceso diplomático se paraliza.

Las consecuencias políticas de estos malentendidos son importantes. Quienes sostenían firmemente a Mahmud Abbas están con frecuencia desorientados y cada vez son menos numerosos. En su entorno, algunos tienen peso político y otros le son fieles, pero son raros los que combinan ambas cualidades. Incapaz de hacer el juego político a la manera de Yasser Arafat, Abbas no pudo, ni quiso, cortejar a los cuadros o militantes de Fatah con los cuales hubiera podido contar. Se instala la desilusión y también la duda. Sus rivales levantan de a poco la cabeza, su seguridad crece y también la libertad de su tono. Los jefes de los diversos servicios de seguridad ya no dudan en criticarlo en privado, seguros de que sus expresiones se harán públicas, y resueltamente tratan de disociarse de la anarquía reinante. Por el momento, sus opositores observan, cada uno creyendo en sus oportunidades –aunque ninguno está en posición de neutralizar a sus rivales– y todos se niegan a coronar un sucesor. Por eso no harán nada para acelerar la caída del Presidente, pero tampoco harán nada para ayudarlo a tener éxito.

Sin embargo, abundan los rumores relativos a posibles escenarios para el período que seguirá a las elecciones legislativas previstas para este 25 de enero. Se menciona la constitución de un gobierno de coalición formado por tecnócratas y responsables de los servicios de seguridad, con el apoyo de Washington, todo lo cual serviría para marginar al Presidente.

Porque es poco probable que la elección legislativa logre cambiar totalmente la situación, dando nacimiento a un liderazgo coherente o clarificando la situación. Incluso si se supone que los candidatos de Fatah se imponen, la victoria sólo será parcial. El partido está demasiado fragmentado para hablar con una sola voz y Abbas demasiado cuestionado como para que esa voz sea la suya. Las primarias que acaban de realizarse, manchadas de fraude, de intimidación y de violencia, ilustran perfectamente este estado de hecho.

No es que los “jóvenes” le hayan ganado a los “viejos”, las bases a los caciques del comité central o los reformistas a los conservadores. Vencedores y vencidos provenían todos de generaciones, afiliaciones institucionales y tendencias políticas mezcladas. La única enseñanza posible de discernir es que los luchadores y ex detenidos en las prisiones israelíes parecen haber logrado el favor del electorado; pero también en este caso fueron los vínculos familiares, los clanes y los grupos armados los que dominaron. Dadas las fracturas dentro de Fatah y la ausencia de proyecto político coherente, las elecciones primarias y la lista de candidatos elegidos por Abbas y el comité central contribuyeron más a agravar que a aplacar las tensiones.

En estas condiciones no resulta sorprendente ver que se multiplican las listas de independientes o rebeldes, una mezcla de ex integrantes de Fatah y de no adherentes, cuya esperanza reside principalmente en la animadversión creciente contra el movimiento nacionalista y en la aprehensión persistente con respecto al Hamas. Tampoco es sorprendente ver que dentro de Fatah reina una confusión generalizada al respecto.

Por el lado del Hamas, el aprecio por el Presidente palestino no es mayor. El hecho de postergar las elecciones previstas para julio de 2005, la falta de respeto de otros compromisos, la anulación de las elecciones municipales ganadas por los islamitas en Gaza y las expresiones israelíes dirigidas a trabar su participación en las legislativas de enero, oscurecieron el cuadro. El Hamas sigue contando con la posibilidad de presentarse a las elecciones y ha elaborado una lista que incluye una cantidad impresionante de miembros de la sociedad civil, muchos de ellos sin afiliación conocida al movimiento. Pero la duda se ha sembrado, Abbas y la Autoridad Palestina ya no gozan de la confianza de Hamas y la transición hacia la participación política se hará ahora de manera más dubitativa y timorata. Por otra parte, el tiempo le ha permitido a Hamas reconstituir su salud, como se pudo constatar en las elecciones municipales de diciembre pasado, cuando el movimiento islamita superó a Fatah en las principales ciudades de Cisjordania. La consigna defendida por Abbas –“una sola autoridad, una sola ley, un solo fusil”– ahora tiene competencia: “bajo la ocupación, ninguna ley por encima de la resistencia”.

En este sombrío panorama se mantiene la esperanza de que Abbas logrará persuadir a los israelíes y estadounidenses de entregarle los recursos para su política de mejorar las condiciones de vida de los palestinos. El retiro de Gaza no cuenta, porque fue obtenido antes de la elección de Abbas e impuesto unilateralmente. Hará falta mucho más, especialmente mediante negociaciones bilaterales. También en esto persiste la duda, porque uno de los aspectos más sorprendentes de este período será la incapacidad casi total de los palestinos para obtener una ayuda concreta estadounidense. Que Bush necesite de Abbas y de la mejora de las relaciones de Estados Unidos con Palestina no parece presentar ninguna duda. Va en ello la imagen de Washington en esta región crucial, donde la catástrofe iraquí ha dañado fuertemente la credibilidad de la Casa Blanca. También la estabilidad regional, amenazada por todas partes. Y, sin embargo, los palestinos parecen no saber qué hacer con esa importante carta de triunfo. Por el contrario, le han ofrecido al Presidente estadounidense una mejora superficial con la que ya contaba a cambio de chatas alabanzas admirativas (“Abbas es un hombre de paz”) que el Presidente palestino hubiera evitado de buena gana.

Contexto cambiante

Mientras tanto, hay movimiento por el lado israelí. Ahora Sharon dispone de la iniciativa en casi todos los ámbitos. En el plano interno se ha vuelto inevitable, un imán en torno al cual gira toda la clase política, un punto de convergencia de sensibilidades totalmente opuestas. El retiro de Gaza y la política que lo acompañó representan la puesta en práctica de sentimientos populares hasta entonces difusos: sed de infligir una lección a los palestinos de manera fuerte, unida al deseo latente de separarse de ellos; desconfianza total hacia los dirigentes palestinos, combinada con la voluntad de no seguir siendo rehenes de esa sospecha.

Al optar por un retiro unilateral de Gaza y al llevar a cabo operaciones militares agresivas, Sharon movilizó en torno suyo a la mayoría de la opinión pública de su país. Así, se reduce el desfasaje, muchas veces constatado, entre una opinión pública que decía querer un acuerdo de paz y dirigentes que parecían resistirse a ello. Aunque los dirigentes laboristas clamaron durante largo tiempo por el desmantelamiento de las colonias, sólo Sharon lo hizo. Paradójicamente, Sharon encarna un proceso de “arafatización” del mundo político israelí. Doble victoria sobre su enemigo jurado, ya que el líder palestino no está más, pero el Primer Ministro israelí reproduce su modo de funcionamiento político: identificación de un hombre y de una nación y personificación del sentimiento colectivo. Superación de los partidos políticos y traducción en actos de un consenso nacional tácito. De la misma manera que Yasser Arafat en otros tiempos, Sharon se ha convertido en el centro político de su país, no gracias a un programa claro –nadie sabe precisamente adonde quiere llegar– sino por la fuerza de una personalidad en la cual todos pueden reconocerse. Seguramente tiene enemigos. Pero ha logrado ocupar la escena política de manera invasora, obligando a cada uno a definirse con relación a él y al mismo tiempo asfixiando a sus adversarios. También en esto Arafat –que lograba disimular las contradicciones y rivalidades en el seno de Fatah y contener a Hamas– era parecido. En Palestina el centro se dispersa; en Israel se consolida. Sharon también ha retomado la iniciativa a nivel regional e internacional. Con él, el unilateralismo es sinónimo de movimiento, el bilateralismo de statu quo. ¿Quién duda todavía de que si el retiro de Gaza hubiera sido negociado, todavía estarían allí los israelíes y los palestinos, unos reclamando el desarme de Hamas y otros gestos significativos en Cisjordania? En estas condiciones, el mundo aplaude su acción unilateral, las críticas se acallan y todos parecen dispuestos a confiar en él. Con el retiro, la construcción del muro de separación, la consolidación de las colonias de población en los grandes bloques de Cisjordania y la influencia sobre Jerusalén Este, Israel inicia la etapa de definición de sus fronteras, reforzando su control sobre los territorios considerados vitales y desprendiéndose de los que considera superfluos. La Autoridad Palestina, por su parte, se ve obligada a administrar Gaza, un pedazo de tierra superpoblada, desprovista de recursos, asediada, sin instituciones y presa del caos.

La reconfiguración del espacio internacional va más lejos e incluye cambios sorprendentes. En el pasado, los palestinos reclamaban urgentemente el establecimiento de un Estado. Pero hoy Israel y Estados Unidos hablan de ello, mientras los palestinos se inquietan. Es porque una cuestión de derecho ha sido sustituida por una cuestión de mérito: si el Estado palestino tarda en aparecer no será a causa de la ocupación israelí, sino… a causa de la incompetencia palestina. Para tener su Estado, los palestinos deberían mostrarse dignos de ello. Eso podría comenzar con un semi-Estado en parcelas de territorios libres de toda presencia israelí, como Gaza, o como ese Estado de frontera provisoria que menciona la Hoja de Ruta y del cual pronto se oirá hablar. El nuevo desafío es actuar como un Estado con el fin de llegar a serlo.

Lo mismo ocurre con la intervención internacional, no hace mucho exigida por los palestinos y ahora requerida por Israel. No a través de una intervención política destinada a solucionar el conflicto, sino por intervenciones puntuales, técnicas, concebidas para tranquilizar a Israel antes que para impulsarlo a actuar. De ahí el papel egipcio en los servicios de seguridad de Gaza y la presencia de observadores europeos en la frontera entre Egipto y la Franja de Gaza. En ambos casos, se trata de una estabilización de la seguridad, lo que tendrá como consecuencias previsibles exigencias dirigidas a la Autoridad Palestina, una impaciencia creciente hacia los grupos militantes, una reorientación de Gaza hacia Egipto a expensas de Cisjordania y, tal vez, una erosión de esa independencia de decisión a la que los palestinos se aferran.

En resumen, todo el paisaje se transforma, como reflejo del dinamismo israelí y de la parálisis palestina. Hay desencanto hacia las negociaciones; escepticismo respecto de un acuerdo de paz final; un nuevo consenso y unilateralismo israelíes; construcción del muro de separación y refuerzo de la presencia israelí en Jerusalén Este y en los grandes bloques de Cisjordania; fragmentación, desorden y cacofonía por el lado palestino; un papel creciente de los grupos armados en los territorios ocupados; integración de Hamas en el campo político; regionalización de la geopolítica palestina centrada en Egipto en lo referido a Gaza y, tal vez, a Jordania en lo referido a Cisjordania. De la combinación de todos estos factores progresivamente surge un nuevo ambiente. Si Sharon gana las elecciones israelíes del 28 de marzo de 2006, este contexto le ofrecerá un amplio margen de maniobra. Su ambición declarada –la realización de un acuerdo provisorio de largo plazo– parece fuera de alcance considerando las sospechas palestinas. Sin embargo, le quedarán otros escenarios, independientes de la voluntad de sus adversarios. Al invocar la Hoja de Ruta y su exigencia de un desmantelamiento de la infraestructura terrorista, y en la hipótesis de un aumento de violencia palestina o de caos generalizado en Gaza, se encontrará tal vez en condiciones de detener totalmente el proceso de paz, de afirmar su control territorial en Cisjordania, debilitando al mismo tiempo al movimiento nacional palestino y observando cómo se deshace. Todo esto sin sufrir presiones por parte de la comunidad internacional, muy ocupada en lamentarse por los incumplimientos palestinos.

Estrategia y respuestas claras

Diversos obstáculos pueden contrariar esta opción. Los palestinos podrían conducirse mejor de lo previsto, Estados Unidos podría exigir negociaciones o los miembros de su coalición y su propia opinión pública reclamar algo diferente al statu quo. Circunstancias análogas lo habían convencido anteriormente del buen fundamento de una concesión anticipada y bien impulsada al retiro de Gaza. En este caso, lo más plausible es que después de haber “demostrado” la incapacidad palestina para respetar las obligaciones de la Hoja de Ruta, el Primer Ministro devele un nuevo plan de retiro unilateral que afecte, esta vez, al centro de Cisjordania. Algunos de sus consejeros intentan atraer con un escenario más ambicioso: el retiro del 80% al 90% de Cisjordania, lo que tendría como contrapartida la anexión de facto de los grandes bloques de colonias y el establecimiento de hecho de fronteras duraderas para el Estado de Israel.

En este momento, es poco probable que el propio Sharon sepa cuál será su línea de conducta. Sus acciones raramente provienen de planes a largo plazo previamente formulados. Son, por el contrario, resultado de una vida de experiencias, de reflejos aprendidos y mil veces aplicados, de convicciones relativas a la seguridad de Israel de las cuales emanan decisiones de las que sólo tiene una conciencia vaga al inicio. Pero el paisaje de Israel y Palestina que está surgiendo da una idea suficientemente clara del futuro.

En resumen, Sharon lega –lo más probablemente a sí mismo, si se cree en las encuestas– respuestas y soluciones. Abbas hereda –muy probablemente, por mucho tiempo– innumerables signos de interrogación. En los tiempos de Arafat, la presencia del Rais bastaba por sí sola para responder, porque lo que hacía expresaba, más o menos, un consenso nacional. Pero la incertidumbre y la ambigüedad que hasta hace poco favorecían la unidad palestina, ahora la dañan. En este momento lo que necesitan los palestinos es claridad.

La lista de preguntas es larga. ¿La lucha armada es compatible con las negociaciones, su complemento obligado, o bien resulta antitética? Entre los que rechazan la violencia no existe un consenso en relación con los medios alternativos de resistencia activa. Los Acuerdos de Oslo, firmados en septiembre de 1993, fueron decepcionantes, pero en ausencia de una perspectiva de solución permanente los palestinos deben decidir si un acuerdo provisorio es mejor que ningún acuerdo. Las mismas preguntas se plantean con relación a un Estado de fronteras provisorias, percibido por algunos como una etapa necesaria para la relegitimización del movimiento nacional y por otros como una fase que precede a su destrucción. El debate sobre la construcción de instituciones cuasi-estatales, unido a la muerte de Arafat, reavivó los diferendos sobre los respectivos papeles de la Autoridad Palestina y de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y, por consiguiente, sobre la representación política de la diáspora. Tampoco hay acuerdo sobre los fundamentos de una intervención internacional capaz de volver a equilibrar la relación de fuerzas con Israel, o bien de perjudicar la independencia palestina y de acrecentar las presiones contra la resistencia armada.

Encontrar respuestas consensuadas para estas preguntas se ha convertido en una cuestión de supervivencia, porque sin ellas no podrá haber unidad, una reacción coherente ante las acciones israelíes ni, menos aun, una estrategia planificada. El período que se abre estará marcado, muy probablemente, por un nuevo unilateralismo israelí. Éste es el momento para que los palestinos se dediquen a estos problemas y traten de dar respuestas, mediante un amplio debate dentro de Fatah, entre Fatah, Hamas y otras formaciones políticas, y en el seno de la sociedad civil, de los sindicatos y de las universidades.

Seguramente nada de esto ayudará a Mahmud Abbas, prisionero de una situación que les es profundamente desfavorable. A causa de su carácter, de su actitud y de su temperamento político, es un hombre de negociaciones, de procesos diplomáticos, y de un acuerdo de paz final. El unilateralismo desvaloriza su principal carta de triunfo, que es su capacidad para convencer a sus socios y para obtener concesiones. En el momento oportuno, y en otras circunstancias, estaría realmente en condiciones de obtener ese compromiso histórico con Israel con el cual soñó antes que otros y por el cual ha seguido luchando después de ellos.

A falta de eso, debe asistir impotente a los gestos israelíes de los que no puede obtener crédito y a actos hostiles que no puede prevenir. Cuando las luchas enfrentan a Israel por un lado y a Hamas, la Jihad islámica o las brigadas de los Mártires de Al-Aqsa por otro, queda relegado al papel de espectador, condenando a unos y desaprobando a los otros. Dotado de una visión estratégica sin par, sus ojos están ahora cerrados a lo cotidiano, como la última crisis que agitó a Gaza o los últimos sobresaltos que sacudieron a Fatah. Seguramente, no se merece este destino.

  1. H. Agha y R. Malley, “Abu Mazen, el último palestino”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, febrero de 2005.

 

Autor/es Hussein Agha, Robert Malley
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 79 - Enero 2006
Páginas:16, 17, 18
Traducción Lucía Vera
Temas Política, Islamismo
Países Cisjordania (ver Autoridades Palestinas)