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Inútiles advertencias de la CIA

La administración de George W. Bush acumula fiascos, incluso en un terreno donde durante mucho tiempo logró imponerse políticamente sobre sus adversarios: la seguridad nacional. Desautorizado por el Congreso en cuanto a la administración de varios puertos estadounidenses por parte de una empresa pública de Dubai, el Presidente de Estados Unidos tiene cada vez más dificultades para convencer a la opinión pública de los méritos de su política en Irak. Se menciona con frecuencia el precedente de la derrota en Vietnam.

Ex oficial de inteligencia estadounidense, Scott Ritter integró en septiembre de 1991 los equipos de inspección de Naciones Unidas encargados de verificar la eliminación por parte de Irak de sus armas de destrucción masiva (ADM) y de los vectores que permiten lanzarlas a sus objetivos. Ritter recibía información confiable de los servicios de inteligencia estadounidenses, británicos e israelíes. A mediados de los años 1990, Ritter comprobó que Irak se había sometido a las exigencias de desarme de Naciones Unidas.

No obstante, a partir de 1991 las sucesivas administraciones de Washington perpetuarían la ficción según la cual Bagdad poseía ADM. Porque el objetivo de la Casa Blanca era -y Ritter lo sabía- el "cambio de régimen" 1. En cuanto a los vínculos entre Al-Qaeda y Saddam Hussein, que habrían generado el riesgo de que la organización islamita aprendiera el manejo de las ADM -motivo que esgrimió George W. Bush para justificar su guerra- Ritter supo a fines de septiembre de 2001 que la verdad era exactamente lo contrario: el régimen laico de Irak se oponía profundamente al fanatismo islámico de Osama Ben Laden. Por lo demás, los servicios de inteligencia del Pentágono habían demostrado que la fuente de dicha acusación de connivencia era un impostor 2.

Costumbre de exagerar

Crisis, peligros inminentes, amenazas a la seguridad interna y los intereses vitales de la Nación... Desde al menos 1947 estos conceptos forman parte de la política exterior de Estados Unidos. Sirvieron para movilizar a una opinión pública reticente y, lo que es más importante todavía, a un Congreso que debía aprobar los enormes gastos necesarios para su implementación. En un contexto semejante, la realidad casi no cuenta. Las exageraciones calculadas, e incluso las mentiras, son moneda corriente en todas las presidencias desde que, en marzo de 1947, Harry S. Truman expuso la célebre doctrina que lleva su nombre. Esa doctrina describía entonces las crisis en Grecia y Turquía con los colores más inquietantes para la paz del mundo. Según el subsecretario de Estado Dean Acheson, el Congreso y el pueblo estadounidenses no eran "suficientemente conscientes" de la magnitud de las sumas indispensables para hacer frente a lo que se anunciaba como una crisis de larga duración en toda Europa y otras partes del mundo.

George Kennan, el principal teórico de la contención de la potencia soviética, expresó sus reservas sobre la doctrina Truman; hasta el secretario de Estado George C. Marshall consideraba que el Presidente exageraba la gravedad de la situación. Ahora, y a pesar de la desaparición del bloque soviético, persiste esta costumbre de exagerar y evocar amenazas "siniestras" que pesan sobre la paz mundial 3.

A partir de 1947, de acuerdo con la formulación de Willard C. Matthias, responsable hasta su retiro (en 1973) de la evaluación de la potencia soviética por parte de la CIA, "un interminable debate sobre las intenciones de la URSS enfrentó a los servicios de inteligencia civiles y militares" 4. Para justificar los gastos masivos en armamento, era necesario describir los objetivos de la URSS bajo la más alarmante de las luces; en consecuencia hacer hincapié en la capacidad soviética más que en las intenciones del régimen. Las tendencias a la liberalización en la URSS fueron pues silenciadas, la importancia del cisma sino-soviético groseramente subestimada y, tal como señala Matthias, "a partir de 1968 nuestras opiniones razonadas y equilibradas sobre la Unión Soviética fueron cada vez más cuestionadas" 5. Este contexto ayuda a comprender la guerra de Vietnam, pero también la mayoría de los demás aspectos de la política desde 1946.

El presidente republicano Richard Nixon sentía una profunda antipatía por la CIA. En 1973 despidió al director de la agencia, Richard Helms, quien se negaba a que ésta interviniera para proteger a los autores del escándalo de Watergate. Los principales asesores del presidente demócrata James Carter confesaban por su parte que las evaluaciones de la CIA les "irritaban" no tanto por ser "inexactas" como por no parecerles "pertinentes" 6.

En 1981, Ronald Reagan designó a la cabeza de la agencia a William Casey, quien "se peleaba con sus analistas, los combatía, les gritaba" 7. Casey condujo entonces su propia política exterior señalando: "Nuestro programa de evaluación se convirtió en una poderosa herramienta que permite influir en las decisiones políticas" 8. El resultado de esta politización de la CIA, que la llevaba a exagerar una amenaza cada vez más virtual, fue que en 1989 no había vislumbrado ni remotamente el desmoronamiento total del bloque soviético.

Los ex miembros de la CIA que publicaron sus memorias coinciden en la falta de fiabilidad de las evaluaciones de la agencia. A pesar de contar con personal muy calificado y de la inmensa cantidad de información de que disponen, desde 1946 nunca existió en Washington un sistema de información confiable, "desinteresado", capaz de orientar con sensatez la política exterior del país. Por el contrario, la representación del mundo aparece allí determinada por ideas preconcebidas o intereses de camarillas, cuyas consecuencias son los conocidos fiascos en Vietnam, Irak y otras partes.

Antes de la guerra de Vietnam se tergiversaba la información con fines políticos; hoy se lo sigue haciendo. El trabajo de la CIA sólo se toma realmente en serio cuando se trata de permitir a su ala paramilitar (action wing) llevar a cabo misiones subversivas en el extranjero. Por supuesto, toda actividad de inteligencia y acopio de información se desvirtúa, está sujeta a manipulaciones. No se trata tanto de conocimientos objetivos como de estrategias políticas.

Excusas y mentiras

En Indochina, el gobierno de Estados Unidos podía contar con muy buenos especialistas en las realidades locales. En 1949, George W. Allen integró los servicios de inteligencia del Pentágono y fue inmediatamente asignado al seguimiento de los esfuerzos de París por preservar su imperio colonial. La lectura de sus memorias resulta edificante. Recuerda, por ejemplo, que el presidente Dwight Eisenhower y el secretario de Estado John Foster Dulles eran hostiles a que Francia firmara un alto el fuego con los vietnamitas, que acababan de triunfar en el campo de batalla de Dien Bien Phu. Estados Unidos se opuso a los Acuerdos de Ginebra de 1954 y, "sobre la base de una serie de suposiciones (...) completamente irreales", retomó la misión francesa en Indochina, una decisión condenada al fracaso 9.

Primero, el gobierno estadounidense impidió la aplicación de las cláusulas de los Acuerdos de Ginebra que preveían elecciones que abrirían camino a la unificación del país. Simultáneamente, violó las disposiciones relacionadas con el desarme de las partes. Así comenzó el progresivo compromiso estadounidense en Vietnam. Duró aproximadamente veinte años, y llegó a su punto culminante en 1968, con la intervención de más de quinientos mil soldados en la guerra más larga de la historia de Estados Unidos.

Sin embargo, los analistas de la CIA habían previsto lo que sucedería en cada etapa. La supuesta crisis del golfo de Tonkín, en agosto de 1964, "sorprendió" a Allen, porque él sabía que en esa época Saigón y Washington llevaban a cabo misiones clandestinas en la región, con la esperanza de fortalecer al régimen survietnamita 10. Imaginó primero que un servicio de inteligencia militar ignoraba lo que otro tramaba, ya que precisa: "No había comprendido hasta qué punto la administración (de Lyndon Johnson) buscaba una excusa para intensificar nuestra intervención". Lo mismo sucedió con los acontecimientos de Pleiku en febrero de 1965, que sirvieron de pretexto para "represalias preventivas: los ataques de Pleiku legitimaron una intensificación ya planificada del conflicto" 11.

En 1998, la CIA publicó una historia del período 1962-1968, que lleva la firma de Harold Ford 12, donde se demuestra que la protesta del jefe del Pentágono Robert McNamara (quien sería más tarde presidente del Banco Mundial) de no haber contado con especialistas en el tema Vietnam a quienes dirigirse, es infundada. En realidad, se había negado a escuchar a estos especialistas. En los numerosos fracasos de Washington existió en primer lugar la incapacidad de comprender la doctrina militar de los comunistas y de calcular su número con precisión. Por otra parte, la administración Johnson se empecinó en apoyar al corrupto dictador Nguyen Van Thieu, esperando de esta manera poner fin a la inestabilidad política provocada por el asesinato del presidente Ngo Dinh Diem (en noviembre de 1963) que había recibido la venia de Estados Unidos. Finalmente, las tropas de Saigón, entrenadas y equipadas por Washington para combatir a la guerrilla, actuaron como si se tratara de una guerra convencional. El resultado de todos estos errores fue que en 1975 el régimen fantoche de Thieu hizo implosión, bajo la mirada de un presidente Gerald Ford totalmente impotente.

Pero en el curso de esta aventura se sucedieron los comunicados de triunfo, motivados principalmente por el deseo de manipular a la opinión pública. Porque si bien los responsables políticos, militares y agentes de la CIA en el terreno se hicieron ilusiones y creyeron sinceramente en estos informes erróneos, la mayoría sabía que su carrera dependía de su grado de optimismo. La expresión más pública de estos engaños se produjo en el momento de la controversia sobre el "equilibrio de fuerzas", que precedió a la ofensiva vietnamita del Tet, en febrero de 1968.

Cuanto más débiles eran los efectivos atribuidos a las tropas enemigas, más posibilidad tenían los militares de simular que habían cumplido su misión. Por consiguiente, se negaron a tener en cuenta las diversas fuerzas locales del adversario, borrando de un plumazo a unos trescientos mil hombres. Admitir su existencia, reconoció el general Creighton Abrams en agosto de 1967, habría llevado a "sombrías" conclusiones 13...

La CIA hizo saber sus objeciones, pero avaló estos teje-manejes, lo que trajo como resultado -confiesa Allen- que la derrota del Tet fuera tanto más estrepitosa cuanto que la "campaña psicológica de exageración lanzada en otoño de 1967" había desempeñado un papel central en la campaña de reelección de Johnson. Fue luego de la ofensiva del Tet que Estados Unidos comenzó a comprender que no ganaría la guerra.

Harold Ford y George Allen llegaron a la misma conclusión, que este último resume de la siguiente manera: "Nuestros dirigentes tienden a hacerse ilusiones" 14. Sin embargo, en la CIA muchos agentes bien informados se mostraban tan críticos de la aventura indochina como sus adversarios declarados. Artículos publicados en el seno mismo de la agencia reconocían con desconcertante franqueza que "gran parte de la información" recogida por la CIA era "por así decirlo, tonterías" 15. También se reconoce ampliamente el carácter confuso e inepto de ciertas operaciones especiales de los servicios de espionaje o del Pentágono 16. Y si bien de quince años a esta parte los progresos de la tecnología multiplicaron considerablemente la cantidad de información de que disponen los agentes de inteligencia, esta profusión, lejos de facilitar la investigación y el análisis, tornó su tratamiento más difícil y más susceptible de ser falsa o irrelevante.

Todo el mundo sabe desde hace décadas que los prejuicios, el interés personal y las ambiciones políticas, especialmente la preocupación por su reelección, disuaden a quienes toman las decisiones de tener en cuenta la información que no quieren escuchar. La mayoría de los altos funcionarios incorporaron este tipo de exigencia y reconocieron que quienes toman las decisiones esperan ante todo que la información confirme sus objetivos. Así, los responsables políticos la seleccionan, ya que no sólo confían en su propio criterio, sino que también tienen sus programas. Muy pocos altos funcionarios de los servicios de inteligencia consideran que su saber podría impedir la implementación de una política inadecuada o peligrosa. El caso de Irak fue una prueba suplementaria.

Mirando hacia el futuro

Las diferencias culturales y políticas entre Vietnam e Irak son significativas, y la situación geoestratégica completamente diferente. Estados Unidos alentó y apoyó materialmente a Hussein a lo largo de su guerra contra Irán (1980-1988) -a pesar del escándalo del Irangate 17-, por temor a que Irán instaurara en la región del Golfo la hegemonía chiita. El temor persiste, y con razón: si la mayoría chiita asumiera el poder en Irak, lo que es probable, Irán vería confirmadas sus ambiciones geopolíticas en la región. Pero, a pesar de esta paradoja fundamental de la posición estadounidense, que hace poco probable la emergencia de una democracia real en Irak, Estados Unidos está repitiendo muchos de los errores que condujeron a su derrota indochina.

El acopio de información fue tan mediocre en Irak como en Vietnam. Y es precisamente porque estas dos guerras tomaron un mal cariz para Estados Unidos que sabemos mucho más que de costumbre de lo que tenía para decir la gente de los servicios de inteligencia.

Aunque las verdaderas razones de la intervención militar estadounidense en Irak son diversas, se sabe que desempeñó un papel clave cierta mentalidad de los sectores dirigentes. Donald Rumsfeld, el actual secretario de Defensa, la resumió sugiriendo al presidente Bush, cuando fue elegido, que la política exterior de la nueva administración debía mostrarse menos reactiva, "orientarse hacia el futuro" 18. Bush no pensaba de otro modo. Tampoco en este caso los servicios de inteligencia incidieron realmente en las decisiones importantes. La administración actual no sólo se negó a tener en cuenta lo que los diferentes servicios le informaban, sino que deformó a conciencia sus análisis. Si el parecido con Vietnam impresiona, es porque la política exterior de Estados Unidos siempre se elaboró de esta manera.

Aun antes de asumir el poder, esta administración estaba decidida a mostrarse más agresiva. Y al igual que en Vietnam, Estados Unidos se topó con sorpresas y derrotas imprevistas, pero en absoluto imprevisibles: los informes detallados suministrados por Ritter y otros especialistas del armamento iraquí fueron ignorados en beneficio de "informaciones" sumamente dudosas. La más extravagante fue la proporcionada por "Curveball", un iraquí al que los servicios de inteligencia alemanes consideraban indigno del menor crédito. La CIA también hizo circular advertencias sobre algunos de estos informantes, a los que consideraba unos fabuladores 19. La administración Bush desestimó además otras advertencias, formales sin embargo, de especialistas que preveían un futuro caótico para Irak tras la caída de Hussein, susceptible de generar una guerra civil. Para el público en general, la CIA sigue siendo la fuente de la mayoría de las mentiras que utiliza la Casa Blanca para justificar su guerra contra Irak 20. Pero en realidad, la administración Bush adoptó el comportamiento de sus antecesores en materia de política exterior: informar cualquier cosa al Congreso y a la población para conseguir su apoyo. El éxito de semejante empresa dura un tiempo limitado...

Falibilidad tecnológica

Actualmente, sólo le queda al presidente Bush alegar, como el 14 de diciembre de 2005, que "muchas de nuestras informaciones resultaron falsas". Y entonar una vez más la cantinela que invoca el deseo de Washington de contribuir a un "Irak libre y democrático", cuando ya nadie en su administración lo cree posible. En adelante, el único objetivo de la Casa Blanca es exonerar al Presidente, pero también a su partido, de un error militar y políticamente desastroso.

Sin embargo, tanto en Vietnam como en Irak, incidieron otros factores además de la duplicidad de los dirigentes. Por ejemplo, en los años 1960, el Pentágono ya tenía una fe ciega en la potencia de fuego de sus armas, su superioridad tecnológica, su movilidad y su control aéreo. Esta suficiencia es un rasgo nacional característico que los fabricantes de armas se apresuran desde siempre a alentar. Favorece la idea de que las dificultades sociales y políticas desaparecerían por sí solas una vez destruido el enemigo mediante una intervención que, según las palabras del secretario de Defensa Rumsfeld, lo "impacte" y "aterrorice" (operación "Shock and Awe").

En Irak, al igual que en Vietnam, la tecnología se reveló sin embargo extremadamente falible, y la logística una pesadilla. Precisamente porque la tecnología se tornó infinitamente más compleja, su fracaso en Irak tuvo mayores proporciones, mientras que problemas básicos y perfectamente previsibles, como la escasez de agua, se revelaron asombrosamente costosos y de muy lenta resolución 21. El precio fue que tanto la guerra de Vietnam como la de Irak se devoraron sumas inesperadas, debido tanto a la confianza puesta en una tecnología onerosa como a intermediarios incompetentes y corruptos.

Todo lo cual tuvo graves consecuencias para la sociedad estadounidense. Para financiar la aventura indochina, Johnson debió renunciar a buena parte de su programa de "guerra contra la pobreza", lo que llevó entonces a Martin Luther King a afirmar: "Las bombas que caen sobre Vietnam explotan sobre nuestras ciudades". La guerra en el Sudeste Asiático contribuyó también al debilitamiento del dólar y el abandono por parte de Washington del patrón oro 22. La guerra en Irak, por su parte, coincide en Estados Unidos con déficits comerciales y presupuestarios masivos. Hasta el otoño de 2005, habría costado al menos 225.000 millones de dólares, es decir en dos años y medio la mitad del costo del compromiso estadounidense en Vietnam en nueve años. Algunas estimaciones mencionan una cifra total de un billón de dólares, lo que constituiría un récord histórico 23.

Ambas operaciones requirieron un despliegue importante de tropas, a pesar de su potencia de fuego. Cuando el número de efectivos militares asignados a Vietnam alcanzó los quinientos mil hombres, la opinión pública en Estados Unidos se volvió contra el Presidente y su partido fue expulsado de la Casa Blanca. En el caso de Irak, la hostilidad de la opinión pública, si no a la guerra al menos a la forma que tomó, se manifestó mucho más rápido. A fines de 2005, alrededor de las dos terceras partes de los estadounidenses desaprobaban el manejo de las operaciones y el 58% estimaba que el Presidente no había dado razones fundadas para mantener las tropas en el terreno. Finalmente, en febrero pasado, el 63% pensaba que el objetivo fijado no justificaba ni la pérdida de vidas de estadounidenses ni el costo financiero. Y el 48 % llegó incluso a reclamar la retirada inmediata de los efectivos asignados 24.

Límites del poder militar

Lo que sucede en los terrenos político, económico y social es más decisivo aun que las consideraciones militares. Esto fue válido para Vietnam en 1975 y es válido para Irak hoy. Una guerra se gana políticamente, o no se gana. Pero en Washington los dirigentes casi nunca tienen en cuenta las advertencias de sus especialistas cuando éstos les recuerdan los límites de la potencia militar. La disposición del Presidente a ignorar las realidades políticas locales en beneficio de una afirmación de la fuerza de las armas (el miedo al desprestigio) se convierte casi siempre en la preocupación primordial, cualquiera sea la duración del conflicto.

Tanto en el caso de Vietnam como en el de Irak, la opinión pública, primero movilizada sobre la base de mentiras cínicas, finalmente dejó de creer una sola palabra de lo que le contaban las autoridades. Por lo demás, muchos hombres importantes se volvieron con el tiempo incapaces de distinguir entre realidad y ficción. Había dirigentes estadounidenses que creían sinceramente que si los comunistas ganaban en Vietnam, se produciría un efecto "dominó", y que China se apoderaría del Sudeste Asiático. Del mismo modo, por más que la guerra en Irak se haya justificado con la idea de que el régimen de Bagdad poseía armas de destrucción masiva y tenía vínculos con Al-Qaeda, ningún hecho pudo corroborar estas afirmaciones que, lógicamente, desacreditaron los ulteriores discursos oficiales.

Tres años después del inicio del conflicto, 160.000 soldados estadounidenses y aliados están estacionados en Irak, muchos más de lo que el Presidente hubiera imaginado. Al igual que en Vietnam, su moral es baja y sigue decayendo y teniendo en cuenta el nivel de resistencia, se necesitarán muchos efectivos durante años. En Indochina, el presidente Nixon había querido "vietnamizar" la guerra, trasladando el peso de los combates al inmenso ejército del presidente Thieu. Estas tropas, al mando de un católico, estaban desmoralizadas y no resistieron mucho tiempo.

¿Hacia una guerra civil?

En cuanto al ejército iraquí, Estados Unidos comenzó disolviéndolo y ahora, con la ayuda de ex oficiales sunnitas de Hussein, está siendo reconstruido parcialmente. Esta decisión, tomada como último recurso, constituye un giro radical. La idea de que semejante fuerza pueda alcanzar los objetivos proclamados por Washington, o ser militarmente eficaz, parece totalmente quimérica. Al igual que Vietnam, donde los budistas eran hostiles a la minoría católica de la que provenían los dirigentes avalados por Washington, Irak es un país dividido desde el punto de vista religioso. De ahora en más, Estados Unidos deberá elegir entre el riesgo de posibles desórdenes por la ausencia de las tropas estadounidenses y el de una guerra civil si arma a los iraquíes.

El resultado de las elecciones exacerbó estas rivalidades. Los chiitas representan el 60% de la población, sus dirigentes tienen sus propias ideas y programas políticos. Si asumen el control del ejército o el Estado, es probable que el poder de Irán se incremente en la región. A pesar de las numerosas advertencias de los especialistas, la administración Bush no percibe claramente la complejidad de los problemas políticos a los que debe hacer frente. Sin embargo, Afganistán está allí para recordarle que, en definitiva, los logros militares dependen de la política y no a la inversa.

Tanto en Irak como en Vietnam, Estados Unidos subestimó el tiempo que debería permanecer en el lugar y se ilusionó con la eficacia de sus aliados. Los esfuerzos de la administración Bush no tienen muchas más posibilidades de éxito que los de sus predecesores en Indochina. En Vietnam existían profundas divisiones religiosas, pero Irak está aun más fraccionado y la perspectiva de una guerra civil parece inminente. Por lo demás, si en Vietnam los comunistas asumieron el poder, en Irak se anuncia un caos total.

En un memorándum confidencial de octubre de 2003, Rumsfeld reconoció que "nos faltan los instrumentos de medición que nos permitan saber si ganamos la guerra planetaria contra el terrorismo, o si la perdemos". A tal punto que algunos miembros influyentes de la administración Bush tienen desde hace mucho tiempo menos confianza en sus acciones que en el momento en que se embarcaron en esta guerra 25. Pero al igual que en Vietnam, es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Actualmente, la credibilidad militar de Estados Unidos parece estar en juego.

A la larga, la política interior prevalece siempre sobre lo demás. Es lo que sucedió con la guerra de Vietnam y ocurrirá sin duda también con la de Irak. En 1968, las encuestas en Estados Unidos se volvieron contra los demócratas, y la ofensiva del Tet en febrero tomó tanto más desprevenido al presidente Johnson cuanto que ni él ni sus generales habían querido creer en las evaluaciones de la CIA (según las cuales el ejército insurgente tenía más de 600.000 combatientes). Nixon triunfó en 1968 porque prometió una paz honorable a un pueblo harto de la guerra, que sin embargo se prolongó siete años más.

  1. Scott Ritter, Iraq Confidential: The Untold Story of the Intelligence Conspiracy to Undermine the UN and Overthrow Saddam Hussein, Nation Books, Nueva York, 2005.
  2. The New York Times, 6-11-05; también, despacho de AFP, 24-11-05.
  3. Gabriel y Joyce Kolko, The Limits of Power: The World and United States Foreign Policy, 1945-1954, Harper & Row, Nueva York, 1972.
  4. Willard C. Matthias, America's Strategic Blunders: Intelligence Analysis and National Security Policy, 1936-1991, University Park, Pennsylvania State University Press, 2001.
  5. Ibid.
  6. Ibid. Véase también Robert M. Gates, From the Shadows: The Ultimate Insider's Story of Five Presidents and How They Won the Cold War, Simon & Schuster, Nueva York, 1996.
  7. Ibid.
  8. Ibid.
  9. George W. Allen, None So Blind: A Personal Account of Intelligence Failure in Vietnam, Ivan R. Dee Inc., Chicago, 2001.
  10. Un destroyer espía estadounidense que operaba en las aguas territoriales de Vietnam del Norte fue atacado por la marina de Hanoi. Este incidente sirvió de pretexto para la escalada militar estadounidense en Indochina.
  11. George W. Allen, op. cit. El 6-2-1965, trescientos insurgentes survietnamitas atacaron el campo de Pleiku, mataron a ocho estadounidenses e hirieron a cientos.
  12. Harold P. Ford, CIA and the Vietnam Policymakers: Three Episodes 1962-1968, CIA Center for the Study of Intelligence, Washington DC, 1998.
  13. George W. Allen, op. cit.
  14. Ibid.
  15. Steven R. Ward, "Evolution beats revolution in analysis", Studies in Intelligence, CIA Center for the Study of Intelligence, vol. 46, Nº 3, 2002.
  16. Véanse, entre otras, John T. Carney y Benjamin F. Schemmer, No Room for Error: The Covert Operations of America's Special Tactics Units from Iran to Afghanistan, Ballentine Books, Nueva York, 2002; y Robert Baer, La Chute de la CIA. Les mémoires d'un guerrier de l'ombre sur les fronts de l'islamisme, Jean-Claude Lattès, París, 2002.
  17. Financiamiento de la contrarrevolución nicaragüense mediante la venta de armas a Irán, por entonces bajo embargo estadounidense.
  18. Bob Woodward, Plan of Attack, Simon & Schuster, Nueva York, 2004.
  19. Bob Drogin y John Goetz, "The Curveball saga", Los Angeles Times, 20-11-05.
  20. Michael Scheuer, Imperial Hubris: Why the West is Losing the War on Terror, Brassey's, Washington, DC, 2004; James Bamford, A Pretext for War: 9/11, Iraq, and the Abuse of America's Intelligence Agencies, Doubleday, Nueva York, 2004.
  21. David Talbot, "How technology failed in Iraq", Technology Review (MIT), noviembre de 2004.
  22. Anatomy of a War: Vietnam, the United States, and the Modern Historical Experience, The New Press, Nueva York, 1994.
  23. Sólo en 2005, el costo de las guerras en Irak y Afganistán aumentó un 18% respecto de 2004, ascendiendo de 99.800 millones de dólares a 117.600 millones de dólares ("U.S. war costs surge 18%", The Wall Street Journal, Nueva York, 8-3-06).
  24. Encuestas de Angus Reid, 14-11-05, 24-2-06 y 2-3-06.
  25. USA Today, McLean (Virginia), 23-10-03.
Autor/es Gabriel Kolko
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 82 - Abril 2006
Páginas:24,25,26,27
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Militares, Política internacional
Países Estados Unidos