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Diez perspectivas sobre la sociedad

La cultura rusa de ayer y de hoy se exhibe simultáneamente en Nueva York, con la exposición “Rusia” en el Museo Guggenheim, y en Bruselas, en el vigésimo festival multidisciplinario Europalia. Que el presidente Vladimir Putin haya ido a inaugurar esta última subraya una de sus permanentes preocupaciones: mejorar la imagen de su país. Pero este esfuerzo choca con la realidad de la Rusia poscomunista.

Alma rusa

En Occidente, a izquierda y derecha, abundan los estereotipos sobre Rusia y los rusos: grandeza de alma, generosidad, exceso, enormes espacios, libertad sin límites, todo ello revisto y corregido por la lectura de Tolstoi o de Dostoievski. Mezcla de romanticismo revolucionario y de fatalismo para algunos, reconciliación de las virtudes del mercado y del sentido religioso para otros, esa mítica "alma rusa", insondable, tiende a proyectar a Rusia a una galaxia ajena tanto a la lógica de la globalización capitalista como a la de la resistencia altermundialista.

La realidad es mucho más llana: a la dureza del poder y a la brutalidad de las relaciones sociales, herencia del período soviético, se añaden ahora la violencia del mercado, el cinismo del dinero loco, el egoísmo del "cada cual para sí" y el materialismo de la carrera al consumo. En Rusia, como en el resto del mundo, la humanidad escasea.

Imperio 

La desaparición de la Unión Soviética, consumada a fines de diciembre de 1991, dio nacimiento a quince Estados, entre ellos la Federación Rusa. Dadas sus fronteras, es Rusia por sustracción, pero no por eso es menos heredera de la URSS, y más allá, de la Rusia zarista. ¿Cuál será el futuro de la Rusia post-soviética? La pregunta aún no tiene respuesta. Ni el presidente Boris Yeltsin ni su sucesor, Vladimir Putin, aportaron elementos de respuesta decisivos: Rusia, por sí sola un continente (Eurasia), ¿habrá de desintegrarse a su vez o volverá a ser una gran potencia? Actualmente, en Rusia, las opiniones divergen.

Sin duda, el presidente Putin puso fin brutalmente a la política de su predecesor, consistente en dar total autonomía a las regiones. Pero la tesis ampliamente difundida según la cual habría decidido reconstruir Rusia, comenzando por restaurar la autoridad del Estado, totalmente privatizado por Yeltsin y los oligarcas, parece más que discutible. Simplemente hemos asistido a la normalización autoritaria de una situación que, por escapar a todo control, amenazaba con poner en peligro la existencia misma del país. Pero esa omnipotencia del poder central, teorizada a raíz de la toma de rehenes y de la masacre de Beslan (el 3-9-04), podría generar nuevas tensiones con regiones que se rebelan contra un centro depredador.

Ese ejercicio de demostración de poder, que no pierde oportunidad para manifestar su fuerza (policial), no logra ocultar su incapacidad para construir un Estado de derecho. Como el régimen soviético o el zarista, la Rusia de Putin se caracteriza por un Estado que domina la sociedad. El actual Presidente se dedicó, con éxito, a eliminar todos los embriones de partidos, sindicatos y asociaciones capaces de representar y defender los intereses de las diversas clases y capas de la sociedad frente al poder. Moshé Lewin mostró hasta qué punto esa falta de "sistema político" pesó en la crisis del régimen soviético 1.

En su relación con los Estados de la ex-Unión, Rusia demostró estar lejos de haber renunciado a la postura imperial que caracterizó tanto al poder zarista como a la URSS. Pero ya no tiene los medios para ello, como lo demuestran la prosecución de la guerra en Chechenia y su pérdida de influencia en el Cáucaso y en los nuevos Estados surgidos de la descomposición de la URSS.

Gangrena chechena 

El conflicto de Chechenia se degrada: bandidaje mercantil y sanguinario del lado de las fuerzas rusas y sus colaboradores; creciente influencia de los islamistas radicales del lado checheno, evidenciada el 25-8-05 por el ascenso de Chamil Bassaev al cargo de vice-Primer Ministro de Ichkeria, a raíz del asesinato de Aslan Maskhadov (8-3-05). Esa guerra, que martiriza al pueblo checheno, para los rusos es a la vez algo demasiado lejano y demasiado cercano.

Ese conflicto afecta a su vez al resto del Cáucaso y del sur de Rusia. Memorial, la organización de defensa de los derechos humanos, habla de una "chechenización" de Ingushetia. Lo mismo en Daguestán. A la espera de la guerra ya se detectan los signos precursores: secuestros, purgas, negación de justicia, incursiones y asesinatos...

Y la violencia se propaga por todo el país, como una gangrena. No sólo porque las acciones terroristas pueden afectar a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar, sino también porque los soldados y los milicianos regresan con el "síndrome checheno" a causa de las situaciones terribles que presenciaron y en las que a menudo debieron participar. Peor aun: el aumento de la violencia policial hace que las asociaciones denuncien la importación y la legalización por parte del Estado de los métodos expeditivos que el ejército ruso utiliza en Chechenia.

Blagovetchensk (en Bashkiria), diciembre de 2004: las incursiones policiales contra la población local dejaron cientos de heridos, hechos que quedaron totalmente impunes, a pesar de las masivas protestas. Prisión de Lgov (región de Kursk), 27-6-05: unos 800 detenidos se cortaron las venas para protestar contra los malos tratos de parte de los guardiacárceles, ¡pero las autoridades acusan a los detenidos por alterar el orden público! Elista (República de Kalmukia), 22-9-04: durante una manifestación de la oposición, 300 personas fueron apaleadas, perseguidas por las calles y 120 de ellas detenidas: una murió a causa de las heridas recibidas. Pasado un año, ningún policía ha sido condenado. Distrito de Elbruz (República de Kabardino-Balkaria), junio-julio de 2005: la población es objeto de incursiones punitivas por haber osado expresar su oposición al Presidente de la República.

El gobierno de Putin agita la bandera de la "lucha antiterrorista" para justificar las violaciones a los derechos democráticos y para perseguir a los opositores. Son incontables las manifestaciones prohibidas por "amenaza terrorista". El gobierno utilizó el mismo pretexto para cancelar la elección de los gobernadores regionales luego de la tragedia de Beslan. ¿Acaso un gobernador designado por el Presidente sería más eficaz para luchar contra el terrorismo que uno elegido por la población?

Migrantes 

La desintegración de la URSS y la aparición en su territorio de Estados independientes produjo importantes movimientos de población. Hacia Rusia: entre 1990 y 2002 unos ocho millones de rusos (sobre los 25 millones instalados fuera de sus fronteras) regresaron a radicarse en su tierra, no sin dificultades. Fuera de Rusia: emigración de judíos (y de muchos no judíos) hacia Israel (942.000, la mitad de ellos provenientes de Rusia) y hacia Alemania (170.000), y luego de los llamados "alemanes del Volga" hacia Alemania (2,1 millones, 600.000 de los cuales provenientes de Rusia y el resto fundamentalmente de Asia Central, donde habían sido deportados por Stalin) 2.

Desde entonces, los fenómenos migratorios cambiaron de naturaleza. Los habitantes de regiones pobladas de manera voluntarista (Siberia Oriental y el Extremo Norte) vuelven a la parte europea de Rusia. El sur de Rusia ve llegar a los refugiados del Cáucaso. La Federación Rusa atrae sobre todo a muchos habitantes de los nuevos Estados, desde Ucrania hasta Asia Central: entre tres y cinco millones de personas, según la temporada, llegan en busca de trabajo y de mejores salarios. Esas personas trabajan fundamentalmente en la construcción, la explotación forestal, la agricultura, el comercio y los servicios, y se concentran en Moscú (1 millón, principalmente en las grandes obras). Por su parte, la inmigración proveniente de China, que se limita a Moscú y a la zona fronteriza, es ocasional y de corta duración (menos de cuatro meses).

Casi todos esos trabajadores son nelegaly ("ilegales"), se los mantiene fuera del marco legal, víctimas fáciles del trabajo forzado: pasaportes confiscados, alojamientos más que precarios, horarios de trabajo inhumanos, salarios de miseria a menudo pagados con mucho atraso, despidos ante la más mínima queja. A esa sobreexplotación se añaden las arbitrariedades de la administración -muchas veces cómplice de los negreros- y de una milicia que practica la extorsión.

Lo mismo ocurre con los nelegaly del interior, esos obreros que abandonan regiones rusas en plena crisis por otras en mejor situación, con la esperanza de hallar trabajo en alguna obra. Ellos también son presa fácil de la explotación. Ciudadanos de la Federación Rusa mientras viven en su región de origen, se hallan prácticamente sin derechos en las demás: herencia del período soviético, únicamente el titular de una residencia permanente -certificada por la propiska (registro de la milicia)- goza de derechos políticos y sociales, como el acceso a una vivienda o a la asistencia médica.

Sean inmigrantes o ciudadanos rusos, los nelegaly son el ejemplo extremo de la realidad de una Rusia donde la ausencia de derechos, la corrupción y la arbitrariedad policial marcan profundamente la vida cotidiana. A la vez que anuncia cuotas de inmigración ampliamente ficticias, el gobierno mantiene una gestión laxista y policial de ese fenómeno. Sin embargo, los demógrafos no dejan de insistir: en un país que pierde cada año un millón de habitantes, la inmigración es una necesidad vital. Más aun teniendo en cuenta que la reconstrucción de la economía aumentará considerablemente la demanda de mano de obra...

Nacionalismo

"Rusia para los rusos": según una encuesta de junio de 2005, efectuada por el Instituto panruso de estudios de opinión pública (VTSIOM) de Yuri Levada 3, 58% de la población se identifica, en mayor o menor medida, con esa consigna. Lo cual constituye un indicio de la creciente difusión de ideas nacionalistas en una población alentada a designar al otro como principal responsable de los males que la aquejan. Desde 2000, esa visión del mundo corresponde a la ideología oficiosa del gobierno: en efecto, las autoridades presentan su política como una defensa de la grandeza de Rusia, contra aquellos que -desde dentro o desde fuera- se obstinan en socavarla, incluidas las organizaciones no gubernamentales, denunciadas por Putin en su mensaje al país en 2004 como una "quintacolumna" financiada desde el exterior.

Esa envoltura nacionalista de la política -por otra parte ultraliberal- del gobierno, señala un vuelco respecto de la década de 1990: ese discurso correspondía entonces a la oposición patriótica que, encabezada por el Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), consideraba que el gobierno de Yeltsin estaba al servicio de potencias extranjeras y obstinado en destruir a Rusia. Abundantemente difundidas por los medios, tales ideas invaden actualmente todo el espacio público. Esas tesis se han hecho tan corrientes que las librerías tienen secciones enteras dedicadas a la literatura nacionalista. La oposición, privada de su principal argumento, no puede más que subir la apuesta y acusa al gobierno de no defender suficientemente los intereses de la Gran Rusia. El antisemitismo sigue siendo muy fuerte, pero el discurso xenófobo se apoya en la guerra de Chechenia para cuestionar a los "no-rusos", sean inmigrantes de Asia Central o del Cáucaso, o imperialistas estadounidenses, que en la imaginación popular siguen siendo los enemigos de Rusia.

Ese discurso, en sus distintas variantes, tiene un impacto real en el seno de la población, pues explota un terreno favorable: el deterioro de las condiciones de vida, el sentimiento de impotencia ante los acontecimientos, la desesperación que provoca un futuro bloqueado, incitan -en Rusia como en otros lados- a transformar al "extranjero", cercano o lejano, en chivo expiatorio. En algunas regiones, sectores sociales ya pauperizados viven la llegada de refugiados, en particular de chechenos, como una amenaza para su propia situación. Para colmo, la suerte reservada a los rusos en ciertos Estados surgidos últimamente, comenzando por los países bálticos, así como las recientes "revoluciones pacíficas", interpretadas como un "complot" estadounidense, alimentan aun más la idea de que Rusia sería "víctima" de maquinaciones extranjeras hostiles.

Esas palabras se traducen en actos, que por lo general quedan impunes: cientos de agresiones, decenas de asesinatos: las organizaciones humanitarias contabilizaron cuarenta en 2004. En general son obra de cabezas rapadas, escasos bajo el régimen soviético (se los hallaba sobre todo entre fanáticos de los clubes de fútbol de Moscú), pero ahora cada vez más numerosos: actualmente serían entre 50.000 y 60.000. Forman grupos relativamente aislados entre sí y profesan la misma ideología de extrema derecha que manifiestan en agresiones, progroms "anticaucásicos" en los mercados, ataques contra manifestaciones o conciertos. Signo de los tiempos que corren: esos grupos, que acusaban al gobierno de Yeltsin de "sionista", ahora apoyan al presidente Putin, al que consideran un defensor de los valores nacionales. Por su parte, el partido mayoritario, Rusia Unida, y la organización de jóvenes partidarios de Putin, Nashi ("los nuestros"), le hacen la corte a los cabezas rapadas. Lo que es comprensible, ya que últimamente atacan más a los militantes de la oposición que a las personas de piel oscura.

Oligarcas

Derramemos primero una lágrima por la suerte de Mijail Jodorkovski, el ex patrón de la compañía petrolera Yukos, oligarca ruso consagrado por Occidente como mártir de la política represiva del Kremlin luego de su condena, el 1-6-05, a nueve años de cárcel por importantes malversaciones financieras. Es cierto que unas cuantas decenas de oligarcas -que como él, tampoco respetaron de la ley en su afán por acaparar las riquezas nacionales- hubieran debido ser igualmente juzgados. Sin embargo, su encarcelamiento no debería hacer olvidar a los demócratas que tanto se movilizaron por su suerte el destino de los otros presos de conciencia en la Rusia de Putin, comenzando por varias decenas de jóvenes militantes del partido nacional-bolchevique 4: algunos ya fueron condenados a penas de uno a tres años de cárcel por acciones simbólicas; otros pueden pasar ocho años tras las rejas por "intento de toma del poder", ¡por haber ocupado, armados de volantes y banderas, los locales de la administración presidencial!

Los oligarcas -Vladimir Potanin, Oleg Derepaska, Roman Abramovich, Alexandre Khloponin, y muchos otros- van bien. Es que tuvieron la prudencia de jurar fidelidad al Kremlin, al revés de Jodorkovski, quien le dio así al gobierno la ocasión de poner en escena la "lucha antioligárquica", concesión hecha a la opinión pública, profundamente hostil a quienes privatizaron por unas monedas las riquezas del país.

Junto a los "viejos", que ahora retirados de la política se dedican a sus negocios, otros, recién llegados, forman una nueva oligarquía, sin duda más discreta que la primera, pero no menos rica y poderosa. En 2004, siete personas del entorno presidencial controlaban el 40% del PNB de Rusia 5, pues dirigen o forman parte de la dirección de- diversas compañías semiestatales o privadas, en posición de cuasi-monopolio en el mercado. Entre los más destacados figuran el jefe de la administración presidencial, Dmitri Medvedev (gasífera Gazprom), su adjunto Igor Setchin (petrolera Rosneft), el ex-dirigente de la administración presidencial Alexandre Volochin (la gigantesca compañía de electricidad RAO EES), el ministro de Finanzas Alexei Kudrin (la gran empresa de diamantes Alros y el poderoso banco Vnechtorgbank)...

La tendencia a acumular a la vez los principales cargos políticos y económicos no significa en absoluto una renacionalización rampante de importantes sectores de la economía: el Estado continúa retirándose de esas actividades y los grupos controlados por esos "nuevos oligarcas" siguen "reformándose" para evitar así cualquier riesgo de que los beneficios escapen a esos magnates.

Partido Comunista 

El Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), principal fuerza de oposición en la década de 1990 y mayoritario en la Duma hasta 1999, no es más que la sombra de sí mismo. Su decadencia resulta tanto de la orientación que le imprimió su dirección como de los ataques de parte del Kremlin.

Desde su fundación, en febrero de 1993, el KPRF se abocó a la construcción de un gran movimiento "patriótico", más nacional que social (embarcado en la defensa de Rusia como gran potencia). Su secretario general, Guennadi Ziuganov, se transformó en ferviente propagandista de la "idea rusa" y llegó a titular uno de sus documentos Soy ruso de sangre y de corazón 6. En Derjava 7 ("Gran potencia") presenta el período soviético como un momento doloroso de una historia milenaria, cuya continuidad -desde el imperio zarista hasta la URSS- es más importante que las ocasionales rupturas.

Sería un error ver allí una simple "chapuza" ideológica, consecutiva al derrumbe de la Unión Soviética. Las raíces de esa ideología nacional estatista se hunden en la historia. Durante los debates en la época de formación de la URSS, Lenin había acusado a Stalin de defender la idea de una Rusia gran potencia, en la más estricta continuidad con el Imperio zarista. Pero, como lo señala Moshé Lewin 8, lo que en boca de Lenin era el mayor de los insultos, en la década de 1970 se volvió un cumplido. El historiador Nikolai Mitrokhin muestra cómo, desde mediados de la década de 1950, ese nacionalismo de la Gran Rusia sirvió de ideología de referencia a importantes grupos en el seno del Partido Comunista y del aparato de Estado de la Federación Rusa 9.

Desde el fin de la URSS, el KPRF dedicó lo esencial de su energía a conservar, no sin cierto éxito, segmentos de poder en el centro y en las regiones. Pero no se mostró consecuente en su denuncia del gobierno que estaba demoliendo a Rusia: a pesar de ser mayoritario en la Duma hasta 1999, nunca trató de ponerlo realmente en dificultades. Poco presente en el medio sindical, consideraba las luchas sociales como elementos que debían servir a sus estrategias de poder. A comienzos de 2005 intentó en vano capitalizar la movilización contra la monetarización de los derechos sociales, oponiéndose a la formación de cualquier tipo de coordinación unitaria... que no pudiera controlar.

Los acentos nacionalistas del gobierno evidentemente redujeron el margen de maniobra del KPRF, que se consideraba sobre todo el principal defensor de los intereses históricos de Rusia. Más aun teniendo en cuenta que el Kremlin no duda en corromper sistemáticamente a los dirigentes comunistas. Un "millonario rojo", Gennadi Semiguin, colabora con esa ofensiva desde el interior mismo del partido, aportando los dólares para comprar a los responsables políticos. El punto culminante de esa acción para socavar el partido fue el congreso alternativo organizado en julio de 2004, paralelamente al Décimo Congreso del KPRF, una nueva etapa hacia la desaparición de un partido cuyos menguantes resultados electorales reflejan la escasa credibilidad de la que goza como oposición al gobierno.

Política (ficción) 

¿Cómo hablar de un espacio político que no existe o que existe únicamente bajo la forma de simulacro o espectáculo? Desde 2000, el Kremlin logró un éxito indiscutible en su objetivo de eliminar los embriones de sistema político que habían aparecido en los diez años precedentes y organizar así la vida política según el esquema: "Un partido, un sindicato, una sociedad civil".

Así, la reciente adopción -luego de la reelección de Putin, en marzo de 2004- de una serie de medidas, bloqueó la vida institucional al impedir la aparición de nuevos actores: aumento de los obstáculos formales a las manifestaciones y huelgas; cancelación de las elecciones directas de gobernadores regionales y de alcaldes; imposibilidad práctica de referéndum; abolición del escrutinio uninominal en las elecciones parlamentarias nacionales; elevación del piso de elegibilidad para los partidos de 5% a 7%; negativa de hecho a inscribir nuevos partidos; etc. Para mantenerse como oposición es necesario, al modo del Partido Comunista de la Federación Rusa o de Rodina ("Patria"), aceptar, al menos en parte, las reglas de juego que impone el Kremlin.

Lo mismo vale para la "sociedad civil". Ya en diciembre de 2001 un Foro ciudadano había reunido en el Palacio de Congresos, en el recinto del Kremlin, a 5.000 representantes de asociaciones y de ONG, convocadas para manifestar su lealtad al presidente Putin. Actualmente, para estar aun más seguro, el propio gobierno crea organismos "representativos", como la nueva Cámara cívica, que nuclea a distinguidos especialistas, egregios artistas, dirigentes asociativos y sindicales, todos ellos elegidos más o menos directamente por el presidente de la Federación, en función de su "alta conciencia cívica". Muy pronto esos elegidos por Putin deberán dar su opinión sobre los proyectos de ley que el Presidente propondrá y que su partido adoptará. La independencia está garantizada...

Pero esa lógica tiene sus fallas. La creciente reducción de posibilidades institucionales de presión sobre el poder político lleva a los diferentes sectores de la sociedad a expresar de otras maneras las tensiones, las aspiraciones y las reivindicaciones. Así es que cada vez más gente manifiesta en las calles, como lo hicieron más de un millón de personas entre enero y marzo de 2005, para protestar contra la llamada "monetarización de los beneficios sociales". Las asociaciones, los sindicatos y los partidos políticos tienen que optar entre persistir en una estrategia de clientelismo y de cabildeo respecto del gobierno o prestar atención a las reivindicaciones y tomar el riesgo de asumir una clara oposición. Tarde o temprano, el búmerang podría volverse contra el poder monolítico del Kremlin.

Regiones

"Moscú no es Rusia": para la gran mayoría de la población del interior, la capital simboliza a la vez las riquezas inalcanzables para los provincianos y un poder central depredador que expolia las regiones.

Fue el presidente Putin quien decidió la recentralización del poder y de los recursos, pues consideraba que su predecesor había dejado que las autoridades regionales cobraran demasiada autonomía en todos los terrenos: político, jurídico, económico. En el plano político, Putin se dedicó a reforzar la "vertical del poder", actualmente asegurada por la nominación de los gobernadores regionales y por la posición dominante del "partido de gobierno" (Rusia Unida) en la casi totalidad de los Parlamentos y demás estructuras regionales y locales. La avidez de Moscú no es menor en materia de recursos: una reforma que data de junio de 2003 logró que el porcentaje de los impuestos cobrados por la administración central pasara de 50% a 60%, sin que fuera compensado por un aumento de las transferencias presupuestarias a las regiones, la mayoría de las cuales son financieramente dependientes: sólo 15 regiones sobre 89 disponen de autonomía presupuestaria.

Las reformas actualmente en curso transfieren a las regiones la mayoría de los gastos sociales, como los de salud pública para las personas inactivas o los de educación, desde el jardín de infantes hasta la secundaria, incluyendo ciertos establecimientos públicos de enseñanza superior, reclasificados ahora como instituciones regionales. Durante la gran reforma del verano de 2004 el reparto del financiamiento (parcial) de las subvenciones sociales se hizo en detrimento de las regiones, que ahora deben hacerse cargo de la mayor parte de esos gastos: las transferencias presupuestarias sólo cubren una parte de los mismos, y a condición de que los poderes regionales demuestren su "lealtad".

Las consecuencias de esa política ya se hacen sentir: escuelas y hospitales que cierran, congelamiento de salarios de los docentes y médicos, pero también la renuncia a la atención médica, a los medicamentos y a los transportes públicos por parte de los sectores sociales que no tienen acceso gratuito a esos servicios. En numerosas regiones, la creciente incapacidad de las autoridades locales para asumir sus obligaciones sociales pone en tela de juicio su legitimidad. Tarde o temprano esas reformas van a agravar las disparidades regionales y por lo tanto a acelerar las tendencias centrífugas...

Resistencias sociales

Desde hace un año se registra la aparición de nuevos movimientos sociales, con la rebelión de los "hombres y mujeres sin cualidades": jubilados, inválidos, estudiantes sin futuro, residentes en hogares para trabajadores, marginados de las regiones en crisis, en fin, todos los que ya no pueden soportar la política antisocial del gobierno y se movilizan por fuera de las organizaciones tradicionales, en el marco de estructuras unitarias y de redes de lucha.

El invierno pasado, en casi todas las ciudades, decenas de miles de personas salieron a las calles -en algunos casos, a diario- para protestar contra una ley que amenazaba los derechos sociales, tanto de los jubilados como de los estudiantes, sin olvidar los inválidos y los maestros. A esa ofensiva antisocial en todos los frentes, la población respondió con una resistencia en todos los frentes, con reivindicaciones muy concretas: transportes y medicamentos gratuitos, becas de estudios, reducción de las tarifas de agua y electricidad. Ese movimiento contribuyó a reinventar la política fuera de los espacios institucionales oficiales:

Los Soviets (Consejos) regionales de coordinación de las luchas, aparecidos el invierno pasado, crearon una red interregional, la Unión de Soviets de Coordinación (SKS), que agrupa unas veinte regiones. En cada región nuclean a las asociaciones, sindicatos, organizaciones políticas e individuos e intervienen en temas muy diversos: garantías sociales, derecho laboral y habitacional, ecología, etc. El Soviet de solidaridad social (SOS) reúne asociaciones y sindicatos panrusos (sindicatos alternativos, defensores de los derechos humanos, asociaciones de inválidos y de víctimas de las radiaciones de Chernobyl, organizaciones de jubilados, etc.). Esta coordinación, creada en el verano de 2004, tiene menos base regional que el SKS, pero existe colaboración entre ambas redes. El SOS contribuyó en gran medida a organizar el Foro Social de Rusia, que en abril de 2005 reunió en Moscú a más de mil representantes de un centenar de organizaciones;

Fue en esa ocasión que se lanzó el Frente de izquierda, cuyo congreso fundacional debe realizarse en noviembre. Su objetivo: fundar un amplio movimiento en torno de una plataforma internacionalista y de ruptura con la globalización capitalista, que reúna organizaciones de izquierda ya existentes, simpatizantes no afiliados, jóvenes militantes (fundamentalmente los Komsomols -jóvenes comunistas- actualmente en vías de renovación), sindicatos opositores y los Soviets regionales de reciente aparición.

Además de esas estructuras, Rusia registra un aumento de las iniciativas cívicas a nivel de las bases: son cada vez más numerosas las luchas locales, en torno de problemas muy concretos y pragmáticos (contra la edificación de un inmueble o de un estacionamiento en una zona de esparcimiento del barrio, contra la expulsión de residentes en los hogares para trabajadores, contra casos concretos de represión policial, etc.). Esas acciones comienzan a estar coordinadas entre sí, a menudo con el apoyo de los consejos de coordinación más activos. Así es como se construye un movimiento social portador de futuro.

  1. "Anatomy of a crisis", Russia/USSR/Russia. The drive and drift of a superstate, New Press, Nueva York, 1995.
  2. Cifras tomadas de Anne de Tinguy, La grande migration, Plon, París, 2004.
  3. La encuesta, citada por la radio Ekho Moskvy, fue realizada sobre 1.600 personas en 153 localidades de 46 regiones de Rusia. Esa opinión está particularmente extendida entre los jóvenes con educación superior y que tienen un empleo.
  4. Esta organización, creada por el escritor Eduard Limonov, cuyas referencias ideológicas muy eclécticas van desde la extrema derecha a la extrema izquierda, reúne a jóvenes atraídos sobre todo por los métodos de acción directa y acciones de provocación al poder.
  5. Nezavisimaïa Gazeta, Moscú, 26-7-05.
  6. Ediciones Palea, Moscú, 1996.
  7. Ediciones Informpechat, Moscú, 1994.
  8. Le Siècle soviétique, Le Monde diplomatique-Fayard, París, 2003.
  9. El Partido ruso. El movimiento de los nacionalistas rusos en URSS 1953-1985 (Russkaja partija. Dvizenie russkix nacionalistov v SSSR 1953-1985), Novoe Literaturnoe Obozrenie, Moscú, 2003 (en ruso).
Autor/es Denis Paillard, Carine Clément
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 77 - Noviembre 2005
Páginas:25,26,27
TraducciónCarlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Estado (Política)
Países América del Norte, Bélgica, Rusia