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Recuadros:

Una Unión llena de divergencias

Italia pasó por una de las campañas electorales más confusas de su historia reciente. La Unión, que a pesar de sus diferencias reúne bajo la figura de Romano Prodi a todas las fuerzas hostiles a Silvio Berlusconi, consolidaba a quince días del escrutinio del 9 y 10 de abril su ventaja respecto de la Casa de las Libertades dirigida por el “Cavaliere”. Pero los debates prácticamente no aclararon la orientación que pondría en marcha una oposición victoriosa, ni siquiera el paisaje político a más largo plazo que sucedería al berlusconismo.

El 11 de febrero pasado, el mismo día de la disolución del Parlamento y la convocatoria a las próximas elecciones legislativas de los días 9 y 10 de abril, el ex-presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, candidato de la oposición italiana, presentó solemnemente el programa de su coalición de centroizquierda, la Unión. Fruto del trabajo de doce grupos de estudio -uno para cada uno de los principales puntos del programa-, el texto en cuestión es voluminoso: casi 300 páginas. Para los dirigentes de centroizquierda, esto equivale a presentar los principales lineamientos del futuro gobierno, si esta corriente ganara las elecciones, como indican las encuestas.

Antes de la campaña, el reproche más frecuente que el grupo mayoritario de centroderecha, la "Casa de las Libertades", dirigía a la coalición de Prodi era precisamente su falta de proyecto común. Según el presidente del consejo Silvio Berlusconi y sus correligionarios, la Unión -coalición que reúne a once partidos, compuesta por un ala moderada mayoritaria y una fuerte minoría radical- estaría demasiado dividida sobre las decisiones más importantes como para constituir una fuerza creíble. Su único fundamento sería la hostilidad hacia el jefe de gobierno y líder de la derecha.

 Divisiones persistentes

 La acusación, no carente de fundamento, tiene mayor impacto desde el momento que Italia, que teme ante todo la inestabilidad, no olvidó la crisis de 1998 -cuando Refundación Comunista, el partido más fuerte de la izquierda radical, hoy nuevamente aliado con Prodi, provocó la caída del gobierno de este último-. La decisión de abrir la campaña electoral con la presentación del programa de la Unión tenía pues por objetivo privar a Berlusconi del más sólido de sus argumentos de campaña.

Pero la "jugada" no logró su propósito. Claro que sostener que el programa laboriosamente concebido por la izquierda no dice nada, como afirmaron muchos editorialistas, es injusto. El larguísimo texto dibuja a grandes rasgos una estrategia global muy distinta de la que subyace a lo actuado por el gobierno de Berlusconi en los últimos cinco años. En política social, su propuesta es mucho más progresista y osada que las muy prudentes disposiciones tomadas por los gobiernos de centroizquierda en el quinquenio 1996-2001. Pero hay que reconocer que la coalición no cumplió su promesa de definir posiciones claras, precisas y unitarias acerca de todas las cuestiones importantes.

En la búsqueda de un equilibrio imposible entre las exigencias, en muchos casos opuestas, de los partidos de la Unión, el programa recurre a fórmulas bizantinas. Por ejemplo, entre su ala moderada, favorable  a la retirada de las tropas italianas de Irak después de un acuerdo con las autoridades de ese país y los estadounidenses, y su ala radical, que pide la retirada inmediata en caso de victoria electoral, la coalición optó por la ambigua fórmula: "anuncio inmediato de la retirada". Idéntico procedimiento con la educación: donde el ala izquierda exige la derogación de la reforma del berlusconismo y el ala moderada una "corrección", el programa estipula enigmáticamente que la coalición "derogará las leyes establecidas que estén en contradicción con (su) programa, marcando una radical discontinuidad con las orientaciones y decisiones de centroderecha".

En otros terrenos, la cosa es todavía peor. Por ejemplo, el intento de promover una ley para mejorar la situación de las parejas no casadas, en especial homosexuales, fracasó por la oposición irreductible de Francesco Rutelli, jefe de la segunda fuerza de la Unión, La Margarita, partido heredero de la ex-Democracia Cristiana. Éste defendió a rajatabla todas las posiciones del Vaticano, así como las del poderoso presidente de la Conferencia Episcopal italiana, el cardenal Camillo Ruini. Conclusión: no se decidió nada, las deliberaciones proseguirán después de las elecciones.

Aun más embarazosa es la cuestión del Tren de Alta Velocidad para el transporte de mercancías en el Valle de Susa. Toda la población local organizó protestas contra el TAV, con el apoyo de los partidos radicales de la Unión, mientras los sectores moderados declaraban su aprobación al proyecto. Con la esperanza vana de ocultar esta discrepancia, el programa de la Unión no menciona el problema. Este singular olvido no pasó desapercibido a Il Sole 24 Ore, diario de Confindustria, la confederación empresarial italiana, que lo denunció inmediatamente. Deseoso de tranquilizar a los industriales, Prodi aludió a un "malentendido" y garantizó la construcción del TAV. Minutos después, era desmentido por los tres líderes del ala radical, el secretario de Refundación Comunista Fausto Bertinotti, el de los Verdes Alfonso Pecoraro y el del Partido de los Comunistas Italianos (PCDI) Oliviero Diliberto. El incidente dio a la derecha un excelente argumento de propaganda: sería una prueba de las persistentes divisiones dentro de la Unión.

A las divisiones del centroizquierda y la torpeza con que intentó resolverlas, se sumó una ofensiva mediática sin precedentes de Berlusconi. En las semanas previas al inicio de la campaña, el presidente del consejo invadió literalmente la pantalla chica y las radios, pasando a veces en un mismo día de un estudio a otro. Con temible eficacia: al iniciarse oficialmente la campaña electoral a principios de febrero, volvía a empezar el partido que apenas tres meses antes parecía ganado de antemano por la Unión. Si bien el centroizquierda llevaba ventaja, la actual mayoría había recuperado puntos y se encontraba en mejor posición. A mediados de marzo, los sondeos volvían a ser más favorables a la oposición.

La incapacidad de la Unión para superar sus divisiones y aclarar las ambigüedades de ellas derivadas son en parte naturales e inevitables. La coalición agrupa a once partidos, de los cuales se supone que sólo tres -los Demócratas de Izquierda (DS), La Margarita y Refundación Comunista- lograrán superar el umbral mínimo de votos requeridos para tener un representante en el Parlamento. Pero las fuerzas minoritarias tienen una identidad definida y un firme posicionamiento en el nivel local. La alianza dirigida por Prodi abarca desde un partido heredero de la ex-derecha demócrata-cristiana, como es la Unión Democrática para Europa (UDEUR) de Clemente Mastella, hasta formaciones de extrema izquierda, como Refundación, e incluye en su lista a representantes del movimiento altermundialista.

Todas estas formaciones tienen, por supuesto, un denominador común: la voluntad de vencer a Berlusconi, que pone su función política al servicio de sus propias empresas y no vacila en hacer aprobar leyes para eludir a la Justicia, junto a sus colaboradores 1. Pero la plataforma común de la Unión va más allá de eso: por heteróclito que parezca, el centroizquierda está realmente unido en la oposición de fondo a la política de la derecha desde 2001. En contrapartida, sus sectores discrepan e incluso se oponen en muchos temas candentes.

 Tensiones centristas

 En los papeles, la hegemonía del ala izquierda debería ser total, dado que el principal partido de la coalición es el de los Demócratas de izquierda, herederos directos del ex-Partido Comunista Italiano (PCI), que durante cuarenta años fue el más poderoso de Occidente. Pero en los más de quince años de abandono de toda referencia al comunismo, la principal formación de la izquierda italiana no ha dejado de desplazarse hacia el centro, compitiendo con las demás para conquistar al electorado moderado. No obstante, ciertas pulsiones más radicales subsisten dentro del ex-PCI. Evidentemente, esta ambigüedad, que ya es estructural, alimenta la confusión general.

Para comprender los obstáculos con que choca el centroizquierda, hay que mencionar también una razón circunstancial: la nueva ley electoral, que la derecha impuso a último momento. Esta legislación procura combinar dos opciones absolutamente opuestas: por un lado, el retorno a la proporcionalidad casi total; por el otro, el rescate de la bipolaridad, que obliga a los partidos a formar coaliciones. En el caso de la elección para la Cámara de Diputados, fija en un 4% el umbral mínimo para las formaciones que se presentan solas -pero sólo en un 2% para las que forman parte de una coalición que tenga un candidato al cargo de Primer Ministro y responda a un programa común-. La coalición que llegue en primer lugar recibirá un "premio de mayoría", es decir que tendrá automáticamente el 53% de los escaños en el Parlamento.

Este sistema parece concebido para detonar los conflictos latentes en el seno de la Unión: el retorno a la proporcionalidad incita efectivamente a las formaciones de perfil definido a exacerbar los aspectos más conflictivos para garantizarse una visibilidad y al mismo tiempo un futuro político. Simultáneamente, la necesidad de formar coaliciones obliga a construir alianzas muy amplias, cuyos componentes están condenados a oponerse para no desaparecer.

La reforma electoral viene a ser entonces una trampa pergeñada por los rivales de la izquierda que ésta no supo evitar. Otro asunto complica a la Unión: el proceso por lo menos confuso de unificación entre los dos principales partidos de la coalición, los Demócratas de Izquierda y La Margarita. Naturalmente, Prodi presionó en ese sentido: como candidato de toda la coalición, el ex-presidente de la Comisión Europea no tiene ningún partido que lo apoye en los momentos difíciles. Y su experiencia pasada le ha permitido sopesar las limitaciones de esa situación. La pagó caro en 1998, cuando tras una súbita crisis en su mayoría el por entonces secretario de los Demócratas de Izquierda Massimo D'Alema tomó su lugar en la presidencia del consejo italiano. La unificación de los Demócratas de Izquierda y La Margarita lo resguardaría de una aventura como aquella, dando nacimiento a un gran partido de la izquierda moderada, cuyo líder natural sería él.

Las presiones de Prodi obligaron a los Demócratas de Izquierda, pero sobre todo a La Margarita (al principio bastante tibia) a hacer avances en esa dirección, con la constitución de una lista única para la elección de la Cámara de Diputados. Los dos partidos se presentaron no obstante divididos a la del Senado. Un paso adelante, dos pasos atrás... Lejos de atenuarse, se intensificó por el contrario la rivalidad entre ambos partidos, centrada en la obtención del control del eventual partido único. Por otra parte, Rutelli, jefe de La Margarita, no oculta su ambición de atraer los votos de los electores decepcionados del centroderecha para recuperar algún día -no tan lejano- al electorado de Forza Italia.

Seguramente tiene razón la casi totalidad de los analistas, que prevé fuertes tensiones políticas dentro del centroizquierda en caso de victoria. Pero la amenaza a la estabilidad de la nueva alianza procederá más de los centristas de La Margarita y de la UDEUR que de los comunistas de Refundación. Porque Bertinotti compite en lealtad hacia Prodi. Desde hace dos años, ante cada peligro de enfrentamiento demostró una gran flexibilidad, al punto de excluir de sus listas a un candidato trotskista, cuyas declaraciones se juzgaron "incompatibles" con las posiciones de la alianza.

Refundación Comunista sabe muy bien que su jefe no puede reeditar el golpe de 1998 -cuando al abandonar la coalición, provocó la renuncia de Prodi- so pena de caer en el ostracismo y la guetización, e incluso de desaparecer. Después de la eventual victoria, se autoproclamará sin duda el partido más fiel a la alianza. No es éste el caso de los centristas: Rutelli apunta a la desintegración del centroderecha y a la desaparición de Forza Italia, heredera de buena parte de los votos de la ex-Democracia Cristiana. Estima que el partido-empresa de Berlusconi no sobreviviría a un abandono de la escena política por su fundador y único líder. Para atraer esos votos, La Margarita podría denunciar la alianza con el ala radical de la Unión y buscar un acuerdo con la rama más católica de la "Casa de las Libertades", la Unión del Centro (UDC), dirigida por el presidente de la Cámara de Diputados, Pierferdinando Casini.

Resulta imposible, en contrapartida, evaluar ya las consecuencias de una derrota del centroizquierda. La única certeza es que serían mucho más dolorosas que en 2001. Refundación Comunista no formaba parte de la alianza en esa época y tal resultado parecía probable. Esta vez, por el contrario, la Unión agrupa realmente a todos los partidos que se oponen a Berlusconi y espera por lo tanto ganar, siguiendo la línea de su triunfo en el escrutinio europeo de 2004 y en las elecciones regionales de 2005. La izquierda se vería en las peores dificultades para reponerse de semejante decepción y sería víctima de un profundo traumatismo.

  1. Pierre Musso, "Conflicto institucional en Italia", Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, febrero de 2004.

Las razones de un vacío

Vidal, Dominique

“Mañana será otro día”, afirma la consigna de propaganda de los Demócratas de Izquierda, reflejo del vacío sideral de una extraña campaña electoral, donde no aflora ningún debate de fondo, a fortiori, ninguna confrontación programática seria.
Pero tampoco nos dejemos llevar por una medida demasiado francesa. No es ninguna novedad que la vida política en Roma difiere de la de París. Dos historias diferentes inducen a evitar las comparaciones, a menudo superficiales. Aunque podamos suponer que la anunciada “lucha de gigantes” entre Segolène Royal y Nicolas Sarkozy 1 no presagia un excepcional duelo intelectual...
Dueño de los medios, Silvio Berlusconi da el tono. Él es quien pone en escena la campaña y no tiene el menor interés en entrar en los temas realmente importantes. El balance de su gobierno es desastroso. Su mayoría se desbarranca. Dos de sus ministros acaban de renunciar –siguiendo a otros cinco en los últimos años–, el primero por haber lucido una camiseta con la efigie de la versión danesa de Mahoma, lo que provocó tumultos en Libia, y el segundo por haber ordenado la escucha de Alexandra Mussolini, la nieta del Duce, y de otro dirigente de extrema derecha.
Y como las desgracias nunca vienen de a una, el procurador de la fiscalía de Milán quiere que se juzgue al Cavaliere por la entrega de 600 mil euros al abogado David Mills, marido de la ministra de Cultura británica, a cambio de un falso testimonio.
Y persiste, como un tic del ex-vendedor de aspiradores, el recurso al más rancio anticomunismo. A falta de un adversario de su talla, Berlusconi escoge a los más pequeños. Así fue como el 10 de marzo debatió en el programa Matrix, en el canal cinco, con el secretario del pequeño Partido de los Comunistas de Italia 2. Ante quien hizo lectura, como era de prever, del Libro negro del comunismo, para después concluir, heroico o poco menos: “¡No les entregaremos Italia!”3.
Para bailar tango hacen falta dos. Pero ninguno de los adversarios de peso del presidente del consejo saliente tiene tampoco el menor deseo de entrar realmente a fondo en la arena. Esta actitud tiene claramente dos dimensiones: una táctica y otra estratégica.
En algunas semanas, las elecciones legislativas adquirieron todo su sentido: dar vuelta definitivamente la página del berlusconismo. Y el frente de los conjurados no deja de agrandarse, como lo demostró, a principios de marzo, la entrada oficial en campaña contra Berlusconi, primero de Luca Cordero di Montezemolo, presidente de la confederación empresarial italiana, luego del Corriere della sera, tradicionalmente el diario del poder. Es decir que la fracción moderna y esclarecida de la burguesía italiana eligió su bando.
Gabriele Polo, director de Il manifesto, no se equivocó. En su comentario sobre el llamado del director del Corriere, subrayaba: “Para Prodi, es un importante apoyo (...) pero también un considerable condicionamiento (...) de la política exterior tanto como de la política social, en el marco de un liberalismo moderado y razonable, que no excluye al ala izquierda de la Unión pero la implica en la gestión de la crisis en el terreno de los valores del mercado, ‘estado natural’ indiscutible”. Y concluía: “El resultado político será (...) una bipolaridad de dos corrientes parecidas en materia de programas y métodos, y rivales en la capacidad de llevar a la práctica esos programas, dicho de otro modo, de administrar lo existente” 4.

Fin de una “anomalía histórica”

Lo cual permite descifrar mejor la doble preocupación táctica de los opositores de sua Emittenza. Se trata ante todo de no arriesgar nada que pueda comprometer a la gran alianza forjada para acabar con el Cavaliere. Salvando las distancias, quienquiera que aumente, así sea indirectamente, las probabilidades de Berlusconi de salvar el poder correría el riesgo de pagarlo caro –como sucedió en Francia, en 1978 y 1981, con los que se opusieron desde la izquierda a la marcha triunfal de François Mitterrand y el Partido Socialista5–. La segunda preocupación tiene que ver con el después del 9 y 10 de abril. Porque la operación iniciada no terminará con las elecciones legislativas. Para la derecha de la Unión, la desaparición del berlusconismo debe desembocar en el fin de una “anomalía histórica”, con una reorganización a fondo de la vida política italiana en torno a su centro, que deje afuera a las dos alas llamadas “extremas”, es decir: en un sistema más adecuado para imponer las políticas neoliberales.
Que los dos principales herederos del Partido Comunista Italiano, los Demócratas de Izquierda y Refundación Comunista, eviten cuidadosamente toda iniciativa que pueda hacerlos responsables de un fracaso de la Unión o que, a un plazo más largo, facilite su marginación, puede parecer una prueba de sensatez. Su actitud plantea sin embargo una pregunta más fundamental sobre su capacidad de pensar por sí mismos en términos alternativos.
Para medir esa capacidad, bastaba asistir el 8 de marzo en Bolonia, en la magnífica sala Farnese del Palazzo d’Accursio, a la presentación de la traducción italiana del último libro de Lionel Jospin 6. Faltó poco para que el ex-primer ministro francés –¡vaya paradoja!– pasara por izquierdista. Dos de los tres universitarios que lo sometían a una especie de “gran examen oral” lo acusaron por turnos de preconizar el anti-americanismo, de defender un modelo social superado, de rechazar el neoliberalismo, en suma, de atrasar algunas décadas respecto de la valiente socialdemocracia alemana que sí supo romper, en Bad Godesberg 7, con el marxismo...
El apreciado profesor de historia Paolo Pombeni, cercano al socialista Bettino Craxi en su momento e integrante de la nebulosa de centroizquierda, concluyó con este rapto de inspiración: “No podemos seguir defendiendo una tradición socialdemócrata destinada hoy por hoy... al museo”.

  1. Segolène Royal es aspirante a la candidatura presidencial por el Partido Socialista francés en las elecciones presidenciales de 2007 en Francia. Nicolas Sarkozy es el actual ministro del Interior francés, aspirante a la candidatura presidencial por la UMP (Unión para un movimiento popular), de derecha (n. de la r.).
  2. Escisión del Partido de la Refundación Comunista, que se produjo en 1998.
  3. Corriere della sera, Milán, 11-3-06.
  4. Il manifesto, Roma, 9-3-06.
  5. La campaña iniciada por el Partido Comunista francés en torno a la actualización del programa común, en el otoño de 1978, precipitó la inversión de la relación de fuerzas en la izquierda a favor del Partido Socialista.
  6. Le Monde comme je le vois, Gallimard, París, 2005.
  7. Ciudad donde el Partido Social Demócrata (SPD) abandonó en 1959 toda referencia a la lucha de clases.


Autor/es Andrea Colombo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 82 - Abril 2006
Páginas:18,19
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Ciencias Políticas, Unión Europea
Países Italia