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Las dos caras de China

Mientras Pekín anuncia una revisión hacia arriba de su crecimiento, hasta el punto de figurar en el rango de cuarta potencia mundial, pocas veces fueron tan malas sus relaciones con Japón, a pesar de la amplitud de los intercambios económicos. Los datos muestran una recuperación del consumo en China, y un aumento del peso de los servicios. Censura y esfuerzos por conjugar desarrollo y progreso social.

Pekín. Entre la tercera y la cuarta avenida de circunvalación, al noreste. Unidad 798. Un hermoso complejo de edificios de ladrillos rojos estilo Bauhaus, donde conviven galerías vanguardistas, modernos restaurantes y elegantes tiendas. Antes de ser un lugar de moda, esta antigua danwei (gran empresa estatal), que ocupa alrededor de un kilómetro cuadrado, concebida en 1957 por especialistas de Alemania del Este en nombre de la "solidaridad socialista", albergaba a unos 20.000 trabajadores para fabricar armamento. Eran los tiempos en que las grandes empresas tenían sus viviendas, sus escuelas, su centro de salud, su teatro... Los tiempos en que el complejo de Dashanzi, del que depende la Unidad 798, pretendía ser un modelo. Desde entonces hace quince años, la "reforma económica" pasó por allí, arrasando con la producción, los trabajadores, sus familias.

Las fábricas abandonadas se oxidaban tranquilamente cuando un puñado de artistas transgresores decidió refugiarse en ellas. No sin dificultades (trabas administrativas, controles policiales, cortes de luz...), se instalaron allí y desempeñan un papel concreto en la creación contemporánea. Los dirigentes comunistas terminaron cediendo y en la actualidad apoyan a esta comunidad de artistas amenazada por... el mercado: el grupo Qi Xing, que había recuperado Dashanzi, pretende vaciar el lugar para construir un "parque tecnológico", más rentable. Los censores de ayer transformados en defensores de la libertad de creación: singular paradoja para autoridades que, por otra parte, tratan continuamente de restringir internet y encarcelan a todo sindicalista que manifieste algo reivindicativo. Es verdad que para la imagen, es mejor tener artistas ligeramente revoltosos que trabajadores francamente contestatarios.

El siglo XIX y el siglo XXI

A trescientos kilómetros, muy cerca de Chengde y su Palacio de Verano imperial, la acería de Cheng Gang (Chengde Iron and Steel group co.), en cambio, no desapareció con la tormenta. Los trabajadores que la muestran, no sin previa autorización del secretario del Partido Comunista (PPC), están muy orgullosos de ella: fue con el acero nacional que se construyó la "Perla Oriental", torre de televisión símbolo de la Shanghai moderna, o incluso la gigantesca represa del Yangtzé. Habiendo recurrido a tecnología italiana, la unidad visitada está totalmente automatizada. Salvo algunos supervisores en las plataformas, los trabajadores están en cabinas, frente a sus computadoras. Una fábrica ultramoderna. Sin embargo, bastan unos cientos de metros para sumergirse nuevamente en el siglo XIX, con equipamiento oxidado y enclenque en medio de un polvillo grisáceo. Imposible de visitar este infierno -"no sería bueno para su salud", afirma el trabajador que nos guía- pero se observa a trabajadores manipulando sin guantes sustancias muy contaminantes (aparentemente cal, manganeso o azufre...).

En sus dos versiones, esta acería resume la historia industrial del país. Hasta 1986, los 20.500 empleados vivían medianamente bien en la pequeña ciudad de Cheng Gang, gracias a esta fábrica que se hacía cargo de todo (vivienda, salud, deportes, escuela, jubilación...). Las cosas comenzaron a deteriorarse con las reformas y el aumento de la demanda nacional de acero. El Estado exigió entonces resultados. Incluso antes de modernizar, la dirección despidió a los empleados más antiguos -no demasiado productivos- y los reemplazó por jóvenes, más rápidos y a veces más calificados. Luego se importó tecnología occidental, a la que se adaptaron los hombres. El número de empleados cayó a 17.000, y la edad promedio a 35 años.

En un primer momento, los despedidos son "retirados del puesto de trabajo" (xiagang zhigong) y no desempleados. Económicamente, la ventaja es limitada: uno de nuestros guías afirma que recibe 800 yuanes por mes (80 euros) mientras que como empleado cobraba 2.000. Pero la relación contractual con la empresa se mantiene, lo que significa protección social... y reconocimiento. Así, sin empleo a los 46 años y ahora joven jubilada de 50 años, Jing Zheiying aún tiene la sensación de formar parte de la danwei "ayudando" a las pequeñas empresas que surgen en la ciudad. Con este sistema, una pareja puede comprar su departamento y construirle un flamante baño. En materia inmobiliaria, son muchos los que concretaron un sueño hasta hoy inimaginable: convertirse en propietarios.

Por supuesto, no todos los xiagang zhigong viven tan confortablemente. Pero gracias a la solidaridad familiar el sistema funcionó, tanto en Cheng Gang como en el resto del país. Actualmente está en vías de extinción, porque ni los accionistas privados de la acería, aún minoritarios, ni los estatales, quieren asumir gastos sociales que afecten su rentabilidad. Además, la acería no escapará seguramente al "plan de racionalización de la siderurgia" anunciado por Pekín el 20 de julio pasado. La miseria amenaza con invadir la ciudad como invadió algunas regiones industriales, a fines de los años '90.

Los excluidos

Tie Xi Qu. Un barrio de Shenyang, capital de la provincia de Liaoning, en la ex Manchuria, a más de una hora de avión de Pekín. El pulmón industrial de la ciudad con altos hornos, fábricas de cemento, industrias que escupen azufre y otros residuos; el sudor y la suciedad que se adhieren al cuerpo; las sorprendentes duchas en un universo negruzco; la alegría de los obreros durante los partidos de mah-jong; su resignación... De este universo filmado a comienzos del siglo XXI por Wang Bing en un magnífico documental, ya no queda nada: ni fábricas, ni laberintos de barracas, ni obreros. Este barrio antes industrial está ahora trazado a cordel. Por un lado, anchísimas avenidas rodeadas por fábricas recicladas que escaparon a la limpieza o recientemente instaladas. Por el otro, se alinean locales de exposición de automóviles, principalmente extranjeros. En menos de cinco años, un barrio desapareció del mapa. Surgió otro, habitado por ricos comerciantes y ejecutivos beneficiarios de la llamada política de "apertura". "Queríamos crear un mundo, pero finalmente ese mundo estalló", explica Wang Bing.

Un ex técnico, con el rostro marcado por una vida transcurrida en una fábrica de cables cerrada desde hace cuatro años, lo dice a su manera: "No ganábamos mucho, era duro, pero nos consideraban". Sin enojo. Una simple constatación. La industrialización de la región, que se remonta a la era de los Qing, en el siglo XIX, y que vio surgir el primer ferrocarril chino, no se reducía únicamente a la explotación. Era también trabajo colectivo y orgullo obrero. "Lo que se fabricaba servía -señala este técnico- pero ‘ellos' decidieron traer los cables de otra parte". ‘Ellos' son al mismo tiempo los nuevos propietarios de la empresa que desmantelaron la fábrica -de quienes ignora todo-; el gobierno que "nos dejó caer" y las autoridades locales que "no hacen demasiado"... Este desempleado refleja lo que sienten los excluidos del milagro chino, que son muchos en esta región en plena reestructuración, una "Lorena a la décima potencia", según la expresión del sociólogo Antoine Kernen.

Las primeras víctimas son los empleados de mayor edad, porque "toda su vida hicieron el mismo trabajo, a menudo sin demasiada calificación. Les cuesta adaptarse. Y algunos rechazan el empleo que les ofrecen por considerarlo poco calificado", señala Wang Zheng, investigador de la Academia de Ciencias Sociales de Chenyang. Cabe señalar que la remuneración de los empleos públicos ofrecidos es de 300 yuanes mensuales, mientras que muchos de ellos cobraban por lo menos 1.000 yuanes en su empresa. ¿Cuáles son los empleos ofrecidos? Barrenderos, ayudantes de jardineros o auxiliares de tránsito...

Ese ex técnico de la fábrica de cables de Tie Xi Qu ¿rechazó este tipo de trabajo? Imposible saberlo. En todo caso, esa mañana, como todas las mañanas, se ubica en una esquina con otros diez hombres y mujeres, sentados en cuclillas, con teléfonos celulares en la cintura (la mayoría), carteles en bandolera (todos) en los que cada uno describe sus habilidades: albañilería, pintura, electricidad, limpieza... Un mercado del empleo al aire libre al que se dirigen particulares y empresarios para contratar, por unos yuanes, a un trabajador por día, semana, nunca o casi nunca por mes. Este trabajo en negro no siempre permite conseguir un techo para dormir, lo que es el colmo en una ciudad invadida por maquinarias de obras públicas.

Desarrollo de alta tecnología

En efecto, desde el XVI Congreso del Partido Comunista, en octubre de 2003, la provincia y su capital fueron declaradas "zona de desarrollo prioritario". El dinero público circula a raudales, pero ninguna asamblea democrática controla su uso. Shenyang se transformó en ciudad-obra en construcción, donde los edificios crecen como hongos, en la mayor anarquía, con frentes dorados, techos en forma de pagoda y otras "dragonerías", según la expresión de un arquitecto chino indignado por semejante mal gusto y por la corrupción, ese mal endémico que permite construir lo que quieran donde quieran. Incluso la estatua de Mao Tse-Tung, en medio de la plaza Zhongshan, fue desplazada por el proceso de comercialización, con su brazo apuntando ya no hacia un futuro radiante, sino hacia los carteles publicitarios de grandes marcas extranjeras que lo rodean.

Desde luego, se construyeron zonas especiales de desarrollo económico y tecnológico. Para atraer capitales extranjeros, la ciudad trató de movilizar a su diáspora, descubriendo lazos históricos con Hong Kong, una amistad especial con Taiwán y, lo que es aun más sorprendente, con el Japón tan odiado en esta región que durante mucho tiempo ocupó. Los resultados continúan siendo escasos, pero se instalaron grandes empresas niponas, surcoreanas, estadounidenses o francesas (Canon, Toyota, Coca-Cola, LG Electronics, Alcatel, Michelin, etc.).

Fábricas de montaje conviven con unidades de muy alta tecnología en los medicamentos o en los metales de última generación, como Shenyang Kejin New Materials Development Co, surgida del Instituto de Investigación de Metales. El universo está más cerca de Robocop que de Zola. No hay que olvidar que si bien China fabrica y exporta productos textiles y juguetes de baja gama, concentra también el 55% del mercado mundial de computadoras portátiles; el 30% del de televisores con pantalla plana; el 20% del de microprocesadores... Ensambla muchas piezas concebidas en otras partes, copia bastante bien, inventa poco pero cada vez más. Sus logros en la industria espacial o en la nanotecnología no son sólo vidrieras. Si bien los gastos en investigación y desarrollo siguen siendo escasos (1,4% del PBI en 2003), se duplicaron desde 1997.

Así, se crearon empleos recurriendo a una mano de obra a veces muy calificada, y en raras ocasiones vindicativa. Más aun cuando el sindicato oficial (All China Federation of Trade Unions, ACFTU) parece poco proclive a la protesta. En cuanto a los jóvenes sin calificación reclutados en el campo, apiñados en increíbles dormitorios comunes, difícilmente puedan sublevarse. Y eso que esta región sigue marcada por las fuertes movilizaciones de marzo de 2002, especialmente en Liaoyang, antigua ciudad de la industria química y mecánica. Tras varios días de manifestaciones masivas, los líderes del movimiento fueron encarcelados sin proceso judicial. Finalmente, el poder satisfizo una parte de las reivindicaciones, como el pago de subsidios por desempleo y jubilaciones. El director corrupto de la empresa fue condenado, y reemplazado el dirigente local del Partido. Pero los dirigentes obreros continúan en prisión, aislados. Actualmente, en Liaoyang, ya nadie o casi nadie habla de ellos.

Además, si bien los salarios son escandalosamente bajos, suelen representar un verdadero maná para la familia que se queda en la aldea : entre 800 y 1.200 yuanes por mes para un(a) obrero(a) que trabaja diez horas por día en las empresas de la región. Para un técnico, el salario promedio es de 2.500 yuanes... Según las estadísticas oficiales, estos ingresos se habrían multiplicado por seis, en promedio, desde 1990.

Revolución social e informática

En Shenyang, y más aun en la China costera, se conformó progresivamente una clase media poco preocupada por la escasa mano de obra de las fábricas automatizadas. Goza de mejores ingresos, disfruta de sus primeras vacaciones (un promedio de 11 días en el conjunto de la China urbana), y prefiere el consumo a la protesta. El gobierno lo sabe bien, teme cualquier obstáculo en el crecimiento, que depende en gran medida del exterior porque el mercado interno -potencialmente inmenso- no absorbe sus producciones a falta de poder adquisitivo. Otra de las paradojas chinas: el modelo se basa en los bajos salarios, pero esta explotación de la mano de obra debilita el sistema.

De 1.300 millones de habitantes, unos 900 millones no pueden acceder al templo del consumo, el objetivo supremo. Un responsable de la misión económica francesa lo resume con esta imagen: "Estamos en un sistema donde en un edificio de 10 pisos, sólo 3 están ocupados". Resta saber si los demás pisos serán ocupados, si algunos no corren el riesgo de ser desalojados y si una repentina erupción volcánica no amenazará los cimientos del edificio.

China, que vivió varios desastres (invasiones occidentales, ocupación japonesa, locura dictatorial del maoísmo), se salteó la revolución industrial de los siglos XIX y XX. Ahora debe recoger el desafío de la revolución informática del siglo XXI y el de la revolución social. Todo en tiempo récord.

Cabe decir que China hizo suyas las leyes del mercado de un modo clásico, a falta de un modelo alternativo. En 1987, durante el XIII Congreso del PCC, Deng Xiaoping analizaba así esta conversión: "La planificación y el mercado no son las diferencias esenciales entre el socialismo y el capitalismo. Una economía planificada no define al socialismo, ya que existe planificación en el capitalismo; la economía de mercado existe en el socialismo. Planificación y mercado son pues dos maneras de controlar la actividad económica". La planificación (que aportaba cierta igualdad pero en la escasez) se encuentra en vías de extinción. El mercado se impuso, permitiendo una acumulación de capital que hizo que el país despegara. Sin embargo, China aún no alcanzó a los países desarrollados y su PBI representa menos de la mitad del japonés, por ejemplo.

Esta mercantilización sin precedentes del trabajo alteró completamente las relaciones sociales. Entre 1998 y 2003, de 40 a 60 millones de personas se quedaron sin trabajo, mientras que hasta ese momento el empleo estaba garantizado de por vida. De un día para el otro hubo que imaginar un sistema que a los países occidentales les llevó más de un siglo construir, a menudo a fuerza de luchas sociales y políticas violentas. La unidad de trabajo debió transferirse totalmente al Estado, en un país donde, por tradición milenaria, la burocracia local siempre mantuvo distancia respecto de las directivas centrales.

En su oficina pekinesa del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Pi Dehai, el director general, confirma cuán dificultosa es la tarea: "Tenemos que inventar todo para poner a punto un sistema público de protección social". Según él, la mayoría de los trabajadores urbanos cuentan actualmente con un seguro de salud; se garantizan indemnizaciones mínimas a las personas que han trabajado; las jubilaciones quedan progresivamente a cargo del Estado (un tercio de ellas) y de un sistema privado de fondos de pensión; se estableció un ingreso mínimo (dibao) de entre 100 y 800 yuanes, según las regiones.

Pero el sistema sigue estando en su etapa embrionaria y a veces no se aplica, mientras que las reestructuraciones se llevan a cabo a un ritmo infernal. Conclusión: las desigualdades explotan. Incluso el muy docto Study Times, diario de la Escuela del Partido Comunista, señaló su preocupación: "se encendió la luz amarilla y se puede alcanzar el alerta rojo en los próximos cinco años". Según el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, el 20% de los chinos más ricos concentra el 55% de las riquezas del país, mientras que el 20% más pobre debe repartirse el 4,7% de ellas. El índice Gini, establecido por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para medir las desigualdades (con una graduación que va de cero, en caso de perfecta igualdad, a 100) ubicó a China en el nivel 44,7 en 2004. Menos que Brasil (59,1), Chile (57,1) o Nigeria (50,6), pero en un escalón muy alto, y sobre todo en permanente ascenso: en 1981 era 28.

En la parte superior de la pirámide social se encuentran los chinos de la diáspora de regreso al país, pero también ex cuadros del Partido devenidos hombres de negocios, los mismos que, según la expresión del sociólogo Lu Xueyi, integraban ya la "clase social suprema" de una China que por entonces se pretendía sin clases.

Cuatro líneas de fractura

De hecho, se ha operado una nueva estratificación del país en torno a cuatro líneas de fractura. La primera opone la población urbana a la población rural; la segunda separa las regiones costeras, desarrolladas, de la China interior, durante mucho tiempo abandonada, con los campesinos del Oeste en lo más bajo de la escala. Es allí donde vive la mayoría de los 150 millones de personas en extrema pobreza, censadas por las estadísticas oficiales en gran medida subestimadas. Cierto es que en 2003 el gobierno redujo en un 30% los impuestos que pagan los campesinos, y en octubre de 2005 anunció un aumento del salario mínimo, la eliminación del impuesto a la producción agrícola y sobre todo un programa en favor de la escuela y la salud. Pero estas medidas siguen siendo insuficientes o simplemente ignoradas por los potentados locales.

Las demás líneas de fractura dividen las ciudades mismas, primero entre trabajadores de reconocida calificación y los demás; luego entre los que tienen trabajo y los que no, incluidos jóvenes calificados que, por primera vez, son víctimas del desempleo. Los más carenciados siguen siendo los mingong, esos obreros campesinos exiliados en su propio país, sin ningún derecho. Para poder gozar de los sistemas públicos (escuela, salud, desempleo...), necesitan un certificado de residencia, el famoso hukou concebido en los años 1950 para evitar el éxodo rural. Todavía no lo tienen. La hipocresía es total, ya que los mingong "son el motor de la competitividad y la máquina productiva chinas", tal como lo señala Geneviève Domenach-Chich, que dirige en Pekín el programa de la Unesco destinado a los migrantes. Representan el 79,8% de los empleados de la construcción urbana, el 68,2% de los empleos de la producción electrónica, el 58% de la gastronomía...

La preocupación por evitar la proliferación de villas miseria en las ciudades en expansión nada tiene de ilegítima, pero más allá de la brutalidad de la explotación admitida, el sistema estalla por todas partes, tal como lo reconoce, en su oficina de la prestigiosa Universidad de Fudan, en Shanghai, Lu Ming, joven investigador del Centro de Estudios Económicos. En 2004, el gobierno central tomó medidas "para acabar con la discriminación. Pero las autoridades locales le ponen frenos". Un error tanto político como económico: "Ya se aborde la cuestión por el costado político (‘Construir una sociedad armoniosa' es la consigna del poder), o por el costado económico, es necesario desarrollar el mercado interno y proteger a los trabajadores para asegurar la estabilidad y el desarrollo", afirma Lu Ming.

De hecho, las injusticias son tan grandes que los trabajadores se rebelan cada vez más. Lo reconoció hasta el ministro de Seguridad Pública, Zhou Yongkang, al publicar la cifra de manifestaciones, que habitualmente se guarda en secreto: 74.000 protestas en 2004 (que concentraron a 3,76 millones de personas) contra 10.000 en 1994. ¿Hay que ver allí el comienzo de un estallido social y político? Nadie puede predecirlo. A diferencia de los años '80, que condujeron a las revueltas de la plaza de Tiananmen, y a pesar de la explosión de las desigualdades, gran parte de la población vio mejorar su situación. Paul Wolfowitz, nuevo presidente del Banco Mundial, que no es sospechoso de simpatía con el régimen, recordaba recientemente que 280 millones de habitantes habían superado la línea de pobreza entre 1978 y 2003.

En el campo, los padres viven con la idea de que si su hijo puede ir a la escuela vivirá mejor que ellos. En la ciudad, señala Lu Ming, "por primera vez los jóvenes universitarios con un poco de experiencia ganan más que la generación de sus padres". Esta esperanza permite a los chinos soportar lo insoportable. Pero todo el mundo percibe que China inicia una nueva etapa mucho más delicada. Y no es casual que, al término del último plenario del Comité Central del PCC (8 al 11 de octubre de 2005), Hu Jintao haya anunciado un plan quinquenal del lucha contra la desigualdad.

La vía china al desarrollo

¿Se sumergirá China en el capitalismo salvaje? ¿O logrará preservar su originalidad? En el seno de la izquierda intelectual del país, la cuestión genera debate, sin repercusiones en el gran público. Durante mucho tiempo confiado en la vivacidad de la cultura de su país, el escritor Xu Xing, conocido por su espíritu crítico y que aún vive en un minúsculo departamento de un barrio muy popular del sudeste de Pekín, está hoy mucho más preocupado. Está furioso con este "capitalismo sin límites" que "sacrifica a mucha gente" y genera "destrucción violenta de las culturas regionales o locales". Se muestra severo con los intelectuales que "se convirtieron en perros guardianes del gran mercado mundializado" y aceptan el yugo del autoritarismo. Otros intelectuales, desamparados ante el avance de la occidentalización, se orientan hacia las ideologías de ayer, especialmente hacia Confucio, cuyos escritos vuelven a ocupar el primer plano.

Al mismo tiempo, una nueva escuela de sociología busca conjugar desarrollo económico y progreso social. Para Dai Jian-Zhong, director adjunto del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín, que participó en todas las luchas contra la aniquilación del pensamiento, no es la apertura al mercado occidental lo que plantea problemas, sino la manera en que ésta se lleva a cabo y la aceptación de la ley del más fuerte. "Los obreros que están encerrados frente a frente con el patrón no pueden negociar. Pero no les permiten organizarse y el sindicato está siempre del lado de la dirección". De hecho, "tanto en lo que hace a la protección social como a las condiciones de trabajo, la jornada de 8 horas o el límite de horas extras, las leyes existen, pero no se aplican". Para muchos, los obstáculos son ante todo políticos e institucionales, dado que el poder prohíbe todo debate público sobre estas cuestiones.

Los bloqueos son también sociológicos: si bien las elites del PCC, de las cuales una parte de la nueva generación se formó en el extranjero, parecen poco fascinadas por Occidente y afirman un patriotismo rayano a veces en el nacionalismo, su referencia sigue siendo la de las universidades occidentales, que francamente no se caracterizan por su creatividad en el campo social.

Ahora bien, tal como lo recuerda Dai Jian-Zhong, a lo largo de los siglos China siempre logró transformar los aportes extranjeros para construir una cultura original. ¿Está ahora en condiciones de reproducir esta alquimia? Al igual que otros, Dai Jian-Zhong sueña con conciliar justicia social, desarrollo individual -noción que acaba de surgir- y bienestar de la sociedad, explorando así el camino chino del desarrollo. Siempre en la fase de la utopía.

Autor/es Martine Bulard
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 79 - Enero 2006
Páginas:22, 23
Traducción Gustavo Recalde
Temas Política, Economía
Países China