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Sismo político en Israel

La designación de Amir Peretz a la cabeza del Partido Laborista, su partida de la coalición de gobierno y la creación de un nuevo partido por parte de Ariel Sharon 1 conmocionaron la escena política israelí. Los electores darán su veredicto en las elecciones del próximo 28 de marzo. ¿Será el Partido Laborista capaz de presentar, a la vez, un programa de defensa de las clases populares y de paz con Palestina?

El sistema político israelí parece haber enloquecido. Un viejo partido moribundo renace súbitamente con toda la fuerza de la juventud. Un partido gobernante, que parecía tener asegurado el poder por las próximas décadas, se derrumba con igual rapidez. Hombres políticos inquietos por su futuro buscan desesperadamente aliarse al bando correcto.

A los ojos de observadores superficiales, que son mayoría tanto en Israel como en el extranjero, este desbarajuste parece una sucesión de acontecimientos fortuitos. Pero, como dice Polonio en Hamlet: “Aunque sea locura, no deja de tener método”.

Un cataclismo político es en sí mismo un acontecimiento extraño. Pero cuando dos terremotos políticos se suceden en tan corto intervalo, se trata de un fenómeno casi sin precedentes.

Primer sismo: el 9 de noviembre de 2005, Amir Peretz, un líder sindical de izquierdas de origen marroquí, es elegido a la cabeza del Partido Laborista. Segunda sacudida: el 21 de noviembre, Ariel Sharon abandona el Likud para formar un nuevo partido, el Kadima, con la colaboración de... Shimon Peres, el ex Primer Ministro laborista. Y de repente el paisaje político se torna irreconocible. De ahora en más tres montañas se elevan allí donde hasta hoy había dos, y ninguna de las tres ocupa el sitio de esas dos que conocíamos.

A lo largo de estos últimos veintiocho años, el Likud se había transformado en un partido de centroderecha. El oportunismo y una creciente corrupción habían diluido sus ideas, de un nacionalismo extremo. Sus dirigentes estaban inextricablemente ligados a los más ricos, quienes dictaban la política económica del partido a pesar de que sus votantes pertenecían en su mayoría a los sectores menos favorecidos.

En cuanto al Partido Laborista, éste había cavado su propia sepultura al transformarse en una pálida copia del Likud, una especie de “Likud bis”. Su principal sepulturero, Shimon Peres, fue también su primer representante, al tiempo que actuaba a la vista de todo el mundo como jefe de propaganda de Sharon (papel que con toda lógica repetirá en las próximas elecciones).

Este paisaje ya no existe. Y las tres montañas que forman la nueva escena política están orientadas en tres direcciones distintas.

El Likud vuelve a ser lo que era antes de llegar al poder en 1977: un partido de la derecha radical. Como el tradicional partido Herut, cree en el Gran Israel (en hebreo, “Eretz Yisrael”), que, según él, se extiende desde –por lo menos– el Mediterráneo hasta el Jordán. Se opone a cualquier acuerdo de paz con el pueblo palestino y pretende mantener la ocupación hasta que las circunstancias le permitan anexar todos los territorios ocupados. Y como este partido reclama también un Estado judío homogéneo, su línea política encierra un mensaje oculto: hay que inducir a los árabes a abandonar el país. En el lenguaje de la derecha, a esto se lo llama “traslado voluntario”. Pero el Likud se cuida mucho de hacerlo explícito.

Para apropiarse del electorado “judío oriental” (principalmente norafricano) del nuevo líder laborista Peretz, de repente el Likud simula interesarse en las “cuestiones sociales”. Sin embargo, desde la década de 1960, en la que el Herut se fusionó con el actualmente difunto Partido Liberal, el Likud estuvo siempre al servicio de los intereses del sector más rico de la sociedad. El nuevo partido centrista, llamado Kadima (que en hebreo significa “Adelante”), se construye sobre una mentira. Sharon afirmó que su único programa político era la Hoja de Ruta. Pero esa hoja estaba muerta antes de nacer. El actual Primer Ministro no intenta –y nunca intentó– aplicar la primera de todas sus fases, cosa que sin embargo exigía el Cuarteto (Estados Unidos, Naciones Unidas, Unión Europea y Rusia): la evacuación del centenar de nuevas colonias (“puestos de avanzada”) que fueran implantadas antes de 2000 y el congelamiento de cualquier nueva colonización. No intenta hacer un misterio de sus intenciones reales: anexar a Israel el 58% de Cisjordania, que comprende los “bloques de colonización” en constante expansión, las diferentes “zonas de seguridad” (el extenso valle del Jordán así como las rutas que unen las colonias entre sí) y el Gran Jerusalén, hasta la colonia de Maale Adumim. Dado que ningún interlocutor palestino podría aceptar semejante “solución”, Sharon planea proceder a esta anexión mediante un diktat unilateral, por la fuerza, sin entablar ningún diálogo con los palestinos. Los problemas sociales son la pesadilla del líder del Kadima, quien por supuesto, para competir con el Partido Laborista y el Likud hará público un programa social, pero en el fondo ese ámbito no le interesa en absoluto.

La agrupación de Peretz, por su parte, va a concentrarse en los problemas socioeconómicos, con lo que espera atraer a la masa de votantes orientales que hasta el presente apoyaban al Likud y al Shass, el partido ortodoxo de los judíos orientales. Considera que es allí donde reside la oportunidad de vencer. El nuevo líder laborista defiende un serio programa de paz que convoca a negociaciones con los palestinos y al establecimiento de su Estado en base a las fronteras de 1967. Pero además va a restablecer esta perspectiva en un contexto social: el dinero despilfarrado en la guerra, la ocupación y las colonias se les roba a los menos favorecidos y sirve para aumentar la brecha entre ricos y pobres.

Los asesores del dirigente laborista van a intentar convencerlo de que “se posicione en el centro” (existe una nueva palabra en hebreo para designar esta postura) y limar las asperezas de su mensaje de paz para así atraer a los votantes que están en el “medio”. Si Peretz sigue esos consejos aparecerá como un candidato poco seguro de sí mismo, sin credibilidad y desprovisto de un programa claro. Probablemente se esforzará por invocar en primer término los problemas sociales y relegar al segundo plano los que conciernen a la paz y la seguridad.

En materia de estrategia militar, hay un principio fundamental: el bando que elige el campo de batalla tiene más posibilidades de triunfar que el bando contrario, porque esta opción tiene en cuenta, naturalmente, sus exigencias particulares. El mismo principio vale para una batalla electoral.

En tanto general victorioso, Sharon tiene interés en que la “seguridad” sea la clave de la campaña electoral. En este terreno goza de una enorme ventaja sobre su rival laborista, quien sirvió como simple capitán en el cuerpo de mantenimiento. Cuando la seguridad de Israel está en peligro, la gente se vuelve hacia Sharon, el sabra (israelí nacido en Palestina), originario del pueblo de Malal, desde donde irradia su aura de dirigente militar.

Peretz es un dirigente sindical que nació en Marruecos y creció en una pequeña ciudad poblada por inmigrantes pobres; por lo tanto está interesado en centrar la campaña en los problemas socioeconómicos. A cientos de miles de personas que en Israel viven bajo el umbral de pobreza y estiman ser las que más sufren la fractura social, la cuestión de la seguridad puede parecerles secundaria. La tarea de Peretz, que se anuncia muy difícil, será sensibilizar a las masas respecto a la idea de que “la paz reducirá la fractura”. Durante los diez años en que ocupé un escaño en la Knesset (la Asamblea israelí) pronuncié decenas de discursos sobre este tema, pero no logré hacer comprender la ecuación. La conciencia de la opinión pública israelí sufre una especie de bloqueo mental: en cuestión de economía ignora el conflicto palestino-israelí y cuando se trata de este conflicto no quiere escuchar hablar de economía. El nuevo líder laborista tiene que levantar la barrera que separa esas dos problemáticas y establecer una conexión entre las dos. Después de tantos sacrificios en vidas humanas y en dinero puede ser que ahora la población esté preparada para aceptar esto. De todos modos, los orígenes marroquíes de Peretz le permitirán hacerse escuchar por un electorado oriental que ya no escuchaba ni siquiera a los laboristas, en especial a Peres...

El enfrentamiento más importante se refiere pues a la naturaleza misma del campo de batalla: ¿estará dominado por el tema de la seguridad o por el de la fractura social? Es importante que Peretz no se separe de su programa, aun cuando toda clase de asesores y personalidades pertenecientes a los medios de comunicación lo alienten a desviarse y a reaccionar ante los ataques de sus adversarios. Es evidente que cada atentado terrorista le hará el juego al Likud y a Sharon, de quien sus enemigos afirman que es muy capaz de provocar tales ataques mediante acciones militares que suscitarían represalias por parte de los palestinos.

Desplazamientos subterráneos

¿En qué se diferencia este nuevo paisaje político del anterior? Curiosamente, el aspecto más evidente y más decisivo de este desbarajuste escapa a la mayoría de los comentaristas: la totalidad del sistema se desplaza hacia la izquierda. El núcleo del Likud se apoltrona a la derecha, donde siempre estuvo, pero todos los otros partidos cambiaron de lugar. El Kadima renuncia al primer artículo de fe del Likud, del cual se escindió –el Eretz Yisrael– y preconiza una partición del país. Este verano (boreal) el propio Primer Ministro estableció un precedente al evacuar algunos asentamientos judíos. Por malo que sea su programa político, parece ubicado mucho menos a la derecha de la posición que en el pasado compartió con el Likud. Su nuevo partido no tiene nada de “segundo Partido Laborista”, como afirman sus adversarios del Likud, pero se situó más a la izquierda.

La elección de Peretz a la cabeza del Partido Laborista representa también un importante desplazamiento de ese partido hacia la izquierda real. Lo atestigua tanto la solución que propone para el conflicto palestino-israelí como la importancia que otorga a los problemas sociales. Desde ese punto de vista, el nuevo líder establece no sólo un orden del día socialdemócrata, sino que obliga a todos los otros partidos a volverse hacia la misma dirección, o al menos pretenderlo.

Incluso el partido Shass se acordó de repente de que después de todo era el partido de los judíos orientales más pobres. Después de varios años de estar anclado en la extrema derecha, el Shass recuerda ahora que su único dirigente, el rabino Ovadia Yossef, mucho tiempo atrás ya se había declarado a favor de la restitución de territorios para lograr la paz.

Hace años que la anormal situación que prevalece en Israel desorienta a los investigadores de ciencias sociales. Según todos los sondeos de opinión, la mayoría de la población quiere la paz y está dispuesta a hacer casi todas las concesiones necesarias. Pero esta voluntad no estuvo prácticamente representada en la Knesset. Durante todos estos años mi optimismo y el del movimiento Gush Shalom irritaron a más de uno: yo les decía a todos que eso no iba a durar. Que un día, de una manera imposible de prever, esta anormal situación se regularizaría. Que de una u otra manera la escena política tendría que escuchar a la opinión pública.

Un terremoto provoca cambios en la corteza terrestre, pero pero sus fuerzas están situadas y se mueven en las entrañas de la Tierra. El mismo análisis vale para la vida política. Las conmociones que se producen en lo más profundo de la conciencia pública terminan por provocar cambios visibles. El resultado es súbito y rápido, pero surge de un largo proceso subterráneo.

¿Y ahora? Como dice un adagio hebreo: “Desde la destrucción del Templo (hace 1935 años), sólo los imbéciles recibieron el don de la profecía”. Actualmente es imposible adivinar el resultado de las elecciones. Sólo se puede calcular que los tres principales partidos se repartirán la mayor parte de los 120 escaños de la Knesset, logrando cada uno entre 25 y 30. Si Peretz obtiene más votos que Sharon será candidato al puesto de Primer Ministro. O será Sharon, si logra un sufragio más que su adversario. Tanto uno como el otro deberá formar una coalición. Ahora bien, es probable que los pequeños partidos de izquierda y de derecha no basten para obtener una mayoría.

Si Peretz es el vencedor, le será difícil formar un gobierno. Si se niega a crear una coalición con Sharon, o si éste rehúsa subordinarse a su rival, el candidato laborista deberá tratar de formar una mayoría con el Meretz (situado a izquierda de su partido), los partidos árabes, el Shass y los otros partidos religiosos ortodoxos. Aunque por escaso margen, con un poco de suerte esto debería bastar.

Si el vencedor es Sharon, su tarea será más fácil. Cuando tres personas duermen en el mismo lecho, la de la derecha y la de la izquierda tiran del cobertor para su lado, pero la del medio siempre queda tapada. El líder del Kadima ocupará el lugar del medio. Si estuviera dispuesto a negociar seriamente con los palestinos y cambiar de política económica, podría formar una coalición con el nuevo dirigente laborista. Pero esta hipótesis es altamente improbable. Hay fuertes posibilidades de que prefiera constituir una coalición de derecha con el Likud y, tal vez, algunos de los partidos religiosos y de la derecha radical. Si ése fuera el caso, todos los electores de izquierda que hoy en día idolatran a Sharon y se aprestan a votarlo terminarían como los niños que siguieron al legendario flautista de Hamelín: en el río.

  1. Al cierre de esta edición, los médicos del primer ministro Ariel Sharon anunciaron que éste sería sometido a una operación del corazón durante el mes de enero, luego de que a los 77 años sufriera un leve infarto cerebral.
Autor/es Uri Avnery
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 79 - Enero 2006
Páginas:18, 19
Traducción Teresa Garufi
Temas Política
Países Israel, Palestina