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Productividad, empleo y bienestar

El problema de la distribución de la riqueza ha preocupado por mucho tiempo, en particular en los países latinoamericanos, los más desiguales del mundo. En otra época se pensó que este problema podría resolverse a través de la intervención de un Estado que gravase a los ricos y redistribuyera a los pobres. Sin embargo, si el pastel de la riqueza no crece es difícil que la sola política redistributiva resulte suficiente para tener poblaciones más satisfechas en lo material. El problema de la creación de la riqueza tiene que ver con múltiples aspectos; entre ellos el de la productividad del trabajo, concepto que debe entenderse como cuánto valor se agrega en el proceso productivo por cada hora/hombre trabajada.

En la segunda mitad de los ’70 sobrevino una gran crisis internacional que fue analizada desde muchos puntos de vista, pero uno de los más interesantes es el que la concibió como una crisis del incremento de la productividad. El crecimiento de la productividad se estancó y a veces disminuyó, y con ello se cuestionó un modelo de producción que había dominado en ramas productivas centrales como en la automotriz, que utilizaba tecnología no automatizada; organización basada en la segmentación de las operaciones de producción con respecto del mantenimiento y la supervisión; rigidez en el uso de la mano de obra; predominio de trabajadores no calificados; culturas laborales instrumentales. Muchos pensaron que ese modelo ya no era capaz de incrementar la productividad y había que pasar a uno nuevo.

Algunos plantearon que el agotamiento era de la base tecnológica dura (sistema de máquinas), en la que se habían basado los procesos productivos centrales después de la Segunda Guerra Mundial y que por lo tanto había que transitar hacia la tercera revolución tecnológica, basada en la aplicación de la informática y de la computación en los procesos administrativos y sobre todo en los productivos. Otros pensaron que las limitaciones provenían de la organización prevaleciente basada en las ideas de Frederick Taylor y Henry Ford desde inicios del siglo XX (taylorismo-fordismo) y que había que establecer el “toyotismo” como alternativa a la crisis de productividad, asimilando las experiencias japonesas de organización del trabajo experimentadas inicialmente en la fábrica de automóviles Toyota: trabajo en equipo, polivalencia, movilidad interna al proceso de trabajo, cultura laboral de identidad con la compañía.

Incrementar la competitividad

Pero casi al mismo tiempo apareció el concepto de flexibilidad del trabajo: primero dentro del proceso productivo, relacionada con nuevas formas de organización, pero también flexibilidad en los mercados laborales y de las instituciones de regulación de la relación entre capital y trabajo.

La polémica acerca de cuales deberían ser las características de los nuevos modelos productivos coincidió con dos cambios en el nivel macro con los que se articuló: a) la difusión del llamado modelo económico neoliberal, que entre otros aspectos implicó la apertura de las economías, la retirada del Estado como productor de bienes y servicios y el abandono de las políticas industriales activas y de protección al desarrollo industrial endógeno, privilegiando los equilibrios macroeconómicos, en especial el control de la inflación, y b) la globalización, con la conformación de cadenas productivas globales y un mercado global de los productos, de la tecnología, de las formas de organización, etc. Para las empresas el nuevo contexto ha implicado una competencia creciente en el mercado sin los apoyos estatales de que disfrutaron en el período anterior. En estas condiciones, producir con una productividad creciente se volvió un factor central de competitividad.

Desde los ’80, nuevas tecnologías, nuevas formas de organización del trabajo, flexibilidad laboral, formación de cadenas productivas, se volvieron temas de polémica recurrente en cuanto a sus capacidades para incrementar la productividad. Las concepciones excluyentes y parciales abundaron: una parte de los empresarios simpatizó con la flexibilidad extrema; otra no creyó que la máxima flexibilidad daría la máxima productividad; unos trataron de importar las formas japonesas de organización, otros pensaron que esas formas habían sido exitosas en Japón porque estaban en un contexto social, cultural e institucional que no era posible reproducir en otros países del mundo; otros, que las nuevas tecnologías informatizadas incrementaban la productividad pero eran costosas en comparación con la mano de obra barata en muchos países del planeta.

Los sindicatos, por su parte, adoptaron tres posiciones respecto de estas reestructuraciones productivas que impactaban a los mercados de trabajo: los hubo pasivos, que dejaron hacer a las gerencias; otros se opusieron con firmeza por sus efectos en el empleo, en las protecciones a los sindicalizados y en la identidad de clase; los menos entraron en negociaciones buscando intercambiar flexibilidad y productividad con nuevas protecciones y ganancias salariales, por ejemplo a través de bonos por aumento en la productividad.

De una forma u otra, la meta de aumentar la productividad del trabajo se ha vuelto lugar común en un mundo globalizado con economías abiertas. Pero la identificación de los factores que inciden sobre la productividad se ha vuelto más compleja que los supuestos de las teorías económicas clásicas y neoclásicas. A estas alturas es difícil negar la influencia de la tecnología, de las formas de organizar el trabajo, de la flexibilidad de éste, del perfil de la mano de obra (en particular de la calificación), de la cultura laboral de los trabajadores, de las culturas de la gerencia y del mismo empresariado, así como de los encadenamientos productivos, de las características de los mercados inmediatos de trabajo, de la tecnología, del dinero, de las relaciones entre los actores sindicales, empresariales y estatales, de las instituciones relacionadas con el trabajo, además de variables de carácter macroeconómico.

Acuerdo entre las partes

Es decir que el problema aparentemente sencillo de incrementar la productividad no puede reducirse a introducir tecnología y disminuir la cantidad de trabajadores; o a intensificar el desgaste de la mano de obra y reducir su costo, ya que sobre el ideal de aumentar la productividad penden varias incertidumbres: si el incremento no se traducirá en desempleo; si se traduce necesariamente en bienestar general; si hay una sola vía de elevar la productividad. En cuanto al primer problema, si el volumen de la producción permanece constante y la productividad se incrementa, lógicamente se necesitarían menos trabajadores, pero es posible aumentar tanto producción como productividad. Pero una producción acrecentada implica que haya suficientes compradores (Lindenboim, pág. 4), y puesto que el acoplamiento entre producción y consumo no es automático, los acuerdos entre actores pueden ser importantes para evitar la sobreproducción. No obstante, estos acuerdos no siempre se dan. En Estados Unidos, a partir de 1994 crecieron tanto la producción como la productividad, pero no así el empleo (Gráfico 1). Entre 1970 y 1990 en ese país había crecido más el empleo que la productividad y entre 1990 y 2000 fue a la inversa. En Europa, entre 1970 y 1990 el empleo casi no creció y aumentó la productividad y entre 1990 y 2000 siguió muy baja la tasa de generación de empleo y bajó la productividad (Cuadro 1).

Por su parte, América Latina ha entrado nuevamente en un bache de crecimiento de la productividad: un 0,3% anual entre 1993 y 2003, cifra solo comparable con el Cercano Oriente, el Norte de Africa y el Africa Subsahariana (Cuadro 2). Tal parece que las palancas experimentadas en esta región a partir de los ’80 para elevar la productividad (reestructuraciones productivas) no fueron suficientes o llegaron a su límite. En particular en aquellos países en los que la forma principal de la reestructuración productiva fue la aplicación de nuevas formas de organización del trabajo como en México, donde se aplicó una suerte de Toyotismo precario, nuevas formas de organización con baja calificación de la mano de obra, bajos salarios y escasa estabilidad en el empleo, todas modificaciones que ahora se muestran insuficientes para apuntalar nuevamente el crecimiento de la productividad.

De una forma o de otra, el problema de cómo incrementar la productividad en las empresas y las economías es uno de los problemas centrales vinculados con el crecimiento económico y el bienestar de la población, pero las relaciones entre estas tres variables no pueden dejar de lado los acuerdos entre los actores. Hay un largo camino por recorrer, en la práctica y en el terreno de la transformación de las ideas, para lograr no sólo comprender, sino construir un mundo mejor, más productivo, con mayor riqueza y mejor distribución de los beneficios.

Autor/es Enrique De la Garza Toledo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 85 - Julio 2006
Páginas:8
Temas Ciencias Políticas, Desarrollo, Trabajo (Economía)