Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Contra la degradación del empleo

Presentada como una forma de lucha contra el desempleo de jóvenes carenciados, la ley del Contrato de Primer Empleo motorizada por el primer ministro francés Dominique De Villepin culmina una operación de desmantelamiento de las protecciones al asalariado, que extiende la precarización a todo el mundo laboral. Uno de sus efectos potenciales sería unir a sectores sociales hasta el momento segregados.

Desde el punto de vista de la educación popular en general y de la formación política acelerada de las generaciones jóvenes en particular, el Contrato de Primer Empleo (CPE) del gobierno Villepin-Sarkozy tiene el mérito de ser un verdadero caso de manual.

Lejos de presentarse en Francia como figura inversa a la retórica progresista, la nueva retórica reaccionaria hace suyo el léxico del adversario 1. Así es como los profetas del neoliberalismo, sus ejecutores políticos y aduladores mediáticos se presentan al unísono como "modernizadores", audaces innovadores decididos a superar "los lastres", "los bloqueos", "los inmovilismos", "los tabúes" de la sociedad francesa; como "reformadores", adversarios indómitos de todos "los conservadurismos"; como partidarios fervientes de "la igualdad de oportunidades" decididos a luchar contra "los privilegios de los ricos" (empezando por los de los funcionarios, y por extensión de todos los "beneficiarios" de un empleo estable); como "realistas", capaces de confrontarse pragmáticamente con el mundo tal cual es 2 y con las quimeras de los defensores trasnochados de un pasado superado; como adversarios resueltos del desempleo (¿acaso no lo "intentaron todo"?); como defensores de los "excluidos" (los out); contra los corporativismos del miedo y los egoísmos franceses (los in, beneficiarios de un "empleo de por vida"); como internacionalistas, "abiertos", adversarios inflexibles de los "cierres", de las "protecciones", y de los "repliegues soberanistas", etc., etc.

 El disfraz del lobo

 Interrogado en la cadena LCI, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, aboga entonces por una "mayor flexibilidad" del mercado laboral para luchar contra "el desempleo masivo" 3. "Si bien el BCE no ocupa el lugar de los gobiernos, de los Parlamentos de los doce países de la zona euro, ni de los distintos actores sociales, nosotros los estimulamos a aumentar su flexibilidad. (...) Las economías que no pueden cambiar rápido, rígidas, carentes de flexibilidad, son muy castigadas", explica. Los que quieren "conservar" las conquistas de los derechos de los trabajadores contribuyen por el contrario, con su "esclerosis", al aumento del desempleo...

La derecha neoliberal hizo poco a poco suyas la modernidad, la reforma, la solidaridad, el realismo, el internacionalismo, etc., con la esperanza de hacer pasar como iniciativa progresista una operación estrictamente reaccionaria. Se trata, en efecto, de recuperar el terreno perdido por las clases dominantes desde la segunda posguerra hasta el punto de inflexión de la segunda mitad de los años '70: los servicios públicos, la seguridad social, el derecho laboral, etc. El oxímoron de la revolución conservadora no es sólo una figura retórica, sino también una táctica política. Una táctica de camuflaje: el lobo avanza disfrazado de abuelita... Y este engaño es aun más corrosivo porque la ilusión óptica "social-liberal" lo consolida.

En el presente caso, así como el gobierno de Jean-Pierre Raffarin pretendía "preservar el sistema de protección social" mientras se dedicaba a desmantelar el sistema jubilatorio de reparto, el CPE, aprobado después de los tumultos de noviembre de 2005, se presenta como una medida destinada a combatir el desempleo entre los más carenciados (esos "jóvenes de las periferias" condenados en un 30 a 40% al desempleo y la precariedad laboral). Declara también defender "la igualdad de oportunidades" (que figura en el paquete) 4. Y frente a la urgencia de la tarea, hubo que utilizar el artículo 49-3, para lograr deshacerse de las rigideces, las esclerosis, las parálisis, etc., de la sociedad francesa.

El CPE no sólo es ejemplar desde el punto de vista del ilusionismo: también lo es desde el punto de vista del oportunismo. La aplicación del programa liberal varía, en efecto, de un país a otro, adaptándose a las estructuras y aprovechando las coyunturas. En relación al mercado de trabajo, la flexibilidad consiste principalmente en una revisión de la reglamentación de los despidos (individuales o colectivos): así fue como la mayoría de los países de la Unión Europea se dispusieron a modificar, a través de la legislación o la negociación colectiva, la duración del período de preaviso, la justificación del despido, la indemnización, así como la manutención de los asalariados despedidos. Los principales afectados son los que recién entran al mercado laboral 5. La estrategia europea para el empleo, ratificada en la cumbre de Lisboa de 2001, convirtió el empleo de los jóvenes en una de las prioridades de la Unión. En los distintos países europeos existe toda una gama de medidas, de inspiración diversa, pensadas para favorecer el aumento de la tasa de empleo entre los menores de 26 años: políticas de seguimiento personalizado (que suponen recursos presupuestarios específicos), reducción de los aportes patronales, programas voluntaristas de inserción profesional, etc.

En Francia, los "jóvenes en dificultades" fueron y siguen siendo el eslabón frágil que permitió iniciar -sin cargos de conciencia- una revisión metódica de las protecciones salariales, que entran en una nueva etapa con el CPE. La aparente preocupación por esas protecciones brindó, efectivamente, la oportunidad doble de imputar la desocupación a los desocupados (a quienes se invita a "construir su empleabilidad") y cuestionar el contrato de duración indeterminada (CDI).

Además de haber contribuido a centrar la explicación del desempleo en las víctimas y sus "déficits" (la "inempleabilidad" de los que no tienen empleo es la causa de que estén desempleados), los dispositivos de inserción, implementados a fines de los años '70, permitieron también ensayar nuevos estatutos intermedios entre la desocupación y el trabajo. El casi-empleo, presentado como alternativa al régimen salarial, favoreció el debilitamiento del modelo del contrato de tiempo completo y duración indeterminada, "la desintegración de la sociedad salarial" 6. Paradójicamente, el tratamiento social del desempleo -existen actualmente por lo menos 17 contratos de trabajo atípicos- contribuyó a la desestabilización del modelo salarial 7.

 Precariedad para todos

 El CPE se inscribe directamente en esa filiación y permite avanzar un paso más hacia la flexibilización del mercado laboral: control y exclusión de los desocupados por un lado, contrato de nuevo empleo (CNE, para las empresas de menos de 20 asalariados), CPE (para los jóvenes de menos de 26 años), por el otro. Pero contrariamente a la retórica reaccionaria corriente de la derecha y de cierta "izquierda" francesas que insisten en la necesaria participación de los asalariados, la contrarreforma conducida por el gobierno de Villepin avanza en el terreno de la ley, sin ninguna discusión previa entre sindicatos y patronal y ni siquiera un verdadero debate parlamentario. El CPE legitima la arbitrariedad patronal, incitando a los asalariados agradecidos a la docilidad. Cosa que a su modo admitió la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), a través de su jefe de economistas Jean-Philippe Cotis, en una conferencia de prensa en París, el pasado 7 de marzo: "La crítica que se puede hacer al CPE es que los dos primeros años la protección es muy débil, y luego, al cabo de dos años, se vuelve al antiguo sistema (...) demasiado restrictivo", particularmente en materia de despidos.

Demasiado apresurado, o mal informado sobre las equivocaciones de sus predecesores, Dominique de Villepin reeditó el error de uno de sus predecesores, Edouard Balladur. En 1993, animado por las mismas intenciones, este último lanzaba su proyecto de contrato de inserción profesional, el CIP, rebautizado "SMIC-Jóvenes". Durante la discusión de ese proyecto de ley quinquenal para el empleo, Michel Giraud propuso, el 3 de octubre de 1993, una enmienda que abría el CIP, cuya remuneración era del 80% del SMIC (Salario Mínimo Interprofesional de Crecimiento), a los egresados del bachillerato con 2 años de estudios superiores para arriba. Del 3 al 25 de marzo de 1994, hubo 300 manifestaciones en unas 130 ciudades, que congregaron entre 700.000 y 1 millón de personas. Las manifestaciones contra el CIP movilizaron a un segmento usualmente poco visible de la juventud, los alumnos de la enseñanza superior breve -Secciones de técnicos superiores (STS) e Institutos universitarios de tecnología (IUT)- a quienes se unieron los "jóvenes de las periferias", no diplomados o portadores de diplomas CAP (Certificado de Aptitud Profesional) y DEP (Diploma de Estudios Profesionales) devaluados.

A medida que se desarrollaban las manifestaciones, tendió a desdibujarse la frontera entre esas dos juventudes (los "verdaderos" estudiantes, los de las facultades, preparatorias y escuelas de enseñanza superior más importantes estuvieron prácticamente ausentes), basada en la distancia objetiva y subjetiva que separa a los jóvenes ya proletarizados/excluidos (o destinados a serlo) de los que se descubrían amenazados de proletarización. El 21 de abril de 1994 Balladur retiraba su proyecto de CIP y formaba un comité encargado de la Consulta nacional de los jóvenes 8. Esta es, en síntesis, la solución que François de Hollande, primer secretario del Partido Socialista (PS), le sopla al Primer Ministro: retirar el CPE y organizar unos "Estados Generales de la juventud"...

Nada debe al azar este error de Villepin: la flexibilización generalizada del mercado laboral pasa inevitablemente por la extensión de las medidas tomadas "a favor de los jóvenes en dificultades" al conjunto de los empleados por primera vez, cualquiera sea su categoría (CPE), y luego al mercado laboral en su conjunto. Error involuntario o riesgo deliberadamente asumido, el CPE abre una triple oportunidad política. Por un lado, permite que una generación de estudiantes secundarios y de nivel superior evalúe las amenazas que hace gravitar sobre su futuro, no sólo el CPE, sino la implantación progresiva y proteiforme del orden neoliberal, al tiempo que hacen el aprendizaje de la reflexión colectiva, del debate y la organización democráticas, la invención de un nuevo estilo de luchas.

Por otro lado, al amenazar el futuro profesional de quienes pensaban estar, gracias a sus estudios, a salvo de la inseguridad social que afecta desde hace tiempo a aquellos y aquellas desprovistos de esos recursos -esos jóvenes de las zonas suburbanas, los "agitadores" de noviembre de 2005-, la lucha contra el CPE permite virtualmente que unas juventudes social, escolar y espacialmente segregadas se reúnan. Se unen con la esperanza de construir un movimiento social en busca de un principio federativo, de una reivindicación unitaria, contra las barreras simbólicas entre "los buenos manifestantes" y "los malos destructores", "las buenas clases medias" y "la periferia mala", etc.

Por último, cuando imprudentemente el Movimiento de los empresarios de Francia (MEDEF), al igual que la OCDE, declaran que el CPE y el CNE no hacen sino prefigurar "la reforma global" del CDI que anhelan realizar, es posible que los asalariados y las organizaciones sindicales tomen por fin conciencia de la magnitud de la precarización del trabajo que acecha al conjunto de los asalariados, independientemente de su edad, sexo y diploma.

  1. Como señala Albert O. Hirschman, "aparenta aprobar plenamente, en principio, los nobles objetivos de los partidarios del progreso". Deux siècles de rhétorique réactionnaire, Fayard, París, 1991.
  2. Véase Frédéric Lebaron, Le savant, le politique et la mondialisation, Éditions du Croquant Broissieux, Bellecombe-en Bauges, 2004.
  3. LCI, 20-3-06.
  4. El CPE se votó en el marco de la ley sobre "la desigualdad de oportunidades"...
  5. En Francia cabe calcular en 8,1% el porcentaje de jóvenes de 15 a 24 años no escolarizados. Llega al 28% el de los jóvenes no diplomados, contra un 5,2% de jóvenes diplomados de la enseñanza superior. Véase Florence Dufresne, "Précarité pour tous, la norme du futur", Le Monde diplomatique, París, marzo de 2006.
  6. Robert Castel, Les métamorphoses de la question sociale, París, Editions Fayard, 1995.
  7. Gérard Mauger, "Les politiques d'insertion. Une contribution paradoxale à la déstabilisation du marché du travail", Actes de la recherche en sciences sociales, N° 136-137, París, marzo 2001.
  8. Gérard Mauger, "La Consultation nationale des jeunes. Contribution à une sociologie de l'illusionnisme social", Genèses, N° 25, París, diciembre 1996.
Autor/es Frédéric Lebaron, Gérard Mauger
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 82 - Abril 2006
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Ciencias Políticas, Trabajo (Política)
Países Francia